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Relatos Ardientes

El precio que mi jefe me puso por el empleo

Con Darío veníamos discutiendo desde hacía semanas. Le reclamaba las horas que pasaba fuera de casa, lejos de mí y de nuestra hija, que aunque ya estaba grande igual extrañaba a su padre. Él se defendía siempre con lo mismo: que trabajaba tanto para sostener la vida cómoda que teníamos. Esa mañana terminé gritándole que iba a salir a buscar empleo, que necesitaba aire, que estaba harta de la rutina de la casa. Había renunciado a mi puesto de secretaria en una clínica por pedido suyo, y todavía me dolía.

Apenas se fueron los dos, él a su oficina y la nena al colegio, subí al dormitorio. Me saqué el camisón, me bañé despacio y me crucé desnuda frente al espejo. Quería gustarme a mí misma otra vez. Elegí un conjunto de encaje blanco, corpiño y tanga, y después deslicé las medias finas color piel por las piernas. Una camisa de volados, una falda recta hasta la rodilla en tono bordó y los tacos de diez centímetros a juego. Perfume de más. Y a buscar trabajo.

Pasé la mañana en una confitería con un café y los clasificados abiertos sobre la mesa. La primera entrevista fue en una boutique: el horario no me servía y pagaban una miseria. La segunda, en un estudio contable, pedían experiencia en sistemas que yo no tenía. La tercera era una empresa de logística que buscaba una administrativa, justo lo mío, con horario de mañana hasta las dos.

Me atendió el dueño. Tardé un segundo en reconocerlo, y cuando lo hice se me cerró el estómago. Era Marcelo, un compañero del secundario del que todas nos reíamos por gordo y feo. Él me reconoció enseguida.

—No puedo creerlo. Estás hermosa —dijo, y me besó la mejilla con una confianza que no le había dado.

Seguía siendo un hombre enorme, de barba tupida que le agrandaba la cara. Me hizo pasar, me ofreció un café y nos pusimos a recordar. Yo cruzaba y descruzaba las piernas por los nervios, sentada del otro lado de su escritorio.

—Pago bien —me explicó—. Soy el dueño de todo esto. Necesito una administrativa eficiente, con disponibilidad y ganas de asistirme en lo que haga falta.

El sueldo que mencionó era casi el doble de lo que ofrecía cualquier aviso. Me quedé pensando en eso cuando él se levantó y empezó a caminar por la oficina, hasta que lo perdí de vista a mi espalda.

—Estás divina, Lara —dijo, y me apoyó una mano en el hombro.

No la sacó. Empezó a hablar de aquella época, de cómo lo rechazábamos, de todo lo que había sufrido por ser el feo del curso. Su mano me apretaba el hombro, suave pero firme, marcando algo que yo todavía no quería nombrar.

—Ahora podrías compensar un poco todo aquello —siguió—. Estás divina, y estás en mi oficina.

Sentí que se inclinaba sobre el respaldo de mi silla. Sus dos manos bajaron de mis hombros hacia mis pechos. Me paré de un salto.

—¿Qué pretendés? —pregunté, todavía con la voz firme.

—Cogerte. Lo quise desde el secundario y no lo voy a dejar pasar.

—Te estás equivocando. Soy una mujer casada. Vine por el trabajo.

Caminó y se paró delante de mí, mirándome fijo, sin una pizca de vergüenza.

—Estoy dispuesto a pagarte muy bien —dijo—. Pero mi administrativa va a tener que aceptar ciertas condiciones. Las que yo ponga.

Andate ahora mismo, pensé. Pero el número que había dicho me daba vueltas en la cabeza, y la monotonía de mi casa pesaba como una losa.

—Podría aceptar —dije al fin, midiendo cada palabra—. Pero con el puesto real y un horario fijo.

No me dejó terminar. Se abalanzó y me besó, sujetándome los brazos con sus manazas mientras su lengua empujaba la mía. Quedé paralizada, sin reaccionar como debía reaccionar una mujer decente. Y, sin embargo, no me aparté.

Cedí pensando que al fin y al cabo era solo un hombre, que el dinero valía la pena, que necesitaba salir de mi rutina aunque fuera así. Nos besamos. Sentí el raspar de su barba en la cara, sus manos recorriéndome la espalda. De a poco fui aflojando, y un cosquilleo me trepó por el vientre.

—Sabía que ibas a entender —murmuró contra mi oído—. Ahora hacé lo que te diga.

Y esa frase, dicha así, con esa calma de dueño, me prendió de una manera que no esperaba.

***

—Sacate la camisa —ordenó, sentándose en un sillón bajo contra la pared—. Despacio. Quiero verte.

Obedecí. Desabroché botón por botón mientras él me miraba sin tocarse, las piernas abiertas, dueño de la escena. Dejé caer la camisa, después la falda, y me quedé en ropa interior, medias y tacos.

—Así, quieta —dijo—. No te muevas hasta que yo lo diga.

Se bajó el pantalón y quedó en bóxer blanco ajustado. Bajo la tela se marcaba un bulto grueso, y algo en mí, alguna parte que no reconocía, quiso comprobarlo.

—De rodillas —ordenó.

Lo hice. Me arrodillé sobre la alfombra de su oficina, con los tacos torcidos detrás, y acaricié el bulto por encima del bóxer. La sentía dura como piedra. Metí la mano y la saqué: gruesa, no muy larga pero del grosor que mi mano no llegaba a cerrar.

—Eso es —dijo, hundiéndome los dedos en el pelo—. Ahora con la boca.

Le obedecí porque obedecer, de pronto, me estaba calentando más que ninguna otra cosa. La besé, la lamí, me la metí entera mientras lo escuchaba gemir.

—Qué hembra divina sos, Lara —jadeó.

Yo pensaba en mis amigas, en las burlas de antes, en lo que dirían si me vieran ahí, de rodillas, chupándole la verga al feo del curso. Y la idea, lejos de frenarme, me empapaba la tanga.

Él bajó una mano y me tocó entre las piernas, por encima de la media y la tela.

—Estás mojando las medias —dijo, casi riéndose—. Mirá cómo te ponés cuando hacés lo que te ordeno.

No le contesté. No hacía falta. Me apretó la mandíbula con dos dedos, me levantó la cara y me obligó a mirarlo.

—Decime qué querés.

—Quiero tenerte adentro —dije bajito, y me dio vergüenza lo cierto que era.

***

Se paró, me dio vuelta de un movimiento y me bajó las medias y la tanga hasta los muslos. Me reclinó sobre el respaldo del sillón y, con una mano firme en mi nuca, me empujó hacia adelante.

—Las manos ahí. No te muevas.

Apoyé el glande en mí, intentando entrar, y tuve que guiarlo yo misma porque el grosor me costaba. Entró apenas y me quedé sin aire. Él se detuvo, esperando a que yo me acostumbrara, con las dos manos clavadas en mis caderas.

—Despacio —pidió—. Vos marcás el ritmo hasta que yo lo tome.

Empujé hacia atrás de a poco. La verga resbalaba, abriéndome, hasta que su pelvis chocó contra mis nalgas y el dolor se volvió otra cosa. Entonces sí, me agarró fuerte de las caderas y empezó a cogerme con todo, sin tregua.

—¿Te gusta así? —preguntó, agitado.

—Sí —gemí—. Me gusta. No pares.

Me sujetaba de los tobillos, me empujaba más adentro con cada estocada, me acariciaba las nalgas por encima de las medias arruinadas. Yo lo gozaba de verdad, a ese hombre que nunca habría mirado dos veces, y pensaba en Darío, en lo fácil que me había entregado, y aun así no podía frenar el placer que me subía desde el vientre hasta el pecho.

Había algo en obedecerlo, en sentirme suya por un rato, en haberme dejado mandar, que me arrancaba más placer que el sexo mismo. Me apretó contra su cuerpo en la última embestida, conteniéndome contra él, y se descargó adentro con un gruñido largo. Sentí latir su verga en mi interior, caliente, mientras yo bajaba una mano y me terminaba sola, con los dedos en el clítoris.

—Soy tuya —dije sin pensarlo, y me vine temblando contra el respaldo.

Cuando salió de mí, quedé un segundo así, vacía y agitada, las medias en los muslos y el corazón a mil.

***

Ya vestidos, los dos sentados a ambos lados de su escritorio como si nada hubiera pasado, él se acomodó la corbata.

—Tal vez sea mejor que no trabajes acá —dijo con una media sonrisa—. No me voy a poder concentrar contigo enfrente. Pero estoy dispuesto a pasarte plata si me visitás de vez en cuando.

Me reí, todavía con el cuerpo flojo.

—No. Acepto el trabajo —respondí—. Somos grandes, sabemos comportarnos. Voy a ser una secretaria eficiente, correcta, y voy a poner tu empresa primero.

Hice una pausa y lo miré a los ojos.

—Y lo que pasó me gustó. No me molestaría que se repita. Con tus condiciones.

Marcelo sonrió de oreja a oreja, se levantó, caminó hasta mi silla y me besó otra vez, despacio, como sellando un trato que los dos entendíamos sin escribir.

Salí de la oficina con las piernas temblando. Llegué a casa, me saqué las medias y la tanga manchadas y las hice un bollo en el fondo del cesto. Mientras el agua caliente me caía encima, pensé en lo que había hecho, en lo lejos que había llegado y en lo poco que me arrepentía. Había conseguido el empleo en tiempo récord.

La única duda que me quedaba era cómo iba a comportarme al día siguiente, ya instalada en mi escritorio nuevo. ¿De verdad voy a ser la secretaria con derechos de mi jefe? El agua seguía cayendo, y desde algún lugar nuevo dentro de mí me respondí sola: ¿y por qué no?

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Comentarios (5)

CueroYNoche

tremendo relato!!! no pude parar de leer

RaulLector

Por favor seguí con esta historia, me quedé con ganas de saber como termina todo

Marcos_Cba

El titulo ya te atrapa y el relato cumple con creces. Muy bien escrito, se siente autentico

GabrielaBsAs

Que situacion tan electrizante. Me enganche desde el primer parrafo y no pude soltar el celular hasta el final

DiegoSalta88

Estos relatos de poder y tension son los que mas me gustan. Gracias por compartirlo

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