Lo que mi dentista hace en cada visita me desconcierta
Cada vez que voy a la dentista me pasa exactamente lo mismo, y por eso necesito contarlo.
Esto que voy a relatar está basado en hechos reales, sin un solo adorno inventado, y me gustaría saber qué opinan ustedes. A hombres y a mujeres por igual les pregunto: ¿esto que me ocurre es algo común, o solo me pasa a mí?
Tengo cuarenta y ocho años y soy de los que se cuidan. Voy al gimnasio tres veces por semana, me visto siempre formal: trajes a medida, camisas planchadas, zapatos lustrados. Proyecto confianza, o eso me dicen. Llevo el pelo corto, ya con canas en las sienes, la barba bien recortada y, casi siempre, un perfume amaderado que mi mujer me regaló hace años.
Nada de eso parece servir cuando cruzo la puerta del consultorio. Ahí, toda mi imagen se reduce a una tensión sutil, repetida, que me deja desconcertado y con la polla dura a partes iguales.
Llevo casi dos años con el tratamiento de brackets. Sí, esos aparatos metálicos que me hacen sentir un adolescente tardío, pero que necesito porque empujo los dientes con la lengua y los fui desviando con el tiempo. Voy cada veinte días, más o menos, a controles y ajustes.
La dentista —la llamaré Carla, aunque no se llama así— tiene unos treinta y cuatro años. Es delgada, de pelo castaño recogido en una cola alta que le deja el cuello al descubierto. Tiene unas tetas de tamaño normal, pero que se marcan bajo el guardapolvo blanco, siempre un poco ajustado arriba, como si resaltara su figura sin proponérselo. Es profesional, sonriente, con una voz tranquila que te hace sentir en confianza.
Pero desde hace cosa de un año empecé a notar algo que no entiendo: tres, cuatro, hasta cinco veces por visita, apoya sus tetas contra mí. Como por casualidad. En mi hombro, en mi brazo, incluso en mi cabeza. Y no es un roce que pasa y se va; a veces las deja ahí, presionadas, durante instantes que se sienten eternos.
***
La primera vez fue en una visita rutinaria. Llegué a las diez de la mañana, puntual como siempre. La secretaria, una chica joven, me sonrió y me indicó que pasara directo. El lugar es moderno: paredes blancas, sillones cómodos y ese olor a desinfectante mezclado con menta. Me senté en el sillón reclinable, casi horizontal, y me acomodé el babero de papel sobre el pecho.
Carla entró poco después, con el guardapolvo impecable, los guantes puestos y el barbijo cubriéndole la boca, dejando ver solo sus ojos.
—¡Hola! ¿Cómo andás hoy? —me dijo con esa calidez profesional, mientras se acercaba a revisar los brackets.
Empezó el ajuste de siempre. Me abrió la boca con el espejo y las pinzas, inclinándose desde mi derecha. Y entonces sentí el primer contacto. Al estirarse para alcanzar el lado izquierdo de mi boca, su teta derecha se apoyó en mi hombro. No fue un golpe; fue suave, como si se acomodara naturalmente para trabajar mejor. Sentí el calor a través de la tela fina del guardapolvo, y noté que esa vez no llevaba corpiño, o llevaba uno tan ligero que la carne se sentía mullida, blanda, tibia, con esa elasticidad de teta suelta que hacía divagar la mente. Hasta me pareció adivinar el pezón, un bultito duro que se marcaba contra la tela y se me clavaba en el hombro. Lo dejó ahí cinco o seis segundos, mientras manipulaba los alambres.
Mi corazón empezó a latir más fuerte. ¿Era casualidad? ¿Lo hacía a propósito? No me moví; no quería interrumpir. Pero sentí cómo mi cuerpo reaccionaba. Debajo del babero, la polla me empezó a crecer a lo bruto, hinchándose contra el pantalón del traje, y en cuestión de segundos la tenía completamente parada, apretada de costado contra el muslo, con la punta amenazando con dejar una mancha en la tela. No podía controlarla. Cada vez que ella respiraba, la teta se hinchaba contra mi hombro y a mí se me escapaba una pulsada en la verga.
Su perfume floral, dulce, como a jazmín mezclado con vainilla, me invadió las fosas nasales e intensificó todo. Después se apartó, pero durante el resto de la visita volvió a pasar dos veces más: una al ajustar el arco superior, apoyando la otra teta en mi brazo, y otra al cruzarse por encima de mí para alcanzar el vaso de agua del otro lado.
Cuando salí, caminé por la calle con la cabeza en blanco, repasando cada momento. ¿Por qué no se apartaba? ¿No se daba cuenta? Era profesional, sí, pero en un espacio tan íntimo como la boca esos contactos parecían inevitables. O quizás no. Y, sobre todo, me preguntaba por qué antes nunca lo había hecho. ¿Habría cambiado su técnica? ¿Le gustaría? ¿Era su manera de tantearme?
Se me puso dura otra vez solo de pensarlo, imaginando si detrás de esa fachada serena había una intención escondida. Esa noche, en casa, me encerré en el baño con la excusa de una ducha larga. Me bajé el pantalón y la ropa interior de un tirón, y la polla salió disparada, ya babeando líquido preseminal por la punta, tan hinchada que se me marcaban las venas del tronco. Me la agarré con la mano derecha y empecé a masturbarme despacio, cerrando los ojos, trayendo cada detalle de la mañana: la presión mullida de la teta contra el hombro, el pezoncito duro clavándose en mí, el calor irradiando a través del guardapolvo, el perfume a jazmín y vainilla todavía pegado a mi camisa.
Me imaginé que en vez de apartarse, Carla se bajaba el barbijo, se abría el guardapolvo de un tirón y me sacaba las tetas afuera, blancas, redondas, con los pezones rosados y erectos apuntándome a la cara. Me la imaginé subiéndose al sillón, a horcajadas sobre mi cintura, restregándome esas tetas mullidas contra la boca mientras yo se las chupaba una y otra vez, mordiéndole los pezones, dejándoselos rojos de tanto tironear con los labios. Me la imaginé bajándome el cierre del pantalón con los dientes por encima del babero, sacándome la verga tiesa y metiéndosela entera en la boca, esa boca que tantas veces se había inclinado sobre la mía con el barbijo puesto. La veía chupándomela con hambre, dejando saliva chorreando por el tronco, mirándome fijo mientras la punta le tocaba el fondo de la garganta.
Me masturbaba cada vez más rápido, con la mano bien cerrada, apretándome la cabeza de la polla en cada subida. La imaginé después dándose vuelta, arrodillada en el sillón, subiéndose el guardapolvo hasta la cintura, mostrándome un culo respingón sin bombacha, y el coño mojado brillando entre los muslos. Yo se lo abría con los pulgares, le hundía la lengua en el coño hasta hacerla gritar, se lo chupaba entero y le mordía las nalgas, hasta que ella misma me suplicaba que se la metiera. Y yo, parado detrás, la agarraba de la cintura y le clavaba la verga de una sola estocada, hasta el fondo, mientras ella soltaba un gemido ahogado y apretaba el coño alrededor de mi polla como un puño caliente.
Con esa imagen en la cabeza me vine. Solté un chorro espeso de semen contra los azulejos de la ducha, y después otro, y otro más, apretándome la verga con fuerza para exprimir hasta la última gota. Me temblaban las piernas. Aun así decidí no obsesionarme; quizás era solo mi imaginación.
***
Las visitas siguientes me confirmaron que no había sido un episodio aislado. Cada veinte días el ritual se repetía, y cada vez parecía más deliberado, aunque nunca cruzaba la línea de lo explícito.
Llegaba yo, siempre elegante: traje gris perla, camisa blanca, corbata roja contra la piel morena. Me sentaba, reclinaba el sillón, y ella entraba con la misma sonrisa detrás del barbijo.
—Abrí grande la boca, por favor —decía, y se ubicaba a mi lado.
En una de esas sesiones, hace unos nueve meses, el contacto fue más largo. Ajustaba los brackets de abajo, inclinada desde mi derecha, y su teta se apoyó en mi hombro. Esta vez la dejó ahí quizás quince segundos, mientras peleaba con un alambre rebelde. Sentí cómo se deformaba contra mi hueso, cómo se amoldaba a la forma del hombro, blanda y tibia. La tela era tan delgada que casi percibía la piel debajo, incluso la areola marcándose apenas, redonda, con el pezón endurecido apuntando hacia adelante como si me pidiera algo.
Tengo que aclarar algo: casi nunca veía cómo venía vestida. La costumbre del lugar era que la secretaria me acomodara primero, y recién cuando yo ya estaba en el sillón, Carla entraba por una puerta que quedaba detrás de mi cabeza, saludaba y empezaba a trabajar. Por eso, aunque distinguía el color del guardapolvo, rara vez podía confirmar si llevaba sostén o no.
Esa vez la erección fue inmediata, brutal, la polla completamente parada bajo el babero, apretada contra el pantalón, tan dura que sentía cada latido del corazón bombeándome sangre a la punta. La tela del calzoncillo se me humedeció al toque, con esa gotita gruesa de líquido preseminal que se me escapaba cada vez que ella respiraba encima de mí. Respiré hondo, tratando de disimular, pero no podía dejar de pensar. ¿Lo hace para calmar a los pacientes? ¿Es una técnica suya? ¿O lo hace porque le gusta, porque nota cómo reacciono? No la miré a los ojos; evité el contacto visual para no delatarme. Y en mi cabeza imaginaba lo prohibido: levantarme del sillón, tomarla de la cintura, tirarla contra la camilla, arrancarle el guardapolvo de un tirón hasta dejarle las tetas al aire, chupárselas hasta que gimiera, después bajarle la bombacha y meterle la polla entera hasta el fondo, cogérmela ahí mismo, contra el mueble de los instrumentos, hasta que las pinzas se cayeran al piso.
Más adelante, en esa misma visita, cuando necesité enjuagarme, se cruzó por encima de mí para llenar el vaso. Sus tetas se apoyaron directamente en mi cara: una en la mejilla, la otra rozándome la frente. Se aplastaron contra mi piel y se quedaron ahí unos diez segundos mientras manipulaba la canilla. Sentí el calor irradiando, el perfume envolviéndome como una niebla, y hasta creí sentir el bulto endurecido de un pezón contra el pómulo. Se me escapó la boca entreabierta, casi rozando la tela con los labios, con unas ganas terribles de sacar la lengua y lamerle el pezón por encima del guardapolvo, mojárselo hasta que la tela se transparentara. La polla me palpitaba, al borde de lo incómodo, mojando ya el calzoncillo con un charco tibio, y por un momento pensé en moverme apenas para prolongar el contacto. No lo hice. Me excitaba, pero también me sorprendía tanto que quedaba como un tonto, inmóvil. Ella no dijo nada; siguió trabajando como si nada. Salí con las piernas temblando, la verga todavía dura y la cabeza hecha un torbellino.
Esa noche repetí el ritual del baño, pero esta vez tardé más. Me la pajeé despacio, alargando el placer, imaginándola arrodillada delante del sillón, con el guardapolvo abierto de arriba abajo, las tetas colgando libres, el barbijo tirado en el piso. Me imaginé metiéndosela entre las tetas, cogiéndomela así, apretándoselas con las dos manos para que la polla se me deslizara entre esa carne mullida, mientras ella sacaba la lengua para lamer la punta cada vez que asomaba. Me la imaginé escupiéndome saliva entre las tetas para que resbalara mejor, gimiendo bajito, diciéndome guarradas: vení, corréte en mi cara, mojame las tetas de leche, dejame toda pegajosa. Terminé viniéndome contra el espejo, con la polla latiendo entre los dedos, soltando chorros gruesos que se estamparon en el vidrio.
***
Con el paso de los meses, los contactos se volvieron más frecuentes y variados.
En otra visita, hace unos cinco meses, decidió trabajar desde atrás. Reclinó el sillón un poco más y se paró exactamente detrás de mi cabeza.
—Echá la cabeza para atrás, por favor —me indicó, y obedecí.
Sus brazos se extendieron a los costados de mi rostro, las manos trabajando en mi boca con precisión, apoyando las muñecas en mi mandíbula para ganar firmeza. Pero para llegar bien tuvo que inclinarse hacia adelante, y mi nuca se hundió directamente en sus tetas. Fue como apoyarme en un almohadón vivo, mullido y cálido. Esa vez estoy casi seguro de que no llevaba corpiño; sentí la suavidad directa contra mi pelo, y los pezones marcándose duros a través de la tela, uno a cada lado de mi cabeza, apretándome como dos botones tibios. Estuvo así casi veinte minutos, ajustando el arco de arriba. Cada movimiento suyo hacía que las tetas subieran y bajaran con la respiración, restregándome la nuca a un ritmo lento, casi obsceno. El perfume me mareaba, mezclado con un toque de sudor por el esfuerzo. Pese al barbijo, hasta sentí su aliento cálido bajándome por la frente. Y me gustó.
La polla la tenía dura como una piedra, tan hinchada que dolía, tironeando por dentro del calzoncillo, y tuve que concentrarme en no mover las caderas para no delatarme. Cada vez que ella se inclinaba un poco más, sus pezones se me clavaban en el cuero cabelludo, y a mí se me escapaba una pulsada de la verga que sacudía el babero. Fantaseé con levantar los brazos hacia atrás, agarrarla del culo por debajo del guardapolvo, bajarle la bombacha, sentarla encima de mi cara y comerle el coño ahí mismo, con el sillón reclinado, mientras ella seguía trabajando con los brackets como si nada. Me la imaginé mojándose de a poco, dejando caer una gota de flujo caliente sobre mis labios, mientras yo sacaba la lengua y le recorría los pliegues, le chupaba el clítoris hasta hacerla temblar, le metía la lengua bien adentro. ¿Sentirá ella mi calor también? ¿Notará cómo se me acelera la respiración? Quizás solo era su postura más cómoda, y yo era el degenerado que lo interpretaba mal.
En otra sesión, hace un par de meses, el contacto en la cara fue todavía más intenso. Mientras me enjuagaba, se cruzó de nuevo por el vaso, pero esta vez lo hizo más lento. Sus tetas se presionaron contra mi mejilla y mi nariz, adaptándose a los contornos de mi cara, y se quedaron ahí unos ocho segundos. Esa vez sentí el latido de su corazón, un pulso acelerado que vibraba a través de la carne tibia. ¿Estaba caliente ella también? ¿O era solo el esfuerzo? La verga me palpitaba tanto que sentía cada latido en la punta, y el calzoncillo ya estaba empapado de líquido preseminal, con una mancha oscura que se me marcaba en el pantalón. Inhalé profundo, capturando su aroma, y por un instante fantaseé con girar la cabeza y morderle el pezón por encima de la tela, chupárselo hasta dejar el guardapolvo transparente de saliva. Pero no: me quedé quieto, tan profesional como ella aparentaba ser.
***
Las visitas se acumularon, todas iguales. Llegaba yo, impecable, con esa mezcla de ansiedad y calentura. Los apoyos en el hombro ya eran rutina: tres veces o más por visita, con la presión sostenida por instantes largos. En los brazos, cuando ajustaba desde el lado opuesto. En la cabeza, cuando trabajaba por detrás. Y siempre, siempre, esos cruces hacia el vaso donde su cuerpo invadía mi espacio.
La última vez fue la más intensa. Llegué hace unos días con un traje azul marino, camisa celeste y corbata a rayas. Me senté, reclinó el sillón y ella entró.
—Hoy vamos a ajustar todo el arco —me dijo, y se ubicó detrás de mi cabeza desde el principio.
Me inclinó hacia atrás, sus brazos rodeándome el rostro como un abrazo indirecto. Mi cabeza se hundió en sus tetas: mullidas, cálidas, almohadones perfectos. Otra vez la tela mínima, la piel casi al desnudo contra mi pelo. Los pezones se me clavaron en la coronilla desde el minuto uno, duros, marcados, redondos, y no se aflojaron en toda la sesión. Estuvo así casi media hora, trabajando con precisión mientras sus tetas subían y bajaban restregándome. El calor me envolvía, el perfume me embriagaba, y la polla la tenía tan dura bajo el babero que me dolía la punta contra la tela del calzoncillo. Se me había armado un charco de líquido preseminal ahí abajo, y cada vez que ella respiraba fuerte encima de mí, la verga me daba un tirón hacia arriba que me obligaba a apretar los dientes para no gemir.
En un momento pensé que me iba a venir así, sin tocarme, con las manos quietas a los costados del sillón, solamente por la restregada continua de sus pezones contra mi cabeza y el olor a jazmín entrándome por la nariz. Cerré los ojos y fantaseé con ella parada al costado del sillón, subiéndose el guardapolvo hasta la cintura, sin bombacha, montándose encima de mí a horcajadas sobre el babero, sacándome la polla del pantalón y clavándosela ella misma, moviéndose despacio, cabalgándome mientras seguía diciéndome abrí la boca con voz profesional. Me imaginé cogiéndomela en ese sillón, agarrándola del culo con las dos manos, guiándole las caderas para que rebotara sobre mi verga, mientras sus tetas se me estampaban en la cara y yo se las chupaba con desesperación. Me la imaginé viniéndose encima de mí, apretándome el coño alrededor de la polla, temblando entera, y a mí vaciándome dentro de ella con un chorro largo que le llenaba todo por dentro y le chorreaba por los muslos cuando se levantara.
¿Lo hace a propósito? ¿Es una provocación velada? ¿O pura casualidad profesional? No hizo nada por evitarlo; al contrario, parecía cómoda. ¿Por qué durante el primer año jamás había pasado nada parecido?
Salí confundido, con la verga todavía semidura dentro del pantalón mojado, y la cabeza llena de imágenes. Esa noche volví a masturbarme en la ducha, esta vez pensando en meterme atrás del sillón con ella, bajarle la bombacha con los dientes, comerle el coño desde atrás hasta hacerla mojar el guardapolvo, y después cogérmela a cuatro patas contra el mueble de los instrumentos, tirándole del pelo, con la cola de caballo enroscada en mi puño, mientras ella se mordía el barbijo para no gritar. Me vine con la mano llena de espuma, dejando otra vez chorros de leche corriendo por los azulejos, con las rodillas flojas y la respiración entrecortada. Cada visita es igual, pero la intriga crece. No hay nada más allá de eso: ni miradas cargadas, ni comentarios ambiguos. Solo esos contactos repetidos que me dejan deseando más.
***
Ahora, lectoras y lectores, quiero saber qué piensan ustedes. ¿Creen que lo hace a propósito, como una forma sutil de seducción? ¿O es solo una postura cómoda para trabajar, y soy yo el que lo interpreta mal? ¿Podría ser una técnica para calmar a los pacientes, o hay algo más detrás?
Cada vez que ocurre, esas preguntas vuelven. Incluso busqué opiniones por internet, y muchos coinciden en que no es lo habitual en un consultorio, que si pasa podría considerarse inadecuado.
Dejen su opinión; me intriga saber qué piensan, y si a alguno de ustedes le ocurrió o no lo mismo.





