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Relatos Ardientes

Mi prima me esperó en el jardín a medianoche

Me quedé en la cama hasta bien entrada la mañana. No tenía nada que hacer y me apetecía recrear, con calma, todo lo que había pasado el día anterior. Al volver a casa había decidido tirar las bragas de mi madre en lugar de devolverlas al cesto. Olían demasiado a sexo; era imposible que ella no lo notara en cuanto pusiera la lavadora.

Me sacó del trance su voz desde el comedor.

—Marcos, ven un momento. Mira quién ha venido —dijo en voz alta.

No esperaba a nadie. Movido por la curiosidad, me puse una camiseta vieja sobre los pantalones con los que dormía y salí descalzo a ver de quién se trataba. Casi doy un paso atrás cuando vi a mi prima Carla sentada en el sofá, charlando con mi madre.

—Mira, Marcos, tu prima Carla —dijo mi madre girándose hacia mí—. ¿Te acuerdas de ella?

—Claro, mamá —contesté intentando que no se notara mi nerviosismo—. Además, nos vimos el otro día en el pueblo. ¿No te acuerdas de que te di recuerdos de su parte?

—Ay, sí, es verdad —rio—. ¡Vaya cabeza la mía!

Mientras tanto, Carla se había levantado y se acercaba hacia mí. Llevaba un vestido corto de tirantes, negro, que le quedaba como pintado. La verdad es que estaba espectacular.

—Hola, Marcos —dijo dándome dos besos. Su olor era fresco y agradable, y aun así me vino a la memoria un destello de su cara sudada del día anterior, después de masturbarse delante de mí—. Vaya dormilón estás hecho, ¿no? —añadió pinchándome.

—Oye, que estoy de vacaciones. Y aquí, la tirana —dije señalando a mi madre—, me tiene todo el día trabajando.

—Mira que eres caradura —saltó la acusada—. Si solo fue mover cuatro trastos. Por cierto, he encontrado unos cuantos más y luego me ayudas.

—Mamá, ni he desayunado —protesté exagerando—. Eres horrible.

Los tres nos reímos de la evidente exageración. La mención del trabajo hizo que a Carla le brillaran un poco los ojos. Ya empezaba a conocerla y enseguida intuí por dónde iban los tiros.

—Vale, mamá —dije—. Como un par de magdalenas y te echo una mano. Aprovechemos que está Carla para esclavizarla también.

—De ninguna manera —protestó mi madre—. ¡Faltaría más! Con lo mona que va con ese vestido. ¡Ni hablar!

—Claro que sí —respondió rápidamente Carla—. La verdad es que me gusta estar aquí, pero al final los días se hacen largos sin hacer nada. Un poco de trabajo me vendrá bien.

—Otro esclavo para la jaula —dije riendo—. Comemos rápido y nos ponemos.

Fui a la cocina, me metí las dos magdalenas casi enteras en la boca, un trago de leche, y salí dispuesto a ver qué pasaba.

***

Mi madre dio las instrucciones y Carla y yo empezamos a mover cajas hacia el garaje. Eran cerca de las doce y el calor apretaba fuerte, así que enseguida estábamos los tres sudando. La espalda de Carla brillaba, y un mechón de pelo mojado se le quedaba pegado a la cara. Mi madre, aunque hacía menos viajes, también sudaba a mares. Entre el sudor, las bromas y las risas íbamos vaciando el cuarto. Las miradas que cruzábamos mi prima y yo eran de pura complicidad.

—Mamá, pongo la escalera y subo yo —le ofrecí—. Entre Carla y tú me vais pasando las cajas.

—Ni hablar —respondió ella—. Tengo el altillo ordenado para encontrar las cosas y tú lo dejarías todo de cualquier manera. Sujetad bien la escalera y en un momento lo tenemos colocado.

—Mira que eres cabezota —dije sacudiendo la cabeza—. ¡Que aún no tengo ganas de heredar!

—No te preocupes por eso, hijo —respondió riendo—. No hay gran cosa que heredar. Quédate tranquilo.

Con ese tono divertido apoyamos la escalera contra la pared, abrimos la trampilla del altillo y la calzamos bien contra el suelo.

—Carla, si no te importa, sujétala tú, así esta loca puede subir sin matarse —dije, sabiendo de sobra que con eso le daba a mi prima una posición inmejorable para saciar sus instintos.

Mi madre se ajustó la coleta, se quitó las zapatillas y empezó a subir. Llevaba un vestido muy parecido al del día anterior, pero de otro color. Una vez arriba se le veían las piernas mucho más allá de la rodilla. Carla se colocó junto a la escalera, sujetándola con las dos manos, y su cara quedaba más o menos a la altura del borde del vestido. Yo le iba pasando las cajas a mi madre, que las colocaba dentro. Mi prima, disimulando, echaba algún vistazo hacia arriba, aunque dudo que viera gran cosa.

Cuando quedaban solo cuatro cajas, a mi madre empezó a costarle más acomodarlas. Apenas quedaba sitio y no llegaba bien, así que tuvo que ponerse de puntillas sobre el escalón y meter medio cuerpo en el altillo. El vestido se le subió tanto que hasta yo le vi las bragas desde donde estaba. Carla tenía la mirada clavada en el culo de mi madre y los ojos le brillaban como a una gata.

El equilibrio de mi madre se volvía cada vez más inestable, hasta que pasó lo que tenía que pasar: la escalera aguantó firme, pero su pie descalzo resbaló y por un segundo pareció a punto de caer. Carla, que estaba justo debajo y muy atenta, levantó los brazos y la sujetó por los muslos desnudos. Es una chica fuerte, pero las piernas estaban tan sudadas que sus manos resbalaron hacia arriba hasta afianzarse en esa curva donde acaban los muslos y empieza el culo. Aguantó así unos segundos, hasta que de un salto la sujeté yo también y la ayudamos a bajar.

—Pues suerte que era la última —dijo mi madre, un poco pálida—. Gracias, Carla. Si no llega a ser por ti, estaría estampada en el suelo.

—Vaya susto —respondió mi prima—. Pensé que te ibas directa abajo.

—¡Y oye! Tienes unos brazos muy fuertes —añadió mi madre mirándola con una expresión curiosa, como si no supiera bien qué decirle—. Menos mal. Venga, vamos a la cocina a tomar algo fresco.

En cuanto nos dio la espalda, Carla se giró hacia mí y puso una mueca de «¡Qué fuerte!». Estaba encantada de haber tocado las piernas y casi el culo de mi madre, eso saltaba a la vista.

***

Una vez en la cocina, Carla se excusó.

—Si me perdonáis, voy un momento al baño.

—Claro, niña —respondió mi madre—. Es la primera puerta pasando el comedor.

Sospeché de inmediato que no iba solo a lavarse las manos. Mi madre abrió un par de cervezas y nos sentamos a charlar mientras esperábamos. A los tres minutos volvió Carla, con las mejillas encendidas. Cuando mi madre se levantó a coger una tercera lata y nos dio la espalda, mi prima confirmó mis sospechas: me acercó la mano a la nariz. El olor a sexo me inundó. La muy descarada se había puesto tan caliente que había tenido que ir a tocarse.

Seguimos los tres hablando de cualquier cosa hasta que se levantó.

—Bueno, tendré que volver a casa antes de que piensen que me he perdido.

—Claro, bonita —respondió mi madre—. Muchísimas gracias por tu ayuda. Y por salvarme la vida —añadió riendo.

—Para eso estamos. Carla, la salvadora —contestó ella—. Nos vemos.

Cuando se fue, mi madre recogió la mesa.

—Mira que es maja esta chica —comentó—. Es una pena que no tengáis más contacto. Es un amor de niña.

—Sí que lo es —dije—. Y muy divertida. Pero entre que viven lejos y solo vienen en verano, la cosa no da para mucho más.

Me levanté pensando en lo perversa que era Carla, aunque ni más ni menos que yo. Con esa cara de buena chica resultaba todavía más chocante. Y más excitante. Aún quedaban once horas para nuestro encuentro de la noche. Menudo suplicio.

***

Las horas avanzaron despacio. Cayó la tarde, el cielo se oscureció. Mi madre se fue a dormir, me dio dos besos, y yo seguí en el sofá controlando el reloj. Por fin, un poco antes de las doce, apagué la tele y salí sin hacer ruido. El camino hasta la casa de mis tíos ya se me había hecho familiar de tanto repetirlo. Iba nervioso y muy excitado: cada noche con Carla había sido más intensa que la anterior. Cuando llegué, todas las luces estaban apagadas y reinaba el silencio. Me acerqué a su ventana y esperé.

Al rato oí unos pasos descalzos y reconocí su silueta esbelta.

—¿Marcos? —susurró a la oscuridad.

—Estoy aquí —dije dando un paso al frente.

—Espera un momento, ahora salgo —murmuró, y desapareció por el pasillo.

Unos segundos después oí pasos en el jardín, a mi espalda. Di un respingo, pensando que sería alguno de mis tíos, y me escondí detrás de un árbol. Las pisadas se acercaban casi sin ruido, hasta que reconocí a Carla. Salí de mi escondrijo, ella se llevó un dedo a los labios para que no hablara, me cogió de la mano y me llevó hasta detrás del garaje. Estábamos a unos veinte metros de la casa, ocultos de cualquier mirada.

—Perdona —dijo en voz baja—, pero mi padre estaba mosca. Dice que ha oído ruidos cerca de casa por la noche y no quiero que nos pillen.

—Joder, vaya susto me has dado —solté al fin, sonriendo—. Pensé que era tu padre que venía a partirme la cara.

—Mi padre es un santo —rio—. Si fuera él, seguramente vendría a pedirte perdón por asustarte a estas horas.

Carla iba como siempre: una camiseta larga que le hacía de camisón, sin sujetador —se le marcaban los pezones— y, por la silueta, unas braguitas y nada más. Sus piernas largas y morenas asomaban por debajo, y llevaba el pelo recogido en una coleta. Era un espectáculo. Una lástima que fuera mi prima, pensé.

—Oye, una cosa —dijo mirándome—. No te habrá molestado lo de tu madre, ¿no?

—Para nada —respondí rápido—. Te recuerdo que yo me corrí en unas bragas tuyas hace dos días. Tú y yo somos así de guarros, ¿qué le vamos a hacer?

—Ya, pero quería estar segura —se explicó—. Es que, al sujetarla, las manos me resbalaron por sus muslos. Estaban empapados de sudor. Una se me quedó firme en el culo, pero la otra se me fue hacia dentro, entre las piernas, y tuve tres dedos casi pegados a su sexo. Por eso he tenido que ir al baño. La mano me olía muchísimo a ella. Estuve un par de segundos así, y con un dedo la acaricié un poco. Seguro que no lo notó como una caricia, pero a mí me dejó perdida.

La imagen de mi madre rozada sin querer por mi prima me provocó una erección importante. Repasando el momento, recordé la mirada extraña que mi madre le había dedicado a Carla al bajar de la escalera, como sin saber qué decir.

—Creo que, aunque tú pienses que no, ella sí lo notó —le dije—. Y me atrevería a jurar que no le molestó.

Carla sonrió y se puso un poco colorada. Sus pezones se marcaron todavía más bajo la tela.

—Mira, voy a parecerte un enfermo —añadí despacio—, pero imaginarme tu mano acariciándola sin que ella se lo esperara me ha puesto muchísimo. Con tu permiso, me la voy a cascar.

Me bajé los pantalones y los aparté de una patada. Me agarré la polla y, sin dejar de mirarla a los ojos, empecé a moverme la mano despacio. Carla bajó la vista hacia mi erección, sonrió traviesa y dijo:

—Pues venga.

Se sacó la camiseta por encima de la cabeza y se quedó solo en braguitas.

—Me pone muchísimo ver a un tío hacerse una paja —murmuró.

Mientras me observaba, se apretaba los pechos con las manos y pellizcaba sus pezones entre los dedos. Al cabo de medio minuto, la mano derecha resbaló por su vientre, dejó atrás el ombligo y se deslizó bajo las braguitas. La vi meterse un par de dedos un par de veces, y luego empezar a trazar pequeños círculos. Nuestras respiraciones se volvieron más agitadas a medida que acelerábamos el ritmo. Ella separó las piernas para tocarse mejor; ahora era toda la palma la que subía y bajaba, y se oía un chapoteo leve.

El espectáculo era de tal voltaje que noté las piernas tensarse. Sin pensarlo, nos fuimos acercando hasta quedar separados por un palmo. Sus pechos bailaban casi rozándome, su aliento caliente me daba en el cuello, gemía entrecortada. Mi brazo se movía a toda velocidad y supe que la corrida era inminente. Con un gemido, el primer chorro fue a parar a su vientre, casi en el ombligo. Ella, jadeando hondo, sacó la mano de las bragas, las estiró un poco hacia delante, me agarró sin pedir permiso y me dirigió hacia su sexo. La segunda descarga lo empapó todo. Siguió meneándomela una y otra vez mientras yo apenas me sostenía en pie.

Cuando ya no salía nada, me soltó, se recolocó las braguitas y, por encima de la tela, fue esparciéndolo todo con la mano. Luego se fijó en el goterón que le había caído en el vientre, recogió el rastro con un dedo, se lo llevó a la boca y lo chupó cerrando los ojos.

—No sé por qué me gusta tanto —dijo, casi avergonzada—. Me encanta el sabor, tanto de chico como de chica. Me vuelve loca el olor. A veces más que el propio sexo. Está claro que soy una pervertida.

—Eres un poco guarra, sí —reí—. Pero yo no soy mucho mejor. Me pasa igual: prefiero comerle el coño a una chica y que se corra en mi boca que cualquier otra cosa.

—¿Y? —preguntó pícara.

—Al principio me daba reparo —respondí pensativo—, pero desde entonces no he dejado de imaginarlo.

—Tiene que ser una pasada —asintió, imaginándoselo—. Oye, me tengo que ir, pero me llevo esto de recuerdo —dijo señalándose el bajo vientre.

—Cuando llegue a casa pensaré en ello —reí.

—Es una pena que mañana te vayas.

—Vaya putada —respondí—. Este ha sido el mejor verano de mi vida.

Nos reímos los dos. Se puso la camiseta, me dio dos besos y echó a andar hacia su casa. A los dos metros se dio la vuelta, se plantó delante de mí, se metió la mano en las bragas y la sacó con los dedos húmedos. Sin decir nada, me metió un par en la boca y se llevó otros a la suya. El gusto era intenso, profundo.

—Lo iba a guardar para mí —dijo sonriendo—, pero ¡con lo bonito que es compartir! Ahora sí me voy.

—Cuídate mucho, Carla —acerté a decir.

Empezó a alejarse y, sin dejar de andar, se giró una última vez.

—¡Eh, Marcos! El curso que viene empiezo la universidad —anunció—. ¿Sabes dónde?

—Ni idea.

—En tu ciudad —dijo riendo—. Ya nos veremos por ahí.

Volvió a girarse y se marchó corriendo. La camiseta revoloteó un instante, dejándome una imagen fugaz de sus braguitas antes de desaparecer en la esquina. Sonriendo, yo también emprendí el camino a casa, pensando en todas las posibilidades que se abrían a partir de septiembre.

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Comentarios (4)

martin_rdl

increible relato, de los mejores que lei en mucho tiempo!!!

PatriciaGR

Quedé con ganas de mas, por favor seguí con esta historia. La escena del jardin a medianoche es demasiado buena para quedarse ahi.

Fer_Mdp

ufff que tension... me tuvo pegado hasta el final

LectoorSur

Me recordo a algo que me paso hace un par de años, esa sensacion de no saber bien que te espera en la oscuridad es unica. Lo contaron de diez.

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