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Relatos Ardientes

Mi prima me ordenó abrir la boca esa noche

Me desperté cansado, con la cabeza hecha un nudo. Las dos últimas noches habían sido un hervidero y dormir se había vuelto imposible. Por suerte tenía el verano libre de la universidad, así que podía permitirme darle vueltas a todo aquello sin que nadie me pidiera cuentas.

Para matar los nervios desayuné rápido, me puse la ropa de correr y bajé al pueblo. Era una tirada corta y llegué fresco al bar de Rosa y Tomás. Pedí mi café con leche y me apalanqué junto a la ventana, fingiendo leer el periódico, con la esperanza de que mi tía Carmen apareciera por la puerta.

La sola idea de verla me ponía cachondo de una manera que me costaba disimular. Cada vez que alguien entraba levantaba la mirada como un resorte, pero pasó una hora y nadie llegó. Aburrido y desilusionado, dejé unas monedas sobre la barra y emprendí la vuelta a casa.

El sol ya caía a plomo cuando empecé a correr por la carretera. Sudaba a mares, pero esa sensación siempre me ha gustado, ese punto en el que el cuerpo se rinde un poco y la cabeza se despeja. Iba pensando en cómo hacerme el encontradizo con mi tía, y decidí que lo mejor sería pasar «por casualidad» frente a su casa.

Tomé la última curva y bajé el ritmo para inspeccionar el terreno con calma. No me podía creer la suerte: Carmen estaba en el jardín, agachada, plantando algo en una maceta grande. Llevaba unos vaqueros amplios que, en esa posición, le resbalaban por la cadera y dejaban asomar el elástico de una braga.

Reconocí la prenda al instante. Era exactamente la que Lucía me había hecho llegar la noche anterior. Aquella mujer elegante, de poco más de cincuenta años, llevaba puesto mi rastro sin tener la menor idea. Lo lleva encima y ni lo sospecha. La entrepierna se me tensó tanto que dejé de correr y me quedé embobado mirándola.

Ella se giró y me pilló con cara de tonto.

—Hola, Mateo. ¿Qué haces por aquí? —preguntó, sacudiéndose la tierra de las manos.

—Buenos días, Carmen. Volvía del pueblo corriendo, te vi y quise saludar —dije, esforzándome por no ponerme colorado.

—Qué detalle —sonrió—. Parece mentira que, con lo cerca que están las casas, casi nunca coincidamos.

—Sí, es curioso. La verdad es que no paro mucho por aquí, ya sabes cómo son mis padres con sus cosas y eso de no molestar.

Se hizo un silencio breve y, de repente, la puerta de la casa se abrió. Salió Lucía con un bikini negro y una toalla al hombro, descalza sobre la hierba. Caminó hacia nosotros con esa seguridad suya que siempre me ponía nervioso.

—Hola, Mateo —dijo, y sin que su madre lo notara me lanzó una mirada cargada de malicia—. ¿Vienes a ver a mamá?

—A mí ha venido a ver, sí —rio Carmen—. No tiene nada mejor que hacer que charlar con señoras mayores.

Mientras seguíamos diciendo banalidades, Lucía me señaló con los ojos el elástico que asomaba por encima del pantalón de su madre. Después me guiñó un ojo, despacio, confirmándome que eran las mismas que la noche anterior habíamos «marcado» juntos. Sentí que la sangre se me iba entera abajo y noté el bulto crecer bajo el pantalón corto de deporte.

—Oye, Mateo —dijo mi tía—, ¿por qué no te das un chapuzón en la piscina? Están todos tus primos por ahí, y también el novio de Sofía. Anda con Lucía y los saludas.

—Ven, que te acompaño —añadió Lucía. La muy descarada se lo estaba pasando en grande con mi nerviosismo.

—Eh… mejor no, no me puedo entretener. Mi padre me espera para arreglar no sé qué y se mosquea si tardo. Otro día, quizá.

—Qué pena —dijo Carmen—. Bueno, ya te pasarás.

—Sí, una pena que no tengas ni un minuto —intervino Lucía con toda la intención—. La piscina está buenísima. Y si es por el bañador no te preocupes, te dejo uno. ¿Sabes que se nos desaparecieron varios bikinis hace unos días? Pensábamos que nos los habían robado, pero luego aparecieron en un rincón del jardín. Suponemos que se los llevó el viento. Qué curioso, ¿no?

—Sí… qué raro —murmuré, rojo como un tomate—. Bueno, me tengo que ir. Hasta luego, Lucía. Adiós, Carmen.

—Ciao —dijo Lucía sin levantar la vista de las macetas, mordiéndose el labio para no reírse.

Eché un último vistazo a «mis bragas» y me fui corriendo hacia casa. Mira que es retorcida esta Lucía. Y, sin embargo, una sonrisa enorme se me dibujó en la cara durante todo el camino.

***

La tarde la pasé leyendo, holgazaneando y dando cabezadas. Cualquier cosa con tal de hacer tiempo. Miraba el reloj cada cinco minutos y, para mi desgracia, solo habían pasado cinco minutos cada vez. Cuando por fin llegó la hora, me puse una camiseta oscura —ya había aprendido que era mejor ser discreto— y un pantalón corto holgado, porque era muy probable que tuviera que bajármelo. Salí de casa sin hacer ruido para no despertar a mis padres.

Los diez minutos a través del bosque los dediqué a imaginar qué sorpresa me habría preparado mi prima. Lucía era una chica intrigante; le gustaba el morbo, jugar al límite, y no le importaba quién quedara involucrado por el camino. Lo extraño es que yo tampoco la veía como a una mujer a la que desear sin más, sino como una cómplice de una afición muy especial que compartíamos solo nosotros dos.

Llegué a la ventana de la planta baja, me escondí entre los matorrales y me puse a esperar. La casa estaba a oscuras, salvo por una luz en el segundo piso. Cuando llevaba unos diez minutos agazapado, vi que la puerta del baño se abría sin que se encendiera la luz. Distingo la silueta de Lucía al otro lado de las rejas.

—¿Mateo? —susurró.

—Aquí —respondí, saliendo del escondite y acercándome.

—Espérame un poco. Estoy esperando una cosa para nosotros —dijo, y volvió a desaparecer.

No la veía, pero me la imaginaba con los ojos brillantes. ¿Qué habrá ido a buscar? La excitación me iba subiendo despacio y, casi sin darme cuenta, empecé a frotarme por encima del pantalón. Al cabo de un rato la luz del cuarto de arriba se apagó y al instante se encendió la de al lado. Oí descargar una cisterna, pasos amortiguados, y por fin la última luz se apagó del todo.

Pocos minutos después reconocí su silueta avanzando por el pasillo. Solo llevaba una camiseta larga, de esas de dormir. Antes de que tuviera que llamarme ya estaba pegado a la reja. Encendió la lamparita del espejo y se acercó. Tenía las mejillas encendidas y los ojos le brillaban de pura anticipación.

—Perdona, tío, pero tenía que esperar a que terminaran —dijo en voz muy baja—. ¿Te acuerdas de que esta mañana te dije que estaba el novio de Sofía? Se llama Ramón y es un imbécil, pero a ella le encanta. Mis padres no les dejan dormir juntos, así que a él lo mandan al cuarto de invitados.

Sonreí, imaginándome la escena. Como soy hijo único, ese tipo de intrigas entre hermanos solo las conozco de oídas.

—El caso es que Sofía se escapa por la noche a echarle un polvo —siguió—. Creen que no se les oye, pero las paredes son finas. La oigo gemir a ella y gruñir a él cuando se corre. Ella toma la píldora, así que le deja terminar dentro. Después él se va al baño, se limpia con sus propias bragas y las esconde al fondo del cesto de la ropa sucia para que nadie sospeche. ¿A que no adivinas qué tengo en la mano?

—No me jodas —murmuré, sin poder creérmelo. Había estado espiando a su propia hermana solo para robar la prueba.

—Mira.

Levantó la mano y me acercó un tanga blanco a la cara. Distinguí las gotas mezcladas con el flujo de Sofía, y un olor denso me golpeó desde medio metro. Antes de que pudiera reaccionar, Lucía clavó sus ojos en los míos, sacó la lengua y dio un lametazo largo y deliberado sobre la tela. Cerró la boca, tragó con los ojos cerrados y dejó escapar un gemido grave que me erizó la piel.

—¿Te atreves a probarlo? —dijo, apartando un poco la prenda.

Me quedé sin palabras. La idea no se me había pasado ni por un segundo por la cabeza. Ni de coña. Qué asco.

—Venga, no seas miedica —insistió, leyéndome la negativa en la cara—. Seguro que más de una vez probaste tu propia corrida. Yo siempre pruebo la mía.

—Ya, pero no es lo mismo —respondí, avergonzado—. Eso es de otro tío. Yo no soy gay.

—No seas idiota, nadie ha dicho eso —replicó, y bajó la voz hasta volverla casi un mandato—. Es una experiencia, nada más. Imagínate a Sofía con el coño empapado, notando cómo Ramón se hincha dentro y la inunda. Es como si estuvieras follando con ellos sin que lo sepan.

—No sé, es que…

—Saca la lengua —ordenó, cortándome en seco, con un tono que no admitía discusión.

Como hipnotizado, abrí la boca y obedecí. No sé qué tenía esa voz suya, pero cuando mandaba así yo dejaba de pensar. Sentí cómo Lucía apretaba la tela contra mi lengua, despacio, sosteniéndome la mirada para asegurarse de que no me echaba atrás. Un sabor salado y espeso me inundó la boca.

Cerré los ojos. Las manos ya se me habían ido solas al pantalón y me masturbaba sin pudor mientras tragaba. Cuando los abrí de nuevo, Lucía lamía los últimos restos de la prenda con una mano hundida entre sus piernas. Desde la ventana oía el chapoteo de sus dedos, rápido, descontrolado.

Nos corrimos casi a la vez, mirándonos a los ojos a través de las rejas, sin decir nada porque no hacía falta. Noté la mano pegajosa y vi sus piernas temblar. Entonces ella sacó la mano por el hueco de la reja para que yo se la chupara, y yo metí la mía para que ella sorbiera mi leche con esa misma fruición. A los dos se nos escapaban gemidos cortos con cada lengüetazo.

Al final retiramos las manos. Lucía apagó la lamparita y, desde la oscuridad, me susurró:

—Hasta mañana, Mateo.

Me quedé mirando su silueta alejarse de puntillas por el pasillo, con la camiseta ondeando a cada paso. Di media vuelta y emprendí el regreso a casa por el bosque, todavía con el sabor ajeno en la lengua, pensando en lo lejos que estábamos dispuestos a llegar y en lo poco que me importaba ya.

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Comentarios (4)

ClaraGdl

Buenisimo!!! me quedé sin palabras

ElPasajero_77

La tension del principio está muy bien lograda, se nota que saben escribir. Esperando la segunda parte si la hay!

Valentina_SR

Lo leí dos veces jaja, tiene algo que te atrapa desde la primera linea. Muy buen relato

Laucha_99

Me recordó una situacion que vivi hace tiempo... la dinamica de poder bien manejada no se olvida. Grande

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