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Relatos Ardientes

La desconocida del cine que me usó como reposapiés

Tengo una costumbre que casi nadie entendería, y por eso nunca la cuento. Los fines de semana voy al cine solo, siempre a la última función, siempre a las salas más vacías. No voy por la película. Voy con la esperanza de encontrar a alguna mujer que apoye sus pies en el respaldo de mi asiento, que no le importe rozarme con la suela, que clave un tacón en mi hombro sin pedir perdón.

Me gusta sentir el peso de alguien sobre mí. Me gusta servir, aunque sea sin que lo sepan. Durante años aprendí a leer las señales pequeñas: un pie que asoma entre las butacas, una mujer que se descalza al sentarse, alguien que estira las piernas buscando dónde apoyarlas. La oscuridad de la sala lo permite todo, y yo siempre estoy atento.

A veces deslizo la mano por el hueco entre los asientos, con la palma hacia arriba, esperando. Muchas se asustan y retiran el pie de golpe, susurran una disculpa torpe y se acomodan más adelante. Otras, en cambio, se dan cuenta de que me pisan la mano y no la quitan. Dejan caer todo su peso sobre mis dedos, a veces durante minutos, como si supieran exactamente lo que hacen.

Una vez, una chica que no llegaba a los treinta se descalzó y apoyó los dos pies sobre mis hombros casi media hora. Yo estuve quieto todo ese tiempo, encantado de ser usado de reposapiés por una desconocida que ni siquiera me había mirado a la cara. Otra noche, una mujer se molestó tanto cuando intenté meter la mano bajo su suela que me la aplastó con una fuerza que todavía recuerdo. Y aun así volví el sábado siguiente.

Lo que me gusta tiene nombre, aunque a mí me costó años ponérselo. El peso, el aplastamiento, la idea de quedar debajo de alguien y aceptarlo. Servir de alfombra, de banco, de cosa. No espero que nadie lo comparta. Solo cuento esto porque hace unas semanas viví algo que llevaba mucho tiempo deseando, y necesito sacarlo de dentro.

***

Era un viernes de invierno y había elegido una película larga y aburrida que sabía que no llenaría la sala. Llegué con el tiempo justo, me senté en una fila del medio y dejé un par de asientos vacíos a cada lado. Cuando se apagaron las luces, conté las siluetas: apenas seis o siete personas repartidas por toda la sala. Detrás de mí, en la fila siguiente, alguien acababa de acomodarse.

Empezaron los anuncios y noté que mi butaca se movía. Un empujón suave, rítmico, que venía del respaldo. Giré la cabeza apenas unos grados, lo suficiente para confirmar con el rabillo del ojo lo que ya sabía: unos pies calzados apoyados contra el respaldo de mi asiento, justo a la altura de mi nuca.

El corazón se me aceleró. Conozco bien esa mezcla de impaciencia y miedo a moverme demasiado rápido y arruinarlo todo. Me obligué a respirar despacio y empecé el juego de siempre, ese avance milimétrico que tantas veces practiqué.

Moví la cabeza hacia atrás, muy lento, hasta que mi pelo rozó la punta de su zapato. Esperé. Ella no lo retiró. Apoyé un poco más, sintiendo la suela contra mi coronilla, y tampoco se apartó. Buena señal, pensé. Sabe lo que hace y le divierte.

Pasaron unos minutos en los que apenas presté atención a la pantalla. Entonces noté que ella retiraba los pies y los apoyaba en el suelo. Me quedé helado, convencido de que se había cansado o de que iba a cambiarse de sitio. Empecé a calcular el siguiente movimiento, a pensar si me atrevía a deslizar la mano hacia atrás.

No hizo falta. Segundos después sentí algo sobre mi hombro derecho. No me atreví a mirar. Me quedé completamente inmóvil, como un animal que finge estar muerto, conteniendo hasta la respiración para no asustarla.

Tardé en reconocer lo que era. Un pie. Descalzo, cubierto solo por un calcetín blanco, posado sobre mi hombro con un descaro que me dejó la mente en blanco. Un instante después noté el otro, esta vez sobre mi brazo, el que tenía apoyado en el reposabrazos entre las dos butacas. Se había quitado los zapatos y me estaba usando, sin preguntar, sin disimular.

Giré la cabeza tan despacio como pude, milímetro a milímetro, hasta acercar la mejilla a la tela de su calcetín. El olor me golpeó antes de tocarlo: una mezcla tibia de detergente, suavizante, cuero del zapato y sudor de toda la tarde. Para cualquier otra persona habría sido desagradable. Para mí fue como entrar en otro mundo. Cerré los ojos y dejé que mi cara descansara contra su pie.

Ella movió los dedos bajo la tela, despacio, como comprobando hasta dónde estaba dispuesto a llegar. Me acariciaba la cara con el calcetín, rozándome la nariz, la mejilla, la comisura de los labios. Yo no me movía. Tenía miedo de que cualquier gesto brusco rompiera el hechizo y me devolviera a la realidad de una sala de cine medio vacía.

Entonces escuché su voz por primera vez. Un susurro bajo y firme, muy cerca de mi oído, hablándome desde la fila de atrás.

—¿Te gusta cómo huelen mis calcetines? —dijo—. ¿Te gustaría tenerlos en la cara? ¿O en la boca?

No supe qué contestar. Tenía la garganta seca y el pulso disparado. Lo único que salió de mí fue un «sí» ahogado, repetido, casi una súplica. Sí, sí. No recuerdo haber deseado algo con tanta claridad en mi vida.

—Entonces pórtate bien y no hagas ruido —murmuró—. Y no se te ocurra mirarme.

***

Le obedecí. Mantuve la vista al frente, fingiendo seguir la película, mientras ella apoyaba la planta entera de su pie contra mi cara. Sentía el talón en mi mandíbula y los dedos sobre mis ojos, cubriéndome, marcándome la piel a través del algodón húmedo. Apretaba un poco, soltaba, volvía a apretar. Cada vez que aumentaba la presión yo sentía esa descarga conocida, la de estar por fin debajo de alguien que decide por mí.

Con el otro pie me buscó la mano, la que seguía apoyada en el reposabrazos. La pisó sin contemplaciones, cargando el peso poco a poco hasta que mis dedos crujieron contra el plástico. Era exactamente lo que llevaba años buscando en esa sala. Cerré los ojos y aguanté, agradecido por cada gramo de presión.

—Quieto —repitió, al notar que mis dedos se tensaban—. Esa mano es mía esta noche.

Asentí apenas, sin atreverme a hablar. Ella deslizó el calcetín por mis labios, despacio, una y otra vez. Yo los entreabrí, y cuando rozó mi boca con los dedos del pie no me aparté. Besé la tela con cuidado, sintiendo cómo ella reaccionaba, cómo presionaba un poco más fuerte cada vez que respondía bien. Era un diálogo sin palabras, hecho de presión y obediencia.

—Eso es —susurró, casi sin voz—. Justo eso.

Perdí la noción del tiempo. La película avanzaba en la pantalla sin que yo me enterara de nada. Toda mi atención estaba en sus pies: en el peso del talón sobre mi mejilla, en el olor que se intensificaba cuanto más se calentaba la tela, en el roce constante contra mi cuello, mis labios, mi barbilla. No paraba de moverlos, trazando círculos lentos sobre mi cara, retirándose un instante para volver con más fuerza.

En algún momento se quitó el calcetín de un pie. Lo noté porque el contacto cambió: la piel desnuda, tibia y un poco húmeda, contra mis labios. El olor se volvió más directo, más crudo, y a mí me dio igual quién pudiera estar mirando en la penumbra. Besé la planta de su pie, el arco, los dedos, con una devoción que no había sentido nunca por nadie a quien conociera el nombre.

—Buen chico —dijo, y esas dos palabras me hicieron temblar más que cualquier caricia.

Estuvimos así casi una hora. A ratos me aplastaba la mano hasta el límite de lo soportable; a ratos me acariciaba la cara con una suavidad que contrastaba con todo lo demás. Esa alternancia, ese pasar del dolor leve a la ternura sin previo aviso, me tenía completamente entregado. Yo solo existía para servir de superficie, de apoyo, de cosa útil bajo sus pies.

***

Cuando empezaron a subir los créditos y la sala se llenó de esa luz tenue del final, ella retiró los pies de golpe. Escuché el ruido de los zapatos al calzarse, el roce de la ropa al levantarse. Recordé su orden y mantuve la vista clavada en la pantalla, sin girarme, aunque me moría por ver su cara.

Pasó por mi lado camino del pasillo. Solo entonces me permití mirar de reojo: una silueta de pelo recogido, abrigo largo, andar tranquilo. No se detuvo. Pero al pasar dejó caer algo sobre mi regazo, sin decir una palabra, y siguió hacia la salida sin volverse.

Era el calcetín que se había quitado. Todavía caliente.

Me quedé sentado hasta que se encendieron las luces del todo y la sala quedó vacía. Tenía la mano dolorida, la cara marcada por la presión y el corazón latiendo como si hubiera corrido kilómetros. Guardé el calcetín en el bolsillo del abrigo, como quien guarda un tesoro, y salí a la calle fría con la sensación de haber vivido por fin algo que solo había imaginado.

No sé quién era. No sé su nombre, ni dónde vive, ni si volveré a verla. Pero ahora, cada viernes, vuelvo a la última función de la sala más vacía, me siento en el medio y dejo libre el asiento de atrás. Espero el empujón suave en el respaldo, el peso de unos pies sobre mis hombros, esa voz pidiéndome que me porte bien.

Y mientras tanto, guardo su calcetín en el cajón de la mesilla. A veces, antes de dormir, lo saco y recuerdo. Fue, sin duda, una de las experiencias que más deseo repetir.

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Comentarios (4)

mauro_bsas

jajaja me mato la situacion, tremendo!! Se hizo cortísimo, quiero mas

PatitoNocturno

Por favor segunda parte, quede con ganas de saber que paso despues de salir del cine

Luchy_86

Lo lei dos veces seguidas. Tiene un ritmo que te engancha desde la primera linea y no te suelta mas. Muy buen relato!

SergioCba

¿Y volviste a ese cine? yo en tu lugar iba todas las semanas jaja

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