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Relatos Ardientes

El padre de mi jefe me trató como su sumisa

Hacía tiempo que no me sentaba a contar algo verdadero, de esas cosas que una guarda en un cajón con llave y solo abre cuando nadie mira. Me llamo Mariela. Llevo veinte años casada con Darío, tenemos una hija que ya es casi una mujer, y yo crucé la barrera de los cuarenta sin dramas. Cuando me miro al espejo no veo a una señora resignada: veo a una mujer madura, con más curvas que a los treinta y con una manera de vestir que todavía hace girar cabezas en la calle.

Trabajo en la constructora de Gabriel, un viejo compañero de secundaria que me dio empleo cuando más lo necesitaba. Feo, prepotente y generoso a su manera, Gabriel me sostiene con «horas extras» que nunca aparecen en ninguna planilla, y los dos sabemos perfectamente de qué se tratan esas horas. Aprendí a no hacerme preguntas. Hay placeres que se cobran caro y otros que se pagan en silencio.

Aquella mañana de otoño no hacía demasiado frío. Darío se llevó a nuestra hija al colegio y yo me arreglé con calma para ir a la oficina. Conjunto de encaje color piel, una tanga mínima del mismo tono y unas pantimedias brillosas de lycra que me alisaban las piernas como una segunda piel. Encima, un vestido gris perla ajustado hasta la mitad del muslo, sandalias negras de taco aguja y mi perfume de siempre. Me gusta entrar a un lugar y dejar una estela.

—Hoy Gabriel no viene —me avisó mi compañera apenas crucé la puerta—. Está controlando la obra de la escuela. Quedamos con el padre.

Al padre de Gabriel lo conocía de la adolescencia, pero el hombre que recordaba ya no existía. Don Augusto era ahora un anciano de unos setenta años, calvo, de tez morena, con un bigote ancho y unos ojos marrones que sabían exactamente dónde mirar.

***

A media mañana entré a su despacho para ofrecerle algo. Solo me pidió agua. Le acerqué la jarra y un vaso, y cuando me di vuelta para salir sentí su mano firme cerrarse sobre una de mis nalgas, sin disimulo, como quien toma algo que ya considera suyo.

—Don Augusto —le reproché, girando—. Soy una mujer casada.

—Lo sé —dijo sin inmutarse—. También sé que mi hijo te hace suya de vez en cuando. Y si te gusta él, deberías probar a su padre. Tengo más años, pero también más paciencia para enseñar.

Salí del despacho con la cara ardiendo y le escribí a Gabriel, furiosa, que me había dejado en evidencia frente a su padre. Tardó en contestar, y cuando lo hizo fue como una bofetada suave:

«Muñeca, no te pongas mal. Deja que el viejo juegue un poco. Vas a recibir algo extra solo por sonreírle.»

Descarado. Sabía manejarme con una precisión que daba rabia, porque conocía el resorte exacto que me convertía en obediente. Guardé el teléfono y respiré hondo. Solo es un anciano, me dije. Qué puede pasar.

***

Pasé la mañana ordenando facturas, intentando concentrarme en los números, pero la frase del viejo me volvía una y otra vez a la cabeza. «Tengo más años, pero también más paciencia.» Me descubrí cruzando y descruzando las piernas bajo el escritorio, incómoda con mi propia curiosidad. No era atracción, me repetía. Era otra cosa, algo más turbio, la pregunta de qué se sentiría obedecer a un hombre que ni siquiera me gustaba.

El tiempo voló. Mi compañera me invitó a almorzar afuera, pero yo había arreglado para irme temprano y dije que no. Cuando ella se fue, la oficina quedó vacía y silenciosa, con ese zumbido eléctrico de las luces fluorescentes que de pronto se volvió ensordecedor. Entonces volví al despacho a preguntarle a Don Augusto si necesitaba algo antes de retirarme.

—Acércate —me pidió con una voz baja, casi cansada—. Charlá un rato conmigo. Mi mujer murió hace dos años y ya no tengo con quién hablar. Menos con alguien tan hermosa.

Me dio lástima. Y recordé el mensaje de Gabriel. Me senté frente a él, crucé las piernas enfundadas en las pantimedias brillosas y dejé que el roce de la lycra hiciera su parte. Don Augusto no perdió el tiempo. Me miró a los ojos y, con la calma de quien no tiene nada que perder, me pidió que lo acariciara, que hacía años que nadie lo tocaba.

—¿Cómo me pide eso? —protesté, y me levanté para irme.

Pero no me fui con la decisión suficiente. Él insistió, sin rogar, ordenando con suavidad, repitiendo que era bella, que no fuera mala, que le diera un poco. Y yo me dije que total era solo tocar a un pobre viejo, un gesto de caridad sin consecuencias. Me acerqué a su sillón.

—Solo voy a tocarlo —le advertí—. Nada más. Y no le cuenta a nadie.

—Tócamelo y después decidís vos qué más hacer —respondió, mirándome fijo.

Se bajó el cierre del pantalón y se acomodó en el sillón. Metí la mano con timidez y lo que encontré me dejó sin palabras: no era la carne flácida que esperaba, sino un miembro duro, caliente, latiendo contra mi palma. Lo acaricié dentro de los calzoncillos sin poder creerlo, y cuando le sonreí, supe que ya había perdido.

Sus manos empezaron a recorrer mis nalgas, primero sobre la tela del vestido, después por debajo, sobre las pantimedias, mientras yo lo liberaba del pantalón y lo sostenía completo en la mano. Era grande, grueso, con un olor fuerte de macho que en otra circunstancia me habría espantado y que esa mañana, no sé por qué, me encendía.

Me arrodillé frente a él y me lo metí en la boca. Lo lamí despacio, jugando con la lengua, sintiendo el peso de su excitación contra el paladar.

—Viste, Mariela, que te iba a gustar —murmuró—. Mírate, qué bien lo hacés.

Tenía razón. Las tardes de práctica con su hijo me habían vuelto experta, y se notaba. Mientras lo chupaba, sentí mi propia humedad atravesar la tanga y empapar las pantimedias. Un deseo loco me subió desde el vientre: quería ese miembro adentro, ya, sin esperar más.

—Tenemos poco tiempo —le dije, separándome apenas—. Pero no quiero quedarme con las ganas.

***

Me puse de pie, me subí la falda del vestido ajustado y bajé las pantimedias hasta la mitad de los muslos. De espaldas a él, le ofrecí mi cuerpo, mis nalgas blancas contrastando con sus manos morenas que ya las amasaban con autoridad.

—Despacio, Don Augusto, que la tiene muy grande —le susurré.

—Tranquila, Mariela. Esta es tuya. Tomala como quieras.

Me fui bajando de a poco, apoyada con las manos en sus rodillas, sintiendo cómo su miembro abría camino dentro de mí. Cerré los ojos y me mordí el labio. Pensaba en lo entregada que estaba, en lo bien que se sentía esa carne llenándome por completo. Él no se movió hasta que mis muslos tocaron los suyos. Recién entonces, con las manos en mis caderas, empezó a acompañar mi cabalgata, marcando él el ritmo, decidiendo él la profundidad.

Me gustaba eso. Me gustaba no decidir nada, ser solo un cuerpo dispuesto que obedecía. Lo escuché respirar ronco y le pregunté si estaba bien.

—Mejor que nunca —se rió, abrazándome del abdomen—. Gracias a la pastilla azul.

En un momento me detuvo, se levantó y me empujó con firmeza contra el escritorio. Entendí la orden sin que la dijera. Me apoyé sobre los antebrazos, levanté la cola y separé las piernas hasta donde la ropa enrollada me lo permitía.

—Qué sumisa divina sos —me dijo al oído, mientras volvía a hundirse en mí.

Entraba y salía con una paciencia cruel, sosteniéndome de una nalga, abriéndome a su antojo. Y entonces, con la boca pegada a mi nuca, pidió lo que yo no me animaba a ofrecer en voz alta:

—Ahora quiero la colita.

No dije nada. Pero empujé las caderas hacia atrás, ofreciéndole todo, dejando que entendiera que en ese momento mi cuerpo era suyo. Sentí un dedo tantear mi entrada más estrecha y me relajé. Él tomó su miembro mojado y lo apoyó ahí, lubricándome con mi propia humedad, presionando una y otra vez hasta que mi esfínter cedió al glande grueso.

Se quedó quieto. Me acarició las piernas sedosas, esperando a que me acostumbrara, leyendo mi cuerpo con una experiencia que su hijo jamás tendría.

—Me encanta, Don Augusto —jadeé—. Me encanta.

Empecé a empujar yo, buscándolo, y él entendió que ya estaba lista. Me tomó de las caderas y avanzó firme, sin pausa, hasta enterrarse por completo. Una mano suya bajó a mi sexo y me penetró con dos dedos mientras bombeaba atrás, y yo perdí la noción de todo lo que no fuera ese placer doble que me partía en dos.

—Lléneme —le supliqué—. Por favor, no pare.

Lo sentí tensarse, agarrarme con las dos manos, clavarse hasta el fondo. Su miembro palpitó dentro de mí y un calor líquido me inundó justo cuando mi propio orgasmo estallaba en oleadas que me hicieron temblar las piernas y apretarlo con todos los músculos del cuerpo.

***

Salió de golpe, un poco brusco, y se dejó caer en el sillón, sudoroso y con la cara enrojecida, pero sonriendo como un chico. Me giré, di unos pasos y me acomodé la ropa como pude, todavía temblando. Me subí la tanga, estiré las pantimedias, me alisé el vestido.

No nos dijimos nada. Solo nos miramos, y yo bajé la vista en un gesto que lo decía todo. Me fui al baño a recomponerme y después a casa, a descansar de aquella jornada de trabajo.

Bajo la ducha me pregunté por qué me había rendido tan rápido, por qué obedecí casi sin pelear. Dejé que el agua caliente me corriera por la espalda y repasé cada momento: la jarra de agua, la nalgada, el mensaje de Gabriel, mi propia mano metiéndose donde no debía. En ningún punto me había sentido forzada. Esa era la parte que me costaba mirar de frente.

La única respuesta honesta que encontré fue el morbo: la certeza de que un anciano no podría tocarme de verdad, y la sorpresa de descubrir que esa mano firme y esa voz tranquila despertaban a una mujer sumisa que yo creía dormida hacía años. Hay deseos que una entierra para poder vivir tranquila, y a veces basta una mañana de otoño y un viejo descarado para desenterrarlos. Me equivoqué con él. Y, en el fondo, me alegro de haberme equivocado.

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Comentarios (5)

Ramiro1987

que relato!! no pude parar de leer hasta el final, tremendo

CuriosaSalta

Por favor continua esta historia, me quedé con ganas de saber mas

MiraFurtiva

Lo que mas me gustó es esa tension del principio, como algo tan pequeño se convierte en algo mucho mayor. muy bien narrado la verdad

SoniaMdq

increible!!

LectNocturno

Buen ritmo, se lee solo. La parte donde empieza a ceder es lo mejor del relato

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