La manta roja del extraño que me observaba
Desde chica tuve una relación rara con las miradas ajenas. No me incomodaban: las buscaba. Por eso, cuando alquilé el piso en la peor cuadra del casco viejo, lo primero que pensé no fue en el ruido ni en la mugre, sino en la ventana. Daba directo a la calle, a la altura justa para que cualquiera levantara la vista y me viera.
Mi barrio era lo más parecido a una herida abierta en el centro de la ciudad. Bares que abrían hasta el amanecer, discotecas que vomitaban gente a las cinco, borrachos meando contra los portales y, entre todo eso, las sombras quietas de los que dormían en las aceras. Desde mi ventana había visto más sexo real que en cualquier pantalla. Parejas que no llegaban al portal. Manos que se metían bajo la ropa en los callejones. Yo miraba todo y, con el tiempo, quise que también me miraran a mí.
Tenía la costumbre de apoyarme de espaldas contra el cristal, en ropa interior, fingiendo que revisaba el teléfono. Fingiendo que no me importaba que mi culo quedara pegado al vidrio, a la vista de la calle entera. Me decía que era casualidad. Era mentira, claro. Lo hacía a propósito, y la idea de unos ojos desconocidos recorriéndome me ponía húmeda antes de darme cuenta.
Que miren. Que se queden con las ganas.
***
Fue un martes a media tarde cuando lo noté. Uno de esos días muertos en que ni los bares se molestaban en abrir. Yo estaba en mi pose de siempre, de espaldas al cristal, cuando algo en la calle se movió distinto al resto.
Era un hombre mayor, de los que dormían en la acera de enfrente por temporadas. Llevaba semanas instalado bajo el toldo roto de una tienda cerrada, con sus bolsas y una manta roja que parecía ser lo único de color en toda la cuadra. Esa tarde la manta subía y bajaba con un ritmo que conocía de sobra. Se estaba masturbando. Y me miraba a mí.
Lo lógico habría sido correr la cortina. Sentí justo lo contrario. Una corriente caliente me bajó por la espalda y se me instaló entre las piernas. Me giré despacio, lo enfrenté de cara a través del vidrio. Él se quedó quieto un segundo, sorprendido de que lo hubiera descubierto, y enseguida volvió a su tarea con más prisa, como si temiera perder el permiso que acababa de darle sin decir una palabra.
Miré a ambos lados de la calle. Nadie. Ni una luz encendida en los pisos vecinos, ni un alma en la vereda. Solo él y yo y esa manta roja temblando.
Entonces le sonreí. Bajé las bragas hasta los tobillos sin apuro, pegué las caderas al cristal y le mostré todo lo que tenía. Abrí las piernas lo suficiente para que, aun a esa distancia, entendiera lo que estaba viendo. Me toqué para él, despacio primero, con movimientos amplios y exagerados, como en una representación pensada para un único espectador.
El bulto bajo la manta se aceleró. Quise darle más. Me subí la camiseta, aplasté los pechos contra el vidrio frío y seguí frotándome el clítoris con la otra mano, los ojos clavados en él. No sé cuánto duró. Lo suficiente para verlo tensarse, sacudirse bajo la tela y quedar después inmóvil, vencido.
Yo no acabé. Y, curiosamente, eso me gustó más que correrme. Me subí las bragas, me bajé la camiseta y, cuando volví a mirar, el viejo ya se había acomodado de lado para dormir. Ni un gesto. Ni un agradecimiento. Me había usado para acabar y se había olvidado de mí en el acto.
Como un objeto. Como algo que se usa y se deja tirado.
Esa idea me persiguió toda la noche.
***
Me masturbé pensando en él hasta quedarme dormida, pero al despertar seguía insatisfecha. Había algo en haber sido tratada como nada, como un cuerpo cualquiera detrás de un cristal, que no me dejaba en paz. Lo había convertido en mi fantasía sin haberlo tocado siquiera.
La noche siguiente no pude resistirlo. Pasada la una, cuando la calle volvió a quedar en ese silencio espeso que solo conoce mi barrio, me puse unas sandalias y bajé. Recuerdo la respiración pesada en el rellano, las bragas ya empapadas, el corazón golpeándome como si fuera a hacer algo prohibido. Y lo era.
Salí del portal. Miré a los costados: todo apagado, todo quieto. Crucé descalza de tan livianas que eran las sandalias y me acerqué a él paso a paso, sintiendo cómo me mojaba más con cada metro. El olor llegó antes que yo, ese aroma denso a calle y a cuerpo sin lavar que debería haberme echado atrás. No lo hizo. Me excitó de un modo que me dio vergüenza reconocer.
Me arrodillé a su lado sobre el cemento sucio. Dormía boca arriba, con la manta roja medio caída. La aparté con cuidado. Estaba expuesto, vencido por el sueño, ajeno por completo a la mujer que se había arrodillado en plena noche para entregarse a él.
Me bajé las bragas hasta las rodillas y me toqué mientras lo observaba. Era una locura y lo sabía. Una desconocida en cuclillas en una acera, excitada hasta el delirio por un hombre que ni siquiera sabía que estaba ahí. Me sentí como lo más sucio del mundo, y eso fue justo lo que terminó de encenderme.
Bajé la cabeza y dejé que su olor me llenara entero. Casi me corro solo con eso. Me sentía una perra perdida, una sumisa que había cruzado la calle de madrugada para ofrecerse, y la humillación de saberme así me golpeaba en oleadas.
***
Lo toqué. Apenas lo rocé, el hombre se despertó de un salto y se incorporó sobre los codos. Por un instante tuve miedo de que gritara, de que me apartara. No hizo nada de eso. Me miró en la penumbra, entendió a la primera lo que estaba pasando, y una sonrisa lenta y torcida le cruzó la cara.
—Vaya —dijo con la voz rasposa de quien lleva días sin hablar—. La chica de la ventana.
No contesté. No hacía falta. Me acerqué más, todavía de rodillas, y dejé que tomara las riendas. Me agarró del pelo con una mano dura, sin pedir permiso, y me guió. No fue delicado. No quería que lo fuera. Me usó la boca como había usado la manta la primera noche, con esa misma indiferencia egoísta que me había vuelto loca desde el principio.
Yo me masturbaba sin parar mientras él me sostenía la cabeza. Mis dedos entraban y salían al ritmo que él marcaba, y cuando me corrí —temblando, ahogada, en plena calle— él lo notó y se detuvo en seco. Supe lo que quería sin que lo dijera.
Me quité la camiseta y la dejé caer. Estiré la manta roja sobre el suelo y me tendí encima, boca arriba, las piernas abiertas de par en par, ofreciéndome bajo el cielo sucio de farolas rotas. Él se colocó sobre mí con un peso que me clavó contra el cemento a través de la tela fina, y entró de una sola embestida. Yo estaba tan mojada que no encontró resistencia.
Me embistió con una fuerza que no esperaba de un cuerpo tan castigado. Me aguanté los gemidos mordiéndome el labio, aterrada de que alguna ventana se encendiera, pero el miedo a que nos descubrieran solo le sumaba combustible a todo. Me manoseó los pechos con las manos ásperas, me buscó la boca, y yo cedí y lo dejé entrar, dejé que hiciera conmigo lo que quisiera.
Me corrí otra vez, rápido, casi sin transición. Él no aflojó el ritmo. Yo estaba lánguida, sin fuerzas, así que le entregué hasta el último control: que siguiera como quisiera, cuando quisiera, hasta donde quisiera.
***
Me levantó del suelo con una facilidad que me sorprendió. Me puso de cara contra el muro frío de un portal cerrado, me empujó las caderas hacia atrás y me tomó por detrás. Grité contra la pared, un grito corto que ahogué a tiempo, y volví a correrme con las rodillas temblando, a punto de fallarme.
Ahí estaba yo: sumisa contra el muro descascarado de un callejón del peor barrio de la ciudad, doblada y poseída por un desconocido que la noche anterior me había mirado como a un objeto detrás de un cristal. La idea de lo que estaba haciendo, de lo bajo que había caído por mi propio deseo, me hizo llevarme la mano otra vez al clítoris. Me froté mientras él me embestía, persiguiendo un orgasmo más con la desesperación de quien sabe que no volverá a sentir algo así.
Después de unos minutos lo sentí endurecerse aún más dentro de mí, esa tensión inconfundible del final. Acabó con un gemido ronco, apretándome los pechos con tanta fuerza que me dejó marcas, y yo sentí su calor recorrerme por dentro mientras un hilo de mi propio placer caía sobre la manta roja.
Nos quedamos así un momento, los dos jadeando contra la pared, mis músculos todavía tensos. Luego me soltó sin ceremonia y volvió a tumbarse, igual que la primera vez, como si yo ya hubiera cumplido mi función. No me molestó. Me había dado exactamente lo que había bajado a buscar.
***
Me vestí en silencio. Las bragas se empaparon en cuanto me las puse, y casi me gustó esa incomodidad pegajosa, esa prueba de lo que había hecho. Doblé la manta roja, todavía tibia, y me la llevé. Él no protestó; ya dormía.
Desde aquella noche, esa manta vive en mi cama. Me masturbo sobre ella cuando el aroma se desvanece y necesito recordarlo, ese olor crudo y prohibido que ninguna sábana limpia logra reemplazar. Y de vez en cuando, cuando la calle vuelve a quedarse muda de madrugada, bajo descalza otra vez. Me aseguro de que me deje igual que la primera noche: usada, vacía y profundamente satisfecha, una desconocida más que cruzó la calle para entregarse al único hombre que se atrevió a mirarla de verdad.