Puse a mi sumiso de rodillas y le di una orden
Damián llevaba veinte minutos arrodillado en el centro de mi habitación y todavía no le había dirigido la palabra. Me gustaba hacerlo esperar. Cada segundo de silencio era un recordatorio de quién mandaba ahí, y él lo entendía perfectamente: la cabeza baja, las manos quietas sobre los muslos, la respiración cada vez más corta a medida que la incertidumbre lo iba devorando.
Me acerqué descalza, sin prisa, dejando que el sonido de mis pasos sobre la madera fuera lo único que llenara la habitación. Me detuve justo frente a él.
—¿Sabes por qué estás aquí? —pregunté.
—Sí, señora.
—No. No tienes ni idea. —Le levanté el mentón con un dedo, obligándolo a sostenerme la mirada—. Crees que vienes a divertirte. Crees que esto es un juego. Esta noche vas a aprender la diferencia entre desear algo y merecerlo.
Lo había conocido tres semanas atrás, en una cena aburrida llena de gente que hablaba demasiado y se atrevía a poco. Él fue el único que, cuando le sostuve la mirada un segundo de más, bajó los ojos en lugar de sonreír con suficiencia. Esa pequeña rendición me dijo todo lo que necesitaba saber. Los hombres que se creen dueños del mundo son fáciles de ignorar. Los que esconden el deseo de arrodillarse son mucho más interesantes.
Y este estaba temblando de ganas.
—Quítate lo que te queda —ordené, dando un paso atrás.
Obedeció torpemente, con los dedos nerviosos, hasta quedar completamente desnudo sobre la alfombra. No intentó cubrirse. Eso me gustó. La vergüenza es deliciosa cuando se ofrece sin resistencia.
—Mírate —dije, rodeándolo despacio—. Un hombre adulto, de rodillas, esperando que yo decida qué hacer contigo. ¿Te excita, verdad? No mientas. Conmigo mentir se castiga.
—Me excita, señora.
—Lo sé. Está escrito en toda tu cara.
Me agaché frente a él y le hablé despacio, saboreando cada palabra. Quería que entendiera que no había nada improvisado en lo que iba a pasar, que cada gesto de esa noche estaba calculado para desmontarlo pieza por pieza.
—Voy a quitarte todo lo que crees que eres —dije—. Tu orgullo, tu prisa, tu costumbre de mandar. Cuando termine contigo, vas a saber pedir las cosas. Y vas a aprender a hacerlo con paciencia.
Él asintió, con la garganta seca, incapaz de articular una respuesta. Le pasé el pulgar por el labio inferior y sentí cómo temblaba bajo mi tacto. Ese temblor era mío. Todo en él, en ese momento, me pertenecía.
***
Me senté en el borde de la cama y crucé las piernas, dejando que él permaneciera abajo, en su lugar. Llevaba puesta una bata corta de seda negra y nada debajo. Sabía exactamente el efecto que eso tenía sobre un hombre que ya estaba al borde de perder la cabeza.
—Acércate —dije—. De rodillas. No te atrevas a levantarte.
Damián avanzó arrastrándose, con los ojos clavados en el suelo, hasta quedar frente a mí. Podía oír su respiración entrecortada. Podía sentir el calor que despedía su cuerpo, todo ese deseo contenido que no tenía permiso para liberar.
—Pon las manos en el suelo. No me toques hasta que yo te lo diga.
Me incliné hacia él y le hablé muy cerca del oído, lo bastante bajo para que tuviera que esforzarse por escucharme.
—Vas a hacer exactamente lo que yo diga, cuando yo lo diga, sin rechistar. Si lo haces bien, quizá te recompense. Si dudas, aunque sea un segundo, esto se acaba y te vas a casa con las ganas. ¿Está claro?
—Clarísimo, señora.
—Entonces empecemos.
Me puse de pie y le di la espalda. Lentamente, dejé caer la bata por los hombros hasta que resbaló al suelo. Lo escuché tragar saliva detrás de mí. No me giré. Quería que se desesperara mirando lo que no podía tocar, que memorizara cada curva sabiendo que solo me tendría si se lo ganaba.
—No puedes apartar los ojos, ¿verdad? —dije por encima del hombro—. Llevas semanas imaginándote este momento. Y ahora que lo tienes delante, te das cuenta de que no controlas absolutamente nada.
—No, señora —murmuró—. No controlo nada.
—Bien. Esa es la primera lección.
***
Me incliné hacia delante, apoyando las manos en el colchón, y lo dejé contemplar. El silencio se volvió denso, casi insoportable. Sentía sus ojos recorriéndome, ese deseo crudo que no necesitaba palabras para hacerse evidente.
—Acércate —dije, sin volverme—. Despacio. Y no hagas nada hasta que te lo ordene.
Sentí su aliento primero, cálido y tembloroso contra mi piel. Lo dejé ahí, suspendido, a un centímetro de mí, respirando el aroma de mi cuerpo sin permiso para más. Era una tortura exquisita, y lo era para los dos: yo disfrutaba reteniéndolo, él se moría por cruzar la distancia.
—Huele —ordené al fin—. Solo eso. Aprende a desear lo que todavía no mereces.
Obedeció con una entrega que me arrancó una sonrisa. No había en él ni rastro del hombre arrogante de la cena. Solo quedaba esto: un sumiso hambriento, dispuesto a humillarse con tal de complacerme.
—¿Te gusta? —pregunté en voz baja—. ¿Te gusta estar así, a mis pies, suplicando con el cuerpo lo que no te atreves a pedir con la boca?
—Me encanta, señora —dijo con la voz quebrada.
—Lo sé. Por eso vas a portarte tan bien.
Lo hice esperar un poco más, alargando cada segundo, hasta que sentí que el deseo lo había vuelto completamente dócil. Entonces, y solo entonces, le di permiso.
—Ahora puedes usar la lengua —susurré—. Y reza para hacerlo bien, porque voy a juzgar cada movimiento.
***
Lo que vino después borró cualquier duda sobre quién mandaba. Damián se aplicó con una devoción que rozaba la desesperación, como si toda su existencia se hubiera reducido a complacerme. Yo mantenía el control con la voz, marcando el ritmo, corrigiéndolo, recordándole a cada instante que su placer dependía enteramente de mí.
—Más despacio —ordené—. No tienes prisa. Tu única tarea esta noche soy yo.
Él obedecía cada indicación al instante, y esa obediencia perfecta era, para mí, más excitante que cualquier otra cosa. Tener a un hombre tan completamente rendido, tan dispuesto a borrarse a sí mismo con tal de servirme, es un poder que no se parece a nada. No hay nada más erótico que la sumisión ofrecida sin reservas.
Hundí los dedos en su pelo y tiré, no con fuerza, solo lo suficiente para recordarle que esa mano podía guiarlo o apartarlo a su antojo.
—Buen chico —murmuré—. Aprendes rápido cuando entiendes tu lugar.
Sentí cómo se estremecía ante el elogio. Esa es la otra cara de la dominación que los que no la entienden nunca verán: un sumiso no obedece por miedo, obedece porque el reconocimiento de su ama vale más que su propio orgullo. Y Damián habría hecho cualquier cosa por escucharme decir que lo estaba haciendo bien.
—No pares —dije, cerrando los ojos—. Ni se te ocurra parar.
Lo dejé trabajar largo rato, perdida en la sensación de tenerlo tan rendido. De vez en cuando abría los ojos para mirarlo, para confirmar lo que ya sabía: que estaba completamente entregado, que se había olvidado de sí mismo, que su mundo entero se había reducido al estrecho margen de lo que yo le permitiera hacer. No había nada más embriagador que esa entrega.
—Dime que me perteneces —ordené, tirándole otra vez del pelo para apartarlo un segundo.
—Le pertenezco, señora —jadeó—. Soy suyo.
—Otra vez. Más despacio. Que se note que lo crees.
—Soy… suyo. Completamente.
—Bien. No lo olvides. —Le solté el pelo y lo empujé de vuelta a su tarea—. Ahora demuéstramelo.
Y lo demostró. Con una dedicación que me arrancó un suspiro largo, profundo, de los que no se fingen. Le clavé los talones en la espalda, no para guiarlo, sino solo porque podía, porque cada centímetro de su cuerpo estaba allí para que yo dispusiera de él. La obediencia perfecta tiene un sabor que ningún placer apresurado iguala.
***
Cuando por fin terminé con él, lo dejé ahí, jadeando, con la frente apoyada en el borde del colchón. Me senté en la cama y le acaricié la cabeza como quien premia a algo que le pertenece.
—¿Ves lo que pasa cuando obedeces? —dije—. El mundo entero se simplifica. No tienes que decidir nada. No tienes que fingir nada. Solo tienes que ser mío.
Levantó los ojos hacia mí, y había en ellos una gratitud que ningún hombre arrogante sabría jamás sentir.
—¿Y yo, señora? —preguntó, casi sin atreverse.
Sonreí. Me encantaba esa pregunta. Me encantaba que tuviera que pedirlo, que su propio placer fuera lo último de la lista y dependiera por completo de mi voluntad.
—Tú —dije, recorriéndole la mandíbula con un dedo— vas a esperar. Vas a quedarte de rodillas, quieto y en silencio, y vas a pensar en lo mucho que deseas que yo te dé permiso. Y mañana, si te has portado bien, hablaremos.
—Sí, señora —respondió, y había en su voz una rendición tan absoluta que casi me hizo cambiar de idea.
Casi.
Me recosté contra las almohadas y lo observé, desnudo y obediente al pie de mi cama, esperando una orden que tal vez no llegaría esa noche. La paciencia también se entrena. Y yo tenía toda la intención de convertirlo en el sumiso más paciente que hubiera tenido jamás.
—Una cosa más —dije, antes de apagar la luz de la mesilla—. Mañana, cuando vuelvas, traerás una llave nueva. Esta puerta solo se abre para los que saben quedarse de rodillas.
Damián bajó la cabeza, y en la penumbra lo escuché susurrar un «gracias» que no le había pedido. Pero lo dejé pasar. Algunas formas de obediencia hay que cultivarlas con calma.
Apagué la luz. Él se quedó en la oscuridad, despierto, deseando. Justo donde yo quería tenerlo.