Bianca descubrió mi secreto y puso sus condiciones
Voy a empezar por el principio, por el día exacto en que descubrí lo que me gustaba. Durante años compartí aula con chicas que me parecían atractivas, y siempre tuve esa curiosidad torpe de imaginar lo que escondían debajo del uniforme. Pero un martes cualquiera, sin avisar, mi mirada dejó de subir y se quedó abajo. Se quedó en los pies de una sola persona: Bianca.
Era la alumna nueva, de esas que llaman la atención apenas cruzan la puerta. Cabello castaño claro, piel pálida, estatura baja y unos ojos grises que parecían mirar de costado incluso cuando te miraban de frente. No era una modelo de revista, pero tenía algo que obligaba a girar la cabeza. A mí, al principio, me atrapó su cara: la nariz respingada, el perfil limpio, la manera en que fruncía la boca cuando no entendía un ejercicio.
Y entonces llegó aquella clase de la tarde.
Bianca cruzó las piernas y, casi sin darse cuenta, empezó a jugar con su zapato. Lo dejaba colgando de la punta del pie y lo mecía hacia adelante y hacia atrás, despacio, en un movimiento hipnótico. Me quedé mirando. El arco que se marcaba bajo la calceta blanca, la curva del empeine, la forma en que el talón quedaba a medias fuera del zapato. No sabía por qué, pero no podía apartar la vista.
¿Qué me está pasando?
Estuve embobado hasta que sonó el timbre y salí del trance de golpe. Por suerte, nadie me había visto. Habría sido humillante que alguien me preguntara qué tanto miraba el suelo durante media clase.
El resto de la tarde no pensé en otra cosa. Al llegar a casa me encerré en mi cuarto y me puse a buscar, con una mezcla de vergüenza y urgencia, qué era eso que me había dejado tan obsesionado. Así descubrí que tenía un nombre, que había mucha más gente como yo, y que se me acababa de abrir un mundo entero del que no sabía nada. Nunca antes me había fijado en los pies de una mujer. Los de Bianca se volvieron lo primero que pensaba al despertar.
No es que me la pasara observando cada par de pies que se cruzaba en mi camino. Pero empecé a notar detalles, a definir qué me gustaba y qué no, a entender mi propio deseo. Y, sobre todo, busqué la manera de acercarme a ella.
***
Tardé semanas, pero lo conseguí. Empezamos a hablar entre clases, después en los recreos, más tarde por mensajes hasta la madrugada. Bianca era irónica, rápida para responder, de esas personas que te hacen sentir que cada conversación es un duelo divertido. Nos hicimos amigos de verdad. Salíamos los fines de semana, íbamos al cine, paseábamos sin rumbo por el centro.
Y, sin embargo, había una frustración que no podía confesarle a nadie: nunca le veía los pies. Siempre llevaba zapatillas cerradas, botas, deportivas. Yo fantaseaba con un momento que no terminaba de llegar, y eso me carcomía por dentro de una forma casi ridícula.
Hasta que una tarde de calor sofocante quedamos para caminar por el parque. Bianca apareció con una blusa blanca de tirantes, una falda verde y unas sandalias planas que dejaban sus pies completamente a la vista. Me quedé sin aire un segundo. Después de tanto tiempo imaginándolos, por fin los tenía delante: los dedos bien proporcionados, las uñas cortas y naturales, sin esmalte, el tono rosado que tomaban las plantas a medida que caminábamos. Cada paso que daba era un pequeño regalo que ella ni siquiera sabía que me estaba haciendo.
Traté de disimular. Hablé más de la cuenta, me reí de cualquier cosa, miré a todos lados menos al suelo, aunque cada pocos segundos volvía a bajar la vista como un imán. Caminamos durante horas. El sol caía cuando emprendimos el regreso a su casa.
Iba pensando ya en despedirme, correr hasta mi habitación y fantasear con lo que había visto, esta vez sin tener que imaginar nada. Pero, al llegar a su portal, Bianca hizo algo que no esperaba.
—¿Subes un rato? Tomamos algo antes de que te vayas —dijo, ya con la llave en la cerradura.
El corazón se me disparó. Acepté intentando que la voz no me temblara.
***
Su apartamento estaba en silencio, fresco, con las persianas a medio bajar. Me pidió que me sentara en el sofá y desapareció en la cocina. Volvió con una jarra de agua y dos vasos, se sentó a mi lado y me sirvió. No me dejó dar ni el primer sorbo.
—¿Te gustan mis pies? —soltó, sin rodeos.
El agua casi se me sale por la nariz. Tosí, dejé el vaso en la mesa con torpeza.
—¿Por qué me preguntas eso? —respondí, ganando tiempo.
—Porque me miras mucho en clase —dijo, encogiéndose de hombros, con una calma que me daba más miedo que cualquier grito—. Y hoy, con las sandalias, estuviste todo el día distraído mirando hacia abajo. No soy tonta, ¿sabes?
—Yo… no es que… —balbuceé.
No sabía qué decir. Me había descubierto, justo a mí, que creía haber sido tan cuidadoso.
—Tranquilo, no te voy a juzgar —dijo, y se acomodó mejor en el sofá, girándose hacia mí—. Aunque reconoce que es un poco raro.
—No te lo voy a negar —admití, mirándome las manos—. Para mí también es raro. Es algo nuevo, lo descubrí hace poco.
—Yo creía que la gente con estos gustos eran psicópatas degenerados —dijo, y se rio.
Esa risa rompió la tensión. De golpe pude respirar.
—Bueno, psicópata no soy —contesté, también riéndome.
—¿O sea que degenerado sí? —insistió, arqueando una ceja.
—Lo normal —dije, y ella se rio más fuerte.
—A ver, explícame —siguió, ya en otro tono, más curioso que burlón—. ¿Qué es exactamente lo que te gusta? Porque para mí los pies son de las partes más sucias del cuerpo.
—No sabría decirte con precisión —respondí, eligiendo las palabras con cuidado—. Los tuyos fueron los primeros que me llamaron la atención. Antes ni los miraba.
Bianca se quedó un momento callada, observándome con esos ojos grises que parecían calcular algo. Después sonrió, y esa sonrisa ya no tenía nada de inocente.
—¿Ah, sí? Pues, como eres tan buen amigo, te voy a dejar mirarlos con calma.
Y, sin avisar, subió los dos pies a mis piernas.
***
Los tuve ahí, a centímetros, todavía dentro de las sandalias, con las cintas cruzadas sobre el empeine. Sentí su peso tibio sobre mis muslos y se me secó la boca.
—Desabrocha las cintas y dame un masaje —ordenó, recostándose contra el brazo del sofá.
—¿Estás loca? ¿Por qué iba a hacer eso? —pregunté, aunque las manos ya me hormigueaban.
—Por varias razones —dijo, contando con los dedos, divertida—. Primero, porque te interesa. Segundo, porque te lo estoy permitiendo, así que en realidad te estoy haciendo un favor. Tercero, porque estas sandalias me destrozaron los pies de tanto caminar. Y cuarto… —hizo una pausa, saboreando el momento— porque así te aseguras de que no le cuente a nadie tu pequeño secreto.
La miré, entre incrédulo y excitado.
—¿En serio me vas a chantajear con esto?
—No lo llames chantaje —dijo, moviendo los dedos de los pies frente a mi cara—. Llámalo un acuerdo. Tú te das tus gustos, yo me llevo un masaje cada vez que se me antoje. Nada es gratis en esta vida, y la verdad es que te estoy cobrando barato por guardar el secreto.
Tenía razón, y lo peor es que yo lo sabía. Estaba acorralado, sí, pero también más excitado de lo que había estado en mi vida. No quería que media escuela se enterara, claro. Pero sobre todo no quería que ese momento terminara.
—Está bien —cedí, con la voz más ronca de lo que pretendía—. Pero de verdad: ni una palabra a nadie.
—Tranquilo —dijo, y se acomodó mejor—. Los dos ganamos. Tú te diviertes, yo descanso, y de paso pruebo algo nuevo.
Dejé de pensarlo como una amenaza y empecé a vivirlo como un privilegio. Ella me gustaba. Sus pies me habían obsesionado desde el primer día. Y ahora los tenía sobre mis piernas, dándome permiso. No podía pedirle más a la suerte.
Sin decir nada, empecé a soltar las cintas. Lo hice despacio, desabrochando cada hebilla con un cuidado casi ceremonioso, sintiendo cómo el corazón me golpeaba en las costillas. Retiré la primera sandalia, después la otra, y por fin los tuve desnudos entre las manos. Eran suaves, tibios, exactamente como los había imaginado tantas noches.
Apreté con los pulgares la planta del pie derecho y ella soltó un quejido bajo.
—Ahí, justo ahí —murmuró, cerrando los ojos—. De verdad me dolían.
Seguí masajeando, recorriendo el arco, presionando el talón, deslizando los dedos entre los suyos. Bianca se relajaba bajo mis manos, dejaba escapar suspiros, y yo disfrutaba aquello mucho más que ella, aunque jamás lo habría confesado en voz alta. No podía creer lo que estaba pasando.
Estaba tan excitado que dejé de controlarlo. El bulto en mi pantalón creció hasta que fue imposible de esconder, y ella lo sintió contra la pantorrilla. Abrió un ojo, miró hacia abajo y sonrió, satisfecha de su propio poder.
—Vaya —dijo, despacio—. Veo que esto te emociona demasiado.
Retiró los pies de mis piernas con una lentitud calculada, disfrutando cada segundo de mi frustración.
—Creo que es suficiente por hoy —añadió, levantándose y estirándose—. No quiero que te acostumbres a tenerlo todo tan fácil. Ya tendrás más oportunidades… si te portas bien.
Me puse de pie, todavía aturdido. Bianca se acercó, me dio un beso que apenas rozó mis labios y me acompañó hasta la puerta, como si nada de lo anterior hubiera ocurrido.
—Nos vemos el lunes —dijo, y cerró.
***
Bajé las escaleras de dos en dos y caminé hasta casa con las manos hundidas en los bolsillos, conservando todavía en los dedos el tacto de su piel y un aroma tibio, nada desagradable, que no quería que se borrara. Esa noche entendí que algo había cambiado para siempre.
No solo había descubierto mi fetiche. Había descubierto que me gustaba que ella mandara, que pusiera las reglas, que decidiera cuándo empezaba y cuándo terminaba. Desde aquel día, casi cada vez que cerraba los ojos a solas volvía al mismo lugar: a ese sofá, a esos pies sobre mis piernas y a la sonrisa de Bianca diciéndome que el silencio se paga, y que ella siempre cobra a su manera.