La desconocida que me escribía a medianoche
Nunca pensé que una afición tan solitaria como escribir me iba a meter en esto. Hace unos meses descubrí el placer de leer relatos eróticos, y de ahí a intentar escribir los míos hubo un solo paso. Soy un hombre de costumbres ordenadas: trabajo, gimnasio, una cerveza los viernes. Lo último que esperaba era que una desconocida apareciera entre los comentarios de una de mis historias y me pusiera el mundo del revés.
Se hacía llamar Nadia. Escribió tres líneas sobre un relato que yo había publicado, y en esas tres líneas había más verdad que en conversaciones enteras que había tenido con gente a la que veía todos los días. Le respondí. Me respondió. Y así, sin darnos cuenta, empezamos a construir algo que vivía solo en la pantalla y que, sin embargo, se sentía más real que cualquier cosa.
Ella también escribía. Me confesó que en sus textos podía ser quien era de verdad, sin filtros, sin la armadura que todos llevamos puesta de día. Podía desnudarse con las palabras y mostrarse tal cual, sin miedo a la mirada del otro. Yo entendí eso enseguida, porque me pasaba lo mismo. Dos personas escondidas detrás de un nombre falso, contándose lo que no se contaban ni a sí mismas.
—Me muerdo el labio cada vez que veo que me has escrito —me confesó una tarde.
No sabe la imagen que proyectó en mi cabeza con esa frase. A mí se me acelera el pulso en cuanto aparece el símbolo del correo nuevo, pero leerla a ella mordiéndose el labio fue otra cosa. Me dieron ganas de cruzar la distancia que nos separaba y darle un beso que empezara suave, casi un susurro, y terminara siendo cualquier cosa menos tranquilo.
—Me fascina tener este poder sobre ti —escribió.
—Lo tienes —le respondí, y no mentía—. Es un regalo mutuo. Poca gente se atreve a explorar esta intensidad a través de las palabras, a dejar que el deseo viaje por la red hasta hacerse físico.
Físico de verdad, pensé. Húmedo, real, imposible de fingir.
***
Esa misma tarde la cosa se desbordó. Yo estaba en una cafetería, fingiendo que leía algo en el móvil, cuando ella empezó a contarme lo que haría conmigo si me tuviera delante. Tuve que apretar las piernas debajo de la mesa. La intensidad que sentí fue tal que traspasó la ropa y dejó una marca evidente en mis vaqueros. Pagué el café sin terminarlo y me fui a casa caminando rápido, con el teléfono ardiendo en el bolsillo.
Cuando llegué, me tumbé en la cama. La casa en silencio, las persianas a medias, la única compañía sus mensajes y esa imagen suya que no dejaba de dar vueltas en mi cabeza.
—Si supieras cómo estoy ahora mismo —le escribí.
—Cuéntamelo —contestó al instante—. No omitas nada.
La calma de la tarde solo hacía que el eco de su última palabra, «húmeda», sonara más fuerte. Mis manos ya no tenían que pelearse con la tela ni buscar un rincón discreto en un baño público. Ahora tenían todo el tiempo del mundo para recorrerme imaginando que eran las suyas. Se detenían donde ella se detendría. Bajaban donde ella querría que bajaran.
—Hoy la sinceridad nos ha traído hasta aquí —le dije—. Y la honestidad de mi cuerpo en este momento es absoluta.
Quería seguir jugando, sintiendo, acariciándome bajo su influencia, para que cuando llegara la noche la explosión fuera de verdad. Le prometí que no iba a frenar nada. Que me dejaría llevar por ella, por ese juego nuestro, disfrutando cada minuto hasta llegar al final que los dos sabíamos que estaba escrito.
***
Nadia me dejó sin aliento con lo que vino después. Me escribió que se había quedado prendada de mi boca, de la idea de mi cuerpo, de una presencia que solo conocía a través de letras en una pantalla. Que no podía dejar de imaginar cómo la devoraría. Y con esa confesión, todo el control que yo intentaba mantener se vino abajo.
Quise que supiera una cosa: que no se equivocaba conmigo. Mi boca es impaciente y, cuando desea, no entiende de medias tintas. Me volvió loco que hubiera visualizado su propio placer mojándome la barba mientras la saboreaba. Es una de las cosas que más disfruto en la intimidad, una de esas que se vuelven obsesión cuando aparece la mujer adecuada.
Le describí cómo me perdería en ese ritual. Cómo recorrería cada centímetro con la lengua, con una precisión deliberada, sin dejar un solo rincón sin explorar. Le conté que imaginaba el sabor de su humedad y el sonido de su respiración acelerándose, que la succionaría despacio antes de bajar del todo, que me quedaría ahí el tiempo que hiciera falta, devorando el fruto de su deseo hasta que no le quedaran fuerzas para seguir mordiéndose el labio.
—Para ya —escribió—. Me estás matando.
—No pienso parar —contesté.
Estábamos los dos sin aliento, leyéndonos, imaginándonos, sintiéndonos a través del otro. Era un juego ejecutado con una maestría que asustaba un poco, donde cada palabra y cada imagen funcionaban como combustible que no dejaba de alimentar el incendio. Nuestras mentes habían tomado el mando y habían decidido que nuestros cuerpos no tuvieran escapatoria.
***
Entonces ella subió la apuesta.
—Fantaseo con sentarme frente a ti, completamente desnuda —escribió—, mientras tú me miras tocarme.
Leerlo me provocó algo que no esperaba. No fue solo deseo: fue una corriente que me recorrió entero. Me masturbé despacio, ahí, a oscuras, mientras la sentía cerca a pesar de los kilómetros. Me volvía loca la idea de verla humedecerse en directo, de ver cómo sus dedos empezaban a buscar su propio placer mientras sus ojos no se apartaban de los míos. Como si pudiéramos vernos. Como si la pantalla no existiera.
—Háblame mientras lo haces —le pedí—. No quiero perderme nada.
Y me lo contó todo. Dónde se tocaba, cómo, qué imaginaba. Yo seguía su ritmo desde mi cama, acompasando mi mano a sus palabras, deteniéndome cuando ella se detenía, acelerando cuando su escritura se volvía entrecortada y las frases empezaban a perder las comas. Había algo brutalmente íntimo en eso. Más que en muchos encuentros que había tenido en persona, con cuerpos de verdad y luces encendidas.
Me di cuenta entonces de algo que llevaba semanas evitando admitir. Lo que sentía no nacía solo de saber que ella ardía por dentro. Nacía de reconocerme en ese mismo incendio. Nadia había entrado en mi mundo sin avisar, pero fue ella quien derribó todas mis defensas con una franqueza que desarmaba. No era que su atención me perteneciera: es que yo estaba completamente atrapado. No había ruido alrededor, no había otras caras posibles. Solo ella, su cercanía imaginada, esa desnudez que se imponía como una certeza, esa marea que los dos habíamos decidido alimentar a sabiendas.
***
—Estoy cerca —escribió, y casi pude oír su respiración en la frase.
—Yo también. Termina conmigo.
Hubo un silencio de unos segundos, largos como horas. Me imaginé su cuerpo tensándose, sus dedos clavándose, el labio por fin liberado entre los dientes. Me imaginé su nombre, el de verdad, el que nunca me había dicho, escapándose de su boca en un cuarto que yo nunca había visto. Y con esa imagen me dejé ir, a la vez que la pantalla se llenaba de sus palabras rotas, de letras repetidas, de un mensaje que no decía nada y lo decía todo.
Nos quedamos los dos en silencio después. Yo, mirando el techo, con el pecho subiendo y bajando. Ella, supongo, igual, en algún lugar al otro lado del país. El control la había excitado tanto como a mí me había excitado entregárselo. Le gustaba sentirse guiada, y yo había descubierto que me gustaba dejarme guiar. La cercanía era absoluta aunque no nos hubiéramos rozado nunca. La entrega, voluntaria. Total.
—No sé si esto es lo más sano que he hecho en mi vida —escribió al rato.
—Seguramente no —contesté—. Pero es lo más honesto.
Y era verdad. Llevaba años acostándome con mujeres a las que les escondía la mitad de quién era. Con Nadia, una desconocida con un nombre inventado a la que jamás le había visto la cara, me había mostrado entero. Cada deseo, cada debilidad, cada cosa que callaba de día. Quizá por eso, cuando me preguntó si alguna noche quería que dejáramos de escribirnos y nos viéramos de verdad, tardé tan poco en responder.
—Esta misma —escribí—. Dame una dirección.
Quería dejarme hacer. Ser suyo del modo en que ya me había imaginado tantas veces. Y por primera vez en mucho tiempo, no tuve miedo de decirlo en voz alta.