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Relatos Ardientes

Confesé mi cita secreta con una mujer madura

Lo voy a contar tal como pasó, sin adornarlo, porque hay cosas que uno necesita confesar aunque sea a desconocidos. Durante meses ella y yo nos escribimos sin vernos la cara. Nunca oí su voz, nunca vi sus ojos de verdad, solo palabras en una pantalla que se fueron volviendo más calientes con cada mensaje. Y a medida que pasaba el tiempo, en lugar de cansarme, la deseaba más.

Los dos teníamos pareja. Los dos sabíamos que aquello no debía pasar. Quizá por eso, cuando por fin me propuso vernos, no lo dudé ni un segundo.

***

El día de la cita no había pegado ojo. Conduje varias horas hasta su ciudad con la cabeza dándome vueltas, haciéndome preguntas que no tenían respuesta. ¿Y si en persona no le gustaba? ¿Y si me arrepentía? A pesar de los nervios, el viaje se me hizo corto.

Aparqué en la dirección que me había indicado, una calle apartada del centro, poco transitada, de esas que parecen sacadas de una película de amantes que se esconden de las miradas. Salí del coche y esperé en la acera. Miré el móvil: era la hora exacta.

A lo lejos apareció una silueta de mujer. No supe si era ella hasta que estuvo cerca: pelo corto, castaño oscuro, unas gafas de sol enormes, un bolso al hombro y un vestido largo de tirantes color gris claro. El corazón se me salía del pecho.

Se paró frente a mí, se quitó las gafas y sonrió.

—Hola, guapo —dijo.

Nos dimos dos besos en la mejilla. Olía bien, a algo cálido, y de golpe los nervios se me fueron.

—Vamos a tu coche —pidió—. Por aquí me conoce medio barrio y no quiero dar que hablar.

Nos acomodamos en los asientos. Arranqué y empecé a seguir sus indicaciones.

—Cuando te describiste no te hiciste justicia —le confesé—. En persona eres mucho más atractiva de lo que imaginaba.

—¿Siempre eres tan adulador?

—Siempre. ¿No te gusta? Serías la primera mujer que conozco a la que le molesta un halago.

Se rió. Mientras me guiaba hacia su casa, me habló de lo difícil que le había resultado decidirse a verme a escondidas. Llegamos a su calle y me señaló su portal, pero no me dejó parar ahí.

—Sigue, da la vuelta a la manzana. Aparcamos en la calle de atrás.

El plan era simple y discreto: ella subiría primero y dejaría la puerta entornada; yo subiría después, un par de minutos más tarde.

***

Entré a su piso y ella ya me esperaba detrás de la puerta. La cerró deprisa. Nos quedamos mirándonos en silencio, sin saber muy bien cómo empezar lo que los dos llevábamos meses imaginando.

Di un paso, le puse las manos en la cintura y acerqué mi boca a la suya. Nuestros labios se rozaron, jugaron, y cuando ella entreabrió los suyos mi lengua buscó la humedad de su boca. Nos besamos como dos críos en un rincón del patio, con un hambre que no tenía nada que ver con nuestra edad. Porque eso éramos: dos personas que rondaban los sesenta y se besaban con la urgencia de quien acaba de descubrir el deseo.

Se separó y me cogió de la mano.

—Ven, vamos a mi habitación.

Me guió por el pasillo hasta el dormitorio. Era una habitación grande, casi todo blanco: las paredes, la ropa de cama, los cojines, las cortinas que tapaban un balcón. La cama tenía un cabecero antiguo de barrotes negros y, sin poder evitarlo, la imaginé atada a ellos. Sobre una mesita había una botella de ron, dos vasos, una caja metálica, un mechero y un cenicero. Lo tenía todo preparado.

Se volvió hacia mí y me clavó la mirada con una seriedad repentina.

—Escúchame bien. Me ha costado muchísimo decidirme a estar hoy contigo. Mi pareja no sabe nada de esto y quiero que siga sin saberlo. En tus correos me dijiste que eras discreto y responsable. Espero que no fueran palabras vacías. No me hagas daño, y no hablo de lo físico.

—No soy esa clase de hombre —le dije, sonriendo—. Yo prefiero hacer el amor, no la guerra.

Apagó la luz del techo y encendió la lámpara de la mesita. Aquella luz cálida lo cambió todo. Abrió la caja metálica, sacó un cigarrillo de los nuestros, de los que nos gustaban, me lo puso entre los labios y acercó la llama.

—No tengamos prisa —murmuró—. Tenemos toda la noche. Que esto sea inolvidable.

***

Le di un par de caladas mientras la veía recogerse la falda del vestido. Le pasé el cigarrillo y ella aspiró hondo. Con un movimiento rápido se sacó el vestido por la cabeza y apareció ante mí su cuerpo de mujer madura, generoso y rotundo. Un sujetador negro semitransparente y un tanga diminuto del mismo color. Era la viva imagen de la tentación.

Me quitó el cigarrillo de la boca, dio otra calada y, con voz autoritaria, me dio una orden.

—Desnúdate. Quiero ver qué me ofreces.

Me gustó su juego. No estoy acostumbrado a recibir órdenes y, precisamente por eso, aquello me encendió. Le seguí la corriente: me quité la camiseta despacio. Ella se acercó, me acarició el pecho y me ofreció lo que quedaba del cigarrillo.

—Sigue —dijo—. De momento me gusta, pero quiero ver tus armas.

Me quité los zapatos sin agacharme y empecé a desabrocharme el cinturón con una lentitud calculada. Sus ojos no se despegaban de mis manos.

—Más deprisa, me estás poniendo mala.

—No tan rápido. El premio gordo es para el final.

Me bajé el pantalón hasta medio muslo, lo justo para que viera la ropa interior. Ella se acercó y me metió mano con descaro. Yo todavía no estaba del todo duro; intentó colar los dedos por dentro y la frené en seco.

—Quieta. Todavía no ha terminado el espectáculo.

Me miró con cara de pocos amigos y se apartó. No le había gustado que le quitara el mando, ni por un segundo.

Terminé de quitarme el pantalón, me acaricié por encima de la tela con las dos manos, sin prisa, disfrutando de cómo se desesperaba. Y cuando ya no podía más, tiré de la cinturilla hacia abajo y le mostré lo que tanto deseaba.

Me acerqué, cogí su mano y la llevé hasta mi sexo. Noté su resistencia: no quería que la dominara, pero tampoco podía resistirse a tocarme. Le sujeté la cara, le metí la lengua en la boca y dejé que me acariciara mientras el efecto del cigarrillo nos subía a los dos.

Entonces, sin avisar, me apretó con fuerza hasta arrancarme una mueca de dolor. Me miró con una sonrisa perversa.

—Que no se te ocurra volver a contradecirme —susurró—, o lo vas a pasar mal.

***

Recuperó el mando de golpe. Se acercó a la cama, apartó los cojines de un manotazo, se desabrochó el sujetador y se sentó en el borde.

—Ven aquí. Y arrodíllate.

Puse un cojín en el suelo y me arrodillé frente a ella. Me cogió del mentón, acercó su cara a la mía.

—Que no se te olvide: si estás aquí es porque yo lo he decidido. Aquí mando yo. Tú eres mi juguete.

Abrió las piernas. Mi vista se clavó en aquel trocito de tela que apenas la cubría. Me llevó la cabeza con las dos manos.

—Ahora demuéstrame qué sabes hacer con la lengua.

La complací despacio, lamiendo por encima de la tela, recorriendo sus ingles hasta notar cómo se estremecía. La dejé creer que mandaba, que tenía el control, que yo no hacía nada sin su permiso. Sus gemidos crecían, su cuerpo se entregaba.

Y cuando por fin apartó el tanga y me ofreció su sexo sin barreras, le sujeté las muñecas con una mano y la pillé por sorpresa. Su incredulidad la dejó sin reacción. Aproveché para tomarme mi tiempo, para que entendiera que el control se había cambiado de bando. Sus piernas temblaban, intentaba soltarse, pero el placer la había dejado sin fuerzas. No sé si tuvo un orgasmo o muchos seguidos.

Cuando empezó a removerse incómoda, me aparté.

—Ha llegado el momento de demostrarte quién manda.

Me incorporé, la atraje hacia mí y la penetré de una sola vez, hasta el fondo. Su grito fue una mezcla de sorpresa, placer y algo de dolor que probablemente se oyó en todo el edificio. Su papel acababa de cambiar: ya no era la dueña de la escena, sino la mujer que se dejaba llevar. Me miró sin poder articular palabra. Quizá no esperaba aquello, pero lo estaba disfrutando.

La embestí con ganas, sin tregua. Poco a poco el dolor se transformó del todo en placer: sus manos se aferraron a mis brazos, sus piernas se abrieron para mí. Cuando ya no aguanté más, pegué mi pecho al suyo, me pidió que me vaciara dentro y así lo hice, abrazándola con fuerza mientras ella explotaba en otro orgasmo.

Nos quedamos así un buen rato, recuperando el aliento, los cuerpos cubiertos por una fina capa de sudor.

***

Después nos duchamos por turnos y volvimos a la habitación. Ella había dejado un cubo con hielo y unos refrescos sobre la mesita. Me preparé un ron solo y, al poco, apareció con otro tanga, esta vez rojo, y unas sandalias de medio tacón. Dio una vuelta entera para que la mirara y se acercó a pedirme que le sirviera un ron con limón.

—¿Te gusta? Hacía tiempo que no me lo ponía.

Sin levantarme, la atraje hacia mí, le puse las manos en las caderas y hundí la cara en su vientre. Sentir su piel suave y sus dedos enredándose en mi pelo era un placer distinto, más tranquilo.

Se sentó en mi regazo con el vaso en la mano, me rodeó el cuello, me dio un beso pequeño y me pidió otro cigarrillo. Mientras fumaba, le acaricié los pechos. Luego se levantó y salió un momento.

—Tengo una sorpresa para ti —dijo desde el pasillo—. Bueno, para los dos. Ya la verás.

***

Volvió con el portátil, puso algo de música y me sacó de la cama.

—La música lo hace todo más íntimo. Ven, que tengo ganas de bailar.

Bailamos pegados, en silencio, sus brazos rodeando mi cuello, su cara apoyada en mi hombro. Le mordí el cuello como un vampiro y se estremeció. Hablaban nuestros cuerpos, no las palabras.

—¿Tu mujer sabe que estás conmigo? —preguntó al oído.

—No. De momento prefiero que sea así. Algún día se lo contaré, pero ahora quiero disfrutar de ese morbo extra que nos da la infidelidad.

Me llevó al borde de la cama, se sentó y empezó a jugar con mi erección sin prisa, solo por el placer de tocar. De la mujer dominante de hacía un rato no quedaba nada. Le acaricié las mejillas, hice un leve gesto con la cabeza y ella, entendiéndome perfectamente, me dedicó una sonrisa cómplice antes de tomarme en su boca.

El tiempo se detuvo. La habilidad de su lengua, la suavidad de sus labios, sus miradas pícaras de reojo... Me resistí a llegar todo lo que pude, pero la idea de terminar en su boca acabó por vencerme. Solté un gruñido, las piernas me temblaron y me dejé ir. Cuando abrí los ojos, ella me miraba sonriendo y, sin apartar la vista, tragó.

—Cariño, túmbate y descansa.

Me tumbé. Me acarició la cara, el cuello, el pecho, y entre el cansancio y la calidez casi me quedé dormido.

***

Más tarde nos sentamos a charlar de verdad. No hay nada como la intimidad de una infidelidad para que la lengua se suelte y uno se sincere.

—¿Y tú? —le pregunté—. ¿Le contarás a tu pareja que le has sido infiel?

—¿Para qué le voy a contar algo que solo le haría daño? No sé ni cuánto durará lo nuestro. Además, como a ti, lo prohibido me pone. Qué aburrida sería la vida sin saltarse alguna que otra barrera.

Se preparó otro ron y encendió otro cigarrillo. Me lo pasó y, con curiosidad, lanzó una pregunta que no esperaba.

—¿Alguna vez has tenido algo con otro hombre?

—No. Un tío no me atrae, no me pone.

—¿Y si fuera alguien que pareciera por completo una mujer? ¿Lo harías?

Me tomé mi tiempo para responder.

—Depende. Si tuviera aspecto y trato de mujer de verdad, qué más da lo demás. A cuatro patas, ¿qué diferencia hay?

Vi cómo daba las dos últimas caladas con cierta ansiedad. Me pasó el cigarrillo y se levantó.

—Voy un momento.

Tardó bastante. Cuando volvió, entró completamente desnuda y se sentó a mi lado.

—¿Quieres tomarme por detrás? Imagínate lo que estábamos hablando.

Me metió mano. A mi edad la cosa tarda, ya no hay la vitalidad de antes, pero lo que no consiguió su mano lo consiguió su boca. Sacó un tubo de crema del cajón de la mesilla y me lo tendió.

—¿Estás segura? —le pregunté.

—Con esto será fácil. Úntate tú y úntame a mí. Cuesta un poco al principio, pero enseguida verás. Y tranquilo, no eres el primero.

Se puso a cuatro patas en el borde de la cama y me miró por encima del hombro, esperando. La vista de sus generosas caderas y aquella entrega me excitaron de inmediato. Me unté bien y la fui preparando con un dedo, despacio, escuchando cómo me guiaba.

—Así, así va bien. Poco a poco.

Abrazó un cojín y hundió la cara en él. Verla así, una mujer que rondaba los setenta, abuela y de misa de domingo, entregada de aquella manera, me hacía preguntarme dónde estaría su límite. Sospeché que, para una mujer tan libre como ella, no había ninguno.

Con la ayuda del lubricante, fui entrando despacio para hacerle el menor daño posible. Aun así oía sus quejas ahogadas contra el cojín. Cuando estuve dentro del todo, el placer me nubló por completo, y verla sumisa, entregada, despertó en mí un instinto más oscuro.

Ella, que había querido ser la dominante, había acabado siendo la dominada. Mis embestidas se volvieron más fuertes. Al principio sus sonidos eran de satisfacción, pero a medida que me dejé llevar, sus quejas crecieron. Levantó la cabeza, balbuceó frases inconexas y me dedicó algún insulto que me tomé, mejor o peor, como parte del juego.

Que un hombre de mi edad mantuviera una tercera erección esa noche era casi un milagro. El milagro era ella, insaciable. Sin poder aguantar más, terminé con un gruñido y me derrumbé.

***

Nos quedamos inmóviles, las respiraciones agitadas, un silencio enorme entre los dos. La habitación olía a sudor, a alcohol y a tabaco; entre los dos la habíamos convertido en otra cosa. Me senté en el borde de la cama y le acaricié la espalda, despacio, de los hombros a las piernas. No se movía. Su respiración ya era tranquila.

Giró la cabeza hacia mí y me miró con dureza.

—Te has pasado. Me has tratado como no esperaba, me has hecho daño.

—No te quejes tanto —solté, fanfarrón—. Tú me pediste que lo hiciera.

—Lo que has hecho no tiene nada que ver con lo que te pedí.

Intenté atraerla hacia mí con una sonrisa chulesca.

—Anda, no te quejes, que sé que te ha gustado.

No me dejó terminar. Me dio un bofetón que no vi venir, seguido de un silencio incómodo.

—¿Y a ti? ¿Te ha gustado? —preguntó.

Me quedé con cara de tonto. Ella se levantó y salió de la habitación. El golpe no me dolió; me dolió la manera en que me lo dio. Había querido ir de gallito y me había bajado los humos en un segundo.

Cuando volvió, se acercó más calmada.

—Es tarde. ¿Y si nos echamos a dormir?

—Vale. Mañana quiero salir temprano, intentaré no despertarte.

Nos metimos en la cama, nos dimos un beso de buenas noches y cada uno se acomodó a su manera.

***

Eso es todo. Lo cuento porque, meses después, todavía pienso en esa noche más de lo que debería. Si alguna vez ella lee esto, sabrá perfectamente que hablo de nosotros. Y sabrá también dónde encontrarme.

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Comentarios (5)

Carlitos_88

que relatazo!!! me dejo sin palabras, la tension que se siente desde el principio es increible

RoxiCordoba

Por favor una segunda parte, quede con muuuchas ganas de saber como termino todo jaja

GaboNocturno

Se nota que es real, no inventado. Esa sensacion de nervios en la panza solo la conoce el que la vivio. Muy bueno!!

Mati_LT

cuantos meses estuvo la cosa antes de que se vieran? pregunto por curiosidad

Leti_sur

Me recordo a una epoca de mi vida donde yo tambien tuve algo parecido, esa calle desierta me llevo de vuelta ahi jaja. Gracias por escribirlo

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