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Relatos Ardientes

Soy sex coach y esta es mi confesión más íntima

Hay algo que nunca le digo a la gente que entra a mi consultorio: yo también tengo secretos. Llevo años escuchando los suyos, asintiendo con la calma profesional que aprendí a fingir, mientras por dentro reconozco cada deseo que me confiesan porque casi todos los he vivido. Hoy, por primera vez, quiero darte la vuelta a esa dinámica. Quiero que tú me escuches a mí.

Me llamo Renata, tengo cuarenta y cinco años y soy colombiana. Trabajo acompañando a parejas y a personas solas que quieren reconciliarse con su propio cuerpo, con eso que aprendieron a callar. Amo lo que hago, no lo voy a negar. Pero también soy una mujer de carne y hueso, y de toda esa carne te voy a hablar sin pudor.

No voy a darte el inventario completo de mí, prefiero que lo imagines. Solo te diré que mido un metro con sesenta y cinco, que tengo la piel del color de la canela tostada y unos ojos verdes que delatan más de lo que yo quisiera. Soy de cuerpo lleno, con caderas anchas y pechos que pesan, y aprendí hace mucho a caminar como si todo el mundo me estuviera mirando. Casi siempre lo está.

Me gusta la elegancia sencilla, la que no grita. Una tela suave rozándome la espalda, un perfume que se queda en la nuca, una conversación que empieza hablando de cualquier cosa y termina en un terreno que ninguno de los dos planeó pisar. Mi energía habla antes que mi boca. Lo descubrí jovencísima, y desde entonces no he parado de usarlo.

Estudié psicología por curiosidad sobre el deseo, no te voy a mentir. Mientras mis compañeras se interesaban por la infancia y los traumas, yo solo quería entender por qué el cuerpo se rinde donde la razón dice que no. Esa pregunta me llevó a especializarme en intimidad, y esa especialización me dio el permiso perfecto para explorar todo lo que ya quería explorar.

***

Te cuento de dónde vengo, porque sin eso lo que sigue no se entiende.

Mi primer matrimonio fue cómodo y tibio, como una cama recién hecha en la que nadie quiere arrugar las sábanas. Lo quise, de verdad, pero el deseo se nos fue secando en silencio hasta que un día me di cuenta de que llevaba meses fingiendo cansancio para no tener que fingir otra cosa. Me separé sin escándalo. Y la mujer que salió de ese matrimonio era una desconocida hambrienta.

Fue por esos años que una pareja amiga me invitó por primera vez a una reunión distinta. Lo dijeron con rodeos, midiéndome, esperando que me espantara. Mateo y Lucía llevaban casi una década juntos y tenían esa complicidad de los que ya no se mienten. Me hablaron del ambiente, de las reglas, del respeto que sostenía todo aquello. Y yo, que escuchaba confesiones ajenas a diario, sentí que por fin alguien me ofrecía vivir la mía.

—Solo vienes a mirar, si quieres —me dijo Lucía esa tarde, con una sonrisa que no tenía nada de inocente—. Nadie te va a tocar sin que tú lo pidas.

El problema era que yo ya quería pedirlo.

***

La casa estaba en las afueras, al final de un camino bordeado de árboles. Recuerdo el sonido de la gravilla bajo las ruedas y mis propias manos apretando el volante más de lo necesario. Me había puesto un vestido negro, sencillo, que se ceñía donde tenía que ceñirse y caía suelto en el resto. Debajo, casi nada. Me lo había prometido en el espejo: esa noche iba a dejar de ser la que escucha.

Adentro la luz era cálida y baja, había música suave y un murmullo de risas que no tenían prisa. Nadie se abalanzó sobre nadie. Eso fue lo primero que me sorprendió y lo que me dejó quedarme: la cortesía. Las copas, las miradas que se sostenían un segundo de más, las conversaciones que avanzaban como una marea lenta. El deseo allí no se gritaba, se cocinaba a fuego bajo.

Mateo me alcanzó una copa de vino tinto y se quedó cerca, sin invadirme.

—Lucía dice que es tu primera vez aquí —comentó.

—Lo es —admití—. Pero no soy nueva en desear cosas que se supone que no debería.

Él se rió bajito, de esa manera en que ríen los hombres que han aprendido a tener paciencia. Y yo sentí cómo el calor me subía desde el vientre, ese calor antiguo que conozco demasiado bien, el mismo que de solo recordarlo ahora me obliga a apretar las piernas mientras te escribo.

***

No te voy a contar todo de golpe. Eso sería traicionar el arte de la anticipación, y si algo he aprendido es que el deseo crece en lo que se demora.

Pero sí te diré lo esencial de esa noche, porque marcó a la mujer que soy hoy.

Fue Lucía quien me llevó de la mano a una habitación apartada. No Mateo. Y esa decisión suya, tan directa, me desarmó por completo. Me senté en el borde de la cama y ella se quedó de pie frente a mí, mirándome como quien estudia algo que va a saborear despacio.

—Relájate —me dijo—. Esta noche no tienes que entender nada. Solo sentir.

Me bajó un tirante del vestido con un dedo, sin prisa, dejando que la tela cediera por su propio peso. Yo, que había puesto en palabras el placer de cientos de personas, me quedé sin ninguna. Su boca encontró mi cuello primero, después la curva del hombro, y cada beso me iba borrando los años de prudencia. Sus manos conocían el mapa de un cuerpo de mujer porque era el mismo que el suyo, y esa certeza me volvió líquida.

Cuando Mateo entró más tarde, lo hizo en silencio, y se quedó un momento contra el marco de la puerta solo mirándonos. No había urgencia en su mirada. Había deseo, sí, pero sobre todo había una especie de admiración tranquila que me hizo sentir, por primera vez en mucho tiempo, profundamente vista.

***

De aquella noche salí cambiada, y no por lo evidente.

Salí entendiendo que el deseo bien tratado no es caótico ni sucio, como tantos me habían enseñado a creer. Que se puede compartir el cuerpo con honestidad, con reglas claras y con un respeto que ya quisieran muchas parejas convencionales. Que la culpa es casi siempre un préstamo que tomamos de otros y pagamos con nuestra propia vida.

El mundo swinger lo probé a fondo después de eso. No de manera atropellada, sino con la curiosidad metódica de quien quiere comprender lo que ama. Fui a más reuniones, conocí a más personas, aprendí a leer una mirada al otro lado de una sala y a decir que sí o que no con la misma serenidad. Cada experiencia me enseñó algo nuevo sobre los límites, los míos y los ajenos, sobre cómo se negocia el placer entre adultos que se respetan.

Y todo eso, sin que yo lo planeara, terminó volviéndome mejor en mi trabajo. Cuando una pareja se sienta frente a mí, asustada por una fantasía que no se atreve ni a nombrar, yo no necesito un manual. Conozco ese miedo desde dentro. Conozco también lo que hay al otro lado, cuando uno se atreve a cruzar.

***

Te confieso una cosa más, porque la sinceridad a medias no me sirve.

Soy una mujer muy caliente. Lo digo sin coquetería, como quien describe el color de sus ojos. Hay noches en que recordar una de estas escenas me deja inquieta, con el cuerpo encendido y la mente repasando cada detalle, y no me queda más remedio que buscar yo misma el alivio para poder dormir tranquila. Me tomó años dejar de avergonzarme de eso. Hoy lo celebro. Creo, de hecho, que fue exactamente esa hambre la que me empujó a estudiar el deseo en lugar de huir de él.

En mis relatos vas a encontrar de todo. Encuentros entre mujeres que empezaron como el de Lucía y yo. Tríos donde nadie sobraba. Noches en lugares públicos donde el riesgo era parte del placer. Infidelidades que no defiendo pero que tampoco voy a maquillar, intercambios, juegos que parecían ir demasiado lejos hasta que descubría que apenas empezaban. Todo es candela viva, como dice mi abuela de cualquier cosa que arde.

Pero no quiero adelantarme. Cada historia merece su espacio, su tensión, su tiempo. Quería que esta primera entrega fuera apenas eso: una presentación honesta, una mano extendida, una invitación.

Si llegaste hasta aquí, ya sabes quién soy. Una mujer que dejó de pedir permiso. Una que aprendió que el cuerpo, cuando se le escucha, dice verdades que la boca calla. Y una que, después de tantos años recibiendo confesiones ajenas, por fin decidió contar las suyas.

No te pierdas ninguno de mis relatos. Lo que viene quema más que esto, te lo prometo.

Hasta la próxima. Te dejo con la intriga y con un beso lento.

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Comentarios (4)

SilviaDuarte

Que relato tan autentico!! Pocas veces algo me llega tan adentro, gracias por animarte a contarlo

Rosaura_M

Necesito una segunda parte urgente jajaja, quede con la boca abierta

Marcos_lector82

Es raro encontrar algo asi de honesto en este tipo de relatos. Se nota que fue dificil de escribir. Diez puntos

elena_curiosa

Me pregunto cuanto de esto es real... suena demasiado verdadero para ser solo ficcion

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