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Relatos Ardientes

Aprendí a obedecer cada orden de mi novio

Me llamo Carla y esto que voy a contar pasó cuando tenía veintisiete años y todavía éramos novios, mi marido de ahora y yo. Él se llama Damián y, más allá de todo lo que voy a contar, siempre fue un hombre que supo exactamente lo que quería de mí.

Para entonces ya llevábamos casi un año juntos y nos teníamos una confianza absoluta. Era una relación estable, encaminada al matrimonio, pero con una particularidad: a Damián le gustaba decidir. Decidía cuándo me desnudaba, cómo me sentaba, qué me ponía debajo de la ropa. Y, sobre todo, le excitaba verme entregada, a veces atada, a veces simplemente quieta y obediente mientras un amigo suyo me miraba sin disimular.

—Quédate así —me decía—. No te muevas hasta que yo lo diga.

Y yo me quedaba. Esa era la parte que tardé en entender de mí misma: que obedecer no me humillaba, me encendía.

Tengo un cuerpo corriente, ni delgado ni grueso, con la piel clara que se me tuesta apenas piso la playa. El pelo castaño, en aquella época con unas mechas más claras. Mis pechos siempre habían sido grandes, con los pezones oscuros y muy sensibles, y eso fue, sin que ninguno lo previera, lo que terminó marcando aquella etapa.

***

Por aquel entonces no usábamos preservativo. Yo tomaba la píldora, y a Damián le gustaba que fuera así por la sensación, por hacerlo sin nada en medio. Pero además me daba unas pastillas que, según él, aumentaban mi excitación y me dejaban todo el cuerpo a flor de piel. Él me indicaba cuándo tomarlas y en qué cantidad, y yo lo hacía sin preguntar demasiado. Esa también era su forma de tener el control: hasta mi deseo seguía sus horarios.

La rutina cambió del todo cuando me ofreció un puesto de secretaria en la empresa que dirigía. De golpe pasamos de vernos los fines de semana a estar juntos cada día, encerrados en su despacho, en el coche del aparcamiento, en cualquier rincón donde nadie nos viera. Con aquellas pastillas yo vivía caliente, deseosa de él a todas horas, y él lo sabía y lo usaba.

Empezaba siempre igual. Me besaba la boca, bajaba por el cuello, me abría la camisa y me retiraba el sujetador para apoderarse de mis pechos. Me los chupaba largo rato, succionando los pezones hasta que yo perdía la cabeza, mientras me metía dos dedos y me frotaba el clítoris sin prisa, como quien tiene todo el tiempo del mundo. Después bajaba con la boca, y solo cuando ya me había hecho terminar una vez me penetraba, agarrándome los pechos con las dos manos y volviendo a chuparlos uno tras otro.

—Mírame —me ordenaba en el momento exacto en que se corría—. Quiero que me mires.

Y yo lo miraba, con sus dedos clavados en mi carne, sintiéndolo estremecerse. Lo hacíamos a diario, a veces varias veces el mismo día.

***

Fue por aquellas fechas cuando noté la primera mancha húmeda en el sujetador, justo sobre los pezones. Me acaricié el pecho y vi cómo salían unas gotas. No tenía ninguna lógica: no estaba embarazada, no había tenido un hijo y, sin embargo, mi cuerpo había empezado a producir leche.

Cuando se lo conté, Damián no se alarmó lo más mínimo. Me dijo que quizá era por la insistencia con que me chupaba los pechos, o un efecto de las pastillas. No era mucha leche, apenas unas gotas, pero ahí estaba.

En mi revisión con el ginecólogo me confirmó que no era habitual, aunque tampoco peligroso. Que se me regularía cuando dejara la medicación y dejara de estimular tanto la zona, porque tenía los pechos más desarrollados de lo normal en una mujer sin hijos. Salí de la consulta tranquila y, en el fondo, extrañamente excitada.

Cuando llegué a casa y se lo conté, Damián me agarró la cara con las dos manos.

—Si no es peligroso, prefiero que sigas así —me dijo, muy serio—. Me vuelve loco verte gotear. Y vas a dejar que sea yo quien decida cuándo te vacío.

No fue una pregunta. Y a mí, una vez más, esa falta de pregunta me encendió por dentro.

***

Mis pechos siguieron creciendo. Tuve que cambiar de talla de sujetador varias veces, y aunque eso me hacía sentir más deseada cuando salía a la calle, también tenía su lado incómodo: las manchas en la ropa. Lo resolví con unos discos absorbentes por dentro de la copa, y a partir de ahí Damián tomó por costumbre vaciarme él mismo cada día, en cuanto los notaba pesados. Ordeñándome con las manos o, como más le gustaba, mamando directamente, en el despacho, con la puerta cerrada y yo sentada en su regazo.

—Eres mía hasta la última gota —me susurraba contra el pecho.

Una tarde fuimos al cine. La sala estaba casi vacía y, a media película, me deslizó la mano por el escote, me bajó la copa del sujetador y me sacó el pecho derecho. Sin avisar, se inclinó y empezó a mamar como si no le importara que pudieran vernos. Me bebió entera de ese lado, despacio, y yo apretaba los muslos para no gemir.

Entonces me di cuenta de que el hombre sentado a mi izquierda, un desconocido, se masturbaba sin perder detalle. Le di un toque con el codo a Damián para avisarle. En lugar de cortarse, hizo justo lo contrario: me abrió más el vestido, me dejó el pecho izquierdo al descubierto y, con un gesto de la cabeza, invitó al desconocido a acercarse.

Así fue como terminé amamantando a dos hombres a la vez en la oscuridad de aquella sala. Uno a cada lado, mamando de mí, mientras yo iba enlazando un orgasmo con otro sin que ninguno parara. Yo los masturbaba a los dos con las manos y ellos se turnaban para acariciarme el clítoris. Damián, todo el rato, marcaba el ritmo con la voz.

—Despacio —decía—. Que dure. Es ella la que manda aquí, aunque no lo parezca.

Y era mentira y era verdad a la vez. Yo no mandaba nada; pero saber que él lo había decidido todo, que me había ofrecido a ese extraño como quien comparte algo valioso, me hacía sentir más poderosa que nunca. Cuando se corrieron, me arrodillé entre las dos butacas y los limpié con la boca, a uno y a otro, como compensación por la leche que se habían llevado.

***

A partir de ese día, lo del cine dejó de ser una excepción. Cuando sentía los pechos a punto de derramarse, buscábamos un sitio discreto y yo le pedía que me vaciara. Aparcábamos, nos pasábamos al asiento de atrás y me sentaba sobre él. Mientras me penetraba, dejaba que mamara y me drenara, y con solo pensar que iba a amamantarlo ya me chorreaba todo.

Entre las embestidas y los tirones de su boca en mis pezones, terminaba con orgasmos encadenados, uno detrás de otro. A veces él dejaba de chupar y la leche seguía saliendo sola unos segundos, en finos hilos, y eso lo enloquecía. Después nos limpiábamos con los discos que yo siempre llevaba en el bolso y seguíamos camino como si nada.

Lo difícil eran los días en que él no estaba y los pechos me dolían de tan llenos. Entonces tenía que arreglármelas sola, en cualquier baño público. Como aquella vez en un centro comercial, cuando el dolor se volvió insoportable. Cogí una blusa de un perchero como excusa y me metí en el probador. Me desnudé de cintura para arriba para no mancharme la ropa y empecé a ordeñarme un pecho para aliviar la presión.

Tardaba, y un empleado descorrió la cortina pensando que escondía alguna prenda para robarla. Se quedó petrificado al encontrarme con los pechos al aire, sacándome leche. Cuando los dos nos repusimos del susto, me preguntó en voz baja si necesitaba ayuda, y me dijo que allí no podía seguir, que estaba goteando sobre el suelo, y que lo acompañara a un baño del personal.

Una vez dentro, hizo ademán de marcharse para dejarme a solas. Pero ya me había visto, y a mí su presencia me había puesto a mil. Le pedí que se quedara, que me ayudara, y aceptó encantado. Me vació un pecho con la boca mientras yo me sostenía contra el lavabo, y entre sus labios y mi propio cuerpo encendido llegué al orgasmo dos veces seguidas. Luego me giró, me apoyó las manos en el mármol y me penetró por detrás, apretándome los pechos colgantes hasta hacerme terminar otra vez antes de correrse sobre mi espalda. Así le pagué lo bien que me había aliviado.

Esa noche, en casa, se lo conté todo a Damián con la cabeza apoyada en su pecho. No se enfadó. Al contrario.

—Bien —dijo, acariciándome el pelo—. Pero la próxima vez me lo preguntas antes. Eso lo decido yo.

Eso lo decido yo. Cuántas veces le había oído esa frase, y cuántas veces había sentido el mismo escalofrío al escucharla.

***

Pocos meses después me casé con él. Nueve meses más tarde nació nuestro hijo, y seguí amamantándolo a él al mismo tiempo que seguía dándole el pecho a mi marido, igual que en aquella época de novios. Damián nunca dejó de decidir, y yo nunca dejé de descubrir, una orden tras otra, hasta dónde estaba dispuesta a obedecer.

Pero lo que vino después de la boda lo dejo para otra historia.

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Comentarios (5)

Marcela_2k

tremendo relato!!! uno de los mejores que lei aca en mucho tiempo

NachoBuenosAires

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber mas de la historia de ellos dos

Fer_lector

Me recordo a una época que prefiero no contar jajaja. Muy bueno, de verdad.

ClaraEnriquez

buenísimo, se nota que es real

PatriMontes

Me gustó como describiste ese mix de sensaciones, la vulnerabilidad mezclada con el placer. Se siente autentico, no como esos relatos que exageran todo. Seguí escribiendo!

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