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Relatos Ardientes

Me hizo callar en su consultorio con la sala llena

La sala de espera de la clínica estaba llena esa mañana. Conté al menos seis personas: una mujer embarazada que hojeaba una revista sin leerla, un señor mayor con el bastón cruzado sobre las rodillas, una madre con su hijo dormido en el hombro. Todos esperando su turno con Damián.

Yo no tenía turno. Nunca lo tenía.

La enfermera estaba tomándole la presión a un paciente recién llegado y la secretaria discutía algo con una señora en el mostrador, las dos demasiado concentradas para notar que yo cruzaba el pasillo hacia el consultorio del fondo.

Entré sin tocar. Tenía esa mala costumbre con él, y él lo sabía. No sé si lo hacía porque me encantaba provocarlo o porque, sencillamente, necesitaba verlo así, de cerca, cuando todavía olía a perfume caro y a café de media mañana.

Estaba de pie junto al escritorio, firmando un expediente, impecable como siempre. Pantalón negro ajustado, camisa blanca con las mangas arremangadas hasta el codo, y ese reloj de acero que me distraía en los peores momentos. Levantó la vista apenas un segundo.

—¿Qué hacés acá? —preguntó, volviendo al papel—. Tengo la sala llena, Carla.

—Solo necesito cinco minutos —dije, y cerré la puerta detrás de mí con el cuerpo.

El cerrojo hizo un clic suave. Él lo escuchó. Sé que lo escuchó porque dejó de escribir.

Lo necesitaba como pocas veces lo había necesitado. No por nada en particular. A veces las ganas de que te follen no piden motivos: aparecen, se te plantan entre las piernas en el medio del día y no se van hasta que alguien te las saca a embestidas. Y esa mañana yo me había despertado con el coño mojado, pensando en él, en su polla, en cómo me la había metido la última vez contra la camilla.

Lo nuestro había empezado hacía meses, casi por accidente, en una de esas tardes en que yo pasaba a dejarle unos papeles y me quedaba más de la cuenta. Primero fueron miradas que duraban demasiado. Después, una frase de doble sentido que ninguno de los dos se animó a retirar. Y un día, sin que sonara el teléfono ni golpeara nadie, la distancia entre los dos escritorios simplemente desapareció. Terminé de rodillas frente a él, con su verga en la boca, aprendiendo de memoria cada vena, cada latido, cómo se le tensaban los muslos cuando me la hundía hasta la garganta.

Desde entonces habíamos aprendido a leernos. Él sabía que cuando yo entraba sin tocar no venía a charlar: venía a que me la metiera. Yo sabía que cuando él cruzaba los brazos y fingía estar ocupado, en realidad estaba calculando cuántos minutos podía robarle a su agenda para follarme sobre cualquier superficie del consultorio. Esa mañana, por la forma en que apretó la mandíbula al verme, supe que los números le estaban dando bien.

—¿Cinco minutos para qué? —me desafió, cruzando los brazos sobre el pecho.

Quería sonar firme, pero lo conocía demasiado bien. En el fondo le encantaba que lo interrumpiera de esta forma. Le gustaba el riesgo. Le gustaba que yo entrara sin pedir permiso y le rompiera la mañana ordenada que tanto cuidaba.

—Para que me cojas —dije, sin bajar la voz—. Ya. Acá. Sobre el escritorio.

Me acerqué despacio, segura de cada paso. Lo besé sin pedir permiso, con una necesidad contenida que me ardía por dentro desde hacía días. No fue un beso suave. Fue una declaración: le metí la lengua hasta el fondo, le mordí el labio inferior, se lo chupé como si estuviera chupando otra cosa. Él sintió el mensaje.

Aguantó un segundo, quizás dos, haciendo el esfuerzo de mantener la compostura. Y después se rindió.

Me sujetó fuerte por la cintura y me hizo chocar contra el borde del escritorio. Sus manos se metieron debajo de mi blusa, calientes, urgentes, recorriéndome la espalda, subiendo hasta el corpiño, arrancándome las copas para pellizcarme los pezones con esa saña que él sabía que me volvía loca. Las mías deshicieron los botones de su camisa con torpeza, con esa prisa que vuelve a todos torpes, y bajaron directo a su cinturón. Se la busqué sin tapujos: le apreté la polla por encima del pantalón y la sentí latiendo, dura, dispuesta.

—Ya la tenés parada —le susurré, sonriendo contra su boca—. No me digas que no me estabas esperando.

—Carla… —murmuró contra mi cuello, con la voz rota—. Están todos afuera. Nos van a escuchar.

Le bajé el cierre y le metí la mano adentro del bóxer. Su verga saltó caliente, gruesa, contra mi palma. La agarré firme, lo masturbé despacio dos, tres veces, sintiendo cómo se le escapaba una gota de líquido en la punta. Me llevé el dedo a la boca y lo chupé, mirándolo a los ojos.

—Entonces quedate callado —le dije al oído—. O tapame la boca con la polla. Vos elegís.

Y ahí perdió el último resto de compostura.

Me tiró de los hombros hacia abajo con una mano en la nuca. Yo me dejé caer de rodillas sobre la alfombra del consultorio y le saqué la verga de una vez, dura, palpitante, apuntándome a la cara. Me la metí en la boca sin preámbulo. Se la chupé entera, con hambre, dejando que me llenara la garganta hasta que se me saltaron las lágrimas y el rimel me chorreó. Él me agarró del pelo, hizo un puño con mi coleta y empezó a moverme la cabeza a su ritmo, follándome la boca como si no hubiera nadie esperando del otro lado de la puerta.

—Así —gruñó bajito, mordiéndose el labio para no gritar—. Así, hasta el fondo, puta.

Le chupé los huevos también, uno por uno, y volví a subir por la vena hinchada del reverso hasta la punta, donde le pasé la lengua en círculos, arrancándole un temblor. Sabía que si seguía así diez segundos más se me corría en la boca, y esa mañana yo no había venido a tragármelo. Había venido a que me lo metiera bien adentro.

Me levanté, todavía con la mano en su verga, y me di vuelta contra el escritorio.

—Metémela —le ordené, subiéndome la falda hasta la cintura—. Ya.

***

Me levantó y me sentó sobre el escritorio sin el menor esfuerzo, como si yo no pesara nada. Los papeles se desparramaron, una lapicera rodó hasta el suelo y a ninguno de los dos le importó. No me quitó ni una sola prenda más de las necesarias. No había tiempo para eso, y los dos lo sabíamos.

Me corrió la tanga a un costado con dos dedos. Me pasó primero el índice y el mayor por los labios del coño, comprobando lo empapada que estaba. Sonrió, con esa sonrisa asquerosa de macho que sabe que la mujer que tiene delante ya no se puede resistir.

—Estás chorreando, Carla —me susurró, hundiéndome los dos dedos hasta los nudillos, curvándolos contra ese punto que él ubicaba de memoria—. Vas a mojar todo el escritorio.

Me arqueé sobre los papeles y le clavé los dientes en el hombro por encima de la camisa. Me sacó los dedos, se los llevó a la boca, los chupó despacio. Después me agarró de las caderas, me acomodó al borde del escritorio y se puso la punta de la verga contra la entrada.

La presión de su entrada me arrancó un sonido que él cortó de inmediato: su mano se cerró sobre mi boca, firme, sin pedir disculpas, mientras la otra me sujetaba el muslo con una fuerza que me dejó marcas durante días. Me la metió de una sola embestida, hasta el fondo, hasta hacerme sentir el nacimiento de su polla golpeando contra mí.

Era exactamente lo que yo había venido a buscar.

Empezó a follarme con embestidas duras, controladas, sin miedo a que alguien en la sala de espera nos oyera. Yo le envolví las piernas alrededor de la cintura para tenerlo más cerca, para que no se le ocurriera sacármela ni un centímetro. Cada golpe de sus caderas contra las mías hacía un ruido húmedo, mojado, obsceno, que la mano sobre mi boca no alcanzaba a tapar del todo.

Lo miré a los ojos por encima de su mano. Esa era la parte que más me gustaba: que él decidía cuándo yo podía respirar tranquila y cuándo tenía que tragarme cada gemido. Yo, que entraba sin tocar, que rompía sus mañanas, que lo provocaba delante de todos. Ahí, sobre su escritorio, con su verga clavada hasta el útero, era él quien mandaba. Y me encantaba entregarme.

Que decida él. Que me coja así toda la mañana si quiere. Que me deje el coño destrozado.

Tres golpecitos suaves en la puerta nos congelaron a los dos. Discretos. Impacientes. La secretaria, seguro.

—Doctor… lo espera el siguiente paciente.

—En un minuto —gruñó él, sin sacármela ni un milímetro, con la polla enterrada hasta la raíz.

Sentí cómo se endurecía todavía más dentro de mí mientras hablaba, como si la interrupción, lejos de frenarlo, lo hubiera prendido fuego. Su voz salió grave, controlada, profesional. Nadie del otro lado de esa puerta habría imaginado que mientras hablaba con la secretaria tenía la verga metida hasta el fondo de una mujer y los dedos hundidos en el muslo de esa misma mujer.

Los pasos se alejaron por el pasillo.

Apenas se hizo silencio, empezó a moverse otra vez, despacio primero, sacándomela casi entera y volviéndola a meter centímetro por centímetro, torturándome. Yo apreté los dientes para no gemir.

—Apurate —le susurré, mordiéndome el labio—, antes de que vuelva.

—Vos viniste a esto —contestó él, bajando la mano de mi boca a mi garganta, sin apretar, solo recordándome quién tenía el control—. Ahora aguantás callada y con las piernas abiertas hasta que yo termine adentro tuyo.

***

Me giró. Me hizo apoyarme boca abajo sobre el escritorio, con las tetas aplastadas contra los papeles y el culo levantado hacia él. Se me puso detrás, me agarró de la cintura con las dos manos y me volvió a meter la polla de una embestida seca. Yo tuve que morderme el antebrazo para no gritar.

Desde ese ángulo entraba más profundo. Cada estocada me empujaba hacia adelante y me hacía sentir la verga golpeándome adentro con una violencia que me estaba volviendo loca. Él me agarró un mechón de pelo, me tiró la cabeza para atrás y se inclinó a hablarme al oído sin dejar de embestirme.

—Callate —me ordenó bajito, mientras me follaba más fuerte—. Callate o te lleno la boca con mi mano otra vez.

Le obedecí. Me tapé yo misma la boca con los dedos y dejé que me cogiera. Le sentía los huevos golpear contra mí en cada embestida, la punta arañando ese punto exacto que él encontraba siempre. Me pasó una mano por la espalda hasta el clítoris y empezó a acariciármelo en círculos, coordinado con las estocadas.

El corazón me golpeaba contra las costillas y el cuerpo entero me temblaba. Cada embestida era a la vez un castigo y una promesa. Una locura silenciosa que teníamos que sostener entre los dos, conteniendo el aire, conteniendo la voz, conteniendo todo lo que el cuerpo pedía gritar.

Él gruñía bajo, casi sin sonido, con la cara escondida en mi cuello para sofocar los gemidos más altos. Yo apretaba el coño alrededor de su verga a propósito, para que sintiera cada centímetro, para que le costara más aguantar. Escuchaba su respiración quebrarse cuando lo hacía, y eso me daba más poder que cualquier otra cosa.

Lo más enloquecedor no era el riesgo de que entraran. Era el contraste. Que a un metro de la puerta hubiera una sala llena de gente leyendo revistas, mirando el reloj, esperando a un médico serio y respetable. Y que ese mismo médico, del otro lado de la madera, me tuviera doblada sobre su propio escritorio con la polla enterrada hasta el fondo, partiéndome despacio, midiendo cada embestida para que el escritorio no golpeara la pared y me llenara con los dedos la boca cada vez que se me escapaba un gemido demasiado alto.

Me volvió a girar de un tirón, otra vez de espaldas sobre el escritorio, boca arriba. Quería mirarme la cara mientras me la seguía metiendo. Se inclinó, me chupó un pezón, lo mordió, subió a la boca, me dio un beso con lengua sucio, hondo, mientras las caderas no paraban.

Mordí su hombro para no gritar. Él me apretó un poco más la mano contra la boca, en silencio, como diciéndome que aguantara, que todavía no, que él decidía. Y yo obedecí, porque en ese consultorio, durante esos minutos robados, obedecer era la cosa más excitante del mundo.

—No te aguantes vos —me dijo al oído, leyéndome el cuerpo como leía un expediente—. Corréte para mí. Yo te tapo.

Y volvió a poner la mano sobre mi boca justo cuando me deshacía. Apreté los ojos, me arqueé sobre el escritorio y dejé que el orgasmo me recorriera entero, mordido, ahogado contra su palma, mientras él me sostenía y me seguía cogiendo sin piedad. El coño se me contrajo alrededor de su polla, oleada tras oleada, apretándolo, chupándolo hacia adentro. Sentí el líquido escurrirme por los muslos, por la madera del escritorio.

Lo sentí temblar enseguida después, perdiendo el ritmo, acercándose a su propio límite. Le envolví las piernas con más fuerza y se lo pedí al oído, con la voz destruida.

—No te salgas —le rogué—. Corréte adentro. Quiero sentirte llenarme.

Le bastó eso. Dio tres, cuatro embestidas más, cada vez más profundas, más descontroladas, y se descargó dentro de mí con la cara hundida en mi cuello para callar lo que de otra manera habría sido un gemido imposible de explicar. Sentí los chorros calientes golpearme adentro, uno, dos, tres, mientras él temblaba encima mío y yo lo abrazaba con las piernas para no dejarlo salir hasta la última gota.

Se quedó adentro, latiendo, vencido, mientras yo le acariciaba la nuca y bajaba de a poco. Cuando finalmente me la sacó, sentí el semen escurrirse hacia afuera, tibio, sobre mis muslos y sobre los papeles arrugados del escritorio. Me llevé dos dedos, recogí un poco, y me los metí en la boca mirándolo a los ojos.

—Mío —le dije, tragando.

Se le escapó un gemido bajo, agotado, y me dio un beso en la boca compartiendo el sabor.

***

Nos quedamos así unos segundos, los dos respirando agitados, su pecho subiendo y bajando contra el mío, mi cuerpo todavía arqueado sobre el escritorio desordenado, con las piernas abiertas y el coño chorreando su corrida. Afuera, alguien tosió. El reloj de la pared seguía su tic tac indiferente, como si en ese consultorio no acabara de pasar absolutamente nada.

—Sos un problema —me dijo entre dientes, todavía sin aliento, metiendo las manos otra vez debajo de mi blusa y apretándome los pechos con esa firmeza posesiva que me derretía.

—Lo sé —respondí.

—Un problema que no me deja trabajar. Con la polla dura toda la mañana no atiendo a nadie.

—¿Y sabés qué es lo peor? —le dije, acomodándome la tanga empapada, sintiendo cómo su semen seguía saliendo de mí y me humedecía la tela—. Que todavía te quedan pacientes por atender… y yo me voy a ir caminando por esa sala como si nada, con tu corrida chorreándome por dentro del muslo.

Él se rió bajito, negando con la cabeza, mientras se abrochaba la camisa y se acomodaba el pelo frente al pequeño espejo del perchero. Se limpió la verga con un pañuelo antes de guardarla, todavía semi dura, en el pantalón. En un par de minutos volvería a ser el doctor impecable, serio, profesional. Nadie lo notaría. Esa era la mitad del placer.

—Andá —me dijo, dándome una palmada seca en el culo por encima de la falda—. Antes de que la secretaria mande a buscarme.

Me bajé del escritorio con las piernas todavía temblando, me alisé la falda, me arreglé el pelo con los dedos. Junté la lapicera del suelo y la dejé sobre los papeles desparramados y manchados, con una sonrisa que él me devolvió a regañadientes.

—La próxima toco la puerta —mentí.

—No, no vas a tocar —dijo él, y tenía razón.

Abrí la puerta y salí al pasillo con la cabeza en alto. La enfermera me saludó con una sonrisa amable, sin sospechar nada. Crucé la sala de espera entera, entre la mujer embarazada y el señor del bastón, sintiendo todavía el calor de su mano fantasma sobre mi boca, el semen escurriéndome despacio por dentro del muslo, el coño palpitando por el uso, el cuerpo temblando por dentro de una manera que solo yo conocía.

Detrás de mí escuché su voz, tranquila, dueña otra vez de la situación:

—El siguiente, por favor.

Salí a la calle, me subí al auto y me quedé un rato quieta, con las manos en el volante, sonriendo sola. Tenía la marca de sus dedos en el muslo, la marca de su verga entre las piernas y la respiración todavía irregular. Metí la mano debajo de la falda, me toqué, me llevé los dedos a la nariz: olía a él, a los dos mezclados. Sabía perfectamente que iba a volver. Sabía que él iba a fingir enojo otra vez y a rendirse otra vez en cuanto le cerrara la puerta con el cuerpo y le agarrara la polla por encima del pantalón.

Porque eso era lo que teníamos: un juego en el que él fingía mandar y yo fingía obedecer, y los dos sabíamos que la que entraba sin tocar, la que decidía cuándo empezaba todo, la que le sacaba la verga cuando quería, al final, era yo.

Arranqué el auto. Ya estaba pensando en la próxima vez, y en cómo, la próxima, iba a hacer que se corriera en mi boca antes de dejarlo trabajar.

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Comentarios(9)

PedroK_78

Que bueno este relato, me dejo sin palabras. 10/10

Natalia_cba

Me encanto como lo contaste, hay tension desde el primer parrafo. Sigue escribiendo por favor!

VentanaVerde

Por favor necesito una segunda parte, quede con ganas de mas. Tremendo!!

Rolando_Pampa

Me recordo a una situacion parecida que vivi hace unos años jajaja. Esos momentos de adrenalina no se olvidan nunca. Muy bien escrito

Capi_BA

increible!!!

NadiaNoche

La tension que se genera en esa situacion... magistral. Uno de los mejores relatos que lei en mucho tiempo

MarceloRdz_ok

Muy buen relato, la ambientacion es perfecta y uno se imagina todo claramente. Espero que sigas subiendo cosas asi, me encanto.

Claudia_Noc

Dios mio que relato!! hize bien en leerlo antes de dormir jaja

LectoFan77

La sala llena y nadie diria nada... eso es lo que mas me llevo del relato. Genial!

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