Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi sumiso me esperaba atado al volver del trabajo

Solo quería llegar a casa cuanto antes. Caminaba rápido por la avenida, esquivando a la gente con una urgencia que me costaba disimular. Había sido un día interminable, de esos en los que ni siquiera tenés un minuto para respirar, y mi cuerpo me lo estaba cobrando todo junto al final de la jornada.

La presión en el bajo vientre era casi insoportable. Llevaba horas aguantando, primero por las reuniones encadenadas, después por el subte abarrotado, y ahora por una decisión que había tomado a propósito. No iba a usar ningún baño en la calle. No esa tarde. Cada paso me recordaba lo lleno que estaba todo, y cada semáforo en rojo me parecía una pequeña tortura diseñada para ponerme a prueba.

Podría haber entrado a una cafetería. Podría haber resuelto la cuestión como cualquier persona normal. Pero yo no quería resolverla en cualquier lado. Quería llevarla intacta hasta casa, conservarla como quien guarda algo valioso, y dársela a la única persona que se la había ganado.

Durante toda la reunión de la tarde, mientras los gerentes discutían cifras que ya nadie recordaría al día siguiente, yo había estado pensando en esto. En el momento exacto en que cruzaría el umbral. En su cara cuando me viera entrar. La gente que comparte mesa conmigo no tiene la menor idea de lo que pasa por mi cabeza, y esa distancia entre lo que muestro y lo que deseo es una parte del juego que disfruto incluso lejos de casa.

Apreté los muslos al recordar la última vez. La forma en que él había temblado, la manera en que me había dado las gracias con la voz quebrada. Esa imagen me acompañó las últimas cuadras como un motor, empujándome a caminar todavía más rápido por la vereda recalentada.

Aguantá un poco más. Solo un poco más.

El calor de la tarde no ayudaba. Hacía un bochorno pegajoso, de esos que te dejan la blusa adherida a la espalda, y yo tenía la sensación de que mi propio cuerpo se había vuelto un recipiente a punto de desbordarse. Apreté el paso. Faltaba media cuadra.

Cuando por fin metí la llave en la cerradura, las manos me temblaban. Empujé la puerta con el hombro y la cerré detrás de mí de un golpe seco. Por fin en casa. Por fin a salvo de las miradas, donde podía ser exactamente quien soy.

***

No prendí ninguna luz. Solté el bolso en el suelo del recibidor y me fui quitando la ropa ahí mismo, en mitad del pasillo, sin paciencia ni cuidado. Los zapatos volaron en direcciones distintas. La blusa quedó colgando de una silla. El resto fue cayendo a medida que avanzaba, marcando un rastro de prendas hacia el fondo del departamento.

Desnuda, con la piel todavía húmeda por el calor de afuera, caminé descalza hasta la última puerta del corredor. La habitación especial. La única que tiene cerrojo por dentro y por fuera, la que ningún visitante conoce, la que él y yo construimos en silencio a lo largo de meses hasta dejarla exactamente como la queríamos.

Apoyé la palma sobre la madera y respiré hondo. Del otro lado se escuchaba su respiración, contenida, ansiosa. Sabía que yo estaba ahí. Llevaba esperándome desde mucho antes, en la posición en que lo había dejado, sin moverse, porque esa es su tarea y la cumple sin que nadie lo vigile.

Abrí.

***

Ahí estaba Mateo. De rodillas en el centro de la habitación, con los brazos llevados hacia atrás y las muñecas sujetas a la estructura baja que habíamos fijado a la pared. La luz tenue del velador le caía sobre los hombros y le dejaba la cara en penumbra, pero alcancé a distinguir su sonrisa. Esa sonrisa de obediencia satisfecha, la de quien sabe que el tiempo de espera valió la pena.

—Buenas tardes —dije, y mi voz sonó más firme de lo que esperaba—. ¿Te portaste bien?

—Sí, señora —respondió en voz baja, sin levantar la mirada más de lo permitido.

Me gustó esa palabra en su boca. Me gusta siempre. No por la sumisión en sí, sino por todo lo que él tiene que entregar para llegar hasta ahí: el control, la vergüenza, la idea de quién debería ser un hombre puertas afuera. Acá adentro nada de eso importa. Acá mando yo, y él lo eligió tanto como lo elegí yo.

Me acerqué despacio, disfrutando cada segundo del recorrido. La urgencia que me había arrastrado por la calle seguía intacta, pero ahora era distinta. Ahora tenía un destino. Caminé alrededor de él, dejando que escuchara mis pasos sobre el piso, que sintiera mi presencia rodeándolo sin tocarlo todavía.

—Aguanté todo el día —le dije, deteniéndome frente a él—. Tuve mil oportunidades de hacerlo en otro lado. No lo hice. ¿Sabés por qué?

—Para mí, señora —murmuró, y noté que tragaba saliva.

—Para vos —confirmé.

Le tomé el mentón con dos dedos y le levanté la cara hasta que tuvo que sostenerme la mirada. Tenía los ojos brillantes, las pupilas dilatadas, todo el cuerpo tenso de anticipación. Verlo así, atado y a la vez desesperado por servirme, me provocaba una satisfacción que no se parece a ninguna otra.

—Pediste esto —le recordé—. Lo pediste vos, con tus palabras. Así que ahora vas a recibirlo, y vas a darme las gracias.

—Gracias, señora —dijo, antes incluso de empezar.

***

Me coloqué frente a él, separé un poco las piernas y dejé por fin que la tensión de toda la tarde encontrara su salida. El alivio fue inmediato, casi violento, una descarga que recorrió todo mi cuerpo y me arrancó un suspiro largo desde el fondo del pecho. Cerré los ojos un instante, entregada por completo a esa sensación de soltar algo que había contenido durante horas con tanto esfuerzo.

Él recibió cada gota como un premio. Abrió la boca, ofreció el cuerpo, dejó que todo cayera sobre su pecho y sus hombros sin apartarse ni un milímetro. Lo había aguantado tanto tiempo, lo había guardado solo para él, y verlo bañarse en eso que era exclusivamente mío me confirmaba lo que ya sabía: que me pertenece de una manera que las palabras de afuera no alcanzan a nombrar.

—Quieto —ordené cuando lo sentí estremecerse—. Hasta la última gota. No desperdicies nada.

Obedeció. Por supuesto que obedeció. Tragó, jugó, se empapó con una mezcla de placer y entrega que le iluminaba la cara incluso en la penumbra. No era humillación lo que sentía, o no solo eso. Era la felicidad puntual y absoluta de cumplir con el único deseo que le había pedido cumplir.

Cuando terminé, me quedé un momento mirándolo. Tenía el cuerpo brillante, marcado por mí de la cabeza al pecho, y respiraba agitado, todavía atado, todavía de rodillas, todavía esperando la siguiente orden que no llegaría esa noche.

—Buen chico —le dije, y la frase le aflojó los hombros como si le hubiera quitado un peso enorme.

***

Me incliné y le di un beso suave en los labios. Un beso de verdad, sin actuación, porque entre nosotros la dominación no excluye el cariño; al contrario, lo vuelve más hondo. Él respondió con una ternura que me ablandó por dentro, esa parte de mí que el resto del mundo no ve.

—Te quedás un rato más así —le anuncié, acariciándole la mejilla—. Pensando en lo bien que te portaste. Después vengo y te suelto.

—Sí, señora —respondió, y juro que lo dijo agradecido.

Le di una última mirada al cuerpo emocionado y embadurnado de mí, a las muñecas sujetas, a la sonrisa que seguía sin borrársele. Me llevé esa imagen conmigo, la guardé como se guarda algo que se va a necesitar pronto, y salí de la habitación cerrando la puerta despacio detrás de mis pasos.

El pasillo estaba en silencio. Mi cuerpo, por fin liberado de la tensión que lo había gobernado toda la tarde, se sentía liviano y al mismo tiempo encendido. Porque una cosa se había aliviado, sí, pero otra acababa de despertar, y esa no pensaba dejarla esperando.

***

Caminé hacia el baño con la idea ya formada. Necesitaba refrescarme, sacarme de encima el sudor pegajoso del día, dejar correr el agua tibia sobre la nuca hasta sentirme nueva. Pero antes había algo que merecía atención, y ese algo era yo.

Todavía sentía el calor latiendo entre las piernas, ese calor que no tenía nada que ver con el clima. Ver a Mateo entregado, atado, jugando con lo que le había dado, me había dejado al borde de algo que solo yo sé cómo resolver. Y esta vez no había nadie a quien darle ese trabajo. Esta vez era mío, enteramente mío.

Abrí el cajón donde guardo mis juguetes, los que conozco de memoria, los que saben exactamente cómo tratarme. Elegí sin dudar. Me senté en el borde de la cama, con la puerta del baño entreabierta y el rumor de la ciudad colándose por la ventana, y me dispuse a darme placer de la única manera que de verdad me satisface: a mi ritmo, bajo mis reglas, sin pedirle permiso a nadie.

Pensé en él del otro lado de la pared, todavía esperando. Pensé en su obediencia, en su sonrisa, en la manera en que había recibido todo sin quejarse. Y mientras mi mano empezaba a moverse, entendí que esa era la verdadera recompensa de mandar: que incluso cuando me ocupo solo de mí, el poder sigue siendo enteramente mío.

El calor seguía ahí. Pero ahora sabía exactamente qué hacer con él.

Ver todos los relatos de BDSM

Valora este relato

Comentarios (4)

Lola_P22

increible!! quede sin palabras, de verdad

GabyRD

Por favor que haya una segunda parte!! me dejo con muchisimas ganas de saber mas

Dante_K

Que buena narrativa, se siente la tension desde el primer parrafo hasta el final. Muy bien escrito, sin exagerar nada

Meli_gdl

jajaja lo de aguantar toda la tarde me resulto demasiado familiar 😂 tremendo relato

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.