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Relatos Ardientes

Le quité todo lo femenino y la convertí en mi chico

Tenía que terminar. Llevaba meses viendo cómo se vaciaba nuestra cuenta en cosas que no servían para nada: alaciados, tintes carísimos, sesiones de uñas en el salón más caro del centro. Y la lencería. Por lo que se gastaba en encaje en un mes, podríamos haber pagado dos meses de alquiler. Siempre era gastar, gastar, gastar, y ella jamás había movido un dedo para conseguir un trabajo propio.

Esa tarde llegó otra vez con bolsas colgando de los brazos. La recibí con una mirada de hielo desde el sofá. Ella se encogió de hombros, como si nada, y se metió en el dormitorio. La seguí sin prisa.

Sobre la cama había dejado, ordenadas en abanico, todas las facturas de las tarjetas. Al lado, una bolsa de basura llena hasta el tope: sus bragas, sus sostenes, sus pinturas, todo. Daniela no entendió nada al principio. Abrió la cómoda de un tirón y se quedó congelada: dentro solo había calzoncillos ajustados y camisetas blancas de hombre. Ni un sujetador. Ni una sola braga.

Entre la ropa interior masculina, encontró además una polla de silicona, un relleno suave para meter dentro de los calzoncillos. Abrió la puerta del armario buscando sus vestidos y solo encontró camisas planchadas y pantalones rectos.

Entonces me vio de pie en el umbral.

—¿Dónde está mi ropa? —empezó a gritar—. ¿Qué hiciste con todo?

—Esta es tu ropa —respondí con calma.

—Esto es ropa de hombre.

—No eres un hombre —dije, y me crucé de brazos—. Eres un chico. Un jovencito bonito que va a aprender a comportarse.

Le ordené que se quitara de inmediato esa blusa de seda que llevaba puesta. Tenía cita reservada esa misma tarde, y de ahí saldría con el corte de pelo más corto de su vida. Ella negó con la cabeza y caminó hacia la puerta. La sujeté del brazo, la empujé sobre la cama y empecé a subirle yo mismo un calzoncillo blanco por las piernas.

—Mete el relleno —le ordené, poniéndole la silicona en la mano—. Ahí, en su sitio. Ahora tienes una.

Después le entregué una venda ancha, de las buenas, y la obligué a envolverse el pecho hasta dejarlo plano. Ya habría tiempo para soluciones más permanentes, pensé mientras la miraba apretar la tela contra sus costillas.

La empujé para que se arrodillara frente a mí. Me bajé los vaqueros y saqué la polla, dura desde el momento en que la vi obedecer. Me pasé la mano por mi propio corte al rape, militar, y le dije:

—Vas a tener un corte como este. Y vas a sacar tu polla por la bragueta del calzoncillo y a acariciártela como un hombre mientras me la chupas.

Obedeció. Mientras tenía mi polla en la boca, le sujeté la nuca y la miré desde arriba.

—Te gustaría tener una de verdad como la mía, ¿no es así, muchacho?

Asintió con la boca llena. Me corrí sobre su cara y, en lugar de limpiarla, le froté el semen con la palma de la mano hasta arruinarle por completo el maquillaje que tanto le había costado. Luego le tiré los vaqueros más ajustados que quedaban en el armario.

—Póntelos. Quiero que se note el bulto. Arréglate, tenemos hora en la barbería.

***

Conduje hasta el barrio gay del centro sin decir una palabra. De reojo la veía llevarse la mano una y otra vez al bulto de la entrepierna, como si todavía no creyera lo que había entre sus piernas. Aparqué frente a una vieja barbería de toldo rojo, de las de siempre.

Daniela bajó a la acera y se vio reflejada en el escaparate. El bulto debía de marcarse mucho, porque movió la mano para taparlo, avergonzada, como quien camina con una erección que no puede esconder. Junto a la entrada había tres hombres apoyados en la pared. Cuero negro, cabezas afeitadas, brazos cruzados. Sus ojos la siguieron de arriba abajo.

Me incliné sobre su oreja y le susurré:

—Apuesto a que a un chico como tú le encantaría que uno de esos te metiera la polla por el culo.

La sentí estremecerse entera, pero no dijo nada.

—Respóndeme, muchacho —exigí.

—Sí —murmuró.

—¿Sí, qué? —ladré—. A partir de ahora me llamas señor.

—Sí, señor —respondió por fin, con un hilo de voz.

—No suena nada convincente. Quizá debería decirles que necesitas una buena cogida después del corte de pelo. —La empujé un paso hacia ellos—. Díselo tú. ¡Díselo!

Tragó saliva, miró el suelo y luego a los tres hombres.

—Debería... debería recibir una buena follada después de mi corte de pelo.

Los de cuero se rieron por lo bajo.

—Aquí esperamos —dijo el más alto, sin descruzar los brazos.

***

La metí en la barbería de un empujón. Detrás del mostrador, Bruno levantó la vista. Lo conocía hacía años.

—Bruno, mi chico anda comportándose como una nena. Necesito que le quites toda esta melena y le dejes un corte como Dios manda.

Bruno sonrió de medio lado y la empujó hacia el sillón.

—Vamos, chaval. Siéntate.

Bajó las persianas y dio la vuelta al cartel de la puerta: CERRADO. El golpe seco de la capa al sacudirla resonó en el local vacío. Vi a Daniela sudar; una gota le bajaba por el cuello. Cuando Bruno le abrochó la capa al cuello, ella alcanzó a estirar la mano por debajo para taparse el bulto. Bruno se la apartó, le dio un apretón firme entre las piernas y soltó una risa baja.

—No es muy grande. ¿Seguro que no es una niña?

Encendió la maquinilla. El zumbido llenó el aire. Cuando menos lo esperaba, le apoyó el acero frío en la nuca y empezó a subir. Una, dos, tres pasadas. Con cada una, los mechones largos caían al suelo y el corte de duendecillo se deshacía en un rapado militar. Yo la observaba desde el espejo, y juraría que con cada pasada se le tensaba el cuerpo entero.

—Así, muy bien —dije—. Al cero por detrás y los lados. Arriba no le dejes más de medio centímetro.

Zip, zip. El pelo caía y ella temblaba con cada zumbido. Cuando Bruno fue a alcanzar el espejo de mano, lo detuve.

—Espera. La nena también se afeitaba las piernas y las axilas. Creo que le vendría bien aprender cómo se afeita un hombre de verdad.

Bruno soltó una carcajada y le pasó los nudillos por la mejilla.

—Sí. Vamos a enjabonarla.

Le puso una toalla caliente en la cara, batió crema en un cuenco con la brocha de siempre y se la extendió por las mejillas y el cuello. Luego apoyó la navaja en la piel y empezó a deslizarla despacio, raspando.

Yo la miraba desde el espejo, y vi el momento exacto en que dejó de aguantarse. Por debajo de la capa, su mano se coló disimuladamente hasta la bragueta. Los dedos encontraron el relleno de silicona y lo acariciaron como si fuera carne. Por la forma en que apretó los labios, juraría que lo sentía erecto, suyo, parte de su cuerpo.

Bruno terminó la última pasada, agarró la capa de un tirón y la lanzó a un lado. La dejó allí sentada, con la mano todavía metida en los vaqueros.

Los dos nos echamos a reír.

—Mira al maricón, se ha empalmado con el corte de pelo —dije pasándole la palma por el rapado nuevo—. ¿A que sí?

—Sí, señor —respondió ella, mirando al suelo.

Le hice un gesto a Bruno señalando la trastienda.

—¿Tú qué dices, Bruno? ¿Le hacemos pagar el corte como es debido?

Bruno asintió y se limpió las manos en el delantal.

—¿Y bien, chaval? Prepárate para pagar tu rapado.

—Sí, señor —respondió ella.

***

La agarré del brazo, pero Bruno me frenó con la mano. Le desabrochó la camisa botón a botón, la sentó de golpe en el sillón, le sacó los zapatos y, antes de que reaccionara, le soltó el cinturón y le bajó los pantalones de un tirón.

—Levántate —le ordené—. Muéstranos lo que tienes.

Se puso de pie frente al espejo grande y se vio entera, transformada de la cabeza a los pies. Calcetines blancos hasta media pierna, calzoncillos ajustados con el bulto marcando, la punta de la silicona asomando por la bragueta, y una camiseta blanca pegada a un pecho plano, aplastado bajo la venda.

Bruno la empujó hacia la trastienda. En el centro había un colchón viejo, manchado. La tumbamos boca arriba y Bruno y yo nos bajamos los pantalones hasta los suspensorios.

Nos arrodillamos uno a cada lado de su cabeza y sacamos las pollas por el costado de la bolsa del suspensorio. Quedaron a un palmo de su cara.

—¿Quieres un suspensorio como el de Bruno y el mío? —pregunté.

—Sí, señor —respondió con un temblor.

—Entonces pídelo. Y acaríciate la polla mientras lo pides —exigió Bruno.

—Quiero llevar un suspensorio como ustedes, señor.

—¿Por qué quieres uno? —insistí.

—Porque soy un chico que chupa pollas, señor.

Los dos le metimos la polla en la boca por turnos. Le levanté la cabeza rapada con la mano y le froté las cerdas cortas mientras nos la chupaba, pasando de uno a otro. Bruno acabó sentándose a horcajadas sobre su cara y empujando hasta el fondo. Yo bajé hacia sus piernas, le agarré la mano, me la llevé a mi polla y empecé a moverla mientras con la otra le acariciaba el relleno.

—¿Te gusta esto, chico? —pregunté.

Apenas pudo soltar un «sí, señor» con Bruno follándole la boca. Cuando él se vació en su garganta, yo me corrí justo encima de la silicona, salpicándola entera. Bruno rodó a un lado, riéndose.

—Vaya, leche de maricón —bromeó.

—Toma. Prueba tu propio semen —le dije, recogiendo un poco con sus dedos y metiéndoselos en la boca.

Me levanté y le tiré la toalla a la cara.

—Límpiate. Los de cuero llevan rato esperando.

***

Cuando terminó de limpiarse el pecho y el vientre, llamaron a la puerta de la trastienda. Eran los tres hombres de la entrada.

—Es todo vuestro, chicos —dije, señalándola.

Uno se acercó y le pasó la mano por las cerdas del rapado, como evaluándola. Otro le tiró un suspensorio que cayó a sus pies.

—Póntelo —ladró.

El primero le bajó los calzoncillos de un tirón. La silicona cayó al suelo y rebotó como una pelota de goma. Los tres soltaron una risotada.

—Joder, qué pequeño. Con razón lo necesitaba —se burló el más alto.

Ella se subió el suspensorio por las piernas con manos torpes, y se vio reflejada en el espejo de la trastienda, de pie junto a ellos: plana ella, abultados ellos. Uno la empujó por la espalda hasta dejarla a cuatro patas sobre un baúl de madera, como un perro.

El de delante se sacó la polla por el lateral de la bolsa y se la metió en la boca.

—Chupa, chico —ordenó, frotándole la cabeza.

Justo cuando empezó a chupar, el de atrás le pasó la lengua por la cara interna del muslo. Su cabeza afeitada subió despacio hasta apretarse contra ella por encima de la tela del suspensorio. Daniela sintió que se hinchaba ahí abajo de un modo que no conocía. Habría jurado que tenía una polla de verdad. Y entonces, sin aviso, el hombre se la metió por el culo de una embestida.

No pudo más. Coló la mano dentro de su propio suspensorio y se tocó. Lo que encontró ahí abajo le pareció enorme, lo bastante grande como para sujetarlo entre dos dedos y acariciarlo como una polla.

—Acaríciatela, maricón —ordenaron a la vez.

El olor a loción de afeitar mezclado con sudor y semen llenaba la trastienda mientras la embestían por los dos extremos. Las gotas le corrían por la nuca rapada. Cuando los dos se vaciaron dentro y fuera de ella al mismo tiempo, algo se rompió: el orgasmo la sacudió de golpe y empapó la bolsa del suspensorio por dentro.

Mientras se derrumbaba sobre el baúl, supo con claridad lo que quería de verdad. Quería tocarse y sentir algo grande entre las piernas. Quería la cabeza rapada como el hombre que acababa de tomarla. Quería un pecho plano y duro, masculino. ¿Y si ese era, después de todo, su futuro?

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Comentarios (4)

NicoAndrade

increible!!! me dejo sin palabras

Perla_Cba

Por favor una segunda parte, me quede con ganas de mas. Que relato tan intenso

MiguelBA

No es mi genero de cabecera pero lo lei de un tiron. Muy bien narrado, se siente que hay algo real detras.

DomiArgentina

Que fuerte estuvo esto!!! me encanto

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