La amiga de mi novia me citó para castigarme
Era el último viernes antes de las fiestas, ese día en el que casi todas las oficinas montan su cena de Navidad. Me había vestido mejor de lo habitual, camisa planchada y la chaqueta que solo me pongo en ocasiones especiales. Sabía que iba a beber más de la cuenta, pero no imaginaba hasta qué punto esa noche me iba a salir cara.
Después de la cena, el grupo entero decidió seguir en un local cercano donde pinchaban buena música. Bebí, bailé, me reí con gente con la que apenas cruzaba dos frases en todo el año. En algún momento de la madrugada, una compañera del departamento de al lado, Sara, se acercó demasiado. Nos miramos un segundo de más y nos besamos. Fue un beso corto, casi un roce, nada que mereciera una historia. Pero si soy sincero, me gustó. Y eso fue lo que me condenó.
El resto de la noche transcurrió sin nada digno de mención. A las tres y pico me marché solo a casa, me dejé caer en la cama vestido y dormí la borrachera de un tirón.
Me desperté tarde, con la boca pastosa y la cabeza espesa. Desayuné algo, me metí en la ducha y dejé que el agua caliente me devolviera al mundo poco a poco. Cuando salí, encendí el móvil y vi varios mensajes de Marina, la mejor amiga de Lucía, mi novia. Me extrañó. Marina y yo nos llevábamos bien, pero no éramos de escribirnos.
Abrí la conversación y se me cayó el alma a los pies. Marina me había enviado tres fotos. En todas salía yo, con la boca pegada a la de Sara, las manos donde no debían estar. Debajo, una sola línea: «¿Me vas a explicar esto?».
Contesté con los dedos temblando.
—Marina, no es lo que parece. Solo fue un beso, una tontería del alcohol. Por favor, no le digas nada a Lucía.
—Eres un cretino —respondió al instante—. Lucía te adora y tú le haces esto. ¿Quién te crees que eres?
—Marina, Lucía es el amor de mi vida. Cometí un error, lo sé, pero si se lo cuentas no me lo va a perdonar nunca. Te lo suplico.
Tardó un par de minutos en volver a escribir. Esos minutos se me hicieron eternos.
—Mira, esto no se habla por teléfono. Te espero esta tarde en el chalet de mis padres, a las siete. Sabes dónde está. Y no se te ocurra faltar. Las fotos las hice yo misma, así que ahórrate las excusas.
***
Llegué puntual. Dejé el coche en la calle y crucé el jardín hasta la casa. El chalet era amplio, con un césped cuidado que rodeaba una piscina vacía y cubierta por el frío de diciembre. Marina me esperaba con la puerta abierta. Parecía más serena de lo que su tono escrito había sugerido, y esa calma, en lugar de tranquilizarme, me puso en guardia.
Iba con un jersey blanco de lana, vaqueros y deportivas. El pelo rubio recogido en una coleta floja. Estaba guapa, siempre lo había estado, aunque yo nunca me había permitido pensarlo en voz alta.
Me hizo pasar al salón y sirvió dos copas sin preguntarme si quería. Me senté en el borde del sofá, incapaz de relajar la espalda.
—Daniel —dijo, mirándome fijo—, ¿cómo has podido hacerle algo así?
—Ya te lo he dicho. No significó nada. Fueron dos besos en una fiesta, nada más.
—Yo estaba allí. No fueron dos besos. Hubo miradas, manos, abrazos. Te faltó muy poco para llevártela al baño y tú lo sabes.
Bajé la cabeza. No tenía con qué defenderme.
—El alcohol, la fiesta, me dejé llevar… —murmuré—. Sé que estuvo mal. Estoy arrepentido, te lo juro.
—El arrepentimiento no sirve de nada, Daniel. Lucía merece saber con quién está. Voy a enviarle las fotos.
—No, por favor. —Sentí que se me hacía un nudo en la garganta—. Haré lo que sea. Lo que me pidas. Pero no le rompas la vida por una estupidez mía.
Marina dejó su copa sobre la mesa con una lentitud calculada. Algo cambió en su cara. La indignación dio paso a otra cosa, algo más frío y más afilado.
—¿Lo que sea? —repitió.
—Lo que sea —confirmé, demasiado rápido.
—Bien. Hay una forma de que esto no salga de aquí. Pero no estoy segura de que estés preparado.
—Lo estoy. Dime qué tengo que hacer.
Se levantó sin contestar.
—Quédate aquí. Y no te muevas del sofá.
***
Marina desapareció por el pasillo y me dejó solo con mi copa y mi conciencia. Los minutos empezaron a estirarse. Cinco, diez, quince. Cada uno más largo que el anterior. ¿Qué demonios estará tramando? El silencio de la casa solo lo rompía el tictac de un reloj de pared en alguna parte.
Y entonces lo oí. El repiqueteo seco de unos tacones acercándose por el pasillo de baldosas. Me extrañó, porque Marina se había marchado en deportivas.
Cuando reapareció en el salón, me quedé literalmente con la boca abierta.
Llevaba el pelo rubio peinado hacia atrás, liso, cayéndole sobre los hombros. Vestía un sujetador y un tanga de cuero negro que se le ceñían al cuerpo como una segunda piel, y unas botas altas, de tacón aguja, que le subían por encima de la rodilla. Iba maquillada de un modo que no le había visto nunca, con los labios pintados de un rojo brillante. En la mano derecha sostenía una fusta fina.
—¿Sorprendido? —preguntó, y la voz le había cambiado tanto como el resto.
—S-sí —acerté a decir.
—Calla. Y desnúdate.
—Pero, Marina…
—Puedes marcharte cuando quieras —me cortó, encogiéndose de hombros—. Pero si cruzas esa puerta, llamo a Lucía antes de que llegues al coche y se lo cuento todo. Tú decides.
No dije nada más. Me levanté y empecé a quitarme la ropa con dedos torpes, dejándola doblada de cualquier manera sobre el brazo del sofá. El frío de la casa me erizó la piel, o tal vez no fue el frío. Cuando me bajé el bóxer, mi polla ya asomaba medio dura, traicionándome delante de ella. Marina la miró un segundo, arqueó una ceja y soltó una risa corta.
—Vaya, vaya. Encima disfrutas.
Marina rodeó el sofá y me ordenó que le diera la espalda. Sentí la punta de cuero de la fusta recorrerme los hombros, bajar despacio por la columna, dibujar líneas lentas sobre la parte baja de mi espalda, colarse entre las nalgas y volver a subir. El tacto era suave, casi una caricia, y para mi propia vergüenza noté que mi polla se ponía dura del todo, hinchada y palpitando contra mi vientre sin que yo pudiera hacer nada.
El primer fustazo me pilló por sorpresa. Un latigazo seco contra una nalga, un ardor que me arrancó un gemido. Antes de que pudiera recuperarme llegó el segundo, y luego un tercero. Cinco en total, espaciados, cada uno precedido de un silencio en el que yo no sabía cuándo iba a caer el siguiente. La anticipación dolía casi tanto como el golpe. Con el último ya tenía las nalgas ardiendo y la polla goteando pringue.
—De rodillas —ordenó, mientras se sentaba en el sofá y cruzaba las piernas.
Obedecí. Marina extendió una pierna y acercó la punta del tacón a mi boca.
—Lámelo. Despacio. Como si te fuera la vida en ello.
Cerré los ojos y obedecí. Pasé la lengua por el cuero de la bota, por la curva del tacón, mientras ella me observaba desde arriba con una media sonrisa. Me estaba humillando, y lo peor era que cada orden suya me encendía un poco más. Nunca me había imaginado a mí mismo así, de rodillas con la polla tiesa apuntándole a las botas, suplicando con la mirada por instrucciones, pero no quería que parara.
—Mejor de lo que esperaba —murmuró—. Quizá no eres un caso perdido. A ver qué tal la boca por otros sitios.
Se abrió las piernas sin levantarse y se apartó el tanga de cuero a un lado. Vi por primera vez su coño depilado, brillante y ya empapado. Me agarró del pelo y me estampó la cara contra él sin darme tiempo a reaccionar.
—Chupa. Y no pares hasta que yo te lo diga.
Saqué la lengua y empecé a lamerla ahí mismo, en el sofá, con las rodillas clavadas en el suelo y las nalgas ardiendo por los fustazos. La recorrí de arriba abajo, me demoré en el clítoris, la penetré con la lengua todo lo hondo que pude. Marina me tenía sujeto por el pelo, dirigiéndome a su antojo, restregándose la cara contra mi boca. Su sabor era intenso, salado, y yo tragaba y seguía chupando como si de verdad me fuera la vida.
—Ese es tu sitio —jadeó—. Ahí abajo, comiéndome el coño. Ya está. Levanta.
***
Me cogió de la mano y me hizo levantarme. Sin soltarme, me condujo por el pasillo hasta un dormitorio en penumbra. La polla se me bamboleaba a cada paso, tiesa, con un hilo de líquido preseminal colgándole de la punta. Allí se deshizo del tanga del todo, se dejó puesto el sujetador de cuero y se tumbó al borde de la cama, con las botas altas todavía calzadas y las piernas muy abiertas.
—Ahora demuéstrame que sabes hacer algo bien con esa boca —dijo—. Y si me la haces bien, quizá te deje meterla.
Me arrodillé entre sus botas y hundí la cara en su coño otra vez. Empecé despacio, con la punta de la lengua, dibujándole los labios, chupándole el clítoris con los labios. Marina dejó escapar un suspiro contenido, y después un gemido más bajo, casi un ronroneo. Le metí dos dedos mientras seguía chupando, doblándolos hacia arriba, y ella pegó un respingo y me apretó el pelo con más fuerza.
—Ahí, cabrón, ahí. Sigue así.
Jugué con la lengua siguiendo sus reacciones, atento a cada inspiración entrecortada, a cada vez que sus dedos se tensaban sobre la colcha. Se le escapó un «me cago en la puta» entre dientes y se movió contra mi cara buscándose el ángulo. Sus gemidos fueron creciendo, perdiendo el control que tanto le gustaba exhibir. Chupé más fuerte, metí los dedos más rápido, le lamí el clítoris con la lengua plana, sin parar.
Cuando estuvo a punto, me agarró del pelo con las dos manos y apretó mi cara contra ella, sin dejarme apenas respirar. Me ahogó ahí, contra su coño, mientras el cuerpo entero se le sacudía. Un chorro caliente me empapó la barbilla y el cuello. No me aparté. Seguí lamiendo hasta que el cuerpo entero le tembló otra vez, más largo, y se dejó caer sobre el colchón, jadeando, con las botas colgando por el borde.
Durante un rato nos quedamos los dos quietos, yo desnudo a sus pies con la cara pringada y la polla dura como una piedra, ella recuperando el aliento con el sujetador de cuero subiendo y bajando. Después me hizo subir a la cama.
—Túmbate. Boca arriba. Y las manos quietas sobre la almohada.
Obedecí. Se puso a horcajadas sobre mí sin dejarme meterla, restregándose los labios del coño por toda la longitud de mi polla, arriba y abajo, mojándomela entera sin hundirla. Empezó a acariciarme el pecho, la barriga, los muslos, sin prisa, con la yema de los dedos, sin permitirme nada más. Cada vez que mi respiración se aceleraba, se levantaba un poco, retiraba la mano y esperaba a que me calmara. Yo tenía la polla tan tiesa que me dolía.
—Marina, por favor…
—Chsss. Esta noche no decides tú —dijo en voz baja—. Decido yo.
Bajó la boca hasta mi polla y me la lamió de arriba abajo, como si fuera un helado, sin llegar a metérsela nunca del todo. Me chupó los huevos uno por uno, me pasó la lengua por el frenillo, me metió la punta en la boca y volvió a sacarla. Me estaba volviendo loco. Cada vez que notaba que iba a explotar, paraba, me apretaba la base de la polla con los dedos y esperaba.
Cuando se cansó de torturarme se colocó otra vez encima, me agarró la polla con la mano y se la clavó ella misma, hasta el fondo, de una sola sentada. Los dos gemimos a la vez. Empezó a moverse, al principio despacio, casi perezosa, subiendo y bajando por toda la longitud, y luego cada vez más rápido, marcando ella el ritmo, controlándolo todo. Yo intentaba quedarme inmóvil, dejarla hacer, con las manos crispadas sobre la almohada.
—Mírame. Mírame la cara mientras te follo, cabrón.
La miré. Tenía los ojos brillantes, los labios rojos entreabiertos, las tetas todavía encerradas en el sujetador de cuero saltando al compás. Se agachó y me escupió en la boca. Tragué. Se rió. Aceleró el ritmo, con las manos apoyadas en mi pecho, clavándome las uñas, follándome con rabia. Cada vez que bajaba se me hundía hasta que le notaba el culo golpeándome los huevos.
—Ni se te ocurra acabar sin permiso —me advirtió entre jadeos—. Aguanta. Tú aguantas hasta que yo te lo diga.
Apreté los dientes. Cada segundo era una pelea contra mi propio cuerpo. Me clavé las uñas en las palmas, pensé en cualquier cosa, conté hacia atrás. Marina lo notaba y se reía, disfrutando de verme al límite. Se levantó, se dio la vuelta sin sacarme y se me sentó encima al revés, para que le viera el culo y la espalda mientras se movía. Me agarró los huevos por detrás con una mano y me los apretó a la vez que se empalaba una y otra vez.
—Marina, no puedo más —supliqué—. Por favor, déjame acabar. Por favor.
—Todavía no.
Siguió montándome hasta que se corrió otra vez, apretándome dentro con unas contracciones que casi me hicieron explotar. Se detuvo justo a tiempo. Se levantó, se giró y se deslizó hacia abajo por mi cuerpo hasta que su boca quedó sobre mi polla. Me la metió entera, hasta la garganta, y me la sacó despacio, lamiéndome con una lentitud cruel, mirándome a los ojos todo el rato. Volvió a metérmela, chupándome con las mejillas hundidas, empapándola de saliva.
—Ahora —dijo, sacándomela un segundo y apuntándose la polla contra la cara, contra sus propios labios—. Ahora puedes. Córrete. En mi boca.
Me la volvió a meter y bastaron tres chupadas. Me corrí con una fuerza que me dejó vacío, en chorros largos que le llenaron la boca hasta desbordarla. Vi cómo le caía por la comisura, por la barbilla, mientras ella seguía chupándome y ordeñándome con la mano hasta la última gota. Pero antes de que pudiera siquiera reaccionar, Marina subió otra vez, me sujetó la cabeza con las dos manos, me abrió la boca con los pulgares y me escupió dentro toda mi corrida. Después me besó, restregándomela por la lengua, obligándome a tragar. Lo hice, todavía temblando, sintiendo el sabor espeso y salado bajarme por la garganta, mientras ella me observaba con una satisfacción que no tenía nada que ver con el placer.
—Buen chico —susurró, limpiándose la barbilla con el dorso de la mano y chupándose los dedos—. Así se hacen las cosas.
***
Nos quedamos un rato más tumbados, en silencio. Después me levanté, recogí mi ropa del salón y me vestí sin decir gran cosa. Marina me acompañó a la puerta, otra vez tranquila, otra vez la amiga de siempre, como si la mujer de las botas y la fusta no hubiera existido.
—¿Vas a borrar las fotos? —pregunté ya en el umbral.
Sonrió y no contestó. Me limité a darle las gracias, como un idiota, convencido de que había saldado mi deuda y de que aquello quedaba enterrado para siempre.
Conduje de vuelta a casa con una mezcla rara de alivio y vergüenza, intentando convencerme de que todo había terminado.
Pero no había terminado. Eso lo entendería mucho después.





