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Relatos Ardientes

Puse a mi sumiso de rodillas y le di una orden

Damián llevaba veinte minutos arrodillado en el centro de mi habitación y todavía no le había dirigido la palabra. Me gustaba hacerlo esperar. Cada segundo de silencio era un recordatorio de quién mandaba ahí, y él lo entendía perfectamente: la cabeza baja, las manos quietas sobre los muslos, la respiración cada vez más corta a medida que la incertidumbre lo iba devorando. Su polla ya estaba medio dura entre sus piernas, marcándose contra el muslo, delatando lo que su boca no se atrevía a pedir.

Me acerqué descalza, sin prisa, dejando que el sonido de mis pasos sobre la madera fuera lo único que llenara la habitación. Me detuve justo frente a él.

—¿Sabes por qué estás aquí? —pregunté.

—Sí, señora.

—No. No tienes ni idea. —Le levanté el mentón con un dedo, obligándolo a sostenerme la mirada—. Crees que vienes a divertirte. Crees que esto es un juego. Esta noche vas a aprender la diferencia entre desear algo y merecerlo.

Lo había conocido tres semanas atrás, en una cena aburrida llena de gente que hablaba demasiado y se atrevía a poco. Él fue el único que, cuando le sostuve la mirada un segundo de más, bajó los ojos en lugar de sonreír con suficiencia. Esa pequeña rendición me dijo todo lo que necesitaba saber. Los hombres que se creen dueños del mundo son fáciles de ignorar. Los que esconden el deseo de arrodillarse son mucho más interesantes.

Y este estaba temblando de ganas.

—Quítate lo que te queda —ordené, dando un paso atrás.

Obedeció torpemente, con los dedos nerviosos, hasta quedar completamente desnudo sobre la alfombra. No intentó cubrirse. Eso me gustó. La vergüenza es deliciosa cuando se ofrece sin resistencia. Su verga se irguió sin remedio en cuanto liberó la ropa interior, larga, tensa, con la punta ya húmeda de anticipación. Un hilo transparente de preseminal le bajaba por el glande y él ni se molestó en disimularlo.

—Mírate —dije, rodeándolo despacio—. Un hombre adulto, de rodillas, con la polla dura como una piedra por una mujer que todavía no te ha tocado. ¿Te excita, verdad? No mientas. Conmigo mentir se castiga.

—Me excita, señora.

—Lo sé. Se te nota en cada centímetro.

Le pasé la punta del pie por el interior del muslo, subiendo despacio, hasta rozarle apenas los huevos. Él dejó escapar un jadeo estrangulado y se le movió la polla sola, como pidiendo más. No le di más.

—Ni se te ocurra correrte —le advertí—. Si te corres sin permiso, te vas a la calle así, con la verga colgando y las manos vacías. ¿Entendido?

—Entendido, señora.

Me agaché frente a él y le hablé despacio, saboreando cada palabra. Quería que entendiera que no había nada improvisado en lo que iba a pasar, que cada gesto de esa noche estaba calculado para desmontarlo pieza por pieza.

—Voy a quitarte todo lo que crees que eres —dije—. Tu orgullo, tu prisa, tu costumbre de mandar. Cuando termine contigo, vas a saber pedir las cosas. Y vas a aprender a hacerlo con paciencia.

Él asintió, con la garganta seca, incapaz de articular una respuesta. Le pasé el pulgar por el labio inferior y sentí cómo temblaba bajo mi tacto. Le abrí la boca con ese mismo dedo y se lo metí hasta el fondo, hasta que sentí que se le atragantaba un instante. Él no se apartó. Empezó a chuparlo, obediente, con los ojos cerrados, como si en ese dedo se le fuera la vida.

—Buen chico —murmuré, sacándoselo despacio—. Vas a mamar todo lo que yo te ponga en la boca esta noche. Y vas a dar las gracias.

Ese temblor era mío. Todo en él, en ese momento, me pertenecía.

***

Me senté en el borde de la cama y crucé las piernas, dejando que él permaneciera abajo, en su lugar. Llevaba puesta una bata corta de seda negra y nada debajo. Sabía exactamente el efecto que eso tenía sobre un hombre que ya estaba al borde de perder la cabeza.

—Acércate —dije—. De rodillas. No te atrevas a levantarte.

Damián avanzó arrastrándose, con los ojos clavados en el suelo, hasta quedar frente a mí. Podía oír su respiración entrecortada. Podía sentir el calor que despedía su cuerpo, todo ese deseo contenido que no tenía permiso para liberar. Su polla se balanceaba entre sus piernas a cada paso, goteando ya sobre la madera.

—Pon las manos en el suelo. No me toques hasta que yo te lo diga. Y no te toques a ti tampoco. Esa verga no te pertenece esta noche.

Me incliné hacia él y le hablé muy cerca del oído, lo bastante bajo para que tuviera que esforzarse por escucharme.

—Vas a hacer exactamente lo que yo diga, cuando yo lo diga, sin rechistar. Si lo haces bien, quizá te recompense. Si dudas, aunque sea un segundo, esto se acaba y te vas a casa con las ganas y la polla llena. ¿Está claro?

—Clarísimo, señora.

—Entonces empecemos.

Me puse de pie y le di la espalda. Lentamente, dejé caer la bata por los hombros hasta que resbaló al suelo. Lo escuché tragar saliva detrás de mí. No me giré. Quería que se desesperara mirando lo que no podía tocar, que memorizara cada curva sabiendo que solo me tendría si se lo ganaba. Sabía que estaba mirándome el culo, las tetas de perfil, todo lo que llevaba semanas imaginando y ahora tenía a menos de un metro sin poder rozar.

—No puedes apartar los ojos, ¿verdad? —dije por encima del hombro—. Llevas semanas imaginándote este momento. Pensando en mi coño, en mis tetas, en cómo sería follarme. Y ahora que lo tienes delante, te das cuenta de que no controlas absolutamente nada.

—No, señora —murmuró—. No controlo nada.

—Bien. Esa es la primera lección.

Me di la vuelta despacio y disfruté verlo tragar aire cuando por fin me tuvo de frente, desnuda entera. Los pezones se me habían puesto duros, no por el frío, sino por el poder que tenía ese momento. Me miró el sexo un segundo demasiado largo y bajó los ojos avergonzado, como si se hubiera pillado a sí mismo cometiendo una falta.

—No —dije—. Míralo bien. Aprendetelo de memoria. Es todo lo que vas a tener en la cabeza estas próximas horas.

Volvió a levantar la vista, obediente, y le vi los ojos brillantes, casi vidriosos, de puro deseo contenido. La polla le latía sola, subiendo y bajando contra el vientre a cada respiración.

***

Me incliné hacia delante, apoyando las manos en el colchón, y lo dejé contemplar. El silencio se volvió denso, casi insoportable. Sentía sus ojos recorriéndome, ese deseo crudo que no necesitaba palabras para hacerse evidente. Sabía que tenía el coño hinchado y brillante entre los muslos, y que él lo estaba viendo todo desde abajo, a la altura exacta, sin poder acercarse.

—Acércate —dije, sin volverme—. Despacio. Y no hagas nada hasta que te lo ordene.

Sentí su aliento primero, cálido y tembloroso contra mi piel. Lo dejé ahí, suspendido, a un centímetro de mí, respirando el aroma de mi coño sin permiso para más. Era una tortura exquisita, y lo era para los dos: yo disfrutaba reteniéndolo, él se moría por cruzar la distancia. Podía oír cómo se le entrecortaba la respiración, cómo tragaba saliva una y otra vez.

—Huele —ordené al fin—. Solo eso. Aprende a desear lo que todavía no mereces.

Obedeció con una entrega que me arrancó una sonrisa. Metió la cara entre mis muslos por detrás y aspiró hondo, temblando, como si le fuera el aire en olerme. No había en él ni rastro del hombre arrogante de la cena. Solo quedaba esto: un sumiso hambriento, dispuesto a humillarse con tal de complacerme, con la polla goteando entre las piernas y los labios entreabiertos a milímetros de mi coño.

—¿Te gusta? —pregunté en voz baja—. ¿Te gusta estar así, a mis pies, oliéndome el coño como un perro, suplicando con el cuerpo lo que no te atreves a pedir con la boca?

—Me encanta, señora —dijo con la voz quebrada.

—Dilo bien. Dime qué quieres.

—Quiero… quiero lamerla, señora. Por favor. Déjeme lamerla.

—Mejor. Estás aprendiendo.

Lo hice esperar un poco más, alargando cada segundo, hasta que sentí que el deseo lo había vuelto completamente dócil. Le noté el temblor recorriéndole todo el cuerpo, el pecho subiendo y bajando a toda prisa, la polla goteando ya un hilo constante sobre la alfombra. Entonces, y solo entonces, le di permiso.

—Ahora puedes usar la lengua —susurré, abriendo las piernas un poco más—. Y reza para hacerlo bien, porque voy a juzgar cada movimiento.

***

Lo primero que sentí fue la punta de su lengua, tímida, tanteando por fuera, como si no se atreviera a creer que le hubiera dado permiso. Le tiré del pelo con fuerza y le hundí la cara entre las nalgas.

—No timidees. Entra ahí. Cómemelo todo.

Damián obedeció como un poseso. Sacó la lengua y me la clavó entre los labios del coño, subiendo y bajando en lengüetazos largos, hambrientos, que me arrancaron el primer suspiro de la noche. Me buscó el clítoris con una desesperación casi conmovedora y empezó a lamerlo en círculos, primero con la punta, después con la lengua entera, cada vez más plano, más pegado, ahogándose en mí sin dejar de trabajar.

—Más despacio —ordené, apretándole el pelo—. No tienes prisa. Tu única tarea esta noche soy yo. Mi coño. Ese clítoris. Nada más existe.

Él obedecía cada indicación al instante, y esa obediencia perfecta era, para mí, más excitante que cualquier otra cosa. Bajó el ritmo, empezó a chuparme el clítoris con los labios, sacándolo y metiéndolo en su boca con una suavidad que me hizo arquear la espalda. Tener a un hombre tan completamente rendido, tan dispuesto a borrarse a sí mismo con tal de servirme la lengua, es un poder que no se parece a nada. No hay nada más erótico que la sumisión ofrecida sin reservas, con la boca llena de coño y sin quejarse.

Hundí los dedos en su pelo y tiré, no con fuerza, solo lo suficiente para recordarle que esa mano podía guiarlo o apartarlo a su antojo.

—Métemela —jadeé—. La lengua. Adentro. Fóllame con ella.

Sentí cómo se ponía tenso, cómo obedecía al instante, cómo me penetraba con la lengua rígida, entrando y saliendo, follándome la vagina con la boca abierta y la nariz aplastada contra mi clítoris. Cada empujón de su cara era una descarga que me subía por la espalda. Le clavé los talones en los hombros y lo empujé más contra mí.

—Buen chico —murmuré—. Aprendes rápido cuando entiendes tu lugar. Ni se te ocurra parar.

Sentí cómo se estremecía ante el elogio. Esa es la otra cara de la dominación que los que no la entienden nunca verán: un sumiso no obedece por miedo, obedece porque el reconocimiento de su ama vale más que su propio orgullo. Y Damián habría hecho cualquier cosa por escucharme decir que lo estaba haciendo bien.

—No pares —dije, cerrando los ojos—. Ni se te ocurra parar.

Volvió al clítoris con lengüetazos rápidos y precisos, alternando con succiones que me hacían temblar los muslos. En un momento le sentí un dedo tanteándome la entrada, pidiendo permiso sin palabras. Se lo di con un gemido, y él me lo hundió hasta el fondo, luego otro, curvándolos por dentro contra ese punto exacto que me hacía perder la cabeza mientras seguía lamiéndome el clítoris sin descanso.

—Así —jadeé—. Ahí. Ahí, no pares, no pares…

Lo dejé trabajar largo rato, perdida en la sensación de tenerlo tan rendido, con dos dedos dentro moviéndose a un ritmo perfecto y la lengua clavada en mi clítoris. De vez en cuando abría los ojos para mirarlo, para confirmar lo que ya sabía: que estaba completamente entregado, con la cara empapada de mis flujos, la barbilla brillante, los ojos cerrados de puro éxtasis servil. Que se había olvidado de sí mismo. Que su mundo entero se había reducido al estrecho margen de lo que yo le permitiera hacer.

—Dime que me perteneces —ordené, tirándole otra vez del pelo para apartarlo un segundo. Le vi la boca hinchada, los labios brillantes, un hilo de saliva y coño bajándole por el mentón.

—Le pertenezco, señora —jadeó—. Soy suyo.

—Otra vez. Más despacio. Que se note que lo crees.

—Soy… suyo. Completamente. Mi boca es suya. Mi polla es suya. Todo es suyo.

—Bien. No lo olvides. —Le solté el pelo y lo empujé de vuelta a su tarea—. Ahora demuéstramelo. Hazme correr en tu boca.

Y lo demostró. Se clavó de nuevo a mi coño con una dedicación feroz, chupándome el clítoris sin pausa, follándome con los dedos en un ritmo constante que me subía la ola desde la boca del estómago. Le clavé los talones en la espalda, no para guiarlo, sino solo porque podía, porque cada centímetro de su cuerpo estaba allí para que yo dispusiera de él. Empecé a moverle la cara contra mí, restregándomele en el coño sin pudor, usándolo como si fuera un juguete.

—Me voy a correr —le avisé entre dientes—. Y tú te lo vas a tragar todo. Cada gota. ¿Me oyes?

Él gimió contra mí, un «sí, señora» ahogado que vibró directamente en mi clítoris, y eso fue todo lo que necesité. Me corrí con un espasmo largo, sacudiéndole la cabeza entre los muslos, apretándole con los talones, ahogándolo un instante contra mi coño mientras el orgasmo me recorría entera. Sentí cómo temblaba, cómo bebía, cómo lamía todo lo que salía de mí sin dejar ni un rastro, obediente hasta el último segundo.

La obediencia perfecta tiene un sabor que ningún placer apresurado iguala.

***

Cuando por fin lo aparté, lo dejé ahí, jadeando, con la frente apoyada en el borde del colchón y la cara empapada. Su polla seguía dura, más dura que al principio, tan tensa que la punta le brillaba amoratada, con un charquito de preseminal goteando en la alfombra entre sus rodillas. No se había atrevido a tocarse ni una vez.

Me senté en la cama y le acaricié la cabeza como quien premia a algo que le pertenece.

—¿Ves lo que pasa cuando obedeces? —dije—. El mundo entero se simplifica. No tienes que decidir nada. No tienes que fingir nada. Solo tienes que ser mío, con la boca en mi coño y la polla dura esperando permiso.

Levantó los ojos hacia mí, y había en ellos una gratitud que ningún hombre arrogante sabría jamás sentir.

—¿Y yo, señora? —preguntó, casi sin atreverse. Su verga dio un tirón desesperado al hablar, marcándose contra su vientre.

Sonreí. Me encantaba esa pregunta. Me encantaba que tuviera que pedirlo, que su propio placer fuera lo último de la lista y dependiera por completo de mi voluntad. Bajé la mirada a su polla y la dejé ahí un rato largo, sin decir nada, viendo cómo latía sola bajo mi atención.

—Tú —dije, recorriéndole la mandíbula con un dedo— vas a esperar. Vas a quedarte de rodillas, quieto y en silencio, con esa polla tiesa entre las piernas sin poder ni rozarla, y vas a pensar en lo mucho que deseas que yo te dé permiso para correrte. Y mañana, si te has portado bien, hablaremos.

Le vi la boca temblar. Un lamento silencioso que no llegó a salir. La polla le dio otro tirón lastimero, más violento, y un hilo de preseminal cayó al suelo.

—Sí, señora —respondió, y había en su voz una rendición tan absoluta que casi me hizo cambiar de idea.

Casi.

Me recosté contra las almohadas y lo observé, desnudo y obediente al pie de mi cama, con la verga apuntándome como una brújula rota, esperando una orden que tal vez no llegaría esa noche. La paciencia también se entrena. Y yo tenía toda la intención de convertirlo en el sumiso más paciente que hubiera tenido jamás.

—Una cosa más —dije, antes de apagar la luz de la mesilla—. Mañana, cuando vuelvas, traerás una llave nueva. Esta puerta solo se abre para los que saben quedarse de rodillas. Y con la polla dura y sin correrse.

Damián bajó la cabeza, y en la penumbra lo escuché susurrar un «gracias» que no le había pedido. Pero lo dejé pasar. Algunas formas de obediencia hay que cultivarlas con calma.

Apagué la luz. Él se quedó en la oscuridad, desnudo, con la polla dura clavada contra el vientre, despierto, deseando. Justo donde yo quería tenerlo.

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Comentarios(8)

DarkReader09

excelente!!! me dejo con ganas de mas

MaestroDelRelato

es tu primera historia de este genero? porque esta muy bien logrado

Pancho_BsAs

muy bien escrito, la tension se siente desde el principio. sigue asi!

FlorenciaR

Me encanto como lo narraste, se nota que conocen el tema. Tremendo

NorbertoQBA

increible!!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo

TorresKira

Me gusto mucho. La dinamica entre los personajes esta muy bien lograda, se siente autentica y creible. Espero con ansias la continuacion

LectorNocturno9

corto pero muy intenso. buen trabajo!

Mariu_99

me recordo a algo que vivi hace un tiempo jajaja. buenisimo

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