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Relatos Ardientes

Cada vez me engancha más esta doble vida que llevo

Volvieron a escribirme los mismos tipos que ya me habían usado un par de veces, los que me conocieron en el polígono donde algunos fines de semana voy a ganarme un dinero extra. Me contaron que después de meses despedidos todos habían encontrado curro otra vez, y que querían celebrarlo a su manera: con una puta como yo. Como faltaba poco para las fiestas, decían entre risas que eso iba a ser su cena de empresa.

Por lo que me habían ido contando, cinco de los seis estaban separados o divorciados, y el sexto era soltero de toda la vida. Habían decidido que les salía más barato y más limpio pagar por una noche que volver a complicarse con una pareja. Casi todos habían terminado fatal con sus ex, así que conmigo, decían, no había dramas ni discusiones al día siguiente. Eso repetían como si fuera un argumento irrebatible.

El viernes, a las diez menos diez, estaba aparcando cerca del piso del soltero. Llegué puntual, como siempre. Toqué el telefonillo y enseguida oí su voz.

—Sube, que te estamos esperando —dijo, y colgó.

Subí en el ascensor con un vestido de entretiempo, de manga larga, escote amplio y falda ancha por encima de la rodilla. No llevaba sujetador, evidentemente, y esa noche tampoco ropa interior. Recién duchada, con los ojos algo maquillados, perfumada, medias y tacones negros, y encima una gabardina que me quité en el propio ascensor para llegar arriba solo con el vestido. En el bolso apenas cargaba lo justo: las llaves del coche, unos pañuelos, el neceser. Ni cartera, ni móvil, ni llaves de casa. Todo eso lo había dejado a propósito en el coche.

Cuando se abrieron las puertas, la del piso ya estaba entornada, lo justo para entender que podía pasar. Ese detalle me lo dijo todo: estaban dentro esperándome.

Empujé la puerta. Apenas entré, el dueño de la casa apareció desnudo detrás de ella, la cerró con el cuerpo y me abrazó por la espalda. Me quitó la gabardina de la mano y la tiró al suelo junto al bolso.

—Ya está aquí —gritó hacia el pasillo—. A pasarlo bien.

Me sujetó por la cintura mientras los otros cuatro aparecían por el pasillo, todos igual de desnudos. El primero en llegar fue el más bruto del grupo, uno que había engordado y se había dejado desde la última vez, con la barba descuidada y una mirada que no disimulaba nada. Me agarró del escote y tiró del vestido hasta rasgarlo de arriba abajo. Me apretó los pechos y el resto se lanzó encima, manos por todas partes, empujándome hacia el salón.

—Joder, hoy te falta una pieza de la colección —dijo uno.

El de la casa, al que llamaré Bruno, frunció el ceño.

—¿Qué pasa?

—Que no lleva nada debajo.

Bruno apartó lo que quedaba del vestido y comprobó que era cierto.

—Dime que lo llevas en el bolso —dijo, mirándome fijo.

—No. Pensé que os gustaría más así.

Los demás celebraron la idea, pero él no. Le gustaba quedarse mis tangas, era una de sus manías.

—Con lo que sabes que me gustan… —murmuró, y me soltó una bofetada que me giró la cara—. Prepárate.

***

Me llevaron hasta el sofá de piel, que parecía nuevo. Habían retirado la alfombra y la mesa de centro, y en su lugar había un puf rectangular del mismo cuero negro. Uno se colocó detrás del respaldo y me agarró del pelo. Los otros cuatro se masturbaban frente a mí, esperando. Entonces Bruno me pidió que dijera en voz alta a qué había venido.

—Diles cuál es el trato.

No me lo esperaba, y me quedé en blanco. El que me tenía del pelo tiró hacia atrás, otro me apretó el muslo para que abriera las piernas, y Bruno insistió, esta vez más cerca de mi cara.

—Venga. Dinos qué quieres. ¿Necesitas pasta para estas fiestas o no?

—Sí —dije por fin—. Necesito el dinero.

—¿Y a cambio de qué? ¿Qué hacemos contigo?

Hice el gesto instintivo de cubrirme el pecho, y eso solo empeoró las cosas.

—Como te tapes otra vez, lo vas a sentir —dijo.

Tenía la piel enrojecida, un pie de alguien presionándome entre las piernas y una mano tirándome del pelo desde atrás. Cuando levantó la mano de nuevo, cedí.

—Vale, lo digo —solté, casi sin voz—. Necesito la pasta y a cambio os dejo que me uséis como queráis.

Se desató todo. Los insultos, las risas, el morbo de que lo hubiera pedido yo misma. Esto es lo que me pierde, pensé, y ellos lo saben.

El más bruto se subió al sofá, me sujetó la cabeza con las dos manos contra el respaldo y empezó a follarme la boca sin tregua. Sentía su sexo entrando hasta el fondo, la saliva cayéndome por la barbilla, mientras los demás se turnaban entre mis piernas. Me sujetaban abierta entre dos y un tercero me penetraba a lo bestia, compitiendo por ver quién lo hacía más fuerte. Estaba tan excitada que entraban sin resistencia, pero cada embestida era una salvajada. Me corrí dos veces sin saber siquiera quién me estaba follando en cada momento.

Cuando el de la boca terminó y se bajó del sofá, Bruno ocupó su lugar entre mis piernas. Al verme la cara empapada, se acercó.

—Abre.

Obedecí. Lo que vino después fue una mezcla de humillación y placer que ni yo entiendo del todo.

***

Se turnaron así un buen rato, uno detrás de otro, recordándome todo el tiempo que no gritara por los vecinos, aunque los que hablaban alto eran ellos. Cuando se cansaron, me dieron la vuelta, me pusieron de rodillas en el suelo y apoyaron mi torso sobre el puf de cuero.

Uno hizo amago de prepararme con los dedos y los demás lo cortaron en seco.

—No la prepares. Lo ha pedido ella. Luego ya, los dedos que quieras.

Bruno me levantó del pelo y me miró a la cara.

—¿Es lo que quieres, no?

—Sí, por favor —dije.

Me curvó la espalda, me tapó la boca con una mano y me penetró por detrás de una sola vez, hasta el fondo. Grité, pero no se oyó nada. Dolía, dolía de verdad, porque lo hacía a propósito. Empujaba con toda la cadera, casi salía del todo y volvía a hundirse. Sudaba tanto que sentía las gotas cayéndome en la espalda.

—Venga, otro —dijo de pronto, y al instante había un sustituto.

Empecé a gemir más fuerte y a Bruno no le gustó.

—Esta hoy está muy gritona.

Y me metió la suya en la boca para callarme, lo que me provocó una arcada que no esperaba. Me usaron así, por delante y por detrás, sin orden, mientras alucinaban de que aún me corriera pese a todo. En un momento me pidieron que les limpiara con la boca, una tras otra, sin protestar.

Cuando ya no podían más, me dieron la vuelta, me dejaron tumbada con la cabeza apoyada en el cuero y se corrieron sobre mi cara los cinco. Llevaban demasiado tiempo sin nadie y se notaba.

***

—Quieta —dijo Bruno—. Como te muevas, te descuento.

Me quedé inmóvil, empapada, la cara cubierta, el cuerpo marcado, todo palpitando. Ellos se fueron a la cocina, volvieron con cervezas y se sentaron a hablar de mí como si yo no estuviera, o más bien como si fuera exactamente lo que era esa noche para ellos.

—Es buena —decía Bruno—. La mejor.

—Y encima quiere que la tratemos así.

—Por veinte pavos la hora, además.

No sé cuánto duró aquello. Cada vez que uno se levantaba a por otra cerveza, me escupía o me apretaba al pasar. El más bruto fue el que rompió la pausa.

—Yo sigo. Todavía queda mucho que hacer con esta.

Me levantó la cara del pelo y se sentó sobre ella, obligándome a usar la lengua mientras los otros volvían a turnarse entre mis piernas. Después fueron pasando todos, uno por uno.

***

Más tarde me llevaron al dormitorio de Bruno, donde ya tenía preparadas las bridas y una sábana negra impermeable sobre la cama. Yo estaba destrozada, lo juro. Me ataron boca arriba, completamente abierta, y empezaron de nuevo, aún más bruscos. Cuando salían de mí me obligaban a chuparlos o se sentaban sobre mi cara apoyados en el cabecero. Luego me dieron la vuelta y siguieron por detrás, los cinco.

Después me soltaron solo para usarme entre varios a la vez, sincronizándose para llenarme por todas partes. Se iban turnando para que todos pasaran por todo. En un momento Bruno me volvió a atar de las muñecas a los barrotes mientras otro me sujetaba desde abajo, y se puso a follarme de nuevo, golpeándome, repitiendo que era justo lo que yo buscaba.

El calor de la habitación era asfixiante. Creo que tenían la calefacción al máximo, y con aquella sábana de plástico sudaba el doble. No podía ni moverme. Fueron pasando todos, copiando lo que había hecho él.

—Joder, qué buena está así de usada —dijo uno.

—¿Quieres más, verdad? —preguntó otro.

Y empezaron a azotarme con las manos por todo el cuerpo, uno incluso con el cinturón, mientras me sujetaban abierta. Ya no les importaba si gritaba o cómo sonaban los golpes. Cuando me dejaron completamente enrojecida, volvieron a terminar dentro o encima de mí, uno tras otro.

—Cuatro horas —dijo Bruno mirando el reloj—. Lo mínimo que necesitas tú.

Me dejaron atada un rato más, y cuando por fin me soltaron me metieron en la ducha. Entraron de uno en uno para que los lavara, mientras los demás miraban desde la puerta. Llevaban encima todo el día y aquellas horas, así que no os imagináis cómo estaban.

***

Al salir, me encontré a Bruno acercándose con un cubo, una fregona y unos trapos.

—Ahora limpias el cuarto, no vaya a haber goteras en el vecino —dijo, medio en serio.

Me puse a fregar desnuda, recogí la sábana, la dejé en el lavadero de la terraza y le preparé la cama con sábanas limpias. Cuando salí del dormitorio, los cinco seguían sin vestirse, lo que me extrañó. Bruno se giró hacia ellos.

—¿Quién quiere despedirse como Dios manda?

No dije nada. Me arrodillé, puse las manos a la espalda y, uno tras otro, terminaron en mi boca. Tardaron lo suyo, porque ya iban por la segunda o tercera vez y a algunos les costaba, pero al final pasaron los cinco.

Eran más de las tres y media cuando empezaron a vestirse y a marcharse. Me quedé sola con Bruno, él con un pantalón corto y una camiseta, yo todavía desnuda porque me habían destrozado el vestido y las medias.

—Lo hemos pasado bien —dijo—. Espero que no te duela demasiado mañana. Aunque a ti te va esto, ¿verdad?

—Si no me fuera, no vendría —respondí—. Siempre sé a lo que vengo.

Me miró distinto, otra vez encendido. Me agarró del pelo.

—Una más y te vas.

Me apoyó contra la pared y, como es mucho más alto, terminó levantándome del suelo para usarme una última vez por detrás. Tuve no sé qué número de orgasmo de la noche, y cuando estaba a punto, salió y terminó sobre mi cara mientras yo seguía contra la pared, de rodillas.

Después no dijo nada. Fue a su habitación, volvió con el dinero de las cuatro horas de cada uno, mi bolso, la gabardina y los zapatos, y lo tiró todo al suelo delante de mí.

—Pírate ya. Hasta la próxima. Y cierra al salir.

***

Recogí el dinero, me puse los zapatos y la gabardina sobre la piel y salí al rellano hecha un cuadro. En el espejo del ascensor me vi la cara y el pelo pegajosos, el cuerpo enrojecido, las marcas de dedos por todas partes. Me limpié un poco como pude y fui hasta el coche.

Cada vez me sorprende más lo que aguanto, y esta especie de doble vida me tiene completamente enganchada. Espero que os haya gustado leerlo tanto como a mí me cuesta admitir cuánto lo disfruto. Otro día os cuento de otros hombres, no vaya a ser que penséis que solo me buscan estos.

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Comentarios (5)

Romina_LR

no pude parar de leer, tremendo relato!!!

Clarita_88

Por favor una segunda parte, quede enganchada y quiero saber como termina todo esto.

MarioA76

Lo de la doble vida está muy bien contado, se siente creible y eso lo hace mucho mas intenso que otros relatos del estilo.

LectoraViajera

Increible como te atrapa desde el principio

IgnacioSF

Me recordó a algo que vivi hace unos años, esa sensación de cruzar una línea y no poder dar marcha atrás. Muy bien escrito, enhorabuena.

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