Los pies de mi prima me convirtieron en su esclavo
Nunca le conté a nadie lo que me pasaba con los pies. Era algo mío, callado, que arrastraba desde que tengo memoria. Una atracción que no elegí y que aprendí a esconder detrás de excusas tontas, de miradas rápidas que apartaba antes de que alguien las notara. Con los años me volví experto en disimular, en mirar sin mirar, en encontrar el ángulo justo para ver sin que se notara que veía.
Mi prima Ariana era quien más me desarmaba. Habíamos crecido en familias muy unidas, veranos enteros compartidos, sobremesas largas. De adultos nos habíamos distanciado por la distancia y los trabajos, pero cada vez que coincidíamos yo volvía a ser el mismo tipo nervioso que no sabía dónde poner los ojos. Ella tenía unos pies que me quitaban el sueño: empeine alto, dedos largos, las uñas siempre cuidadas. Y lo peor es que parecía saberlo.
Aquel fin de semana me invitó a quedarme en su departamento. Tenía que pasar por la ciudad por un trámite y no había sentido alquilar un hotel teniendo familia cerca. Acepté sin pensar demasiado en lo que significaba dormir bajo el mismo techo que ella. Una noche, nada más, me dije. Poco sabía de lo que esa noche iba a destapar.
El día transcurrió tranquilo. Comimos algo liviano, nos pusimos al día con esa confianza vieja que no se gasta, nos reímos de anécdotas que solo nosotros entendíamos. Ariana andaba descalza por la casa, como acostumbraba, y yo me pasé la tarde luchando contra mí mismo para no quedarme mirando cada vez que cruzaba las piernas en el sillón.
Cuando llegó la hora de dormir, ella insistió en que ocupara la cama y me preparó un lugar al lado. Apagamos casi todas las luces. Solo quedó encendida una lámpara tenue sobre la mesa de noche. Yo me acosté de costado, dándole la espalda, intentando convencerme de que cerrar los ojos sería suficiente para que el deseo se apagara.
No lo fue.
—¿Tomás? —su voz cortó el silencio—. ¿Estás despierto?
—Sí —respondí, girándome apenas.
—Tengo los pies destrozados de tanto caminar hoy. ¿Me los masajeás un rato? Por favor.
Para cualquiera habría sido un favor sin importancia. Para mí fue como si me hubiera leído la mente y decidiera ponerla a prueba. Tragué saliva, me incorporé y me arrodillé al borde de la cama, justo frente a sus pies, que ella estiró hacia mí sin ningún pudor.
Empecé despacio, con cuidado, apretando la planta con los pulgares, subiendo hacia el empeine. La piel estaba tibia, suave. Ariana soltó un suspiro de alivio y cerró los ojos. Yo no podía creer que estuviera ahí, tan cerca de lo que llevaba años imaginando, con permiso, con sus dedos rozándome las manos. Sentí cómo se me endurecía la polla contra el pantalón del pijama y tuve que acomodarme disimuladamente para que no se me notara la erección.
No sé qué me empujó. La cabeza, la tensión, el aire denso de la habitación. En un impulso bajé la cara y le di un beso pequeño en el costado del pie. Apenas un roce. Me quedé congelado al instante, esperando el reproche, la mano que me apartara, la frase incómoda que lo arruinara todo.
No llegó.
—Así que era verdad —dijo en voz baja, abriendo los ojos despacio—. Te vi, ¿sabés? Todas estas veces. Te vi mirándome los pies y haciéndote el distraído.
El calor me subió a la cara. Quise inventar una excusa, pero ella se sentó en la cama y me sostuvo la mirada con una sonrisa que no tenía nada de inocente.
—No te pongas nervioso. No me molesta. Al contrario.
—Ariana, yo… —empecé, y no supe cómo seguir.
—¿Te gustan? Decímelo. Con todas las letras.
—Me encantan —confesé, y sentí que algo se rompía dentro de mí, una represa que llevaba demasiado tiempo conteniendo—. Siempre me gustaron. Tus pies más que ninguno.
Ladeó la cabeza, evaluándome, como quien acaba de descubrir una herramienta nueva y decide cómo usarla. Bajó la vista, me clavó los ojos en la entrepierna y soltó una risita al ver el bulto que ya no podía disimular.
—¿Y hasta dónde te gustan? —preguntó—. ¿Qué serías capaz de hacer por ellos? Se te para la verga con solo tocarlos, ¿te das cuenta?
—Lo que sea —dije, y no estaba exagerando—. Sería tu esclavo si me lo pidieras.
La palabra quedó flotando entre los dos. Vi cómo cambiaba algo en su expresión, cómo la sonrisa se volvía más firme, más segura. Estiró un pie y me lo apoyó contra el pecho, empujándome apenas hacia atrás. Después bajó despacio esa planta tibia hasta apoyarla justo sobre mi polla, apretando por encima de la tela con los dedos y arrancándome un gemido que no supe contener.
—Entonces vamos a probar si lo decís en serio. —Su tono ya no pedía, ordenaba—. Besá. Ahora.
No lo dudé. Tomé su pie con las dos manos y empecé a besarlo por todas partes, el empeine, el tobillo, la curva del talón. Besé sin parar, con una entrega que me sorprendió a mí mismo. Cada beso me hundía más, me sacaba de mi cabeza, me dejaba sin nada más que ese instante. Le pasaba la lengua por el hueco del talón, por el borde de la planta, subía hasta el tobillo y volvía a bajar como un perro faldero.
—Bien —murmuró—. Ahora olé. Caminé todo el día con sandalias, así que tenés mucho para disfrutar.
Apoyé la nariz en la planta y respiré hondo. El olor era intenso, real, el de unos pies que habían trabajado toda la jornada, y lejos de incomodarme me encendió como nada lo había hecho antes. Se me escapó un jadeo contra su piel y sentí cómo la polla me palpitaba dentro del pijama, mojando la tela con un hilo de líquido preseminal. Ariana me observaba desde arriba, apoyada en los codos, disfrutando del poder que acababa de descubrir que tenía sobre mí.
—¿Te gusta cómo huelen, esclavo? Contestame mirándome.
—Sí —dije contra su piel, levantando los ojos—. Me vuelve loco. Se me está poniendo la verga durísima solo de olerte los pies.
—Buen chico. —Se rió bajito y me apretó la nariz con los dedos, obligándome a hundir más la cara—. Respirá hondo. Llenate los pulmones de tu prima. Eso querías, ¿no? Años mirándome mientras yo cruzaba las piernas, imaginándote esto.
—Sí, mi reina —murmuré, y volví a respirar profundo con los ojos cerrados.
Esas dos palabras me atravesaron entero. Nunca había sentido algo parecido, esa mezcla de vergüenza y placer, de rendirme y al mismo tiempo sentirme más libre que nunca. Me había pasado la vida escondiendo esto, y ahí estaba ella, no solo aceptándolo sino tomando las riendas.
—Pasame las sandalias —ordenó, señalando el par que había quedado junto a la puerta—. Las que usé hoy.
Gateé hasta ellas y se las llevé. Ariana cruzó las piernas con una calma deliberada y me señaló el cuero gastado.
—Lamelas. Quiero verte hacerlo antes de dejarte volver a mis pies. Y no me hagas trampa: pasá la lengua bien plana por toda la plantilla.
Era una humillación calculada y los dos lo sabíamos. Pasé la lengua por la plantilla, por la marca que sus pies habían dejado durante el día, sintiendo el gusto salado del cuero, mirándola a los ojos porque sentía que eso era lo que ella quería. Su sonrisa se ensanchó. Estaba poniéndome a prueba, midiendo hasta dónde llegaba mi rendición, y yo le estaba contestando con cada gesto, con la polla tan dura que me dolía.
—Perfecto —dijo al fin—. Ahora sí. Volvé a mis pies. Lamé. Y sacate esa ropa. Quiero verte desnudo mientras me chupás.
Me arranqué la remera y el pantalón a los tirones. La verga me saltó tiesa contra el vientre, chorreando, y ella la miró con una ceja levantada, evaluándome también ahí, sin ningún reparo.
—Mirá cómo la tenés —se burló—. Ni te la toques. Ni una vez. Si te corrés antes de que yo te lo diga, se termina todo. ¿Entendido?
—Sí, mi reina.
Fue lo mejor que pude haber escuchado. Empecé por el talón, subí por la planta con la lengua plana, despacio, recorriendo cada centímetro. Sus pies eran más grandes de lo que parecían y eso solo me gustaba más. Cuando llegué a los dedos los tomé de a uno, los rodeé con la lengua, los chupé con una devoción que no tenía nombre. Me metía dos, tres a la vez en la boca, los mamaba como si fueran otra cosa, como si estuviera chupándole la polla al hombre que ella no era, y de fondo la escuchaba respirar cada vez más agitada.
—Eso —jadeó ella, y noté que su respiración también había cambiado—. Metés la lengua entre los dedos. Bien. Ahí, ahí, no pares. Ensuciámelos con la baba.
Le pasé la lengua entre cada dedo, hurgando en los pliegues, ensalivándole toda la planta hasta dejársela brillante. Sin pensarlo bajé la mano libre entre mis piernas para acomodarme y ella lo notó de inmediato.
—Las manos atrás de la espalda —cortó—. Ya te dije que ni te la toques. La verga es mía esta noche.
Obedecí, crucé las muñecas contra la espalda y seguí lamiendo con las manos afuera de juego. Solo la boca y sus pies. La polla se me sacudía sola con cada latido, marcándome el pulso contra el aire, y una gota gorda de preseminal me colgaba de la punta.
Al llegar al pulgar casi pierdo el control. Tenía las uñas pintadas de un blanco impecable y verlo de tan cerca, sentirlo en mi boca, me llevó al límite. Lo chupé como si de eso dependiera todo, con los ojos cerrados, perdido por completo, saboreando el cuerito duro del esmalte contra la lengua.
—Chupá ese dedo que tanto deseabas —me ordenó, saboreando cada palabra—. Con ganas. Demostrame cuánto lo querías. Mamalo como si fuera una polla, esclavo. Con ruido.
Hice exactamente eso. Encerré el pulgar entre los labios, lo mamé de arriba abajo, hueco, con la lengua enroscada, y el sonido húmedo llenó la habitación. Ariana soltó una risita cortada por un jadeo, y sin quitar el pie me deslizó los otros dedos por la cara, restregándomelos por la mejilla, por la frente, marcándome con su humedad y con la mía.
—Así, así, ay dios, sos un cerdito hermoso —murmuró—. Nunca me imaginé que ibas a ponerte así por mis pies. Mírate la cara, toda babeada, y esa polla parada como un poste.
Repetí todo con el otro pie, sin dejarme nada, mientras ella me dirigía con la voz, marcándome el ritmo, recordándome a cada momento quién mandaba. Yo había dejado de pensar. Solo existían sus órdenes y mi necesidad de cumplirlas. Chupé, lamí, mordí suave los dedos hasta hacerle escapar un gemido más profundo, uno que le salió del vientre y no de la garganta.
—Abrí la boca —dijo de pronto.
Obedecí. Junté los dos pies y me metió los pulgares a la vez, llenándome la boca, y yo los acepté con un gemido ahogado. Estaba completamente extasiado, sometido, exactamente donde quería estar sin haberlo sabido nunca del todo. Ariana se acercó, presionó un poco más, hundiéndome los dedos hasta que casi se me atragantaron, observando mi cara con una satisfacción evidente. La saliva se me escapaba por las comisuras y me caía por el mentón, por el pecho, hasta la verga que seguía saltando sola.
—Mirate —susurró—. Tan grandote y tan rendido por unos pies. Esto te encanta, ¿no? Ni te imaginabas que tu prima te iba a coger la boca así.
No podía hablar, así que asentí con lo que tenía libre, los ojos clavados en los suyos, chupándole los pulgares al mismo tiempo. Ella se rió por lo bajo, una risa de triunfo, y me dejó un rato más así, gobernándome con la sola presión de sus pies contra mi boca, empujando y sacando los dedos como si me estuviera follando ahí adentro.
Cuando por fin los retiró, un hilo de saliva se estiró entre su pie y mis labios. Ella lo cortó de un manotazo suave, se llevó los dedos mojados a la boca y los chupó ella misma, sin dejar de mirarme.
—Rico —dijo—. Bueno, esclavo. Última prueba de la noche. Vení para acá.
Me quedé arrodillado, agitado, con la mente en blanco. Ariana se reacomodó en la cama, apoyó la espalda contra el respaldo y estiró las dos piernas hacia mí. Después las cerró y me atrapó la verga entre las dos plantas, apretándola como si fuera un puño tibio.
—Movete —ordenó—. Fóllame los pies. Quiero verte terminar acá. Y me mirás. Los ojos arriba todo el tiempo.
El primer roce me arrancó un quejido. Empecé a mover las caderas despacio, sintiendo cómo las plantas de mi prima me apretaban la polla entera, deslizándose con la saliva que ella misma había dejado. Ariana movía los pies también, los abría y los cerraba, me pasaba los dedos por el glande, me hacía cosquillas en los huevos con los talones.
—Eso, cogele los pies a tu prima —susurró—. Bien fuerte. Que se note que llevás años queriéndolo. ¿Cuántas veces te hiciste una paja pensando en mis pies, esclavo?
—Muchas —jadeé, empujando más rápido—. Muchísimas. Perdón.
—No me pidas perdón. Terminá. Ahora. Correte encima de mis pies. Todo, sin desperdiciar una gota.
Fue una orden y bastó. Empujé dos, tres veces más contra esas plantas mojadas y sentí que se me rompía todo por dentro. La corrida me subió desde los huevos como un latigazo y disparé el primer chorro contra su empeine, otro contra los dedos, otro más que le manchó las uñas blancas de semen. Ariana se reía, jadeaba también, apretando los pies para no dejarme escapar ni una gota, mientras yo me sacudía adelante y atrás con la boca abierta y sin aire.
—Buen chico —repitió cuando por fin dejé de temblar—. Bien lechero. Ahora limpiame.
No hizo falta que aclarara. Me tiré de bruces sobre sus pies y empecé a lamerle mi propia corrida, chupándosela de los dedos, del empeine, del hueco entre uno y otro. Ella me guiaba, me acercaba un pie y después el otro, y yo tragaba todo lo que había dejado hasta dejarle la piel otra vez brillante y limpia.
Cuando terminé, me quedé apoyado contra sus tobillos, agotado, mientras ella me acariciaba la cabeza como se acaricia a un animal manso.
—¿Te gustó, esclavo?
—Sí, mi reina —respondí, y la palabra salió sola, natural, como si llevara toda la vida esperando para decirla.
—Buen chico —repitió, y esa frase volvió a encenderme entero—. Si querés ser mi esclavo de verdad, esto se puede repetir. Seguido. Pero las reglas las pongo yo. Siempre. Y todavía nos falta un montón por probar. La próxima vez te voy a hacer cosas que ni te imaginás.
—Sí —dije sin la menor duda—. Cuando quieras. Como quieras.
Ariana sonrió, satisfecha, y volvió a estirar un pie hacia mi cara, esta vez sin necesidad de ordenar nada. Yo ya sabía qué hacer. Y mientras bajaba la cabeza otra vez y le besaba el empeine con los labios todavía pegajosos, entendí que algo había cambiado para siempre entre nosotros, que aquella noche no era un final sino el principio de algo que yo había deseado en silencio durante demasiado tiempo.





