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Relatos Ardientes

El desconocido del café que se repite en mis sueños

Voy a confesar algo que nunca he dicho en voz alta. Tengo veintidós años, vivo en Guadalajara y todavía no he estado con nadie. No por falta de ganas, sino porque la imaginación siempre me ganó la partida. Cada noche, antes de dormir, vuelvo a la misma escena. La he repetido tantas veces que ya conozco el guion de memoria: el café, sus manos, el ascensor que tarda demasiado en subir. No sé si algún día me atreva a vivirla. Por ahora, al menos, me atrevo a escribirla.

Empieza siempre igual. Es una tarde de jueves y estoy sentada en una cafetería del centro, esa que tiene las paredes de ladrillo y la música apenas audible. He llegado temprano a propósito, porque me pone nerviosa esperar de pie. Pido un café con leche y elijo la mesa del rincón, la que da a la ventana, para verlo entrar antes de que él me vea a mí.

Lo conocí por una de esas aplicaciones donde una habla mucho y se anima poco. Llevábamos semanas escribiéndonos y, en mi cabeza, ya sabía cómo sonaba su voz aunque nunca la hubiera escuchado. Esa tarde, por fin, lo veo cruzar la puerta.

Se llama Tomás, o así lo llamo yo en este sueño que invento cada noche. Es más alto de lo que parecía en las fotos, lleva una camisa azul con las mangas dobladas hasta el codo y una sonrisa que se le forma de un solo lado. Me busca con la mirada, me encuentra, y algo en mi estómago se aprieta.

—Llegaste —dice, como si no terminara de creerlo.

—Llegué —respondo, y me odio un poco por no tener algo más ingenioso que decir.

Hablamos durante una hora larga. De cosas pequeñas, de música, de la ciudad, de lo raro que es conocer a alguien que ya conoces a medias. Él tiene la costumbre de inclinarse sobre la mesa cuando algo le interesa, y cada vez que lo hace puedo oler su perfume, una mezcla de madera y algo cítrico que se me queda pegado a la memoria. Yo juego con la cucharita, la giro entre los dedos, finjo una calma que no tengo.

No quiero que esto termine en la puerta del café.

Es él quien lo dice primero, aunque no con esas palabras. Pone su mano sobre la mía, sobre la mesa, y la deja ahí el tiempo suficiente para que entienda.

—¿Quieres que sigamos en otro lado? —pregunta, y su voz baja medio tono.

Asiento. No confío en mi propia voz.

***

El hotel está a tres cuadras. Caminamos sin tocarnos, pero el espacio entre nuestros brazos está cargado, como si fuera a saltar una chispa en cualquier momento. En la recepción él habla con el empleado mientras yo miro el suelo de mármol y pienso que cualquiera podría adivinar lo que estamos a punto de hacer. Me arde la cara. No de vergüenza, sino de anticipación.

El ascensor es el momento que más se repite en mi cabeza, el que vuelvo a poner una y otra vez como si fuera mi escena favorita de una película. Entramos los dos. Las puertas se cierran. Y en el instante exacto en que el reflejo metálico nos devuelve nuestras siluetas, él se gira y me besa.

No es un beso tímido. Es un beso que llevaba toda la tarde guardado. Me toma la cara con las dos manos, me empuja con suavidad contra la pared del ascensor, y yo me dejo llevar como si supiera hacerlo, aunque sea la primera vez de mi vida que alguien me besa así. Sus labios saben a café. Subo las manos hasta su pecho y siento su corazón, igual de acelerado que el mío.

El ascensor se detiene antes de que yo quiera. Nos separamos con la respiración entrecortada, y él se ríe bajito, casi disculpándose. Recorremos el pasillo demasiado rápido. La tarjeta no funciona a la primera y los dos nos reímos de los nervios. Cuando la puerta por fin se abre, entramos y la dejamos cerrarse sola a nuestra espalda.

***

Dentro de la habitación nos tomamos un segundo. Solo un segundo. Es el momento en que, en la vida real, yo seguramente saldría corriendo. Pero esto es mi sueño, así que me quedo.

—¿Estás bien? —pregunta. Lo pregunta en serio, mirándome a los ojos, y eso me desarma más que cualquier caricia.

—Estoy nerviosa —admito—. Es que… no he hecho esto antes.

Él no se sorprende ni se burla. Solo asiente despacio, me aparta un mechón de pelo de la cara y dice:

—Entonces vamos despacio. Tú me dices.

Y vamos despacio. Me besa otra vez, pero distinto, sin prisa, como si tuviéramos toda la noche, que es exactamente lo que tenemos. Sus manos bajan por mi espalda y se detienen en mi cintura. Las mías se atreven a desabrochar el primer botón de su camisa, y luego el segundo, sorprendida de lo firme que es mi pulso cuando todo el resto de mí tiembla.

Me sienta en el borde de la cama. Se arrodilla frente a mí para quitarme los zapatos, uno y luego el otro, y hay algo en ese gesto tan poco erótico que me derrite por completo. Me mira desde abajo y sonríe de medio lado, esa sonrisa que ya reconozco.

Nos desvestimos por turnos, sin apuro, deteniéndonos a mirar. Él me quita el suéter y lo deja caer al suelo. Yo termino de abrirle la camisa. Cuando quedo solo en ropa interior cruzo los brazos por instinto, y él me los separa con dulzura.

—No te escondas —murmura—. Quiero verte.

Me recuesta sobre las almohadas. Recorre mi cuerpo con la punta de los dedos, sin tocar todavía donde más lo deseo, dibujando el contorno de mis costillas, el hueco de mi cadera, la cara interna de mis muslos. Cada roce es una promesa que tarda en cumplirse, y yo arqueo la espalda buscando más antes de tiempo.

—Tranquila —dice contra mi cuello—. Ya llegamos.

Cuando por fin desliza la mano entre mis piernas, suelto un sonido que no sabía que podía hacer. Estoy mojada, palpitante, lista de un modo que solo había sentido a solas, en la oscuridad de mi cuarto, imaginando esta misma escena. Él se mueve despacio, atento a cada reacción mía, ajustando el ritmo según mi respiración. Cierro los ojos y me dejo ir un poco, solo un poco, porque no quiero acabar antes de empezar.

***

Baja besándome el vientre. Sé lo que viene y el corazón se me dispara. Cuando su boca llega entre mis piernas, me aferro a las sábanas con las dos manos y muerdo mi propio labio para no gritar. Es paciente. Encuentra el ritmo que me hace temblar y se queda ahí, insistiendo, hasta que siento que algo se acumula en mi vientre como una ola que no rompe.

—Espera —jadeo—. Espera, quiero… quiero que sea contigo.

Sube de nuevo hasta mi boca. Me besa y puedo sentirme a mí misma en sus labios, lo cual debería darme pena y en cambio me enciende. Se quita lo último que le queda. Lo miro y trago saliva. Él lo nota.

—Si en cualquier momento quieres parar, paramos —dice—. Lo digo en serio.

—No quiero parar —respondo, y por primera vez en toda la tarde mi voz suena segura.

Se acomoda sobre mí, apoyado en los codos para no dejarme todo su peso. Siento la punta de él contra mi entrada y me tenso sin querer. Se detiene de inmediato.

—Respira —susurra—. Mírame.

Lo miro. Y mientras lo miro, empuja apenas, ganando un centímetro y deteniéndose, esperando a que mi cuerpo lo acepte. Duele, sí, pero es un dolor que no me importa sentir, un dolor que viene mezclado con algo mucho más grande. Me siento tensa, llena, partida en dos de la mejor manera posible. Él avanza así, de a poco, observándome todo el tiempo, hasta que de pronto ya no hay distancia entre nosotros y los dos nos quedamos quietos, sorprendidos, conteniendo el aire.

—¿Bien? —pregunta, con la frente pegada a la mía.

—Bien —digo, y se me escapa una risa nerviosa que él me devuelve.

***

Empieza a moverse. Despacio al principio, un vaivén lento y cuidadoso que me da tiempo de descubrir lo que mi cuerpo quiere. Le clavo los dedos en la espalda, no para frenarlo sino para tenerlo más cerca. El dolor se va diluyendo y lo reemplaza otra cosa, una fricción que crece con cada embestida, que me hace levantar las caderas para salir a su encuentro.

—Así —digo, sorprendida de mi propio atrevimiento—. Justo así.

Él obedece. Encuentra un ritmo y lo sostiene, y yo me dejo llevar por completo, olvidada de mis nervios, de mi inexperiencia, de todas las veces que imaginé esto sin animarme a vivirlo. Enrosco las piernas alrededor de él. Nuestras respiraciones se mezclan, sus jadeos contra mi oído, los míos perdidos en su hombro.

La ola que se había quedado a medias vuelve, ahora más grande, imparable. Siento cómo se acumula, cómo me sube por dentro, y le clavo las uñas y digo su nombre, ese nombre que inventé, y me rompo en mil pedazos debajo de él. Él me sigue pocos segundos después, hundiéndose hasta el fondo, temblando, dejándose caer por fin sobre mí con todo su peso.

Nos quedamos así un rato largo, sudados, agitados, sin decir nada. Él me besa la sien. Yo escucho cómo su corazón vuelve poco a poco a la normalidad, y pienso que podría quedarme a vivir en ese sonido.

Después lo hacemos otra vez, sin la urgencia de la primera. Y una tercera, ya entrada la madrugada, riéndonos de lo torpes que somos al cambiar de postura, descubriéndonos sin reloj y sin prisa, hasta que el cansancio nos gana y nos dormimos abrazados con las luces de la ciudad colándose por la cortina.

***

Y ahí, justo ahí, es donde siempre me despierto.

Porque nada de esto ha pasado todavía. No hay Tomás, no hay hotel, no hay ascensor. Solo estoy yo, en mi cuarto de Guadalajara, con las mejillas calientes y el corazón latiéndome como si de verdad hubiera corrido esas tres cuadras. Veintidós años y todo el deseo del mundo guardado bajo llave, esperando a alguien que sepa abrir despacio, que pregunte si estoy bien, que no tenga prisa.

Sé que algún día va a dejar de ser un sueño. Sé que el café existe, que la aplicación existe, que en algún lugar hay alguien que se inclina sobre la mesa cuando algo le interesa. Quizá lo único que me falta es atreverme a contestar el mensaje que llevo días sin responder.

Por ahora, lo confieso aquí, donde nadie me ve la cara. Sueño con eso. Y cada noche, antes de dormir, vuelvo a empezar por el principio: el café, sus manos, el ascensor que tarda demasiado en subir.

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Comentarios (5)

NadiaSur

Que bueno este relato, se nota que viene de adentro. Seguí escribiendo!!

SolitarioNocturno

Eso de conocer cada detalle de algo que nunca paso... me llego mucho. Muy bien escrito

MarinaK_lect

Me recordó a una vez que yo tambien tuve mi propio 'desconocido', en el colectivo de madrugada. Nunca pase de mirarlo. Buen relato

ClaraFuerte

Increible!!!

Curioso_lector

Y bueno, ¿alguna vez se animó? Porque si no, esperamos la segunda parte con lo que podria pasar jeje

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