El secreto que escondí en las zapatillas de Mariana
Las aplicaciones de citas son una lotería. La mayoría de las veces te dejan con una conversación muerta y una sensación rara de haber perdido la tarde. Otras veces, muy pocas, aparece alguien que te descoloca por completo. Mariana fue de esas.
La conocí un invierno cualquiera, de esos en los que uno desliza el pulgar por la pantalla más por aburrimiento que por esperanza. Tenía el pelo rizado, oscuro, recogido de cualquier manera en la foto, y unos ojos negros que parecían reírse de algo que solo ella sabía. No era solo guapa. Era una de esas personas que escriben bien, que contestan con ironía, que no tienen la cabeza hueca. Podíamos hablar de cualquier cosa sin que se incomodara, sin prejuicios, con una madurez que no esperaba en alguien de veinticinco años.
No tardé mucho en confesarle mi debilidad. Me gustan los pies. Siempre me han gustado, desde que tengo memoria, y aprendí hace tiempo que es mejor decirlo pronto que arrastrar el secreto como una culpa. Pensé que se reiría con desprecio, como tantas otras. En cambio me dijo que le parecía tierno.
—Tierno no es la palabra que yo usaría —le contesté.
—Es la que uso yo —respondió, y ahí quedó.
Aun así, esquivaba con elegancia cada uno de mis intentos. No por asco, según me explicó, sino por intimidad. Le parecía algo demasiado personal para alguien a quien todavía no había visto en persona. Me pareció hasta decente. Había conocido a chicas que un día charlaban y al siguiente ya estaban desnudas en mi cama, con mi verga clavada hasta el fondo antes de saberme el segundo apellido, y sin embargo nada me ponía tan nervioso como la distancia tranquila de Mariana.
Le pedí fotos de sus pies y me las mandó sin dramas. Eran pequeños, un poco regordetes, con los dedos cortos. No son exactamente mi tipo, pensé al verlos, y me sorprendió darme cuenta de que eso no me importaba en absoluto. También le pedí fotos de las zapatillas que más usaba. Me envió dos pares: unas negras con cordones blancos y otras claras con lunares verdes. Sus favoritas, dijo.
Una noche me atreví a más. Le pregunté si me dejaría correrme sobre las plantas de sus pies, vaciarle la polla encima hasta dejarle los dedos pegajosos de semen. Se rió tanto que tardó un rato en contestar.
—No me sentiría cómoda con eso —escribió al fin—. Todavía no.
Ese «todavía» me mantuvo despierto media noche, con la mano en la polla y la imagen de sus pies chorreando corrida grabada en la cabeza. Pero no insistí. No quería arruinar lo que teníamos, que era raro y bueno a la vez. Es difícil hacerte amigo de alguien a través de una pantalla, y todavía más difícil cuando esa persona te gusta de verdad.
***
Un día me invitó a su casa. Lo juro: en ese momento no había ninguna segunda intención corriendo por mi cabeza. Solo quería verla, escucharla reír en persona, comprobar si la química sobrevivía fuera del teléfono.
Vivía en un barrio alejado, en un piso pequeño de un edificio sin gracia. Lo compartía con su hermana mayor y dos sobrinas. La hermana trabajaba todo el día, así que Mariana se ocupaba de las niñas, que iban al colegio por la mañana y pasaban la tarde correteando por la casa. Los fines de semana, ella se escapaba a hacer senderismo con un grupo de montaña. Una vida ordenada, sencilla, que contrastaba con el desorden de mi cabeza.
Cuando llegué y toqué el timbre, me abrió ella misma. Era más morena de lo que la foto dejaba ver, y mucho más hermosa. Sonrió y me dejó pasar. Las sobrinas estaban en el sofá, hipnotizadas por la televisión, sin prestarme la menor atención.
Lo primero que noté, antes incluso que su perfume, fue el caos de calzado repartido por todo el piso. Sandalias junto a la puerta, chanclas bajo la mesa, alpargatas tiradas en un rincón, zapatillas a medio quitar en el pasillo. Me intrigó tanto que tuve que disimular. Y entonces vi su habitación.
La puerta de su cuarto daba directamente al salón y estaba abierta de par en par. Desde donde estaba alcanzaba a ver, alineados contra la pared, todavía más zapatos. Incluidos los dos pares que me había enseñado por la app. La negra de cordones blancos. La de lunares verdes. Ahí, a apenas unos metros, a mi merced y a la vez completamente fuera de mi alcance.
Se me secó la boca y se me empezó a hinchar la polla dentro del vaquero. Porque la verdad es que no solo me gustan los pies de una mujer: me gustan también sus zapatos, lo que guardan de ella, el rastro tibio que deja su coño y su sudor en la tela. Y aquellas zapatillas eran el rastro de Mariana.
Pero nada de aquella tarde invitaba a la acción. Me resigné. Comimos un bizcocho que había horneado, hablamos durante horas de cine, de viajes, de las cosas que dan miedo decir en voz alta. En algún momento dejé de mirar la habitación. Casi.
***
—¿Bajamos al patio? —propuso—. Así las niñas corren un rato.
Bajamos. Las sobrinas salieron disparadas hacia los columpios y nosotros nos quedamos en un banco, al sol. Pasó media hora, quizá más. Y entonces, con la voz más inocente que pude fingir, le pedí permiso para subir al baño.
—Toma —dijo, y me tendió la llave del piso sin pensarlo dos veces.
Por dentro estaba dando saltos. La dejé vigilando a las niñas y subí al segundo piso con el corazón golpeándome las costillas y la verga ya media dura contra la bragueta. Cerré la puerta del apartamento con cuidado. No fui al baño. Fui directo a su habitación.
Seguía abierta, como una invitación que ella jamás había querido hacer. Todos sus zapatos estaban frente a mí. Empecé a olerlos uno por uno, rápido, hundiendo la nariz en el interior de cada uno, buscando el rastro de sus pies, ese olor cargado, ácido, íntimo, de mujer que ha caminado horas metida en la tela. La mayoría no olía a nada, o como mucho a ese aroma neutro de calzado nuevo. Hasta que llegué a las dos zapatillas de la foto.
La negra de cordones blancos me golpeó con un olor intenso, a sudor, a ella, a tardes enteras de caminar. Metí la lengua en el hueco donde iban sus dedos, lamí la plantilla, la chupé como si fuera un coño mojado, y noté cómo el sabor salado me llenaba la boca y me hacía gemir por lo bajo. En ese punto ya no pude contenerme. Me desabroché el pantalón con dedos torpes y me saqué la polla, roja e hinchada, con la punta ya perlada de líquido. La tenía dura desde que había puesto un pie en el piso, y ahora latía con una urgencia casi dolorosa, la vena gruesa marcada de arriba abajo.
Metí la punta dentro de la zapatilla negra. La tela rozaba la cabeza de mi polla justo en la zona donde habrían estado sus dedos, y ese roce áspero, prohibido, me arrancó un escalofrío que me subió por la columna. Empecé a follármela despacio, empujando la verga entera dentro del calzado, hundiéndola hasta la base, sintiendo cómo la tela vieja apretaba el glande y me arañaba el prepucio a cada envite. Era como coger a Mariana por dentro, como si en vez de zapatilla tuviera su coñito pequeño y apretado tragándome centímetro a centímetro.
Me arrodillé frente a su cama, como un penitente. Tomé la otra zapatilla del par, la apoyé en el borde del colchón y hundí la nariz en ella mientras seguía moviéndome. Aspiré fuerte, llenándome los pulmones de su olor, y saqué la lengua para lamer otra vez la plantilla sudada, saboreando la sal de sus pies, imaginando esos deditos regordetes metiéndose en mi boca uno a uno mientras yo se los chupaba y ella me susurraba guarradas.
—Puta —murmuré contra la tela, sin poder callarme—. Mariana, joder, qué rica hueles, qué ganas tengo de metértela.
Era una postura ridícula y a la vez la cosa más excitante que había hecho en años. De rodillas, sometido a un objeto, a un olor, a la idea de una mujer que en ese mismo instante jugaba con sus sobrinas sin sospechar nada. Yo arriba, en su cuarto, con una zapatilla pegada a la cara respirándola como si fuera oxígeno, y la polla clavada en la otra, embistiendo sin piedad, dando caderazos como si estuviera rompiéndole el culo contra el colchón. El vaivén dentro de aquella tela vieja era una tortura perfecta: cada empujón me raspaba el frenillo, cada retirada me dejaba el glande frío, y volver a meterla era volver a hundirse en algo caliente y sucio que olía a ella.
Me pasé la mano libre por los huevos, tirándolos suave, y sentí cómo se me tensaban, cómo se me subían pegados al cuerpo. Estaba a punto. Aceleré. La zapatilla ya estaba resbaladiza por dentro de tanto líquido preseminal, y mi polla entraba y salía con un sonido húmedo, obsceno, que en aquel silencio me parecía un grito. Me mordí el labio para no hacer ruido.
No duré mucho. Un par de minutos de fricción y de imaginar sus pies sudados dentro de esas zapatillas, sus dedos empapándose en mi corrida al día siguiente sin saberlo, bastaron para que me corriera con una fuerza que me dejó temblando. Solté todo dentro de la zapatilla negra, chorro tras chorro, bañando el interior, empapando la plantilla, manchando justo el sitio donde ella metería los dedos al día siguiente. Fueron cinco o seis latigazos gruesos, densos, que me vaciaron los huevos hasta la última gota. Sentí la polla vibrar dentro de la tela mientras se descargaba, y me quedé unos segundos ahí, quieto, con la punta hundida hasta el fondo, dejando que el semen se colara entre las costuras.
Cuando saqué la verga, un hilo blanco unía el glande con el interior de la zapatilla. Lo corté con el dedo y me lo llevé a la boca, chupándolo mezclado con el sabor de su sudor. Me sentí completo. Vacío y completo a la vez.
***
Luego vino el dilema. ¿Limpiaba o no limpiaba? Lo correcto, lo prudente, era borrar cualquier rastro. Pero había algo perverso en la idea de dejarlo ahí, mi corrida encharcada esperando sus pies. Como los zapatos estaban todos tirados sin orden, y aquel par había aparecido medio escondido en un rincón, decidí no tocarlo. Lo dejé exactamente como lo había encontrado, con el interior de la zapatilla negra hecho un charco de semen tibio. Esa es una regla que aprendí pronto: cuando hurgas en lo íntimo de otra persona, lo dejas todo en su sitio, como si nunca hubieras estado ahí.
La libido se me había apagado, pero todavía tenía en la mano la otra zapatilla, la de lunares verdes. También olía levemente a sudor. Le pasé la lengua otra vez por la plantilla, más despacio, saboreándola, y noté cómo la polla, aún blanda y babeada, empezaba a moverse. No tuve fuerzas para más. Ordené, me subí el pantalón y bajé.
Mariana seguía en el patio, riéndose con las niñas. Yo estaba nervioso, pero lo escondí bien. Me uní a sus juegos, recuperé el aliento, dejé que la tarde volviera a su cauce. Y al cabo de un rato, descarado, volví a pedirle la llave.
—Otra vez al baño —dije—. El bizcocho me ha sentado fenomenal.
—Ya que subes, ¿bajas un paquete de galletas? —pidió ella, tendiéndome la llave con la misma confianza ciega de antes.
—Claro —respondí.
Subí de nuevo. Cerré la puerta. Fui directo a su cuarto con la polla ya fuera del pantalón antes de cruzar el umbral, dura otra vez, como si no hubiera vaciado los huevos hacía media hora. Esta vez le tocaba a la zapatilla de lunares verdes. Mismo ritual: una contra la nariz, la otra envolviendo mi sexo. Antes de meterla escupí dentro para lubricarla, un buen escupitajo espeso que resbaló por el interior, y hundí la verga hasta el fondo. El modelo era más cerrado, menos cómodo para frotar, más apretado, y eso hacía que cada embestida me estrujara la polla como si un puño chiquito me la estuviera masturbando a la fuerza. La incomodidad me daba igual. Estaba demasiado excitado para notarla.
Follé la zapatilla de rodillas, con la nariz enterrada en la otra, sacando la lengua para lamer el interior mientras las caderas se me iban solas. Empujaba, sacaba, empujaba, sentía cómo el elástico del empeine me apretaba la base de la polla y me marcaba una anilla roja, y eso solo me ponía más. Pensé en Mariana viniendo del monte, quitándose las zapatillas empapadas de sudor, y en mí ahí, tirado en su cama, chupándole los dedos uno por uno, limpiándole el sudor con la lengua antes de metérsela por el coño.
—Trágame, puta, tragátela entera —le susurré a la nada, moviéndome más rápido, más brusco.
En menos de dos minutos volví a correrme, esta vez con menos cantidad pero con la misma intensidad eléctrica recorriéndome la espalda. Los huevos se contrajeron y solté tres, cuatro chorros dentro de la lona verde, sintiendo cómo el semen se mezclaba con mi saliva y con el sudor de sus pies. Sacudí la polla contra el interior para dejar hasta la última gota, apretándomela desde la base al glande como quien exprime un tubo. Lo acomodé todo, me limpié con un pañuelo, agarré las galletas y bajé como si nada. Aproveché aquella tarde hasta el último segundo.
Nos quedamos juntos hasta que cayó el sol. Cerca de las seis me despedí. Fue, sin exagerar, uno de los mejores días que recuerdo.
***
Al día siguiente, Mariana subió una foto a sus redes. Estaba con el grupo de montaña, sonriente, en mitad de un sendero. Y llevaba puestas las zapatillas negras. Las mismas. Mi polla se endureció al instante, ahí, mirando la pantalla del teléfono como un adolescente, y me la saqué otra vez para masturbarme mirando la imagen.
Lo había conseguido sin que ella lo supiera. Había llegado a los pies de Mariana por la única vía que me había permitido. Ahora ella caminaba sobre mi rastro, kilómetro tras kilómetro, y cada vez que esos pies pequeños sudaban dentro de la tela, la corrida seca que yo había dejado se ablandaba con el calor y volvía a mojarse, mezclada con su sudor, colándose entre sus dedos, pegándose a la planta. Cada paso que daba en el monte era un paso encima de mi semen. La idea me parecía obscena y gloriosa a partes iguales, y me hizo correrme por tercera vez en veinticuatro horas, esta vez en un pañuelo, con los ojos clavados en la foto de sus zapatillas.
Nunca volví a tener una oportunidad como aquella. Mariana siguió siendo mi amiga, esquiva y luminosa, y yo guardé el secreto donde guardo todos los que de verdad importan. Pero sé que, antes o después, la vida me dará otra tarde como esa. Y cuando llegue, pienso disfrutarla hasta la última gota.





