El empresario que se arrodilló por mis pies
Lo conocí en una de esas cenas que organizan los socios de mi padre cuando quieren cerrar un negocio sin que parezca que lo están cerrando. Mantel de lino, copas que valían más que mi alquiler, conversaciones aburridas sobre inversiones y propiedades. Yo iba porque mi madre me lo había pedido, no porque me interesara nada de aquello.
Se llamaba Aurelio. Tendría unos cincuenta y muchos, el pelo entrecano peinado hacia atrás con una precisión que costaba dinero. Traje azul oscuro, reloj pesado, ese aire de hombre que está acostumbrado a que la gente se calle cuando él habla. Cuando me lo presentaron, me dio la mano con firmeza y me sostuvo la mirada un segundo de más.
Me senté frente a él, casi en diagonal. Llevaba un vestido negro corto y unas sandalias de tiras finas que dejaban los pies al descubierto. Me había pintado las uñas de un rojo profundo esa misma tarde, sin pensar demasiado en por qué.
No tardé en notarlo.
Aurelio hablaba de márgenes y de fondos con la seguridad de siempre, pero los ojos se le iban. No a mi escote, no a mi boca. A mis pies. Cada vez que yo cruzaba las piernas bajo la mesa, su mirada bajaba como atraída por un imán, se quedaba un instante demasiado largo sobre mis tobillos, sobre el empeine, sobre el rojo de las uñas, y después volvía a subir con una culpa que me resultó fascinante.
Lo tengo, pensé.
Empecé a jugar. Descrucé las piernas despacio. Dejé colgar una sandalia de la punta del pie, balanceándola apenas. Estiré la pierna bajo la mesa como quien se desentumece. Cada movimiento mío era una frase dirigida solo a él, y él la leía entera, una y otra vez, mientras fingía escuchar a mi padre hablar de tipos de interés.
—¿Y tú a qué te dedicas? —me preguntó en algún momento, intentando recuperar el control de la situación.
—A observar —contesté, y le sostuve la mirada hasta que la apartó.
El postre llegó y yo dejé caer mi servilleta. No fue un accidente. La empujé con dos dedos hasta el borde de la mesa y la vi resbalar al suelo, justo a su lado.
—Permíteme —dijo él de inmediato.
Se agachó. Y por un segundo, su cara quedó a la altura de mis pies, a no más de un palmo. Lo vi inhalar. Lo vi cerrar los ojos una fracción de segundo, como si quisiera guardar algo. Cuando se incorporó y me tendió la servilleta, tenía las mejillas encendidas y el pulso visible en el cuello.
—Gracias —dije, sonriendo apenas.
Ahora estaba segura.
***
La cena se alargó hasta tarde. La casa donde nos hospedábamos esa noche era enorme, una de esas residencias de campo con jardín interior y demasiadas habitaciones. Cuando los demás empezaron a retirarse, yo me despedí también, pero no subí a dormir.
Esperé media hora en mi cuarto, descalza, con el corazón latiéndome más rápido de lo que quería admitir. Después bajé.
Lo encontré en el jardín, como sospechaba. Estaba de pie junto a la fuente apagada, fumando, con la chaqueta quitada y la camisa entreabierta en el cuello. La luna le daba en la cara. Cuando me oyó llegar, se giró y algo en su expresión cambió: la seguridad del empresario se había ido a dormir con los demás.
—No podías dormir —dijo. No era una pregunta.
—Tú tampoco —respondí.
Me acerqué despacio. La hierba estaba fresca bajo mis pies descalzos. Había una silla de hierro junto a la fuente y me senté en ella, sin prisa, cruzando una pierna sobre la otra de modo que el pie quedara a la vista.
Él no dijo nada. Pero la mirada se le fue otra vez, exactamente donde yo quería.
—Llevas toda la noche mirándome los pies —dije en voz baja—. ¿Crees que no me di cuenta?
Aurelio apagó el cigarrillo contra el borde de piedra. Le temblaba ligeramente la mano.
—No sé de qué hablas.
—Sí lo sabes.
Estiré la pierna y apoyé la planta del pie, con suavidad, sobre su muslo. No empujé. Solo lo dejé ahí, una presión leve, una declaración. Él se quedó completamente quieto, como si cualquier movimiento pudiera romper el hechizo.
—Puedes tocarlos —dije—. Si me lo pides bien.
Tragó saliva. Vi cómo luchaba contra sí mismo, contra años de ser el que mandaba, el que decidía, el que firmaba. Y vi cómo perdía.
—Por favor —murmuró—. Déjame… déjame tocarlos.
—Más bajo.
—Por favor.
Aparté el pie un par de centímetros, lo justo para que entendiera que el permiso lo daba yo. Después volví a apoyarlo, esta vez más cerca, y asentí.
Sus manos se cerraron alrededor de mi tobillo con una delicadeza que no esperaba de un hombre tan grande. Lo sostuvo como se sostiene algo frágil y caro. Pasó el pulgar por el arco, despacio, siguiendo la curva. Soltó el aire que llevaba aguantando vaya a saber cuánto.
—Son los pies más hermosos que he visto en mi vida —dijo, y la voz se le quebró un poco.
—Lo sé —contesté.
***
Se arrodilló sin que yo se lo pidiera.
Un hombre de cincuenta y tantos, de esos que entran a una sala y todos se ponen de pie, hincado sobre la hierba húmeda frente a una silla de hierro, a mis pies. La imagen me recorrió entera, una corriente caliente que me sorprendió por su intensidad. No era solo que él se rindiera. Era cuánto lo necesitaba.
Llevó el pie a su boca y lo besó. El empeine primero, después el tobillo, después cada dedo, uno por uno, con una devoción que parecía religiosa. Pasó la lengua por el arco y un escalofrío me subió por la pierna hasta la nuca. Me mordió suavemente el borde del talón, jadeando, y sus manos no dejaban de temblar mientras me sujetaban.
—No tienes idea de lo que me haces —murmuró contra mi piel—. Dime qué quieres. Lo que sea. Solo déjame seguir.
Me incliné hacia adelante, sin sacar el pie de sus manos.
—Quiero que entiendas una cosa —dije—. Esto no es gratis.
Levantó la cara. En sus ojos había confusión y, debajo, algo que se parecía mucho a la esperanza.
—Lo que pidas —dijo.
—Te gusta esto. Servir. Adorar. Estar abajo, por una vez en tu vida. —Le rocé el labio con la punta del dedo gordo y él lo besó por reflejo—. Y te va a costar. Porque las cosas que valen, se pagan.
—Sí —dijo, casi con alivio—. Sí, lo que sea. Pídeme lo que sea.
Algo en cómo lo dijo me prendió por dentro. No era humillación lo que él sentía. Era libertad. Por una noche, no tenía que decidir nada, no tenía que ser nadie. Solo obedecer. Y a mí me gustó descubrir lo bien que se me daba mandar.
Me recosté en el respaldo y abrí un poco las piernas, sin prisa, dejando que mirara y que no pudiera tocar más que lo que yo le concediera.
—Sigue —ordené—. Y no pares hasta que yo lo diga.
***
Obedeció con un hambre que no había visto en nadie.
Me lamió los pies como si fueran lo único que importara en el mundo. Pasaba de uno al otro, los besaba, los chupaba, hundía la cara entre los dedos y respiraba hondo, perdido. Una de sus manos se había deslizado hasta su propio pantalón y se movía con un ritmo desesperado mientras gemía contra mi piel, un sonido grave, animal, que rebotaba en el silencio del jardín.
Yo lo miraba desde arriba, dueña absoluta de aquel momento. Le hundí el pie con suavidad contra el pecho y lo empujé apenas, lo justo para recordarle quién marcaba el paso.
—Mírame —dije.
Levantó los ojos, vidriosos, la boca entreabierta y húmeda.
—¿Te gusta estar así? —pregunté—. ¿De rodillas? ¿Pidiendo?
—Sí —jadeó—. Nunca… nunca había sentido algo así.
Le metí dos dedos en la boca y él los chupó sin dudar, con los ojos cerrados, mientras su mano se movía cada vez más rápido. Estaba al borde. Lo notaba en cómo temblaba, en cómo su respiración se rompía en pedazos.
—Todavía no —dije, y saqué los dedos—. Vas a acabar cuando yo te lo permita. Y vas a hacerlo donde yo te diga.
—Por favor… por favor, no aguanto…
Lo dejé sufrir un poco más. Disfruté de su impaciencia, de cómo aquel hombre acostumbrado a no esperar nada estaba ahora pendiente de una sola palabra mía. Después acerqué los pies a él, los junté frente a su cara, y bajé la voz.
—Ahora. En mis pies. Y mientras lo haces, no dejes de mirarme.
Lo hizo. Con un gemido ahogado que pareció arrancarle algo de muy adentro, se vino entre temblores, sin dejar de mirarme a los ojos un solo instante. Sentí el calor sobre el empeine y él, aun así, siguió besándolos, murmurando entre jadeos que eran los pies más hermosos que había tocado en su vida, que gracias, que por favor lo dejara volver.
Cuando terminó, se quedó ahí, de rodillas, agotado, con la frente apoyada contra mi pierna y la respiración entrecortada.
***
Lo dejé recuperarse unos segundos. Después retiré el pie con calma, me puse de pie y lo miré desde arriba. Él seguía en el suelo, despeinado, la camisa abierta, el hombre poderoso de la cena convertido en otra cosa completamente distinta.
—Esto ha estado bien —dije, alisándome el vestido.
—¿Puedo… puedo verte otra vez? —preguntó, y había algo casi infantil en la pregunta.
Me agaché apenas, lo justo para quedar a su altura, y le sostuve la barbilla con dos dedos.
—Si quieres volver a tocarlos —dije despacio, para que cada palabra le quedara grabada—, vas a tener que suplicarlo. Y vas a tener que pagarlo. El doble.
Vi cómo se le encendían los ojos otra vez, ese deseo que no se apagaba ni vacío. Asintió, como quien acepta un trato del que no quiere escapar.
Me incorporé, le di la espalda y caminé descalza de vuelta a la casa, sintiendo la hierba fría bajo los pies y su mirada clavada en mí hasta el último paso.
Esa noche aprendí algo sobre mí misma que ya no pude olvidar: no me excitaba que me desearan. Me excitaba decidir.