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Relatos Ardientes

Me rendí a sus pies en el vuelo a Viena

Hacía mucho que no me sentaba a escribir, pero esta historia merece quedar contada. Tengo una obsesión que aprendí a administrar con paciencia, casi con método: los pies de las mujeres. No es algo que confiese en una cena. Es algo que cultivo en silencio, en salas de espera, en vagones de tren, en las últimas filas de los cines. Donde haya una mujer que se afloje los zapatos y deje de pensar en ellos, ahí estoy yo, midiendo distancias.

Aquella tarde tenía un vuelo de Madrid a Viena y llegué a la terminal con dos horas de anticipación. No por miedo a perder el avión. Llegaba temprano porque el aeropuerto es mi territorio de caza favorito: gente cansada, sandalias abiertas, tacones que duelen y que tarde o temprano se aflojan.

La vi enseguida.

Estaba sentada en una de las hileras de la puerta de embarque, con un libro cerrado sobre las rodillas y el teléfono ocupándole toda la atención. Tendría unos treinta y pocos. Llevaba unas bailarinas de un verde esmeralda que le colgaban apenas del talón, y había apoyado los pies sobre su maleta de cabina como quien sube los pies a una otomana. La sala estaba a reventar: salían tres vuelos casi a la vez y no quedaba un asiento libre en varias filas a la redonda.

No tenía sitio a su lado. Pero el suelo, frente a su maleta, estaba despejado.

Me acerqué sin prisa, fingiendo buscar un enchufe para cargar el móvil, y me dejé caer en el suelo a poco más de medio metro de sus pies. Saqué el cargador, lo enchufé, hice todo el teatro. Que parezca casual. Que parezca que no la veo.

Ella notó el movimiento. Encogió un poco las piernas, ladeó la maleta y volvió a subir los pies, esta vez tumbando la maleta de canto para reposarlos más alto. No me miró. Pero tampoco se fue. En este juego, quedarse es la primera respuesta.

El problema era la distancia. Con el reacomodo, sus pies habían quedado lejos de nuevo. Esperé. La paciencia, lo he aprendido a base de errores, es lo único que da fruto: si te mueves antes de tiempo, lo echas todo a perder. Cuando un grupo de viajeros pasó arrastrando maletas justo por delante de mí, aproveché el desorden para correrme unos centímetros, como si me apartara de su paso, y quedé otra vez cerca de ella.

Lo notó. Estoy seguro de que lo notó. Pero no movió los pies.

Dejé mi rodilla rozando el borde de su maleta, calculando el ángulo: si ella bajaba el pie, me tocaría con la punta de la bailarina. Era exactamente lo que buscaba. Y entonces ocurrió. Pasados unos minutos, dejó resbalar el pie hacia abajo, despacio, hasta apoyar la suela sobre mi muslo. No fue un accidente. Fue una pregunta.

No te muevas. No la mires. Deja que ella decida hasta dónde.

Cinco, seis minutos sin moverme. Su pie descansaba sobre mi pierna con todo su peso, la bailarina verde brillando bajo las luces frías de la terminal. Con el rabillo del ojo la vi mirarme, esperando a que yo girara la cabeza para cruzar la mirada. No le di esa satisfacción. Saqué el teléfono con disimulo y le hice un par de fotos del pie sobre mi muslo, que guardé enseguida en una carpeta oculta, por si la conversación de después se torcía. Bajo el pantalón, la polla ya me presionaba la tela, dura, insistente, marcando un bulto que tuve que tapar con el cargador para que nadie lo viera. Solo ese peso tibio de su pie encima me tenía a punto de correrme como un adolescente.

Necesitaba cambiar de postura, tenía la espalda agarrotada, pero cualquier gesto brusco podía espantarla. Apoyé la mano en el suelo, muy cerca de la maleta, y el movimiento la hizo levantar el pie. Me maldije por dentro. Un segundo después sentí un pisotón suave en el dorso de la mano: ella había vuelto a bajar el pie, y al darse cuenta de dónde había aterrizado, lo retiró deprisa hacia la maleta.

Entonces sonó su teléfono.

Se llevó el aparato a la oreja, distraída, y mientras hablaba volvió a posar el pie, esta vez directamente sobre mi mano, pisándola sin ningún disimulo. Aproveché que estaba absorta en la llamada para girar por fin la cabeza y mirar de cerca lo que llevaba media hora deseando. La piel del empeine era suave, ni pálida ni morena, limpia, hidratada, cruzada por venas finas que se le marcaban apenas. Imaginé los dedos dentro de la bailarina, la planta lisa, el arco. Me imaginé lamiéndoselos uno a uno, chupándoselos hasta el nudillo, y notando cómo se me escapaba la primera gota de precorrida dentro del calzoncillo. Me quedé embobado, con la cabeza en las nubes.

Cuando reaccioné, ella había cruzado las piernas y ahora tenía el otro pie a un palmo de mi cara. Tan cerca que podía distinguir el olor tibio de la crema y, debajo, un aroma más íntimo, a piel encerrada, casi a coño de otro tipo de escondrijo. ¿Esto es real o me lo estoy inventando?

La megafonía me sacó del trance: anunciaban el embarque de mi vuelo. Faltaba saber si era también el suyo.

***

Terminó la llamada y se levantó. Al hacerlo, el pie que aún tenía cerca me dio un golpecito en el hombro. Se agachó, todavía con una bailarina a medio calzar, y me pidió disculpas por el golpe. Lo dijo en un inglés torpe, con acento de algún lugar del este. Le hice un gesto de que no pasaba nada y, en cuanto se enderezó y avanzó hacia la cola, me incorporé para seguirla de cerca. Si conseguía un asiento próximo al suyo, la tarde podía ponerse interesante.

No tuve esa suerte. En el embarque se colaron unos cuantos pasajeros y la perdí en la fila. Dentro del avión, la vi acomodarse en una ventanilla varias filas detrás de la mía. A mí me tocó otra ventanilla, una fila por delante de la suya, pero del lado opuesto del pasillo. La veía de reojo, nada más. Desilusionado, saqué los auriculares, eché el respaldo hacia atrás lo poco que permitía y me dispuse a dormir el resto del trayecto.

Llevábamos un rato en el aire cuando giré la cabeza hacia la ventanilla para mirar las nubes. Y ahí, sobre mi reposabrazos, asomaba su bailarina verde.

Había estirado la pierna por el hueco entre los asientos hasta alcanzar mi fila. La miré sin atreverme a respirar. Si es lo que creo, esto va a ser largo. Esperé. Diez minutos largos. Hasta que sentí un empujoncito en el brazo y la punta del pie buscó acomodo contra mi antebrazo.

Me di media vuelta lo justo para protegerla con mi cuerpo de las miradas del pasillo. Deslicé la mano debajo de su pie, con cuidado, y ella me ayudó levantándolo apenas, dejándome encajar la palma bajo el arco. Eso despejó cualquier duda: sabía exactamente lo que estaba haciendo, y quería que yo lo hiciera.

Ahora tenía su pie apoyado en mi brazo, a un par de centímetros de la cara. Olía a crema y a algo más, a piel encerrada toda la tarde en cuero verde. Me incliné y le di un beso pequeño en la punta de la bailarina. Después otro. No sé si lo veía o solo lo intuía, pero no apartó el pie. Su pie estaba en mi terreno, y los dos lo sabíamos.

El siguiente movimiento me dejó sin aire. Arrastró el talón contra mi brazo para descalzarse y dejó caer la bailarina sobre mi asiento, junto a mi pierna. El pie quedó desnudo, la piel pálida brillando en la penumbra de la cabina. Los cinco dedos se estiraron delante de mí, uno detrás de otro, como si me los ofreciera para que hiciera con ellos lo que se me antojara.

Por un momento tuve miedo de que el juego terminara, de que reclamara el zapato y se acabara todo. No lo hizo. Así que tomé la bailarina con las dos manos, hundí la nariz en ella y me llené los pulmones de ese olor: cuero, sudor tibio, piel de mujer. Se me puso la polla como una piedra al primer respiro. Pasé la lengua por el interior, despacio, saboreando el cuero mojado donde había estado su planta toda la tarde. Chupé la plantilla como si chupara un coño, notando el sabor salado que se le había quedado impregnado, y cuando la retiré tenía un hilo de saliva colgando del labio. Era una intimidad robada, silenciosa, que nadie a bordo podía adivinar.

Solté el zapato y me concentré en el pie. Lo levanté con cuidado hasta la altura de mi boca y empecé a besarle los dedos, uno por uno, conteniendo cada gesto para no llamar la atención de los demás pasajeros. Le metí el dedo gordo entero en la boca y lo chupé como si fuera la punta de una polla, mamándolo con la lengua alrededor, hasta el nudillo. Ella flexionó el pie de golpe y ahogó un jadeo detrás, tan bajo que solo yo lo oí. Pasé al segundo, al tercero, se los fui metiendo de a dos, chupando los cuatro dedos pequeños juntos, dejando que la saliva le corriera por el empeine. La postura era incomodísima, el cuello torcido, la espalda contra el reposabrazos, pero no habría cambiado ese rincón del avión por nada. Cada vez que le mordía suave la yema, sentía un pequeño temblor recorrerle el pie, una respuesta minúscula que me confirmaba que estaba tan metida en esto como yo. Y yo tenía la polla goteando dentro del pantalón, marcando un cerco húmedo en la tela.

Pasé la lengua por el arco, por el talón, volví a los dedos. Ella flexionaba el pie contra mi boca, marcando el ritmo, indicándome sin palabras dónde detenerme y dónde insistir. Cuando le lamí el arco entero, de talón a dedos, en un solo lengüetazo largo, la oí morderse el labio para no gemir. Le abrí bien la boca y me follé la cara con su pie, dejando que me embistiera despacio contra la lengua, entrando y saliendo entre mis labios como si me estuviera metiendo una polla pequeña. Bajé una mano hasta la bragueta, sin quitarme el pantalón, y me apreté la polla por encima de la tela, apretándola contra el vientre para no correrme allí mismo. Era ella quien mandaba desde su asiento, invisible, y yo quien obedecía con la cara escondida, chupándole los dedos como un perro. Nunca me había sentido tan dominado por alguien a quien apenas le había visto la cara.

Con la lengua metida entre dos dedos, saqué el móvil libre y le hice una foto rápida: su pie desnudo entrando en mi boca, la bailarina verde tirada sobre el asiento, y al fondo la manga de mi camisa. La guardé donde nadie la iba a encontrar. Después le atrapé el pie con las dos manos, se lo giré para tener la planta contra la boca, y lamí desde el talón hasta los dedos, muy despacio, muy pegado, notando cada surco de la piel contra la lengua. Ella empujaba la planta contra mi cara, aplastándome la nariz, y yo abría la boca todo lo que podía para lamérsela entera. Me metí los cinco dedos de golpe, apretujados, y los chupé al mismo tiempo, ahogándome un poco, con los ojos cerrados y la polla a punto de reventarme en el pantalón.

Y entonces, de golpe, retiró el pie.

Me quedé helado, con un hilo de saliva colgando de la barbilla y la polla latiendo dentro del calzoncillo, empapado. Levanté la vista y vi a la auxiliar de vuelo de pie en el pasillo, mirándome con una ceja arqueada, empujando el carrito de bebidas. No dijo nada. Tampoco hizo falta. Acomodé el respaldo, fingí buscar algo en el bolsillo del asiento y dejé que pasara. Notaba la humedad de mi propia baba en el labio y la mancha oscura en la bragueta y no me atrevía ni a moverme.

El juego se había acabado.

***

Pero la aventura, no.

Quedaba todavía hora y media para aterrizar, y yo estaba demasiado encendido para dormir. Tenía la polla dura clavada contra el cinturón y las manos me olían todavía a sus pies, a cuero, a saliva seca. Pasé el resto del vuelo dándole vueltas a una sola idea: cómo abordarla cuando bajáramos, qué decirle, cómo conseguir que el juego siguiera en tierra firme, cómo terminar lo que ella había empezado, con su coño ya, con su boca, con su culo, con lo que quisiera darme. La bailarina verde había vuelto a su pie en algún momento, y ella miraba por la ventanilla como si nada de lo anterior hubiera ocurrido.

Cuando el avión tocó pista y se encendieron las luces, la busqué con la mirada entre el bullicio de gente recogiendo equipaje. Ella se levantó, sacó su maleta del compartimento superior y, antes de avanzar hacia la salida, giró la cabeza apenas lo justo para encontrar mis ojos. Por primera vez en toda la tarde nos miramos de frente, sin rabillos ni disimulos. Y sonrió, despacio, con la lengua asomando entre los dientes, como si supiera exactamente el estado en que me había dejado.

No fue una sonrisa de despedida. Fue una invitación. El vuelo era solo el principio.

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Comentarios(9)

MarceloPC

Increible relato, uno de los mejores que lei en este sitio. Se nota que esta vivido.

BrunoLect

Por favor seguilo!!! me quede con ganas de saber como termina ese viaje a Viena

Fantasia_real

Me recordo a algo que me paso en un tren hace anos, diferente pero esa tension entre desconocidos... igual de intensa. Gracias por compartirlo.

ViajeroBsAs

Morboso de la mejor manera. Esa situacion en un espacio tan cerrado y publico esta descripta de forma increible, casi la podes sentir. Esperando mas relatos asi.

Tito_mza

que descaro y que historia!!! me encanto

PabloNight88

el de la butaca del lado se lo perdio jaja, que suerte la de algunos

LectorSilente

Bien escrito, se nota que el autor sabe de lo que habla. Muy bueno.

Paty_nocturna

sigan subiendo relatos asi, soy fan de esta categoria

Ruleta_nocturna

lo lei dos veces, la segunda mas despacio jaja. Excelente.

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