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Relatos Ardientes

Mi obsesión secreta por los pies de mi vecina

Conocí a Carolina en el primer año de la facultad. Compartíamos casi todas las materias y, como vivíamos a pocas cuadras de distancia, no tardamos en volvernos inseparables. Fue una de esas amistades que se arman rápido, sin esfuerzo, hasta que un día te das cuenta de que ya no sabés vivir sin la otra persona cerca.

Lo que ella nunca supo es por qué empecé a buscar tanto su compañía. No fue su risa, ni las charlas que se estiraban hasta la madrugada por teléfono. Fue algo que descubrí de a poco, casi sin querer, y que terminó convirtiéndose en una obsesión que cargué en silencio durante años.

Todo empezó en una salida que organizó la facultad a una reserva natural, una zona de cascadas y senderos que estaba a un par de horas de la ciudad. Llegué temprano a la parada donde esperaban los micros y, mientras buscaba a mis compañeros entre la multitud, noté algo en lo que nunca antes me había detenido.

Casi todos habían ido en sandalias. Era un día de calor y de agua, así que tenía sentido, pero a mí me golpeó de una forma que no esperaba. Decenas de pies descalzos, apenas sostenidos por unas tiras de goma, esperando bajo el sol. Sentí un calor distinto, uno que no venía del clima.

Y entonces encontré a Carolina.

Llevaba unas chanclas azules, sencillas, de esas que se venden en cualquier kiosco de la costa. Pero sus pies eran otra cosa. Blancos, cuidados, con las uñas cortas y prolijas. Me quedé mirándolos más tiempo del que cualquier amigo debería, y tuve que obligarme a levantar la vista antes de que ella lo notara.

¿Qué me pasa?, pensé. Nunca había usado sandalias en la calle, ni siquiera me gustaban demasiado. Y sin embargo, en ese instante, no podía pensar en otra cosa que en cómo serían al tacto, a qué olerían después de un día entero caminando.

El viaje fue una tortura dulce. Carolina se sentó a mi lado, cruzó las piernas y dejó una de sus chanclas colgando de la punta del pie, balanceándola sin darse cuenta. Yo fingía mirar por la ventanilla, pero la veía a ella de reojo, hipnotizado por ese movimiento pequeño y repetido.

***

Después de esa salida, todo cambió para mí. Empecé a inventar excusas para ir a su casa. Como éramos vecinos, no costaba nada caer una tarde cualquiera con la promesa de estudiar para un parcial o simplemente de matar el aburrimiento.

Ella me recibía siempre igual: descalza o con sus chanclas de entrecasa, esas mismas azules que ya estaban gastadas de tanto uso. Nos sentábamos frente a la computadora y, mientras ella se concentraba en la pantalla, yo me concentraba en otra cosa.

Había aprendido a reconocer el momento exacto. Cuando se sacaba las sandalias y subía los pies al borde de la silla, un olor tenue llegaba hasta mí, cálido, íntimo. Era de ella, solo de ella, y bastaba para que el corazón me latiera con fuerza y tuviera que cruzar las piernas para disimular.

Nunca me animé a pedirle nada. ¿Cómo se le dice a tu mejor amiga que querés oler sus sandalias? Era impensable. Pero la idea se me metió en la cabeza y ya no salió: necesitaba conseguir un par viejo de esas chanclas, algo que conservara su aroma y que pudiera tener para mí solo.

Probé el camino fácil primero. Un día la llamé y le pregunté, con la voz más casual que pude, si tenía sandalias viejas para regalar, que una vecina las necesitaba para sus hijos. Carolina me dijo que se fijaba, pero nunca apareció con nada. Las suyas las usaba hasta el final.

Tenía que pensar en otra cosa.

***

Ese verano nos fuimos varios amigos a la costa por unos días. Carolina vino con el mismo par de chanclas azules de siempre y, en cuanto llegamos a la casa que habíamos alquilado, se las sacó y las dejó tiradas junto a la puerta, al lado de su mochila.

Verlas ahí, abandonadas, me dio una idea que me asustó por lo retorcida que era.

Si las sandalias se rompían, ella tendría que comprar unas nuevas. Y entonces yo podría quedarme con las viejas, las que llevaban meses acompañando sus pies. El plan era simple y paciente, y eso lo hacía más peligroso.

Cada noche, mientras todos dormían, agarraba las chanclas y forzaba un poco una de las tiras. No demasiado, solo lo justo para debilitarla sin que se notara. Después las dejaba exactamente donde estaban y volvía a la cama con el corazón golpeándome el pecho.

Lo confieso: esas noches también las olía. Me encerraba en el baño con ellas, las acercaba a mi cara y respiraba hondo, dejando que ese aroma me invadiera por completo mientras me tocaba en silencio. Era lo más cerca que había estado nunca de ella, y al mismo tiempo lo más lejos.

El último día de las vacaciones, decidimos ir a un parque acuático. Carolina fue a calzarse las chanclas y la tira que yo había estado debilitando cedió por fin. Se quedó mirándolas, frustrada, y dijo que así no podía usarlas.

—Tendré que comprar otras —se quejó.

Yo asentí, fingiendo lástima, mientras por dentro celebraba.

Esa tarde la acompañé a una tienda. Le sugerí que comprara unas blancas, para variar, pero ella torció la nariz: se ensucian enseguida, dijo. Terminó eligiendo otro par azul, casi idéntico al anterior. El problema era que las nuevas no tenían su olor, todavía no eran nada para mí.

Lo único que me importaba estaba en sus manos: las viejas, las rotas, las que había usado durante todo ese tiempo.

Cuando volvimos a la casa, Carolina tiró las chanclas gastadas al tacho de basura sin pensarlo dos veces. Esperé a que se distrajera, las rescaté con disimulo y las escondí en el fondo de mi bolso, envueltas en una remera.

Desde entonces fueron mías. Las guardé como un tesoro y, durante mucho tiempo, no hubo noche en que no las sacara para olerlas y perderme en ellas.

***

Pasaron los meses y la facultad organizó otra salida, esta vez de varios días, a una casa grande en las sierras. Cuando vi la lista de habitaciones, sentí que el destino se reía de mí: los cuartos se sorteaban, y a Carolina y a mí nos había tocado en grupos distintos.

No me iba a rendir tan fácil. Hablé con uno de los chicos de la habitación de ella, le ofrecí cambiar mi lugar con una excusa cualquiera, y aceptó sin sospechar nada. Así fue como terminé compartiendo cuarto con Carolina y otras dos compañeras.

El cuarto tenía camas marineras, una arriba y otra abajo en cada rincón. Apenas vi la distribución, supe lo que tenía que hacer.

—Quedate vos arriba —le dije a Carolina, con toda la naturalidad que pude—. Yo me mareo en las camas altas.

Ella se rió y aceptó. No tenía idea de que acababa de regalarme exactamente lo que yo necesitaba: estar justo debajo de ella, con sus chanclas al alcance de la mano.

Esa primera noche fue un suplicio de anticipación. La vi prepararse para dormir, sacarse las sandalias y dejarlas en el piso, a centímetros de mi cama. Me quedé quieto, fingiendo que dormía, escuchando cómo las respiraciones del cuarto se volvían lentas y profundas una a una.

Cuando estuve seguro de que todas dormían, estiré el brazo en la oscuridad y agarré sus chanclas.

Las metí bajo las sábanas. Estaba duro desde hacía rato, tanto que dolía. En una cama marinera, quien duerme arriba no puede ver lo que pasa abajo, y el cuarto estaba completamente a oscuras, así que me sentí libre por primera vez en mucho tiempo.

Acerqué las sandalias a mi cara y respiré. El olor era intenso, mucho más que el de las viejas que guardaba en casa. Estas las había usado todo el día, bajo el sol, caminando por los senderos, y conservaban el calor y la humedad de sus pies. Pasé la lengua despacio por la goma, sintiendo el sabor salado, y tuve que morderme el labio para no gemir.

Eran de un azul gastado, suaves de tanto uso. Las froté contra mí, lento, dejando que la textura me recorriera mientras el olor me nublaba la cabeza. Era el momento con el que había soñado durante meses, y por fin lo tenía.

***

Empecé a masturbarme con cuidado, conteniendo cada movimiento para no hacer ruido. Pero la cama marinera era vieja y, en algún momento, el colchón de arriba se balanceó apenas con mi vaivén.

Sentí que Carolina se movía. Después su voz, somnolienta y desconcertada, cortó el silencio.

—¿Qué hacés? —murmuró desde arriba.

Se me heló la sangre. Por suerte tenía todo escondido bajo las sábanas, las chanclas apretadas contra el pecho, y ella no podía ver nada en esa oscuridad.

—Nada, me estoy acomodando —susurré, con la voz lo más firme que pude—. No me hago a la cama.

Ella soltó un sonido a medias entre la queja y la risa, se dio vuelta y, en pocos segundos, volvió a la respiración pausada del sueño. Yo me quedé inmóvil un largo rato, con el corazón a mil, esperando a estar seguro otra vez.

Cuando recuperé el valor, seguí, esta vez mucho más lento. La excitación de haber estado a punto de ser descubierto se sumaba a todo lo demás y me tenía al borde de un modo casi insoportable.

El verdadero problema apareció después: si terminaba así, ¿dónde iba a limpiarme? No podía arriesgarme a manchar las sábanas ni a dejar rastro. Pensé en levantarme a buscar algo, pero cualquier movimiento podía despertarla de nuevo.

Entonces me acordé de las medias que había dejado tiradas al costado de la cama. Estiré la mano con muchísimo cuidado, las acerqué bajo las sábanas y esperé el momento justo. Cuando sentí que ya no aguantaba más, me cubrí con una de ellas y dejé que todo terminara ahí, conteniendo el aliento, todavía con las chanclas pegadas a la nariz.

Fue largo, intenso, silencioso. Acabé respirando el aroma de los pies de Carolina, con su olor llenándome por completo, mientras ella dormía a pocos centímetros sin imaginar lo que pasaba justo debajo de su cuerpo.

Después dejé las sandalias exactamente donde las había encontrado, guardé la media hecha un bollo y me quedé despierto un largo rato, con el pulso todavía acelerado y una mezcla rara de culpa y satisfacción dándome vueltas en la cabeza.

***

Pasaron los años y Carolina y yo nos fuimos distanciando, como pasa siempre con las amistades de la facultad. Cada uno siguió su camino, su carrera, su vida. Ella nunca supo nada. Para Carolina yo fui, hasta el final, solo el amigo de las charlas eternas y los viajes compartidos.

Aquellas chanclas viejas todavía las tengo guardadas en algún cajón, aunque el olor se borró hace mucho. Las nuevas, las del viaje a las sierras, no logré quedármelas nunca. Esas se quedaron con ella.

A veces, cuando me acuesto, todavía sueño con ellas. Con el balanceo de su pie en el micro, con el calor de la goma azul contra mi cara en la oscuridad de aquella litera. Fue mi secreto mejor guardado, y supongo que lo seguirá siendo para siempre.

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Comentarios (4)

Zapatilla

jajaja me queda justo el nick para este relato. Mas alla de eso, muy bueno! Me engancho desde el primer parrafo.

RoloPuntano

buenisimo!!! de los mejores que leo en bastante tiempo

NachoLector

Que tension bien construida a lo largo del relato. Se hizo cortisimo, esperamos la segunda parte.

Tomas_cba

me recordo a situaciones de la adolescencia jaja, muy bien narrado y creible todo

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