Lo que pasó en la posada con el vecino de al lado
Nunca me consideré una mujer de aventuras. Tengo veintinueve años, una pareja estable desde hace cinco, un trabajo que me gusta y una vida que cualquiera llamaría ordenada. Y, sin embargo, hay un fin de semana del verano pasado que no logro sacarme de la cabeza, por más que sepa que debería avergonzarme. Lo cuento acá porque necesito decirlo en voz alta, aunque sea de forma anónima.
Mi pareja, Tomás, y yo teníamos la costumbre de escaparnos una vez al mes. Esa vez elegimos una posada a las afueras de la ciudad, de esas con pocas habitaciones, piscina y silencio. Llegamos un sábado al mediodía con la valija a medio cerrar y las ganas a flor de piel. Nos recibió la dueña, una mujer de unos cuarenta y cinco años que se conservaba muy bien, y su marido, que nos dio la bienvenida con una sonrisa demasiado larga. Sentí su mirada recorrerme de arriba abajo, pero no le di importancia. Estoy acostumbrada a que me miren.
Nos asignaron la habitación once. Mientras subíamos la escalera, se abrió la puerta de al lado y salió una pareja joven: ella tendría unos veinticinco, él un poco más. Los dos tenían buen cuerpo, no lo voy a negar. Nos saludamos con un gesto, ese gesto cortés de quien comparte pared por un par de noches, y cada uno siguió su camino.
—Qué tranquilo está todo —le dije a Tomás mientras cerraba la puerta de la habitación—. Tenemos la piscina para nosotros solos.
—Aprovechemos antes de que llegue gente —respondió él, ya sacándose la remera.
Nos metimos juntos a la ducha. El roce de su cuerpo mojado contra el mío bastó para encenderme. Empezamos a besarnos bajo el agua, despacio, y después no tan despacio. Me arrodillé y lo tomé en mi boca mientras el agua caía sobre mi espalda. Lo sentí crecer, endurecerse, hasta que me apartó con suavidad y me dio vuelta contra los azulejos. Entró en mí de una sola vez y los dos contuvimos el aire.
Salimos del baño todavía mojados y caímos sobre la cama. Me senté encima de él, lo sentí entrar entero y empecé a moverme buscando mi propio ritmo. Me mordí los labios. Estaba tan concentrada en lo mío que no me di cuenta de lo fuerte que gemía hasta que Tomás me dio vuelta, me puso en cuatro y me penetró otra vez, más hondo. Ahí sí perdí el control.
Fue entonces cuando los escuché. Del otro lado de la pared, de la habitación diez, llegaban gemidos. Una voz de mujer, agitada, sincronizada casi con la mía. Miré a Tomás y él me miró a mí, los dos sorprendidos y, lo confieso, los dos excitados. Saber que ellos nos oían y nosotros a ellos me prendió de una manera que no esperaba. Terminamos así, escuchándonos a través de la pared como dos parejas que fingían no saber.
***
Nos quedamos dormidos un rato. Cuando bajamos a la piscina, ya pasadas las cuatro de la tarde, había más gente: nuestros vecinos de habitación y media docena de personas más. Preparamos unos tragos, comimos algo y nos acomodamos en las reposeras. Tomás se recostó con los ojos cerrados, relajado por el sol y el alcohol.
Yo no podía dejar de pensar en los gemidos. Por pura curiosidad miré hacia los vecinos y lo descubrí: el chico me estaba mirando. Apartó la vista enseguida, como si lo hubieran pillado robando, pero algo se encendió en mí. El morbo de ser observada, de jugar con fuego teniendo a mi pareja a tres metros, me resultó más fuerte que cualquier principio.
Empecé a provocarlo sin que nadie lo notara. Una sonrisa de más cuando él levantaba la vista. Un cambio de posición en la reposera, justo cuando sabía que estaba mirando. Él respondía con la misma moneda, y al rato el juego de miradas ya era mutuo, descarado, una conversación silenciosa que nadie alrededor parecía escuchar.
Cuando me metí a la piscina, busqué excusas para pasar cerca de él. Le rocé la pierna como sin querer al cruzar nadando. La segunda vez no fue tan casual. Él me siguió con la mirada bajo el agua y yo sentí ese roce subirme por la espalda como una corriente.
El sol fue bajando y la gente se fue retirando. Al final quedamos solo nosotros cuatro y una pareja mayor que tampoco tardó en irse. Alguien sacó una pelota inflable y empezamos a jugar, a lanzárnosla entre risas, y de ahí pasamos a charlar todos juntos. Cosas sin importancia: de dónde veníamos, a qué nos dedicábamos, cuántas veces habíamos venido a la posada. Una amistad de un día, de esas que nacen en el agua y se olvidan al volver a casa.
Ella se llamaba Daniela; él, Adrián.
—Me parece que subo un rato —dijo Daniela en algún momento, llevándose una mano a la frente—. Me mareé un poco, necesito agua y recostarme cinco minutos.
—Subí tranquila, en un rato voy a ver cómo seguís —le contestó Adrián.
—Te acompaño —me ofrecí enseguida—. Yo también voy a buscar agua a la habitación.
La verdad es que Daniela se veía bastante mareada, así que la acompañé hasta su cuarto, le di un vaso de agua y la dejé recostada en la cama. Cuando salía, vi a Adrián subiendo por el pasillo. Le hice una seña para que no hiciera ruido y me acerqué a decirle al oído que su novia estaba descansando, que la dejara dormir un rato.
—Está bien —murmuró—. ¿Me regalás un vaso de agua, así no la despierto?
En ese instante sentí una presión en el pecho y una humedad entre las piernas que me delató ante mí misma. Lo estoy invitando a mi habitación. Lo supe y aun así le dije que sí.
***
Caminamos hasta mi puerta. Él se quedó parado en el umbral, dudando. Yo pasé adelante y me agaché frente a la heladera para sacar la botella, más despacio de lo necesario, arqueando la espalda. Sabía exactamente lo que estaba haciendo.
—Pasá, no muerdo —le dije, sirviéndole el agua.
Adrián entró y cerró la puerta apenas. Bebió mirándome por encima del vaso, y cuando me lo devolvió dejó caer una frase:
—Está tan rica como vos.
Se me erizó toda la piel. Me di vuelta para guardar el vaso y me volví a agachar, descarada, sin disimular ya nada. Sentí su mano en mi cintura.
—Gracias por el agua —dijo, casi pegado a mi oído.
Me incorporé despacio, me di vuelta y lo besé. Un beso corto, decidido, de los que no dejan lugar a malentendidos.
—Esperame que voy al baño y bajamos —le dije, como si todavía hubiera forma de volver a la normalidad.
Llevaba puesto un traje de baño entero, de una sola pieza, así que para ir al baño tenía que sacármelo por completo. Me lo estaba bajando cuando escuché que la puerta del baño se abría a mis espaldas. El corazón me dio un vuelco.
—Yo también necesito pasar —dijo Adrián, acercándose con una calma que me desarmó.
No supe qué decir. Me metí en el espacio de la ducha mientras él se quedaba un momento, y cuando lo vi avanzar hacia mí entendí que su única necesidad era yo. Abrió la canilla. El agua cayó sobre los dos. Me pasó el jabón sin una palabra y yo, con las manos temblando, empecé a enjabonarlo: los brazos, el pecho, las piernas. Después solté el jabón y lo seguí con la boca.
Le hice la mejor mamada de mi vida, con el agua cayéndome en la cara y su mirada clavada en mí desde arriba. Sentí su mano en mi nuca, empujando apenas, y por dentro me moría por sentirlo de otra forma.
Me levanté. Él me dio vuelta contra la pared de la ducha, me apretó los pechos por detrás y dejó que su sexo jugara entre mis piernas, deslizándose sin entrar todavía. La espera me volvía loca. Arqueé la espalda, levanté las caderas y por fin lo sentí entrar de una embestida.
Me mordí los labios para no gemir. Lo último que quería era que alguien nos escuchara. Pero entonces me acordé de la ventanita del baño, la que daba a la piscina, y la abrí apenas para mirar. Abajo, en la reposera, Tomás seguía recostado con su trago, con los ojos cerrados, a metros de mí y a la vez en otro mundo.
Verlo ahí, ajeno a todo, fue la señal que necesitaba para soltarme. Empecé a empujar contra él, a buscarlo, al ritmo de sus embestidas. El choque de nuestros cuerpos sonaba cada vez más fuerte bajo el agua. Soy una desvergonzada y me encanta serlo. El pensamiento, en lugar de frenarme, me encendió todavía más.
—Así —me susurró al oído—, pedí más.
Y le pedí más. Le pedí todo. Dejé de pensar en las consecuencias y me entregué entera, con la ventana abierta y mi pareja al alcance de la vista. Adrián me sujetó la cintura con las dos manos, apoyó una palma en mi espalda y empezó a embestir más fuerte, más hondo, hasta que lo sentí tensarse. Terminó dentro de mí con un gruñido ahogado y yo me dejé caer contra los azulejos, vacía y llena a la vez, temblando.
—Sos una diosa —dijo, recuperando el aire—. Gracias por el agua.
—Cuando quieras —contesté, todavía sin reconocer mi propia voz—. Mi agua es tuya.
***
Lo escuché vestirse y salir. Un segundo después oí abrirse la puerta de la habitación de al lado. Me lavé, me bañé de nuevo y, mientras me ponía otra vez el traje de baño, llegaron desde el otro lado de la pared aquellos gemidos. Los mismos que me habían encendido a la mañana. Solo que ahora yo sabía exactamente lo que significaban, y de qué había sido protagonista.
Bajé a la piscina como si nada. Le di un beso a Tomás, me metí al agua con él y seguimos nuestra noche tranquila, riéndonos de cualquier cosa. Una hora después bajaron Daniela y Adrián, ya recuperada ella, y volvimos a jugar con la pelota y a beber hasta que cerraron la piscina. Cada pareja a su habitación.
Esa noche volví a hacer el amor con Tomás. Y otra vez, del otro lado de la pared, se escuchaban aquellos gemidos de los que yo también había formado parte unas horas antes.
A la mañana siguiente, antes de irnos, Daniela me pidió mi número.
—Por si volvemos a coincidir —dijo con una sonrisa—, podríamos compartir unos tragos.
Se lo di con la mejor de mis sonrisas. Y mientras guardaba mi número en su teléfono, no pude evitar pensarlo: Y a tu novio también lo compartimos, sin que lo sepas.