La desconocida de la fiesta y su juego más sucio
Todo indicaba que aquella tarde iba a ser, como mínimo, distinta. El clima acompañaba: ni demasiado calor ni esa brisa molesta que obliga a buscar abrigo. Los tragos se preparaban solos y bajaban casi sin esfuerzo, y la terraza de la casa de Damián se fue llenando de gente que no conocía pero que enseguida me cayó bien.
No era exactamente la música que yo habría elegido. Faltaban los graves que a mí me gustan, esos que se sienten en el pecho. Aun así, había buena energía. A medida que la tarde caía y las copas se vaciaban, algo parecido a un ritual se instalaba entre los cuerpos que nos movíamos con torpeza al ritmo de canciones de letras insinuantes.
Fue inevitable fijarme en ella. Estaba apoyada contra la baranda, riéndose de algo que le decía su amiga, y su escote dejaba ver lo justo para que uno quisiera ver más. Tenía unas caderas que se balanceaban con una cadencia hipnótica cada vez que cambiaba el peso de un pie al otro. Su cara, redonda y de labios gruesos, atraía mis miradas que se volvían, copa tras copa, un poco menos disimuladas.
Esperé el momento. Durante una canción más tranquila, cuando su amiga se alejó hacia la mesa de las bebidas, me acerqué y me presenté. No me puso mala cara ni inventó una excusa para escaparse. Con cierto alivio noté que, al menos en principio, estaba receptiva.
—Bruna —dijo ella, y me tendió la mano con una formalidad que no pegaba con el ambiente.
—Mucho gusto, Bruna.
Vinieron las preguntas de siempre, esas que uno hace para ganar tiempo antes de animarse a algo con más fondo. A qué me dedicaba, de dónde venía, cómo conocía a Damián. El alcohol nos ayudaba a saltar las pausas incómodas. Hubo acercamientos, algún baile torpe, un cortejo que iba subiendo de temperatura sin que ninguno lo dijera en voz alta.
Su amiga ya se había perdido entre el bullicio. Los míos también, vaya uno a saber dónde. Quedamos los dos en una esquina de la terraza, cada vez más cerca, como si el resto de la fiesta se hubiera apagado.
Recuerdo que lancé el primer intento de beso y que ella lo esquivó con una habilidad de futbolista profesional, girando apenas la cara. Me reí, resignado, y creo que esa sonrisa la desarmó, porque fue ella la que después acercó su boca a la mía. Empezó así un beso lento, húmedo, con sabor a ron y a algo dulce que no supe identificar.
—¿Vivís lejos? —me preguntó contra los labios.
—A diez minutos en taxi.
—Llamá uno.
***
Me voy a saltear el viaje, los manoseos en el asiento de atrás y la vergüenza del chofer mirándonos por el espejo, para llegar al momento que de verdad importa. Hay algo que pocas veces confieso: ciertas bebidas, sobre todo las que mezclo sin medida, me provocan un efecto laxante que aparece sin aviso. Esa noche fue un ejemplo de manual.
Apenas entramos a mi departamento, mientras ella curioseaba los discos apilados en el estante, sentí el primer aviso en el bajo vientre. Un calor incómodo, una urgencia que no iba a esperar a que la situación romántica madurara. No sabía cómo disimularlo. Intenté seguir el juego, pasarle un brazo por la cintura, pero un retortijón oportuno habló por mí antes de que encontrara las palabras.
—¿Estás bien? —preguntó, divertida, todavía algo borracha—. Pusiste una cara rarísima.
—Necesito un minuto —dije, con la dignidad de quien sabe que la está perdiendo—. Ya vuelvo.
—¿Necesitás algo?
La pregunta era inocente. Mi respuesta también, un asentimiento de resignación mientras señalaba el pasillo. Lo que no esperaba era lo que vino después.
—¿Dónde está el baño? —dijo ella, levantándose—. Te acompaño.
Al principio pensé que era una broma. Una de esas frases que se dicen para romper la tensión. Pero me siguió por el pasillo con una sonrisa que no tenía nada de inocente, y el corazón se me aceleró por motivos que no tenían que ver con la urgencia de mi cuerpo.
El baño era chico. Apenas entramos los dos, las rodillas casi tocaban la bañera. Yo me quedé parado, sin saber qué hacer, mientras ella cerraba la puerta a sus espaldas y se apoyaba contra ella.
—Sentate —ordenó, señalando el inodoro.
Esto no está pasando, pensé. Pero estaba pasando.
***
Bajé los pantalones y me senté, sintiéndome ridículo y excitado en partes iguales. Ella me miraba con una concentración que jamás había visto en nadie en una situación así. No había asco en su cara. Había hambre.
—No te va a salir todavía —dijo, como si leyera mi cuerpo mejor que yo—. Aguantá.
Se levantó la falda con las dos manos, despacio, y se bajó la tanga hasta dejarla caer en el piso de baldosas. Entonces, sin dejar de mirarme a los ojos, se acuclilló frente a mí y empezó a orinar sobre el azulejo, un chorro tibio que golpeaba la cerámica y llenaba el baño de un sonido íntimo y descarado.
—Que no te dé vergüenza —dijo—. Todos lo hacemos. Yo lo hago delante tuyo, vos lo hacés delante mío.
La mezcla de la necesidad apremiante y el morbo de tenerla así, semidesnuda y obscena a treinta centímetros de mí, me dejó sin palabras. Se incorporó apenas, se quitó el top por encima de la cabeza y sus pechos quedaron libres, grandes y pesados, balanceándose con el movimiento. Se los sostuvo con las manos y se inclinó hacia mí.
—Quiero que me las ensucies —murmuró.
***
Antes de que yo terminara de procesar lo que me pedía, su ropa ya estaba en el suelo y mis pantalones a un costado, hechos un bollo. Se arrodilló entre mis piernas. Uno de sus dedos, que se había llevado a la boca para humedecerlo, empezó a buscar mi entrada con una insistencia suave. Lo sentí presionar, ceder, entrar apenas, y un escalofrío me recorrió la espalda.
Su lengua siguió al dedo. Paseó por la zona con una desfachatez que me hizo apretar los bordes del inodoro hasta que los nudillos se me pusieron blancos. Cada caricia parecía calculada para terminar de soltar lo que mi cuerpo ya pedía soltar, una urgencia que prometía ser blanda y líquida por culpa del alcohol.
—Ahora —dijo ella, retirándose un poco, ofreciéndome de nuevo el pecho—. Dámelo.
Hice fuerza con cuidado, tratando de que no saliera de manera brusca ni escandalosa, sino tibio y húmedo, controlado. No alcanzaba a verle las tetas desde mi posición, pero por su respiración entrecortada supe el momento exacto en que la primera oleada caliente la encontró. Soltó un suspiro largo, casi un gemido, que no tenía nada que ver con el asco.
Cuando me incliné hacia adelante para mirarla, la imagen me clavó al asiento. Se cubría por completo las aréolas y los pezones, embadurnándose con las palmas abiertas, acariciándose el pecho con una lentitud reverente, como si estuviera untándose una crema cara. Tenía los ojos entrecerrados y los labios separados.
—Mirá cómo me dejaste —dijo, y la voz le salió ronca.
***
No soy capaz de describir con justicia la erección que se me armó en ese momento. Lo que sí puedo describir es cómo ella la notó. Bajó una de sus manos sucias, me agarró con firmeza y empezó a mover el puño de arriba abajo, tiñéndome de marrón, sin el más mínimo gesto de duda.
—¿Te gusta? —preguntó, aunque la respuesta era evidente—. ¿Te gusta lo que hago con vos?
—Sí —dije, y mi voz sonó como la de otro—. No pares.
Se llevó la mano a la boca primero, probándose los dedos sin apartar la vista de mi cara, midiendo mi reacción, buscando el límite y comprobando que yo no tenía ninguno esa noche. Después se inclinó. Su boca caliente me envolvió por completo, indiferente a todo, y el contraste entre la suciedad del juego y la suavidad de su lengua me nubló la cabeza.
Les juro que no me percaté ni siquiera del olor. Mi mundo se había reducido a esa boca, a esos ojos que me miraban desde abajo como si quisieran fotografiar mentalmente cada segundo, a esas manos que me sostenían las caderas para que no me escapara.
—Mirame —ordenó, separándose un instante—. Quiero que me mires cuando termines.
La obedecí. La obedecí en todo. Hundió la boca de nuevo y yo me sostuve con las dos manos del borde frío de la bañera, sintiendo que el placer subía desde algún lugar que no sabía que existía. Cada vez que pensaba que ya no aguantaba, ella aflojaba el ritmo y me dejaba al borde un segundo más, jugando conmigo, demostrándome quién mandaba en ese baño diminuto.
Cuando finalmente me dejó ir, estallé como un animal dentro de aquella boca que no se apartó ni un milímetro. Lo recibió todo sin dejar de mirarme, con una intensidad que me dio escalofríos incluso en pleno orgasmo. Me vacié con un gemido largo, ronco, mientras ella tragaba y sonreía con los ojos.
***
Después vino el silencio raro que viene siempre después, ese momento en que el deseo se enfría y uno tiene que volver a ser una persona normal en un baño normal. Abrí la ducha. Nos metimos los dos bajo el agua tibia sin decir nada, y por primera vez en toda la noche no había juego ni cortejo ni máscaras, solo dos desconocidos enjabonándose en silencio.
—No le cuentes esto a nadie —dijo ella al fin, riéndose, mientras el agua le corría por el pelo.
—¿A quién le contaría algo así? —respondí.
—A todos —dijo—. Tarde o temprano. Lo veo en tu cara.
Tenía razón, claro. La acompañé a buscar un taxi una hora más tarde, con el pelo todavía húmedo y la sensación de haber cruzado una puerta que no sabía cómo cerrar. Antes de subirse al auto me dio un beso en la mejilla, casi casto, como si lo que había pasado en mi baño le hubiera ocurrido a otra Bruna distinta.
—Capaz nos volvemos a ver —dijo.
—Capaz —contesté.
No volví a verla. Pero algunas noches, cuando preparo un trago demasiado cargado y siento el primer aviso en el bajo vientre, me acuerdo de aquella desconocida que me enseñó que el deseo no entiende de vergüenzas, y de su voz diciéndome que no me diera vergüenza, que todos lo hacemos.
Continuará.