Dejé que el chico de la tienda me llevara a casa
Las mujeres que pasamos de los cuarenta cargamos con uno que otro deseo pendiente, no porque no hayamos vivido, sino justamente porque vivimos demasiado. Años de abrir las piernas, de aguantar maltratos, de tragarme infidelidades que terminaron por reventar el matrimonio. Y aun así, o quizás por eso mismo, una sigue queriendo experimentar, sentir que todavía es deseable, que la llama no se apagó del todo.
Cuando me junto con mis amigas escucho las mismas historias de siempre: el amante con plata, el gerente de la multinacional, el tipo musculoso y elegante que las trata como princesas un fin de semana. A mí esas aventuras me aburren. Yo ya tuve a esos hombres entre mis piernas y ninguno me dejó nada que valiera la pena recordar. Lo que yo buscaba era otra cosa. Algo distinto, algo que me hiciera sentir esa brasa por dentro que llevaba demasiado tiempo sin avivarse.
Los últimos años habían sido duros: la separación, una temporada de depresión que no le deseo a nadie, episodios que prefiero no nombrar. Pero también hubo algo que me devolvió el cuerpo, y fueron los hombres más jóvenes que yo. No uno solo: incluso llegué a convivir con uno que me llevaba más de quince años. Lo que esos chicos me daban en la cama era nuevo, y lo que me daban en la cabeza era todavía mejor. Me hacían sentir un trofeo. Y eso, en ese momento, lo necesitaba como el aire.
Por eso, cuando Mateo me habló mientras yo me tomaba un par de cervezas en la tienda de la esquina, le seguí la conversación sin pensarlo dos veces. Estos chicos jóvenes tienen un truco: se hacen los inocentes. Pero yo ya distingo a la legua cuándo un hombre me está buscando para acostarse conmigo, y Mateo no era ninguna excepción. Tendría unos veintitrés años, ojos claros, flaco, piel blanca, el pelo lacio. Lindo, sin llegar a guapo. Lo atractivo no era su cara: era esa mezcla de niño bueno con algo turbio asomando por debajo.
Ya había estado con chicos de su edad, pero Mateo era más lanzado, más seguro de sí mismo. Empezó con la inocencia de manual, pero a medida que avanzaba la charla las máscaras se le fueron cayendo una a una. De pronto era un descarado que, con más o menos palabras, me decía que le gustaba, que se moría por cogerme, que él siempre conseguía lo que quería. En cualquier otro me habría parecido patético. En él, esa seguridad me encendió las ganas de que me demostrara cada cosa que estaba prometiendo.
La charla siguió, las cervezas también. La noche se nos hizo corta porque la estaba pasando bien de verdad. Me hizo reír, me sacó a bailar. En medio de una salsa me besó y me agarró el culo sin pedir permiso.
—Vamos ya, que me muero por llevarte —me susurró al oído.
Le dije que pagara. Mientras él iba a la barra y después al baño, yo me quedé cerca y alcancé a escuchar que hacía una llamada.
—Hermano, esta ya está lista, ya está caliente y nos vamos derecho. La señora está bien rica, y tal cual me dijiste, nada de difícil.
Tendría que haberme ofendido. En lugar de eso, sentí que algo se me apretaba abajo. Me excitó saber que la persona del otro lado del teléfono me conocía, que muy probablemente era alguien a quien yo ya le había abierto las piernas y que ahora me había «recomendado» como quien pasa un dato. Lo esperé sin decir nada. Cuando salió, lo tomé de la mano y caminamos las dos cuadras hasta mi apartamento.
Entramos y, sin mediar palabra, empezamos a besarnos contra la puerta. Otra cosa que me gustó de él fue que era bastante más alto que yo. No tenía que estirarme: solo esperaba a que su boca bajara a la mía mientras sus brazos me recorrían la espalda, me apretaban la cintura, subían a mis pechos. Dejó mi boca para morderme el cuello, y mientras lo hacía me clavaba las manos en las nalgas.
—Qué dura estás, mami —me dijo contra la piel.
Me llevó al cuarto, me tumbó en la cama y se acomodó encima de mí. Seguía con el cuello, me acariciaba los muslos por encima del pantalón, me apretaba el culo. Yo estaba húmeda, lo quería ya, pero al mismo tiempo me asaltó una duda: iba demasiado rápido, y tenía miedo de que me dejara a mitad de camino.
—Despacio, amor, no corras —le pedí—. Acá me tenés para vos toda la noche.
—Tranquila, señora —respondió con una sonrisa torcida—. Yo voy al ritmo que se me dé la gana. Lo único seguro es que te voy a romper entera.
Me sacó la blusa de un tirón. Quedé en sostén y él se lanzó a besarme el pecho con una mezcla de hambre y rudeza que me desarmó. Me abrazó, me soltó el broche y mis tetas quedaron al aire. Las tomó con las dos manos, las juntó, pasó la lengua por el medio, las separó, atrapó un pezón y lo chupó mientras me daba mordiscos chiquitos que me arrancaban los primeros gemidos. La otra mano apretaba sin tregua. Pasaba de un pecho al otro y yo ya no sabía si quería que parara o que no parara nunca.
Debería frenar esto.
Lo pensé por dos razones. La última experiencia con un chico de su edad había terminado mal. Y, peor, Mateo trabajaba en el negocio de un amigo mío, donde también laburaba otro muchacho que siempre me había tirado los perros y que una noche, borracho, había intentado pasarse de la raya. Si se enteraba de esto, podía armarse un lío. Pero entonces Mateo volvió a hundir la cara entre mis tetas y esos pensamientos se borraron como si nunca hubieran existido. Estaba rendida, dispuesta a lo que él quisiera hacerme.
Le metí los dedos en el pelo y empecé a tironearle la camiseta. Se detuvo, se la sacó él mismo, y yo aproveché para quitarme el pantalón y las medias hasta quedar solo en tanga. Él hizo lo mismo: quedó en bóxer, con el bulto apuntando al techo. Quise pedirle que me lo metiera de una vez, pero se acostó sobre mí y empezó a recorrerme entera con la boca. El cuello, el pecho, otra vez las tetas. Sus manos me agarraban los muslos, el culo. Nos dimos un beso largo, hondo, las lenguas enredadas. Después empezó a bajar.
Me besó el estómago, pasó la boca por encima de la tanga y yo me estremecí de arriba abajo. Bajó más, me besó los muslos, las rodillas, llegó hasta los pies y volvió a subir mordisqueando. Con los dedos me acariciaba por encima de la tela, que ya estaba empapada. Se incorporó un segundo, volvió a las tetas, las apretó, y recién entonces me sacó la tanga de un tirón.
En un instante tenía la boca pegada a mi sexo. Me besaba como si me besara la boca, me chupaba los labios, me daba lengüetazos por toda la raja. Su lengua buscaba entrar, hasta que se quedó en el clítoris y empezó a lamerlo, primero con la punta, después de lleno, como si saboreara un helado que se le derretía. Pasó los brazos por debajo de mis muslos y me agarró con fuerza para que no me escapara. Yo me movía despacio contra su cara, buscando más roce, gimiendo cada vez más fuerte. Sentí que me venía y quise frenarlo, pero él clavó la cabeza entre mis piernas y no me soltó hasta que el orgasmo me sacudió entera. Me retorcí, gemí, le tironeé el pelo.
Separó la boca, me besó los muslos, se secó la cara contra mi pierna. Se sentó a un lado, se sacó el bóxer y se acercó. Pasó la verga por toda mi raja, de arriba abajo, sin metérmela. Una, dos, tres veces, hasta que se detuvo justo en la entrada y se quedó quieto. Yo no aguantaba. Empujé las caderas hacia él, intentando metérmelo yo misma. Lo miré con el ceño fruncido, reclamándole en silencio. Él se sonrió, se agachó, me besó la cara, el cuello, otra vez las tetas, y recién entonces me la fue metiendo. Despacio, hasta el fondo. Se quedó adentro, quieto, y me besó la boca con la verga clavada en mí.
Después tomó mis piernas, las abrió más y empezó a moverse. Suave, sacándola casi por completo y volviendo a entrar hasta el fondo. Tenía los ojos cerrados, se mordía el labio, y yo le acariciaba el pecho, los brazos, mientras él me recorría el cuerpo con las manos. La respiración se le aceleraba pero el ritmo no cambiaba. Yo disfrutaba, sí, pero quería más, y empecé a temer que se viniera demasiado pronto. Fue al revés: de golpe paró y me la sacó.
—Uf, qué rica estás, señora.
—Metémela —le rogué—. Por favor, no pares.
Me miró a los ojos, me dio un beso y se sentó. Me la metió de nuevo, me subió las piernas a sus hombros y empezó a darme duro y rápido. El sonido de los cuerpos chocando llenó la habitación de inmediato, ese golpeteo que retumbaba mezclado con mis gemidos y con su respiración pesada.
—Mírate cómo eras de difícil —jadeó—. Mírate ahora.
—Dame duro, por favor. No pares. No pares.
Me tomó por los talones y me abrió las piernas todo lo que sus brazos daban, sin bajar la intensidad. De la fuerza de las embestidas me empezaron a doler las tetas y tuve que sostenerlas. Él se dio cuenta, me bajó las piernas, me las apoyó otra vez en los hombros y se inclinó hasta quedar casi encima de mí, apartándome las manos para agarrarme él los pechos. Nos miramos fijo. En esa mirada los dos vimos lo mismo: el otro disfrutando como un animal. Me soltó las tetas, se acostó del todo sobre mí, me besó el cuello sin dejar de embestir, y sus manos bajaron a apretarme el culo.
—No pares, por favor, no pares —le supliqué, porque sentía que se me venía otro.
No paró. Aceleró. El segundo orgasmo me reventó por dentro y lo dejé escapar a gritos. Mateo lo notó y cambió de posición sin sacármela: volvió a subirme las piernas, se impulsó con los pies de modo que la parte de abajo le quedaba en el aire y caía sobre mí con todo el peso. Cada vez que entraba sentía que me ardía por dentro, que la cuca ya no daba más. Aguantó así un largo rato, hasta que volvió al ritmo brutal de antes.
Frenó otra vez, me la sacó, me chupó las tetas, me besó. Después me tomó de los hombros y me volteó. Yo ya me acomodé en cuatro, porque sabía perfectamente lo que se venía.
—Acercá ese culo —me dijo agarrándome de las caderas—. Así me gusta.
Me la metió de una. Otra vez el golpeteo, sus manos acariciándome la espalda y el culo, agachándose para apretarme las tetas, dándome palmadas que sonaban en toda la pieza. La metida no aflojaba: fuerte, dura, rápida.
—¿No que eras de las difíciles? —se reía detrás de mí.
Apartó mis nalgas con los pulgares y sentí la punta buscando el otro hueco.
—Ahí no —alcancé a decir.
—¿Cómo que ahí no? Quieta, que yo sé lo que hago.
Insistió sin forzar, despacio, hasta que la verga se fue abriendo paso y entró toda. Quedó acostado sobre mi espalda. Igual que al principio, empezó suave, sin apuro, besándome la nuca, apretándome el culo, hasta que de a poco fue subiendo la velocidad. Cuando me lo daba durísimo me agarraba las tetas, me tiraba del pelo, me giraba la cara para besarme. Era una mezcla rara de dolor y placer que no me había dado nadie. Se detuvo, me volteó de nuevo y me la clavó de una hasta el fondo por delante. Me abrió las piernas y siguió, y tuve un tercer orgasmo que casi me hace perder el sentido. Estaba destruida, sin energía, la cuca me dolía de verdad. Pero él seguía, incansable, sin bajar el ritmo ni la fuerza.
—Vení ya, mi amor, vení —le pedí—. Lléname.
Aguantó un rato más con la misma intensidad hasta que soltó todo dentro de mí, en un chorro caliente, gimiendo y agarrándome las tetas. Se quedó unos segundos recostado sobre mi pecho y después me besó.
Se levantó, tomó el celular y se metió al baño. Lo escuché contarle a la otra persona, entre risas, que ya me lo había hecho.
—Listo, hermano. Me la cogí. Y le di hasta por atrás, pa' que aprenda a respetar. Esta está deliciosa, la voy a tener cortita para que siga.
No sé si lo dijo para que yo lo escuchara o no. La verdad, me daba igual. Claro que iba a seguir. Ese chico de apenas veintitrés años no se cansaba nunca, me daba y me daba, no paraba.
Volvió al cuarto, se metió en mi cama y nos pusimos a hablar de cualquier cosa. Nos reímos, arreglamos el mundo entero, nos dimos besos, y de pronto ya me la estaba metiendo otra vez. Esta vez acabamos juntos. Nos dormimos, pero se despertó dos veces en la noche solo para metérmela y vaciarse en mí. En la mañana, antes de irse, volvió a hacerlo, durísimo, y ya no disfruté nada porque me ardía todo. A él no le importó: me abrió las piernas y me dejó llena una última vez.
La pasé increíble, y quedamos en que después del trabajo se quedaría un par de noches conmigo. Me gustaba la idea por el sexo, pero también me preocupaba. No quería acostumbrarme a él, y mucho menos empezar a sentir algo. De eso, por suerte, se encargó el propio Mateo: a punta de coger y de sorpresas, hizo que esas noches fueran las mejores de mi vida sin que ninguno de los dos pusiera un solo sentimiento de por medio. Lo único que terminó poniendo fueron a unas cuantas personas más. Pero esa es otra confesión.