Aquella tarde de calor frente a los pies de Brenda
Voy a contar algo que me pasó de verdad. Visto desde afuera puede sonar a una tontería, casi a nada, pero los que entendemos lo que significa un pie bonito sabemos que cualquier instante, por pequeño que parezca, vale por una vida entera. Esto es uno de esos instantes, y todavía hoy, con treinta y un años cumplidos, lo recuerdo con una claridad que me asusta.
No sabría decir con exactitud cuándo empezó todo. Supongo que fue en la adolescencia, esa edad en la que los deseos se despiertan solos, sin que uno los llame, y de pronto te descubren mirando donde nadie más mira. Yo estaba todavía en la secundaria, en un colegio antiguo y severo donde las reglas pesaban más que las clases. Y tenía una mejor amiga: Brenda.
Brenda era una chica rellenita, de risa fácil y boca terrible. Maldecía como un camionero, decía lo que pensaba sin filtro y se reía de sí misma antes de que nadie pudiera hacerlo. A los otros chicos no les interesaba demasiado, quizá por su cuerpo, quizá por su carácter de espina, pero a mí me tenía ganada. Estaba conmigo en todo: en los recreos, en los castigos, en las tardes muertas de los días sin nada que hacer.
El uniforme nos obligaba a una rutina visual idéntica todos los días. Zapatos cerrados, medias hasta la rodilla, camisa abrochada hasta el cuello. A Brenda nunca le había visto los pies, ni una vez, y precisamente por eso me obsesionaban. Pasaba horas imaginándolos: cómo serían sus dedos dentro de aquellos zapatos, si los tendría pequeños o anchos, qué aroma guardarían después de una jornada entera encerrados. Esa pregunta sin respuesta me acompañaba a casa y me dejaba despierto más de una noche, con la mano en la verga y el semen chorreándome entre los dedos, imaginándome lamiéndole cada dedito de esos pies que nunca había visto.
La suerte, esa cosa rara que a veces aparece, me echó una mano. Nos tocó un trabajo en parejas para la clase de historia, y Brenda, sin darle ninguna importancia, me dijo que pasara por su casa esa misma tarde. Vivíamos a pocas cuadras, así que no había excusa posible. Colgué la mochila, me peiné dos veces frente al espejo sin saber bien por qué y salí caminando con el corazón haciendo más ruido del normal y la polla ya medio dura solo de pensar que quizás, por fin, iba a verle los pies desnudos.
Era un día de un calor brutal, de esos que pegan el aire a la piel y derriten el asfalto. Llegué transpirado, toqué el timbre y esperé. Cuando la puerta se abrió, me encontré con otra Brenda. No la del uniforme, no la de los zapatos cerrados. Esta llevaba un short corto que le marcaba las piernas gordas y jugosas, un top fino sin corpiño debajo que le dejaba ver los pezones duros clavándose en la tela y, lo que terminó de perderme, unas hawaianas rosas en los pies.
Mi mirada bajó sola, como atraída por un imán que yo no controlaba. Y ahí estaban, por fin, después de tanto imaginarlos: sus pies. Tiernos, cuidados, con las uñas pintadas de un rosa suave que hacía juego con las sandalias. No eran perfectos según ningún manual, pero para mí en ese momento eran lo más hermoso que había visto nunca. Se me puso la verga dura al instante, tan dura que tuve que acomodarme el pantalón disimuladamente para que no se notara el bulto obsceno que se me había formado ahí abajo.
—¿Vas a entrar o te vas a quedar ahí pasmado? —me soltó con esa boca de siempre, riéndose.
—Voy, voy —contesté, y entré detrás de ella tratando de no mirar hacia abajo, aunque tenía los ojos clavados en su culo redondo que se le movía bajo el short, y en sus talones descalzos golpeando el piso a cada paso.
Nos sentamos en el sillón del living, con los cuadernos abiertos sobre la mesa baja y un ventilador de pie que apenas movía el aire caliente. Yo intentaba concentrarme en las fechas, en los nombres, en lo que fuera, pero mis ojos volvían una y otra vez al mismo lugar. Brenda tenía las piernas cruzadas y balanceaba una hawaiana en la punta del pie, dejándola colgar y volviéndola a calzar sin darse cuenta del efecto que provocaba.
No mires. Por favor, no mires.
Pero miraba. Cada vez que ella movía los dedos, cada vez que la sandalia se separaba un poco del talón y dejaba ver la planta rosada y húmeda por el sudor del calor, yo perdía el hilo de la conversación por completo. Tenía la polla a punto de reventar dentro del pantalón, hinchada, pulsando contra la tela, mojándome los calzoncillos con el líquido preseminal que no dejaba de manar. Me imaginaba metiéndomela entera en la boca, chupándole cada dedo uno por uno, pasándole la lengua por la planta hasta el talón, y después restregándome la verga contra el arco de su pie, corriéndome encima de esos deditos con las uñas rosas hasta llenárselos de leche caliente. Rezaba para que ella no bajara la vista en el peor momento y me descubriera con el bulto obsceno marcándose contra el pantalón.
Sabía que tocarlos era imposible. Un solo gesto fuera de lugar y se acababa todo: la amistad, las tardes juntos, la confianza de años. No valía la pena arriesgar tanto por un impulso. Me repetía eso una y otra vez mientras la veía mover el pie, y aun así no podía dejar de mirar, atrapado entre el miedo y el deseo, con la verga chorreando dentro del pantalón sin animarme a nada.
—Che, ¿me estás escuchando o estás en la luna? —me preguntó de golpe.
—Sí, sí, anotá lo de la independencia —improvisé, y ella siguió escribiendo sin sospechar nada.
Y entonces sonó el teléfono. No el celular, sino el de la pared, el de la casa, que estaba en otra habitación al fondo del pasillo. Brenda resopló, dejó el cuaderno de cualquier manera y se levantó descalza, dejando las hawaianas tiradas junto al sillón. La vi alejarse, pisando el piso fresco con esos pies que llevaba media tarde devorando con la mirada, y supe que tenía mi oportunidad.
No lo pensé. El cuerpo se me adelantó a la cabeza. Estiré la mano, agarré la hawaiana rosa que había quedado más cerca y me la llevé a la cara sin dudarlo un segundo. La planta todavía guardaba el calor de su pie, una tibieza húmeda que me recorrió entero. La acerqué a la nariz y respiré hondo.
El olor me golpeó de una forma que no esperaba. No era desagradable, todo lo contrario. Era un aroma cálido, ligeramente dulce, con ese fondo íntimo que solo tiene la piel que estuvo encerrada y sudó un poco con el calor. Volví a respirar, más profundo, hundiendo la nariz contra la marca del arco de su pie, aspirando hasta el fondo de los pulmones ese perfume íntimo, y sentí que se me nublaba la razón. La verga me dio un latigazo dentro del pantalón, tan fuerte que casi me duele. Era exactamente lo que había imaginado durante meses, y a la vez infinitamente mejor, porque era real. Saqué la lengua y le pasé una lamida larga a la goma tibia, saboreando el sudor salado que había dejado su planta, imaginándome que era el pie mismo de Brenda el que estaba chupando.
Escuché su voz al fondo, charlando con alguien, riéndose de algo. La conversación tenía pinta de ir para largo. Eché un vistazo al pasillo vacío y entendí que tenía unos minutos. Solo unos minutos, pero suficientes.
Me bajé el pantalón y los calzoncillos hasta la mitad del muslo, lo justo, con el oído atento a cualquier cambio en su tono de voz. La polla saltó afuera dura como una piedra, colorada, con la punta brillando de tanto líquido preseminal acumulado. Me la agarré con una mano, apretándola en la base para no correrme de golpe, y con la otra tomé la sandalia tibia. La apoyé contra la verga, dejando que la marca húmeda de su planta quedara pegada a mi carne, y empecé a frotarme despacio contra esa goma rosa que minutos antes la había sostenido a ella.
El roce era una locura. La suela tibia contra el glande, el olor de su pie flotando en el aire, la idea misma de lo que estaba haciendo: todo se mezclaba en una mezcla de placer y vergüenza que me hacía temblar de arriba abajo. Me pasaba la sandalia por toda la verga, desde los huevos hasta la punta, apretándola contra el capullo, imaginándome que era su pie el que me estaba masturbando, que eran esos deditos pintados de rosa los que me apretaban la polla y me la ordeñaban de a poco. Escupí en la palma, la extendí sobre la goma para lubricarla, y volví a frotarme, esta vez más rápido, sintiendo cómo se me hinchaban los huevos y se me tensaba todo el bajo vientre.
—Sí, chupame el pie, puta —susurré casi sin voz, hablándole al aire, imaginándome a Brenda arrodillada delante mío metiéndome los dedos de los pies en la boca mientras yo me la cogía—. Que rico me la mamás con la planta, dale, así, más fuerte.
Seguí así durante varios minutos, atento al murmullo lejano de su charla, vigilando que no se cortara de golpe. Cada vez que su voz subía o callaba, yo me frenaba en seco con la verga latiendo en la mano y el corazón en la garganta, y volvía a empezar apenas la escuchaba seguir hablando. Era un juego peligroso, al filo de que todo saltara por los aires, y eso, lejos de frenarme, me encendía todavía más. Me lamí los labios, volví a acercar la sandalia a la nariz para aspirar hondo mientras me la sacudía, y sentí cómo la corrida me subía por dentro, buscando salir.
Estuve a punto. La punta me palpitaba a mil, los huevos se me habían encogido contra el cuerpo, tenía la boca abierta jadeando en silencio contra la goma. Un segundo más y le llenaba la sandalia de leche, la marca de su pie ahogada bajo mi semen. Pero de pronto noté el cambio. Su voz bajó el tono, soltó un «bueno, dale, chau» y entendí que estaba por colgar.
Me solté la verga a la fuerza, apretándola en la base para frenar la corrida que ya estaba subiendo, y me subí el pantalón a la velocidad del rayo con la polla todavía dura mordiéndome el elástico del calzoncillo. Dejé la hawaiana exactamente donde había estado, en el mismo ángulo, con el mismo descuido, y me tiré contra el respaldo del sillón fingiendo leer el cuaderno. El corazón me golpeaba tan fuerte que pensé que se escucharía desde el pasillo, y la verga me palpitaba tanto entre las piernas que me daba miedo mancharme el pantalón con el pre.
Brenda volvió bostezando, se dejó caer a mi lado y, sin mirar siquiera, deslizó los pies dentro de las sandalias. Sentí una punzada eléctrica al imaginar lo que ella no sabía: que esa goma estaba tibia, calentita, no solo por el día sino porque yo me acababa de estar frotando la polla contra ella, porque estaba mojada de mi saliva y de mi líquido preseminal, y que ahora sus deditos pintados de rosa estaban pisando exactamente donde había estado mi glande minutos antes. Se acomodó como si nada, retomó el cuaderno y siguió hablando de fechas y batallas mientras yo intentaba que no se me notara nada en la cara, con la verga todavía dura clavándome en la cintura y los huevos hinchados pidiendo terminar.
Lo hice. De verdad lo hice.
No aguanté mucho más. Le dije que necesitaba ir al baño y me encerré con llave. Ahí, apoyado contra la puerta, con el recuerdo todavía fresco del olor y la tibieza, me bajé el pantalón de una vez y me agarré la polla con las dos manos. Estaba tan hinchada que me dolía. Empecé a puñetearmela rápido, brutal, sin cuidado, apretándome la punta a cada bajada, imaginándome los pies de Brenda subidos a mi cara, la planta contra mi boca, los dedos metiéndose entre mis labios. Me duró apenas diez, veinte segundos. Sentí cómo la corrida me subía desde los huevos hasta el cerebro, se me tensó todo el cuerpo, y solté un chorro grueso de leche caliente que rebotó contra el inodoro. Detrás salieron otros dos, tres, cuatro chorros más, uno tras otro, hasta que quedé vacío, con los huevos apretados y una gota lenta escurriéndoseme por la punta.
Salí unos minutos después completamente aliviado, vaciado, con las piernas todavía un poco flojas y una calma extraña instalada en el cuerpo.
Volví al sillón como si nada. Terminamos el trabajo entre bromas, ella maldiciendo a la profesora y yo asintiendo a todo, incapaz de quitarme la sonrisa de la cara. Cada vez que ella movía el pie dentro de la sandalia se me escapaba una sonrisita, sabiendo lo que esa goma había recibido de mí un rato antes. Cuando me despedí en la puerta, el sol ya caía y el calor había aflojado un poco. Caminé de vuelta a casa flotando, repasando cada detalle de la tarde, guardándolo en algún lugar de la memoria del que jamás iba a borrarse.
Como decía al principio, para los que entendemos esto, ver y tocar algo tan íntimo de la mujer que uno desea ya es un mundo entero. No hizo falta más. No hizo falta una cama, ni una confesión, ni un beso. Bastó con una sandalia tibia, unos minutos robados y el silencio cómplice de una casa vacía.
¿Y qué pasó entre Brenda y yo después de aquello? Eso, tal vez, lo cuente en otra ocasión. Por ahora me quedo con aquella tarde de calor, con el rosa de sus hawaianas y con el secreto que todavía hoy guardo conmigo, sin haberlo confesado nunca a nadie. Hasta ahora.





