Me arrodillé frente a la cámara para un extraño
Fue Carolina, una compañera del trabajo, quien me habló por primera vez de aquella página. Lo soltó entre risas durante un café, como quien confiesa un vicio inofensivo: una web donde te conectas por videollamada con gente de cualquier parte del mundo, perfectos desconocidos que no saben absolutamente nada de ti. Nada, excepto lo que tú decides marcar en una lista de fetiches antes de entrar.
Me reí con ella en ese momento y cambié de tema. Pero la idea se me quedó pegada al cuerpo durante días, como una astilla que no termina de doler pero que sientes cada vez que te mueves.
Aquella tarde de jueves llegué a casa con el cuerpo encendido. No sé explicarlo bien: hay días en los que cualquier pensamiento, por inocente que sea, se me desvía hacia el mismo sitio. El roce de la ropa al caminar, el agua tibia de la ducha, el modo en que la tela se ajustaba entre mis piernas. Todo me empujaba hacia lo mismo. Sentía que el cuerpo se me derretía por dentro y que la ropa interior se me humedecía con solo respirar.
No tenía a nadie con quien salir. Mi novio llevaba semanas de viaje y mis amigas estaban ocupadas con sus propias vidas. Me senté en la cama, abrí el portátil y dejé que los dedos hicieran lo que la cabeza fingía no haber decidido todavía.
Escribí el nombre de la página. Ahí estaba, tal cual la había descrito Carolina.
Solo voy a mirar cómo funciona, me dije. Mentira evidente.
La interfaz era simple, casi fría. Seleccioné mi género y luego me detuve en la lista de intereses. Era larga, ordenada en columnas, y leerla me aceleró el pulso. Fui marcando casillas con una lentitud deliberada, saboreando cada una: masoquismo, exhibicionismo, sumisión, tatuajes. Cada palabra que tocaba era como decir en voz alta algo que nunca había confesado a nadie.
Le di a empezar antes de arrepentirme.
***
Lo primero que hice fue colocar la cámara en un buen ángulo, apoyada sobre una pila de libros al borde de la cama. Después me arrodillé sobre el colchón, dándole la espalda al objetivo. Quería que lo primero que vieran fuera eso: mi espalda, la curva de mi cintura, la forma en que la luz de la lámpara me marcaba la columna.
Me quité los vaqueros despacio, retorciéndome para deslizarlos por las caderas, y me quedé en ropa interior y una camiseta fina. El corazón me latía en la garganta. Coloqué las manos en el colchón y empecé a mover las caderas en círculos lentos, sin saber todavía quién estaba al otro lado de la pantalla, ni si había alguien.
El buscador giraba. Conectando. Y entonces una voz salió de los altavoces.
—Oh, my God… qué culo más perfecto.
Lo dijo en inglés, con un acento marcado, la voz ronca de un hombre que claramente no esperaba encontrarse aquello al abrir la aplicación. No giré la cabeza. Esa era la gracia. No verle me hacía sentir más expuesta y más libre a la vez.
Su reacción fue todo el combustible que necesitaba. Empecé a moverme con más intención, subiendo y bajando, dejando que mis manos recorrieran mi cintura hasta llegar al trasero y apretarlo con fuerza. Le ofrecí un espectáculo, un baile lento pensado solo para esa mirada anónima. Lo escuchaba murmurar cosas entrecortadas, palabras sueltas que no necesitaba traducir para entender.
Pero me cansé de él pronto. Esa era otra de las reglas tácitas de aquel lugar: un botón, un gesto, y desaparecía. Poder absoluto sobre a quién dejaba mirar. Pulsé «siguiente» sin remordimiento.
***
El segundo era distinto. Un hombre de unos cuarenta años, o esa impresión daba, con una barba corta salpicada de canas y unos ojos que no se apartaban de la pantalla ni un segundo. No dijo ninguna obscenidad de entrada. Solo me miró, como si estuviera midiendo algo, y eso me puso más nerviosa que cualquier grosería.
—Date la vuelta —dijo, en un español lento, cuidado—. Quiero verte la cara.
Y obedecí. Esa fue la parte que me sorprendió de mí misma: que una orden de un completo desconocido, dicha sin gritar, sin exigir, me hiciera girar el cuerpo sin pensarlo dos veces. Me senté sobre los talones, de frente a la cámara, y dejé que me viera entera.
—Muy bien —murmuró, y esas dos palabras me recorrieron como una corriente.
Muy bien. No sabía cuánto necesitaba escucharlo hasta ese instante.
—¿Te gusta que te miren? —preguntó.
—Sí —admití, y la voz me salió más temblorosa de lo que esperaba.
—Entonces quítate la camiseta. Despacio.
Crucé los brazos, agarré el borde de la tela y la fui subiendo centímetro a centímetro, observando cómo él contenía la respiración al otro lado. Cuando la prenda cayó al suelo me quedé inmóvil, esperando, ofreciéndome a su mirada. Él tampoco habló durante unos segundos. Solo me estudió, y en ese silencio yo sentía cada parte de mi piel como si me la estuvieran rozando.
—Las manos —dijo al fin—. Tócate los pechos. No tan rápido. Como si fuera yo.
Subí las manos y las apoyé sobre mí, presionando suave, dibujando círculos con los pulgares tal como me ordenaba. La idea de que aquellas no eran del todo mis manos, sino las suyas a través de mis dedos, me volvía loca. Obedecía y al obedecer me encendía más, una espiral que se alimentaba sola.
—Más abajo —indicó, la voz cada vez más espesa.
***
Me deshice de la última prenda y abrí las piernas frente a la cámara, sin pudor, con el corazón golpeándome las costillas. El aire de la habitación me rozó la piel húmeda y se me escapó un suspiro.
—¿Te gusta lo que ves? —le pregunté, recuperando un poco de control, mientras acariciaba el interior de mis muslos con la punta de los dedos.
—Me fascina —respondió—. Por favor, no pares. Déjame verte hasta el final.
No tuvo que repetirlo. Me llevé los dedos a la boca, los humedecí mirándolo fijamente a través de la lente, y volví a bajarlos. Cuando los apoyé entre mis piernas, la sensación fue tan intensa que tuve que morderme el labio para no gritar. Empecé despacio, con movimientos pequeños, jugando con esa primera ola que sube sin prisa.
Él me hablaba. Me decía qué quería ver, cómo moverme, cuándo ir más rápido y cuándo detenerme justo antes. Y yo lo seguía como si su voz fuera un hilo que tiraba de mi placer. Cada vez que le hacía caso, él soltaba un gruñido grave de aprobación, y ese sonido me empujaba más cerca del borde.
—Más despacio —ordenó cuando me notó acelerar—. Aún no.
Gemí de pura frustración, pero obedecí. Bajé el ritmo, dejé la mano casi quieta, sintiendo cómo el cuerpo me protestaba, cómo todo dentro de mí pedía justo lo que él me estaba negando. Era una tortura deliciosa. Nunca había entendido tan bien por qué me excitaba ceder el control hasta que lo cedí a una voz que ni siquiera tenía nombre.
En la pantalla pude ver su mano moviéndose, su excitación tan evidente como la mía. Saber que yo le provocaba eso, que mi cuerpo lo tenía igual de atrapado, me dio una sensación de poder extraña y embriagadora. Era sumisa y dueña de la situación al mismo tiempo, y esa contradicción me volvía el cuerpo eléctrico.
—Ahora sí —dijo por fin, casi sin aliento—. Termina para mí.
***
Esas tres palabras fueron una llave. Aceleré, dejé que la mano hiciera lo que llevaba minutos suplicando hacer, y el placer que había estado conteniendo se desbordó de golpe. Arqueé la espalda, eché la cabeza hacia atrás y sentí cómo cada músculo se tensaba y se soltaba en oleadas. Un calor me subió desde el vientre hasta la punta de los dedos, y por un instante el mundo entero se redujo a esa sensación, a la lámpara de la mesilla y a un hombre al otro lado de una pantalla mirándome deshacerme.
Me dejé caer sobre el colchón, agotada, con la respiración rota y la piel cubierta de un sudor fino. Tardé un rato en volver. Cuando abrí los ojos, lo vi todavía allí, observándome con una expresión a medio camino entre la fascinación y la gratitud.
Me acerqué a la cámara, lo bastante para que ocupara toda la imagen, y me llevé los dedos a los labios. Los lamí despacio, sin apartar la vista de la lente, disfrutando del modo en que él se quedaba sin palabras.
—Espero que hayas disfrutado del espectáculo —le dije con una sonrisa, y noté en mi propia voz un descaro que no me conocía.
—No lo voy a olvidar —alcanzó a responder.
—Yo tampoco —murmuré.
Y cerré la cámara.
***
Me quedé un buen rato tumbada en la oscuridad, mirando el techo, con el portátil cerrado a un lado y el cuerpo todavía vibrando. No sentía la vergüenza que esperaba sentir. Al contrario: había algo limpio, casi liberador, en haberme mostrado entera ante alguien que jamás volvería a ver, alguien que no podía juzgarme en el trabajo, ni contárselo a mis amigas, ni mirarme distinto al día siguiente.
Había descubierto algo de mí esa noche. No el exhibicionismo, eso ya lo sabía. Lo nuevo era cuánto me gustaba obedecer. Cuánto me encendía que una voz firme me dijera qué hacer con mi propio cuerpo, que me detuviera justo cuando más lo deseaba, que me concediera el final como quien concede un permiso.
Cogí el teléfono y le escribí un mensaje a Carolina, breve, sin entrar en detalles: «Probé la página de la que me hablaste». Me respondió al instante con un emoji y un «¿y?». Sonreí en la penumbra y dejé el móvil sin contestar.
Algunas cosas prefería guardármelas. Por ahora.
Esa noche dormí mejor que en semanas. Y a la mañana siguiente, mientras me preparaba para ir a trabajar, ya sabía que volvería a entrar. No esa tarde, quizá ni esa semana. Pero la astilla seguía ahí, clavada bajo la piel, recordándome a cada movimiento que existía un lugar donde podía ser exactamente lo que quería ser, sin nombre, sin culpa y sin límites más que los que yo decidiera marcar.