Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi sumiso favorito y la orden que no esperaba

No te voy a mentir: me gustan los hombres que llegan sin condiciones. Los que se sientan donde les digo, callan cuando les ordeno callar y abren la boca solo cuando yo lo permito. Si entraste a leer esto fue porque algo en ti reconoció esa entrega, y eso ya te hace distinto al resto.

Me llamo Marcela. Tengo cincuenta y dos años y un cuerpo que, lejos de rendirse al tiempo, aprendió a usarlo a su favor. Lo noto en cómo me miran cuando paso, en cómo se demoran los ojos justo donde no deberían. El gimnasio me dio unas piernas firmes y un trasero redondo, alto, de esos que invitan a inclinarse y obedecer. Y la edad me dio algo más valioso: dejé de pedir permiso para desear lo que deseo.

Esa tarde te tocó a ti.

Te hice pasar al estudio del fondo, donde la luz entra filtrada y nadie nos interrumpe. Te señalé la silla y te sentaste sin chistar, con las manos sobre las rodillas, esperando. Me gustó esa quietud tuya. La quietud de quien sabe que la noche le pertenece a otra persona.

Me planté frente a ti con unos leggings negros y una blusa gris que marcaba cada curva. Di un paso, luego otro, hasta quedar a un metro escaso. Entonces me di la vuelta despacio, sabiendo que tus ojos bajarían solos. Bajaron.

—¿Te gusta lo que ves? —pregunté, sin girar la cabeza.

Asentiste. No hizo falta más.

Siempre empiezan así, mudos, como si las palabras les pesaran demasiado.

Enganché los pulgares en el elástico del pantalón y empecé a deslizarlo hacia abajo, milímetro a milímetro. La tela negra fue cediendo y mi piel clara fue apareciendo en su lugar, primero la curva alta de cada nalga, después la línea que las separa. No llevaba nada debajo. Lo notaste enseguida, y tu respiración cambió de ritmo.

—Ahora viene la mejor parte —te advertí.

De un tirón seco solté los leggings hasta la mitad de los muslos. Mi trasero quedó completamente desnudo frente a tu cara, a la altura justa para que no pudieras mirar otra cosa.

—Dios santo —murmuraste.

—¿Te gusta mi culo? —pregunté, casi con dulzura.

—Sí —contestaste, y la voz te tembló un poco.

Me incliné apenas hacia adelante. Llevé una mano a cada glúteo y los abrí lentamente, dejándote ver lo que tus ojos habían estado buscando desde que entraste. Tragaste saliva. Lo escuché.

—¿Cómo se ve desde ahí? —pregunté, con todo expuesto.

—Increíble —dijiste, y la palabra te salió rota.

La forma en que lo dijiste me confirmó lo que ya intuía: te enloquecía esa visión. No el cuerpo entero, no la cara, no los pechos. Eso. El centro mismo de mí, abierto y ofrecido como una orden que todavía no había terminado de darte.

—No sabes lo que estás mirando —dije bajando la voz—. Hay hombres que se pasan la vida fingiendo que esto no les gusta. Tú no eres de esos, ¿verdad?

—No —respondiste de inmediato.

Solté las nalgas. La tensión del momento se quedó flotando en el aire, espesa.

—Hazlo tú —ordené—. Ábreme con tus manos.

No dudaste. Apoyaste las palmas sobre mi piel, todavía tibias, y separaste cuanto pudiste. Sentí tus dedos clavarse con una urgencia que delataba todo lo que llevabas guardado.

—Qué bien lo haces —dije, mirándote de reojo por encima del hombro—. Apuesto a que ya habías abierto a alguien así antes.

—Ajá —admitiste, sin apartar la vista.

—¿Y qué opinas? ¿Te parece bonito?

—Es hermoso.

Sonreí. Tener un hombre arrodillado por dentro, aunque siguiera sentado, es una de las pocas cosas que todavía me hacen sentir poderosa de verdad. Y tú lo estabas, completamente.

—¿Te gustaría olerlo? —pregunté.

Tardaste medio segundo, como si no creyeras que tenías permiso.

—¿Puedo?

—Claro que puedes —dije—. Para eso te traje.

Y no hiciste más que cumplir. Vaciaste los pulmones de golpe, echando todo el aire por la nariz, y después hundiste la cara contra mí e inhalaste con una fuerza que me arrancó un escalofrío. Sentí tu nariz apretada, tu aliento caliente, la desesperación de quien por fin tiene lo que llevaba tiempo imaginando.

—Ahí está —susurré—. Respira hondo.

—Mmm —fue todo lo que pudiste contestar, sin separarte un milímetro.

—¿Te gusta? —insistí—. ¿De verdad te gusta?

—Sí —dijiste contra mi piel—. Mucho.

—Me excita que te guste —confesé, y era cierto—. Me excita saber que un hombre como tú perdería la cabeza por algo que otros esconden.

Te quedaste así un rato largo, inhalando, con las manos clavadas en mis nalgas como si tuvieras miedo de que me alejara. No me alejé. Disfruté cada segundo de tu rendición.

***

—Deja de oler —ordené al fin—. Ahora abre la boca y saca la lengua.

Obedeciste sin una palabra. Apartaste la nariz y la primera caricia de tu lengua me recorrió de abajo hacia arriba, lenta, tanteando.

—Eso es —jadeé—. Despacio. ¿Te gusta?

—Ajá —contestaste entre dientes, sin dejar de moverte.

—Tu lengua se siente increíble —reconocí, y no exageraba.

Había algo hipnótico en cómo lo hacías, como si limpiaras cada pliegue con paciencia de devoto. No tenías prisa. Lamías como quien adora, no como quien cumple un trámite, y esa diferencia lo era todo.

—¿A qué sabe? —pregunté por curiosidad.

—Amargo —respondiste rápido, antes de volver a la tarea.

—¿Y aun así no paras? —me reí bajito—. Eres peor de lo que imaginaba. Me encanta.

Me apoyé con las dos manos contra la pared y empujé las caderas hacia atrás, abriéndome más para ti. Endureciste la lengua y la apoyaste contra el centro, presionando, buscando la entrada con una insistencia que me hizo cerrar los ojos.

—Sí —gemí—. Métela. Eso es justo lo que quiero.

Pujé apenas, relajando los músculos, y sentí cómo tu lengua dura se abría paso hacia adentro. Un calambre de placer me subió por la espalda. Hay pocas sensaciones tan íntimas como esa, la de alguien entrando en el rincón más privado de tu cuerpo solo porque se lo permitiste.

—Cómelo —ordené, con la voz quebrada—. Cómete todo lo que te doy. Te gusta, ¿verdad?

Estabas demasiado ocupado para contestar. Tu lengua entraba y salía, y yo apretaba y soltaba al ritmo de tu boca, marcándote el compás como se le marca a un instrumento.

—Más despacio ahora —cambié la orden—. No metas la lengua. Solo lengüetea por fuera. Acaricia.

Te ajustaste de inmediato. La punta de tu lengua empezó a subir y bajar sobre la entrada, rozándola sin penetrarla, una tortura suave que me hizo arquear la espalda y morderme el labio.

—Qué bien obedeces —susurré—. Eso es lo que más me gusta de ti. Que no preguntas. Que solo haces.

—Para eso vine —contestaste por fin, separándote apenas.

—Lo sé. Y por eso te volveré a llamar.

***

Me incliné un poco más, ofreciéndote todo el peso de mi cuerpo, y dejé que siguieras. No había prisa, no había nadie esperando del otro lado de la puerta. Solo tú, de rodillas dentro de tu propia entrega, y yo, dueña de cada segundo que decidía regalarte.

—¿Sabes por qué los hombres como tú me fascinan? —pregunté, mientras tu lengua seguía su trabajo paciente—. Porque no fingen. Porque dejan de tener vergüenza en cuanto cruzan esa puerta. Y eso, para una mujer de mi edad, vale más que cualquier otra cosa.

Apretaste mis nalgas con más fuerza, como respuesta. Me gustó.

—Eres bueno en esto —seguí—. Demasiado bueno. Casi me das pena los pobres que nunca van a saber lo que se pierden.

Te detuviste un instante para tomar aire y volviste enseguida, hambriento, sin que yo tuviera que pedírtelo. Esa fue la señal que estaba esperando: ya no obedecías por orden, obedecías por deseo propio. Habías cruzado la línea donde la sumisión deja de ser un papel y se vuelve algo verdadero.

—Dime una cosa —murmuré, mientras tú seguías sin levantar la cabeza—. ¿Cuántas noches llevas imaginando esto? ¿Cuántas veces te dormiste pensando en una mujer que te ordenara exactamente lo que tienes que hacer?

—Muchas —admitiste, con la voz apagada contra mi piel—. Demasiadas.

—Lo suponía —dije—. Se te nota en cómo obedeces. No es la primera vez que sueñas con esto, pero sí la primera que lo vives de verdad. Y eso lo cambia todo, ¿no es cierto?

No contestaste. No hacía falta. Tu cuerpo entero respondía por ti: la forma en que te apretabas contra mí, el temblor leve de tus manos, la entrega absoluta con que seguías cada una de mis indicaciones. Hay confesiones que no se dicen con palabras, y la tuya la estabas gritando en silencio.

—Así —murmuré—. Justo así. No pares hasta que te lo diga.

Y no paraste. Te quedaste ahí, entregado, mientras yo me dejaba llevar por la sensación de ser adorada exactamente como quería. La tarde se alargó en silencios, en jadeos, en órdenes susurradas que tú cumplías una tras otra sin titubear.

Cuando al fin te aparté, tenías la mirada perdida y la respiración rota, como quien vuelve de muy lejos. Me subí los leggings con calma, sin prisa, mientras tú seguías arrodillado por dentro.

—Lo hiciste bien —dije, acomodándome la blusa—. Mejor que la mayoría.

—¿Volverás a llamarme? —preguntaste, casi con miedo.

Me agaché, te tomé del mentón y te obligué a mirarme.

—Eso depende de ti —respondí—. De si la próxima vez estás dispuesto a obedecer todavía más.

Asentiste sin dudarlo. Por supuesto que sí. Los hombres como tú siempre vuelven, y siempre dispuestos a más.

Te dejé sentado, recuperando el aliento, y salí del estudio sabiendo que esa noche te quedarías despierto pensando en mí. En mis órdenes. En mi cuerpo. En todo lo que estuviste dispuesto a hacer con tal de complacerme.

Y la verdad, querido lector, es que esa certeza —la de tenerte enganchado, esperando mi próxima llamada— es el verdadero placer de todo esto. No el cuerpo. No el momento. El poder. Y ahora, también tú lo sabes.

Ver todos los relatos de BDSM

Valora este relato

Comentarios (5)

KarlaF_mdq

buenisimo!!!

MartinCordoba

me enganche desde el primer parrafo, tremendo. Segui publicando!

RosaLectora

por favor que haya segunda parte, me quede con ganas de mas 😩

Lorena_Palermo

Que dinamica tan interesante entre los personajes. Se nota la tension desde el inicio. Muy bien logrado

Nati_Lectora

Bien escrito y con morbo sin caer en lo burdo. Es lo que mas me gusta de estos relatos

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.