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Relatos Ardientes

Lo que encontré en el pasillo del piso compartido

El silencio que siguió a la frase de Lorena fue espeso, casi sólido. Adrián sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. En ese instante exacto se abrió la puerta de la entrada y apareció Bea, la tercera inquilina del piso, con un pijama de ositos espantoso y cara de no haber dormido lo suficiente. Se rascaba la nuca con una mano mientras con la otra se acomodaba la ropa interior por encima del pantalón, ajena por completo a la tensión que acababa de partir el aire en dos.

Su aparición fue un alivio y una tortura al mismo tiempo. Adrián, incapaz de decir una sola palabra después de lo que Lorena le había soltado —que lo sabía todo, que lo había escuchado, que conocía su secreto y que en lugar de espantarse lo había estado provocando—, aprovechó la confusión para escapar.

—Chicas, me voy, que no llego a clase —dijo casi sin voz, y se metió en su cuarto.

Se vistió en tiempo récord y salió por la puerta con el corazón golpeándole las costillas. No recordaba el camino hasta la facultad. Solo recordaba la sonrisa de ella, esa sonrisa que no tenía nada de inocente.

Los días siguientes fueron una prueba de aguante. Entre los exámenes finales y la electricidad que flotaba en el piso, Adrián evitaba cruzarse con Lorena en la cocina, en el baño, en cualquier sitio. Pero en la soledad de la biblioteca, rodeado de apuntes que no entraban, empezó a darle vueltas. Si ella lo sabía y no lo había echado a la calle, si en cambio lo había mirado así... entonces no era un degenerado. Era un invitado. El morbo de saberse descubierto, lejos de apagar el deseo, lo encendió hasta convertirlo en algo que ya no controlaba.

El viernes, terminado el último examen, volvió a casa con una seguridad nueva en el cuerpo. En el pasillo, sobre la madera gastada del suelo, encontró una mancha de color que no debería estar ahí: unas braguitas de Lorena, dobladas, con un papel encima.

Acabo de quitármelas. Me he tocado dos veces seguidas pensando en ti. Úsalas como debes: quiero que termines en ellas y me las dejes colgadas en el pomo de mi puerta. Son mis favoritas. No las pierdas. No las rompas.

Adrián las recogió con la punta de los dedos. Pesaban más de lo que un trozo de tela debería pesar. Estaban cargadas de ella, tibias todavía. Entró en su habitación, echó el pestillo y se quedó de pie en mitad del cuarto, mirándolas como quien sostiene algo prohibido y no sabe si va a quemarse.

***

Se las llevó a la cara casi sin pensarlo. El olor lo golpeó de lleno, denso y vivo, y le nubló cualquier idea de prudencia que le quedara. Era el aroma de Lorena en su momento más íntimo, ese que él había imaginado mil veces al otro lado de la pared sin atreverse nunca a nombrarlo. Cerró los ojos y respiró hasta el fondo.

—Joder, Lorena —murmuró, y la voz le salió rota.

Se desnudó con una urgencia que no se reconocía. La camiseta voló a un rincón, el pantalón cayó a sus tobillos y se sentó en el borde de la cama con el papel todavía en la mano izquierda. Releyó la nota una vez más, como para convencerse de que era real, de que durante meses los dos habían estado deseándose en silencio sin que ninguno diera el paso.

Se imaginó a Lorena al otro lado del tabique, atenta a cada ruido, sabiendo exactamente lo que él estaba a punto de hacer con su prenda favorita. Esa certeza —la de ser escuchado, la de actuar para ella— lo desarmaba más que cualquier fantasía.

Empezó despacio, casi con reverencia. Se humedeció la mano y se acarició con un ritmo lento, alargando cada movimiento, conteniéndose a propósito. No quería que acabara pronto. Quería sostener ese estado el mayor tiempo posible, ese punto exacto en el que el deseo todavía pesa más que el alivio.

Enrolló la tela de Lorena alrededor de su mano y la usó así, sintiendo el contraste del encaje contra la piel. El detalle lo volvió loco. No era el roce en sí, era saber de quién era esa tela, de dónde venía, lo que ella había escrito para él. La respiración se le fue cortando hasta convertirse en un jadeo seco, y notó esa presión eléctrica que sube por la base de la espalda y avisa de que ya no hay vuelta atrás.

Aguantó un poco más, los dientes apretados, el cuerpo entero en tensión. Y cuando por fin se dejó ir, lo hizo con los ojos cerrados y el nombre de ella atascado en la garganta. Se quedó quieto unos segundos, vibrando, con la respiración entrecortada y la habitación de pronto demasiado silenciosa.

Cuando recuperó algo de cordura, extendió las braguitas sobre la mesa, las dobló como había encontrado las suyas y escribió en un papel, con la mano todavía temblona: Tu cena. Las dejó colgadas del pomo de la puerta de Lorena, tal y como ella había pedido, y salió del piso a la calle. Necesitaba el aire frío de la noche para no consumirse allí mismo, contra esa puerta cerrada.

***

Lorena oyó la puerta de la calle cerrarse y supo que ya estaba sola. Quitó el pestillo de su cuarto solo para descolgar el pomo lo que encontró, y volvió a cerrar. Dejó la prenda sobre la mesita de noche y se quedó un momento de pie frente al espejo de cuerpo entero, mirándose con la luz cálida de la lámpara cayéndole en diagonal.

Se quitó el jersey de un tirón. Tenía el cuerpo encendido desde hacía horas, desde que había dejado las braguitas en el pasillo imaginando lo que él haría con ellas. Se pasó las manos por los hombros, por el cuello, por los pechos, despacio, como si las manos fueran de otra persona. Llevaba toda la semana así: la tensión acumulada de los exámenes mezclada con esto, con el juego que habían empezado sin decirlo nunca en voz alta.

Se bajó la falda por las caderas y la dejó caer. Frente al espejo, abierta de piernas, se observó sin pudor. Le gustaba mirarse antes, reconocerse el deseo en la cara, en la forma en que respiraba. Y esa noche había un motivo nuevo: sobre la mesita la esperaba la respuesta de Adrián, la prueba de que él la deseaba con la misma intensidad descontrolada.

Cogió la prenda y se la acercó. El olor de él mezclado con el suyo le revolvió algo por dentro, un cóctel íntimo y descarado que la hizo apretar los muslos. Se imaginó la escena al otro lado de la pared, a Adrián conteniéndose, releyendo su nota, pensando en ella. Imaginarlo perdiendo el control por su culpa era casi más excitante que cualquier contacto.

Se tumbó en la cama y se acarició sin prisa, con la tela todavía cerca de la cara. Empezó por los pechos, dibujando círculos lentos, y fue bajando con dos dedos por el vientre hasta encontrar el punto exacto. Estaba empapada desde hacía rato. Al primer roce dio un respingo y tuvo que morderse el labio para no hacer ruido, aunque en el fondo deseaba que él la oyera, que volviera y la escuchara desde el pasillo.

Se tomó su tiempo. Conocía su cuerpo de memoria y lo llevó despacio hasta el borde, retirándose justo antes, alargando la espera igual que él había hecho del otro lado del tabique sin que ninguno lo supiera. Frotaba en círculos, cerraba los ojos y volvía a abrirlos para mirarse, una y otra vez, jugando con la frontera entre el control y el abandono.

Pensó en cómo habían llegado hasta ahí. En los meses de roces casuales en la cocina, en las miradas que duraban un segundo de más, en las noches en que sabía que él estaba al otro lado de la pared y se preguntaba si pensaba en ella. Durante mucho tiempo no se había atrevido a nada, convencida de que se lo estaba imaginando todo. Hasta que una mañana, recogiendo la ropa tendida, comprendió que él también la deseaba y que solo hacía falta que alguien diera el primer paso. Esa certeza la había llevado hasta aquí, hasta esta cama, con la prenda de él entre las manos y el cuerpo a punto de estallar.

Cuando ya no pudo más, presionó la prenda de Adrián contra ella y se entregó del todo. El orgasmo le llegó como una marea, de golpe, sin avisar. Las piernas le temblaron, los dedos de los pies se curvaron, y se quedó un largo rato así, jadeando, con la mirada perdida en el techo y el pecho subiendo y bajando deprisa.

Poco a poco la respiración se le fue calmando. Se incorporó sobre los codos, todavía mareada, y sonrió sola en la penumbra. No estaba pensando en el alivio, sino en lo que vendría después: en el día en que dejaran de hablarse con notas y pomos de puerta, en el momento en que ya no hicieran falta los papeles ni las paredes de por medio.

Con un último esfuerzo de voluntad, escribió en un trozo de papel, con caligrafía temblorosa: Aquí tienes tu postre. Se levantó, todavía brillante de sudor, salió al pasillo en silencio y dejó la prenda colgada del pomo de la puerta de Adrián. Después volvió a su cuarto, se metió bajo las sábanas y se quedó despierta un buen rato, sonriendo en la oscuridad, contando las horas que faltaban para que él volviera a casa.

***

Esa noche ninguno de los dos durmió bien. Adrián volvió de madrugada, encontró la nota en su puerta y la leyó tres veces apoyado contra la pared del pasillo, con el corazón otra vez fuera de sitio. Sabía que Lorena estaba al otro lado, despierta, esperando algún ruido que le confirmara que él ya había vuelto. Y por primera vez en meses, en lugar de meterse en su cuarto, levantó la mano y dio dos golpes suaves en la puerta de ella.

Hubo un silencio. Después, el chasquido del pestillo.

—Sabía que volverías —dijo Lorena desde el otro lado, sin abrir del todo.

—Se me ha acabado el postre —respondió él, y por primera vez los dos se rieron de verdad, sin pantallas, sin notas, sin tela de por medio.

La puerta se abrió un poco más. Ninguno de los dos volvió a clase al día siguiente.

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Comentarios (5)

Silvieta88

Joder qué bueno!! no pude parar de leer hasta el final

PatroBaires

por favor seguila!! no puede quedar ahi. ¿hay segunda parte?

Marcos_LN

me recordo a algo que me paso en un departamento compartido hace años jaja, esas situaciones tienen su propio encanto

LectorNocturno_ok

Me gusto mucho como lo narraste, se siente real sin exagerar. Eso es lo que hace que enganchen este tipo de confesiones

Fer2001ok

¿y qué decía exactamente la nota? eso me mató de curiosidad jajaja

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