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Relatos Ardientes

El mozo del hotel y una noche que nunca conté

Esto pasó hace unos años, en una escapada a las sierras que hice acompañada y que, sin embargo, terminó siendo mucho más mía que de nadie. Habíamos elegido un pueblo chico, de calles empedradas y olor a romero, donde el tiempo parecía moverse a otro ritmo. El hospedaje era lo que más me había llamado la atención al reservar: una vieja hostería que alguna vez había sido un convento. Paredes gruesas, patios con galerías de piedra, un silencio que se metía en los huesos. Nunca pensé que en un lugar así me iba a pasar lo que me pasó.

El primer día fue todo postal. El paisaje desde la ventana, los cerros recortados contra un cielo demasiado azul, la atención justa del personal. Me sentía liviana, lejos de la rutina, con esa sensación rara de no tener que rendirle cuentas a nadie. En el almuerzo nos atendió un mozo que enseguida se hizo notar. Se llamaba Lucas. Tendría poco más de treinta, la piel morena, una sonrisa que usaba como herramienta de trabajo y una labia que hacía reír a todas las mesas.

Esa tarde había una especie de show en el salón, música en vivo y un animador, y Lucas se movía entre las mesas alentando a la gente, soltando chistes, ganándose al público sin esfuerzo. Me gustó eso de él. La soltura, la manera de mirar a los ojos cuando hablaba. Intercambiamos dos o tres frases sueltas mientras servía, nada del otro mundo, pero alcanzó para que se rompiera el hielo. Me fui a la habitación pensando en su sonrisa más de lo que estaba dispuesta a admitir. Y, para ser honesta, no era la sonrisa lo único en lo que pensaba: pensaba también en el bulto que se le marcaba bajo el pantalón negro de trabajo cada vez que se agachaba a levantar un plato.

La segunda noche bajé sola a cenar. Mi acompañante prefirió quedarse arriba, cansado del día, y yo no insistí. La verdad es que no me molestó para nada. Me senté en una mesa cerca de la ventana, pedí algo liviano y dejé que la noche serrana entrara despacio por los vidrios. Fue Lucas, otra vez, el que se acercó a atenderme.

—¿Hoy te dejaron sola? —dijo mientras acomodaba los cubiertos—. Qué raro. Y encima sin una cerveza.

—Hoy solita —le contesté, siguiéndole el juego—. Y sin la cerveza, fijate.

Se rió, anotó algo en la libreta y siguió con lo suyo. No le des tanta importancia, Sofía, me dije. Pero el cuerpo ya estaba en otra cosa. Tenía el coño mojado desde que se había parado al lado de la silla, y me apretaba los muslos bajo la mesa como una nena mientras miraba cómo caminaba entre las mesas.

Al rato volvió a pasar por mi mesa, supuestamente a retirar un plato. En el movimiento, con una naturalidad de prestidigitador, me deslizó un papelito doblado en la palma de la mano. No dijo nada. Solo me sostuvo la mirada un segundo de más y se fue. Yo cerré el puño como si me hubieran pasado un secreto de Estado.

Terminé la cena con el corazón golpeándome en lugares donde no debería golpear. Subí a la habitación, me encerré en el baño y recién ahí abrí el papel. Era un número de teléfono, escrito con letra rápida, y abajo una sola palabra: «cuando quieras».

***

Lo agendé con los dedos torpes. Me quedé mirando la pantalla un rato largo, debatiéndome entre la chica sensata que se supone que soy y la otra, la que hacía mucho no dejaba salir. Ganó la otra. Le escribí un «hola, soy la de la mesa de la ventana» y me arrepentí apenas lo mandé.

La respuesta llegó enseguida. «Hola, morocha. ¿Nos tomamos esas birras que te debo? Te espero en el hall, donde está el banco de madera.» Leí el mensaje tres veces. Después miré la cama, donde mi acompañante ya dormía profundo, ajeno a todo. Y tomé la decisión que ya estaba tomada desde el momento en que cerré el puño sobre ese papel.

Me metí en la ducha sin hacer ruido. Me pasé la mano entre las piernas y comprobé lo que ya sabía: estaba empapada, con los labios hinchados de puro pensarlo. Me vestí cómoda, una calza oscura que me marcaba como me gusta que me marque y una remera suelta, sin corpiño, con los pezones duros clavados contra la tela. Me miré al espejo más tiempo del que necesitaba. Solo unas cervezas, me mentí, mientras me soltaba el pelo todavía húmedo.

Bajé las escaleras de piedra tratando de que los escalones no crujieran. El hall estaba en penumbras, apenas iluminado por una lámpara de pie, y ahí estaba él, sentado en el banco con una mochila al hombro. Me vio llegar, sonrió, y yo le devolví la sonrisa más por nervios que por otra cosa.

—¿Vamos? —dijo, y señaló con la cabeza hacia afuera, hacia el contorno oscuro de las rocas que cerraban el predio.

—Vamos —contesté, sin saber bien a qué le estaba diciendo que sí.

***

Salimos al fresco de la noche. El aire olía a tierra y a pasto seco, y el silencio era tan grande que se escuchaban nuestros pasos sobre la grava. Caminamos hasta un sendero que trepaba entre piedras enormes. Lucas iba adelante, y cuando el terreno se ponía empinado me tendía la mano para ayudarme a subir. Su mano era firme, cálida, y cada vez que me soltaba sentía que me faltaba algo.

Llegamos a una explanada natural, una especie de mirador rodeado de rocas, completamente alejado del hotel y de todo. Nos apoyamos contra una piedra ancha, todavía tibia del sol del día.

—Está hermosa la noche —dijo él, mirando hacia el valle.

—Hermosísima —respondí, y era verdad.

Sacó de la mochila dos latas de cerveza, todavía frías, y me pasó una. Brindamos por mi estadía, chocando el aluminio con un golpe seco que sonó fuerte en medio de tanto silencio. Tomé un trago largo y respiré hondo. Abajo, entre la oscuridad, se veían las luces de las casas desperdigadas por la ladera, titilando como las lamparitas de un arbolito de Navidad. La luna estaba redonda, enorme, y lo bañaba todo de un gris plateado.

—Mirá eso —dije—. La paz que hay acá arriba.

—Por eso me gusta subir —contestó—. Vengo cuando termino el turno y me quedo un rato. Pero nunca había subido acompañado.

Me miró al decirlo. Y yo entendí que ya no estábamos hablando del paisaje.

***

Seguimos tomando entre comentarios sueltos, risas bajas, silencios que duraban un poco más de la cuenta. En algún momento Lucas me pasó el brazo por la cintura y me atrajo contra su cuerpo. No me resistí. Me dejé pegar a él, sintiendo el calor que largaba a través de la remera, el corazón saltándome en el pecho como una adolescente, y algo más: el bulto duro contra mi cadera, sin disimulo, avisándome que él estaba tan caliente como yo.

Dejó su lata sobre una piedra. Me corrió el pelo del cuello con dos dedos, despacio, y me besó justo ahí, en el lugar exacto donde la piel es más sensible. Me estremecí entera. Sentí su aliento subir hacia mi oreja, sus labios apenas rozándome, y se me escapó un suspiro que delató todo lo que llevaba conteniendo desde el almuerzo del día anterior.

—Estás temblando —me susurró.

—Me tenés así desde ayer, boludo.

Se rió bajito, contra mi cuello, y me clavó los dientes en el hombro. Giré la cabeza despacio y lo busqué. Nos besamos por primera vez ahí, contra la roca, con la luna de testigo. Fue un beso lento al principio, de tanteo, y enseguida se volvió hambriento. Nos metimos la lengua hasta el fondo, mordiéndonos los labios, chupándonos la boca como si nos fuéramos a comer. Me sacó la lata de la mano y la dejó en el suelo junto a la suya, para tenerme libre. Giré el cuerpo entero hacia él y nos besamos hasta quedarnos sin aire, hasta que el primer gemido se me escapó contra su boca.

La mano se le fue directo a las tetas. Me las agarró por encima de la remera, me apretó los pezones entre los dedos y me los retorció justo con esa fuerza que a mí me pone loca. Se dio cuenta enseguida de que no tenía corpiño porque hizo un ruido con la garganta, un gruñido bajo, y me metió las dos manos por debajo de la tela. Me subió la remera hasta los hombros y se agachó a chuparme una teta ahí mismo, al aire libre. Me mordió el pezón, me lo lamió, me lo pellizcó con los labios mientras con la otra mano me amasaba la otra teta. Yo le agarraba la cabeza y se la apretaba contra mí, arqueando la espalda contra la roca.

—Chupámelas —le pedí bajito—. Fuerte.

Y me hizo caso. Me chupó las tetas hasta dejármelas rojas, con la boca abierta, ensalivándomelas enteras, mordiéndome de a ratos hasta hacerme saltar. Estaba prendida fuego. Hacía mucho que no sentía ese vértigo, esa urgencia de tocar y que me toquen sin pensar en las consecuencias. Bajé la mano por su torso, por el borde del pantalón, y le solté el botón. Le bajé el cierre despacio, mirándolo a los ojos, y él respiraba cada vez más fuerte. Metí la mano adentro del boxer y le agarré la verga entera. La tenía dura, gruesa, calentita, latiéndome contra la palma. Le corrí la piel para atrás y sentí cómo se le escapaba un jadeo cuando le pasé el pulgar por la punta, mojada de líquido preseminal.

—Puta madre —murmuró—, qué manos tenés.

Le bajé el pantalón hasta los muslos ahí mismo, contra la piedra. Le dejé la polla al aire, dura, apuntando a la luna, y me arrodillé sobre la roca tibia sin pensarlo dos veces. Se la agarré por la base y le pasé la lengua desde abajo hasta arriba, lento, siguiendo la vena gruesa que le corría por el medio. Le di un beso húmedo en la punta y después me la metí entera en la boca, despacio, mirándolo desde abajo para no perderme un solo gesto de su cara.

Empecé a mamársela con calma, entrando y saliendo, ensalivándosela toda, haciendo ese ruido con la boca que sé que vuelve loco a cualquiera. Se la chupé hasta la garganta, la saqué, le lamí los huevos uno por uno, se los tuve en la boca los dos juntos mientras le hacía una paja con la mano. Después volví a subir a la punta y se la envolví con los labios, apretando fuerte, moviendo la cabeza más rápido. Él me hundía los dedos en el pelo, sin empujar, solo siguiendo el ritmo que yo le marcaba.

—Así, morocha, así —jadeaba entre dientes—, mamámela así.

Le hacía caso. Le metía y le sacaba la polla de la boca con hambre, se me caía la baba por los costados, se la escupía en la verga y se la volvía a chupar. Sentía cómo se le hinchaba entre mis labios, cómo empezaba a moverme la cadera adelante buscando ir más al fondo. Verlo perder el control así, en silencio para no delatarnos, con los ojos cerrados y la cabeza echada para atrás contra la piedra, me prendía todavía más. Me metí una mano dentro de la calza sin dejar de chupársela y me toqué el clítoris con dos dedos, en círculos rápidos, jadeando alrededor de su verga.

Cuando estuvo al borde me levantó de los hombros. Casi con desesperación.

—Pará, pará, que me venís —me dijo—, y todavía no.

Sacó un preservativo de la mochila y se lo puso con manos un poco torpes mientras yo me reía bajito de los nervios y me sacaba la calza junto con la bombacha, dejándolas colgando de un tobillo. Me quedé desnuda de la cintura para abajo, con la luna pegándome de lleno en el culo y el frío erizándome cada centímetro de piel. Me dio vuelta con cuidado, me apoyó contra la piedra ancha y me hizo abrir las piernas con la rodilla.

Me tocó primero. Me metió dos dedos de una, hasta el fondo, y soltó un «uff» que me hizo sonreír contra la piedra.

—Sos un lago, nena.

—Es tu culpa —le contesté, empujando el culo hacia atrás para que me diera más.

Me los movió adentro, entrando y saliendo, haciéndome esos ruidos húmedos que sonaban obscenos en medio del silencio del cerro. Con el pulgar me buscó el clítoris y me lo apretó despacio mientras seguía metiéndome los dedos. Se me aflojaron las rodillas. Tuve que apoyar los antebrazos contra la roca para no caerme.

—Metémela —le pedí—, no me hagas esperar más.

Me penetró desde atrás de un solo empujón. Sentí cómo me abría entera, cómo esa verga gruesa me llenaba hasta un lugar que hacía rato nada me tocaba. Me tuvo que tapar la boca con la mano porque el gemido que solté fue demasiado fuerte para lo cerca que estaba el hotel. Se quedó quieto un segundo, adentro mío hasta las bolas, respirándome en la nuca.

—Callate, loca, que nos escuchan.

Le mordí la palma de la mano como respuesta. Empezó a cogerme despacio, sacándomela casi entera y volviéndomela a clavar hasta el fondo, midiendo cada estocada, haciéndome sentir cada centímetro. Una de sus manos me sostenía la cadera y la otra me rodeaba el pecho, agarrándome una teta y pellizcándome el pezón cada vez que embestía. Fue encontrando un ritmo profundo, rico, que me arrancaba gemidos que yo trataba de tragarme y no siempre podía.

—Más fuerte —le pedí, apretando los dientes—, cogeme más fuerte.

Me hizo caso. Me agarró de las dos caderas, me clavó los dedos en la carne y empezó a metérmela con ganas, sin cuidado, haciendo chocar los huevos contra mi coño en cada envión. El ruido de los cuerpos golpeándose se mezclaba con nuestros jadeos y con el viento que subía del valle. Me sacó del todo un momento, me hizo doblarme más contra la piedra y me la volvió a meter desde un ángulo distinto, más abajo, tocándome ahí donde a mí me hace ver estrellas.

—Ahí, ahí, ahí —le repetí—, no pares.

Sentí que se me venía el orgasmo desde el fondo de la panza. Me soltó la cadera con una mano y me la pasó por adelante, buscándome el clítoris entre los pelos mojados. Me lo empezó a frotar mientras seguía metiéndomela, y ahí no aguanté más. Me vine con la boca abierta contra la piedra, apretándole la verga con las paredes del coño, temblando entera, tratando de no gritar y largando en cambio unos gemidos ahogados que me salían del pecho. Sentí cómo me chorreaba por dentro de los muslos, cómo se me contraía todo alrededor de él.

—Puta madre, cómo apretás —jadeó—, así me matás.

No aflojó. Me siguió cogiendo mientras yo terminaba de acabar, aprovechándome a mí temblando para clavármela más rápido. El aire frío me erizaba la piel mientras él me daba calor por dentro. La luna, las luces del valle abajo, el roce de la roca contra mis manos, la verga entrando y saliendo de mí a lo bruto: todo se mezclaba en una sola sensación enorme.

—Dame el culo —le pedí, mordiéndome el labio—. Un dedo, dale.

Se escupió en la mano y me lo hizo. Me metió el pulgar en el culo mientras me seguía cogiendo el coño, y ahí sentí que se me armaba otro orgasmo encima del anterior. Empujé el culo hacia atrás, contra la mano y contra la verga, cogiéndomelo yo a él ahora. Aguantamos así un buen rato, hasta que el cuerpo le ganó. Me clavó los dedos en las caderas, me la metió tres, cuatro veces hasta el fondo y terminó pegado a mi espalda, conteniendo el grito contra mi hombro, vaciándose adentro del forro con unos espasmos que le sentí en toda la panza contra mi culo.

Nos quedamos así, encajados, respirando fuerte, hasta que se le fue aflojando de a poco. Me la sacó despacio y sentí el vacío raro, esa sensación de que te falta algo que hace un segundo te sobraba.

***

Nos quedamos un momento quietos, recuperando el aire, riéndonos por lo bajo de lo que acabábamos de hacer. Se sacó el forro con cuidado, lo hizo un nudo y lo metió en un pañuelo dentro de la mochila. Después nos acomodamos la ropa entre toqueteos y besos cortos, como dos cómplices que vuelven de una travesura. Me subí la bombacha y la calza sintiendo cómo me chorreaba yo sola entre las piernas, con el coño todavía latiendo.

—Qué rico —le dije, todavía agitada.

—Muy —contestó él, con una sonrisa que se notaba que no se le iba a borrar en un buen rato—. Sos un fuego, morocha.

—Bueno —dije, acomodándome el pelo—. Tengo que volver.

—Vamos, te acompaño.

Metió las latas vacías en la mochila, me tomó de la mano y empezamos a bajar de las rocas con cuidado, ayudándonos en los tramos más empinados igual que a la subida. No hablamos casi nada en el descenso. No hacía falta. Cuando llegamos al hall me soltó la mano, me miró una última vez y desapareció hacia la parte del personal.

Subí a la habitación en puntas de pie. Mi acompañante seguía durmiendo igual que cuando me fui, sin enterarse de nada. Me metí bajo las sábanas con el cuerpo todavía vibrando, el coño hinchado y la bombacha empapada, y la cabeza llena de imágenes que sabía que iba a guardar para siempre.

Al día siguiente nos fuimos del pueblo. En el almuerzo Lucas me atendió como si nada, con su sonrisa de mozo profesional, y solo al retirar el último plato me dejó un guiño rápido que nadie más vio. Nunca volví a esa hostería ni volví a saber de él. Pero cada tanto, cuando veo una luna grande recortada sobre unos cerros, vuelvo a esa noche en las rocas, a esa verga clavándome contra la piedra, a esa aventura improvisada y jugada de una escapada que era de a dos y que terminó siendo, en secreto, completamente mía.

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Comentarios(7)

NocheLibre92

ese papelito me mató jajaja, quién no hubiera hecho lo mismo

Valentina_Sur

buenisimo, por favor seguís contando como fue la noche. Quede con muchas ganas de saber todo

ciqolin

increible, lo leería de nuevo

NadiaViajera

me recordó a una vez que estuve en un hotel y el recepcionista me clavó los ojos toda la noche, aunque yo no tuve el coraje jajaja

CuriositasLector

y se volvieron a ver despues? eso es lo que mas quiero saber

LauraVdG

muy bien narrado, se siente completamente real. Ese detalle del papelito es de los que no se inventan

RenzoPla_

el mozo sabe lo que hace jaja. Tremendo

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