El amigo de mi hijo me miraba como a otra mujer
Marina se miró al espejo y lo que el cristal le devolvió la dejó tranquila. A los cuarenta y seis seguía firme, sin pieles caídas ni grasa de más. Hacía yoga, caminaba largas distancias por las mañanas, cuidaba lo que comía. Años atrás un susto en el pecho la había llevado al quirófano, y entre la cirugía reconstructiva y las prótesis le habían quedado unos senos que cualquier veinteañera habría envidiado. Lo malo era que Andrés apenas alcanzó a disfrutarlos unos meses antes de aquel accidente en la autopista que se lo llevó para siempre.
Hacía ya año y medio de eso. Marina echaba de menos muchas cosas de su marido, pero sobre todo extrañaba el contacto: una mano en la cintura, un cuerpo tibio a su lado en la cama. Aún se sentía joven, aún se sabía deseable, pero no había vuelto a pensar en rehacer su vida. Se concentraba en Diego, su hijo, que estudiaba lo mismo que su padre. La indemnización y las inversiones de Andrés los habían dejado en una posición cómoda, así que Marina conservaba apenas un par de clientes de su despacho de abogada, más por no oxidarse que por necesidad.
Se envolvió en la bata y se sentó frente al tocador a cepillarse el pelo, un ritual lento y casi sensual. Siempre lo había llevado largo, una melena oscura y lisa que le caía por debajo de la cintura. Esa tarde tocaba celebrar: habían salido las notas de la facultad y Diego había arrasado. Su hijo la había convencido para invitar a sus amigos a comer.
Al abrir el cajón de la ropa interior, el anillo se le enganchó en unas braguitas de encaje negro. Las desplegó despacio. Eran parte de un conjunto que Andrés le había regalado y que no se ponía desde antes de la operación. ¿Por qué no?, pensó. Las cosas se compran para usarlas, decía siempre él. Se enfundó las medias y el tacto de la seda le erizó la piel, casi como la caricia de una mano. El sujetador, en cambio, le apretaba más de lo que recordaba; al cambiar de talla, el escote le quedaba de escándalo.
Iba a cambiarse cuando entró un mensaje de Diego: «Mamá, recógenos en media hora, última nota, ocho con cuarenta. Tercero aprobado». Ya no había tiempo. Se puso una falda por la rodilla, una blusa blanca de escote discreto y unos tacones de altura media. Lista.
***
El tráfico la retrasó un poco. Los chicos la esperaban en la puerta: Diego, su novia Sara —una pelirroja graciosa—, Nadia, la hermana gemela de Sara, y Hugo, el amigo de Diego de toda la vida. Hacía tiempo que no lo veía, desde el entierro de Andrés, y el cambio la dejó muda. Recordaba a un chaval flacucho y bromista; ahora tenía delante a un hombre joven de espalda anchísima y mirada seria.
Diego y las chicas se acomodaron detrás, enredados en sus bromas de clase, así que Hugo se sentó de copiloto. Marina no tardó en notar que él aprovechaba cada giro de cabeza para mirarla. Al pisar los pedales, la falda le subía y dejaba ver el encaje de la liga; al girar el volante, el escote se abría un poco. Sintió algo de vergüenza, pero también un pinchazo entre los muslos que hacía mucho no sentía.
—Has cambiado, Hugo —dijo ella—. Estás más alto. Y más fuerte.
—Empecé con la natación hace un par de años, por la espalda —respondió él—. Dos horas diarias, sin fallar.
—Pues se nota —murmuró Marina, mordiéndose el labio sin darse cuenta.
—Está hecho un armario —llegó la voz de Diego desde atrás—. Ahora le decimos Hugo Doble.
Todos rieron. Marina no pudo dejar de fijarse en los brazos y el pecho que se marcaban bajo el polo. Lo que no esperaba era que él la mirara también, y que algo en sus ojos le dijera que se había dado cuenta del repaso.
***
La comida transcurrió en un ambiente excelente. Hugo estudiaba Derecho y enseguida se enredó con Marina en conversaciones sobre la carrera. Tenía instinto, se le notaba en cada comentario. Sería un buen abogado.
—¿Y qué especialidad vas a elegir? —preguntó ella, antes de dar un sorbo al café.
—Medio mundo habla de penal, han visto demasiadas películas. Yo prefiero algo con salida. Creo que haré mercantil.
—Esa es la de mi madre —saltó Diego—. Te podría ayudar con las prácticas, ¿eh?
—Pues no estaría nada mal —respondió Hugo, mirándola fijamente. Algo en aquel tono encerraba un doble sentido. Marina notó que los pezones se le endurecían bajo la blusa, y por la sonrisa de él supo que también lo había notado.
Después recorrieron el centro comercial. Mientras los más jóvenes saltaban de tienda en tienda, Hugo se quedó conversando con ella. En un momento le pidió su número.
—Así te consulto cualquier duda —dijo.
—Claro —respondió ella, y se lo dictó. Él tecleó con la agilidad de los de su edad—. Te guardaré como Hugo Doble, me hizo gracia el chiste.
—Y yo a ti te guardo como Karina.
—¿Karina? ¿Y eso?
—Me gusta el nombre. Y me recuerda a alguien. Tú te pareces a ese alguien.
—Nunca me había imaginado con un nombre así —rio ella—. Pero no me disgusta.
***
El fin de semana los chicos se fueron a la playa, a Peñíscola. Marina se quedó en la ciudad, atrapada en un expediente con unos clientes finlandeses. El sábado por la tarde le entró un mensaje de Hugo: una foto de grupo en la arena, ellos sin camiseta, los torsos marcados al sol. Volvió a sentir aquella punzada.
—Pasadlo bien —escribió—. Y mandad fotos.
—Un beso, Karina. O dos.
Esa noche, sola en casa, Marina no se quitaba al chico de la cabeza. Era el mejor amigo de su hijo, alguien que debería estar fuera de sus pensamientos, y sin embargo se descubría repasando sus rasgos. Abrió de nuevo la foto e hizo zoom hasta que el rostro de Hugo ocupó toda la pantalla. Joder, me estoy poniendo cachonda con el amigo de mi hijo, pensó. Podría ser su madre.
Fue al baño y se mojó la cara. No era más que un calentón, se decía, la falta de contacto. Se masturbaba a veces, no era de piedra, pero un consolador en la bañera no se parecía en nada a unas manos de verdad. Y sin querer se coló en su mente la imagen de ella misma apoyada en el pecho ancho de Hugo. «Para», se ordenó en voz alta.
Esa misma noche, por curiosidad, tecleó «Karina» en el buscador. Entre decenas de resultados, una imagen la dejó helada: Karina X, morena, melena lisa, unos rasgos que recordaban inquietantemente a los suyos. Era una actriz porno, una madura espectacular admirada por miles de hombres. Hugo la había comparado con ella.
Debería haberse sentido ofendida. En cambio, lo que sintió fue una calentura que no recordaba. Era el objeto de deseo de un chico joven, guapo, deseable. Cerró la bata frente al espejo y el reflejo le devolvió la imagen de una mujer encendida, de escote sugerente y pezones marcados bajo la seda.
Buscó uno de los vídeos. En la pantalla, Karina disfrutaba bajo un hombre mucho más joven junto a una piscina. Marina se puso en su lugar, y a Hugo en el del muchacho. Sin darse cuenta, la bata se le había abierto; una mano subía a sus senos, la otra bajaba entre sus piernas mojadas. Ajustó el ritmo al de la pantalla. Se corrió una vez, dos, tres, hasta que un gemido largo se le escapó de los labios. Quedó tendida en el sofá, agotada, sin recordar la última vez que se había tocado así.
El teléfono vibró. «Hugo Doble».
—¿Despierta, Karina?
—Lo estoy. Y ya sé quién es Karina. Fuerte, ¿no?
—Fuerte, como me gusta. ¿Y a ti?
—Digamos que… interesante.
—¿Qué nivel de interés?
—Digamos que… húmedo.
Tras un silencio largo, llegó una foto que se abría una sola vez. Marina notó que las manos le temblaban antes de tocarla. Era el cuerpo de Hugo de cintura para abajo, los abdominales tensos y, más abajo, su mano sosteniendo una erección de dimensiones más que generosas. Antes de cerrarla, en un impulso, hizo una captura.
—¿Qué tal el nivel? —preguntó él.
—No es más que el coño de una mujer que podría ser tu madre —respondió ella, intentando frenar lo que sentía—. Estarás harto de ver mejores y más jóvenes.
—Si fueras mi madre, te garantizo que tendrías el hijo más lujurioso del planeta. Y vieja la ropa.
—Anda ya. Vete a dormir.
—¿No me mandas una foto antes?
—Si te portas bien… quizá algún día. Buenas noches.
Esa noche, ya en el dormitorio, Marina se vio desnuda en el espejo y, siguiendo un impulso, tomó el móvil y posó: la cadera ladeada, el torso de tres cuartos, la melena cayendo como una cortina. Encuadró la foto de manera que no se le viera la cara y la envió: «Te doy el capricho para que duermas bien. Que sueñes con Karina». Apagó el teléfono y, por una vez, durmió profundamente.
***
La semana pasó entre reuniones y videollamadas. Diego volvió de la playa moreno y descansado, e incluso se ocupó de lavar y guardar su ropa, lo que enterneció a Marina: su hijo maduraba. El sábado por la noche el chico se despidió para irse de fiesta y avisó de que probablemente se quedaría a dormir en casa de Sara.
Marina decidió darse un baño en la bañera de hidromasaje. Se desnudó, abrió el grifo y reguló la temperatura. En eso estaba cuando sonó el timbre.
—Se habrá dejado las llaves… este Diego —sonrió, y bajó a abrir con un albornoz encima.
—¿Te has olvidado de…? —la pregunta murió en sus labios. No era Diego quien la miraba con media sonrisa, sino Hugo. Dio un paso hacia el interior.
—¿Puedo pasar?
—Me parece que ya estás dentro —contestó ella.
Se sostuvieron la mirada. Él admiró su rostro enmarcado por la melena negra; ella, el contraste de sus ojos claros con la piel tostada por el sol. La tensión era evidente.
—Yo… iba a darme un baño y tomar una copa.
—Yo te la sirvo. Sube.
Marina obedeció. Mientras subía, escuchó el tintineo del hielo en los vasos. Hugo entró al baño un momento después y le tendió un whisky. Bebieron en silencio, sabiendo los dos que solo estaban retrasando lo inevitable. Ella dejó el vaso junto al grifo y le dio la espalda. Soltó el cinturón y dejó caer el albornoz. Lo único que cubría su desnudez era el pelo.
Sintió cómo él se acercaba. Un brazo le rodeó la cintura, la mano abierta sobre el vientre, cerca y a la vez lejos de donde ella ardía. La otra mano le apartó el pelo y descubrió su cuello.
—Me encanta tu pelo. El olor de tu piel. Todo en ti —susurró, y dejó un beso justo bajo la oreja.
La respiración de Marina se volvió honda. Se giró, sus ojos se encontraron, y ella se dejó de mentiras. Él la besó, suave primero, con hambre después, cuando sintió que ella se rendía.
Las manos de Marina le arrancaron la ropa con ansia. La erección de Hugo quedó libre, orgullosa y dura. Ella se arrodilló y lo envolvió con la boca, despacio, cada vez más profundo, mientras los gruñidos de él le confirmaban que volvía a sentirse poderosa, capaz de dar placer a voluntad.
Hugo tiró de ella hacia arriba, la besó probando su propio sabor y la sentó en el borde de la bañera. Le separó los muslos y bajó con la boca, mezclando besos lentos y lametones desde la rodilla hasta el centro de su deseo. El aroma lo enloqueció y hundió la cara entre sus piernas. Los gemidos de Marina llenaron el baño junto al vapor. Estaba a punto, ya casi.
Entonces la tomó de la mano y ambos entraron al agua. Él se sentó y ella se arrodilló encima. Se miraron fijamente mientras se dejaba caer centímetro a centímetro, sintiendo cómo la llenaba por completo. Permanecieron quietos un instante, encajados, y luego ella empezó a balancearse, ganando ritmo sin apartar los ojos de los de él. Las manos de Hugo bajaron a sus nalgas; un dedo rozó un punto prohibido y el chispazo la hizo gemir y echar la cabeza atrás. Él devoró sus senos sumando el vaivén de su cadera al de ella. Las embestidas crecieron hasta que Marina sintió que no había vuelta atrás: los músculos se le contrajeron en espasmos y el orgasmo la dejó sin aire.
Cuando recuperó el aliento, lo miró. Él seguía duro, reteniendo su placer.
—Quiero terminar dentro de ti —dijo.
—Y yo quiero que lo hagas. Pero no estamos usando nada.
Marina lo pensó un segundo. Se incorporó, tomó un frasco de aceite del estante y se lo puso en la mano.
—Hazlo despacio. Ha pasado mucho tiempo —murmuró, dándose la vuelta.
Él entendió. Calentó el aceite entre los dedos y empezó a prepararla con paciencia, primero por fuera, luego ganando terreno, mientras besaba la curva de sus nalgas. Marina llevó una mano a su clítoris, todavía hinchado, mientras él la abría poco a poco. El tiempo parecía detenerse.
—Estoy lista —susurró—. Hazlo, o me corro otra vez, y quiero que sea juntos.
Fue ella quien empujó hacia atrás con decisión hasta que sus cuerpos chocaron. Una punzada la atravesó, pero se obligó a sostenerla, clavando los dedos entre sus piernas. Hugo la sujetó por las caderas, esperando, dándole tiempo. Poco a poco el dolor cedió, reemplazado por un placer doble, el de sentirse llena por delante y por detrás. Cuando ella empezó a moverse, él la siguió.
—Más… más fuerte… quiero que me llenes… que me hagas tuya por completo —jadeó ella.
Aquellas palabras lo desataron. Hugo se hundió con fuerza, latiendo con cada espasmo, y Marina sintió cómo la inundaba mientras su propio orgasmo estallaba. Agotados, se derrumbaron en el agua, abrazados, sin importar si pasaban minutos u horas. Él le cubrió de besos los hombros y el cuello hasta que la respiración de ambos volvió a la calma.
Por fin Marina se levantó y le tendió una toalla.
—Vamos, habrá que cenar. Sobre todo si quieres que la noche no termine aquí —sonrió—. Y acabo de acordarme de que Diego tiene una caja olvidada en su armario. Sería una pena desperdiciarla, ¿no?
Hugo la siguió con una sonrisa de oreja a oreja. Aquella fue solo la primera de muchas noches. Con el tiempo Marina insistió en que él rehiciera su vida con alguien de su edad, y así lo hizo, sin que eso terminara nunca del todo lo que había entre ellos. Lo que empezó como un calentón frente a un espejo se convirtió en la confesión que Marina nunca creyó que llegaría a contar: que volvió a sentirse mujer gracias al último hombre que el mundo le habría permitido desear.