Acepté el viaje con los dos y no me arrepentí
Estaba sola en casa, tomando un café negro recién hecho, pensando en cuánto había cambiado mi vida. De ser una mujer con poquísima experiencia —llegué virgen al matrimonio, con tres novios antes que apenas pasaron de tomarme la mano— a descubrir el placer de verdad junto a mi marido. Durante años no tuve ojos para nadie más. Estaba satisfecha, completa, segura de que así sería siempre.
Pero después de diez años, una larga enfermedad de Gabriel lo cambió todo. De golpe dejé de ser la esposa de un solo hombre y empecé a conocer a otros de toda clase: desde un técnico que vino a arreglar algo en casa hasta mi primo Andrés, pasando por amigos y conocidos que jamás imaginé.
Esa mañana pensaba en eso con una mezcla rara de nostalgia y morbo. Junté las piernas al sentir cómo el deseo me invadía. La noche anterior Gabriel me había buscado, pero con tantas ganas de penetrarme que se olvidó por completo de mí, y me dejó encendida e insatisfecha hasta el amanecer.
Vino a mi mente el recuerdo de Iván y Damián. Una tarde fuimos al departamento de Damián, los tres, y lo que pasó allí no tuvo nombre. En el camino de regreso, todavía en la avenida, Iván se acomodó en el asiento trasero conmigo y me hizo suya hasta terminar dentro. En otra ocasión me puso en cuatro y entró por detrás, regando el último chorro sobre mis nalgas. Me las acaricié sin darme cuenta, perdida en el recuerdo.
Sonó el teléfono. Como si los hubiera invocado, era Damián.
—¿Qué haces? —preguntó.
—Nada, tomando café antes de empezar el día —contesté.
—¿Aburrida, entonces?
—Mmm, algo —reí.
—¿Y si nos acompañas a Valle de Bravo? Así te despejas.
—¿Con quién vas y a qué?
—Se me ocurrió ahora mismo. Vino Iván, preguntó por ti, le dije que hacía rato no te veía y me sugirió que te llamara para vernos los tres.
—Estaría bien, pero es entre semana y se me complica. No sé si Gabriel venga a comer.
—Llámalo con el cuento de ir a ver a una amiga o a tu hermana. Así sabes si regresa temprano o no. Anímate, va a estar divertido.
—Déjame checarlo y te regreso la llamada, ¿vale?
Llamé a mi marido. No había problema: estaba liado con unos presupuestos, seguramente no comería en casa y llegaría después del trabajo. Él me avisaría. Colgué con el pulso acelerado y marqué de nuevo a Damián.
—Sí voy con ustedes, pero quiero estar de vuelta antes de las seis.
—Claro, preciosa, por eso ni te preocupes. Ahora pasamos por ti.
—Va. Mientras me baño y me visto.
—¿No quieres que te talle la espalda? —dijo, riéndose.
—No, chistoso —contesté, y corté la llamada.
Me metí a la regadera bastante prendida con la idea. Estaba tan sensible que me toqué un poco, despacio, sin terminar. Me vestí con una minifalda beige, una blusa azul cielo y un conjunto de encaje blanco bien ajustado que apenas me cubría las nalgas, con un brasier de media copa. Dejé un par de botones sin abrochar y me maquillé apenas. En el último momento eché a la bolsa un bikini rosa y una pantaleta extra.
***
Llegaron, les abrí y pasaron a la sala mientras terminaba de arreglarme. Salimos rumbo a Valle de Bravo los tres en el asiento de adelante, platicando, y no llevábamos ni cinco minutos cuando Iván empezó a meterme mano.
—Me encanta cómo te vestiste —murmuró.
—No tiene nada de especial —contesté, sin apartar su mano de mi pierna.
Me acomodó el pelo detrás de la oreja y me besó el cuello hasta ponerme la piel chinita.
—Estate quieto —protesté sin convicción.
Pero siguió. Un dedo recorría mi escote mientras la otra mano avanzaba por el muslo, hacia el interior de la falda. Estaba tan sensible desde temprano que me humedecí enseguida, y él lo notó al rozar mi sexo con la yema. Gemí bajito.
Damián volteó un segundo desde el volante.
—¿Contando dinero delante de los pobres? No sean así —dijo, y se tocó la entrepierna.
Lo miré sonriendo.
—Así nunca vamos a llegar —le dije, pasando la mano por su muslo hasta el bulto que ya deformaba el pantalón.
En cada semáforo Damián me besaba y me hacía apretarle el sexo, cada vez más duro. Al dejar la ciudad y agarrar la carretera, él mismo se lo sacó y empecé a acariciárselo con la mano izquierda mientras Iván seguía con la derecha, buscándome el pezón con la lengua entre el encaje del brasier.
Me incliné para chupárselo a Damián. Iván me subió la falda hasta la cintura y trató de bajarme la pantaleta para entrar, pero era incómodo, así que me abrió con los dedos y me frotó el clítoris. Yo seguía con Damián en la boca hasta que, sin soltar el acelerador, estiró las piernas y se vino justo antes de la caseta de cobro. Ahí Iván aprovechó para pasarse atrás y, tomándome de la mano, me invitó a hacer lo mismo.
Ya en el asiento trasero, con el coche otra vez en marcha, seguimos con calma, más cómodos. Yo hervía. Lo besé con ganas, dejé que sus manos recorrieran todo mi cuerpo. Me quitó la blusa y la lanzó al asiento de adelante. Me recostó, me besó los pechos primero sobre el brasier y luego sin él, y terminó por desnudarme entera.
Me hizo un oral tan rico que en pocos minutos llegué. Apreté su cabeza contra mí y me sacudí entera, mojándole la boca.
Se quitó la camisa, se bajó el pantalón con todo y la ropa interior y entró hasta el fondo. Gemí sin reservas, tanto que hasta Damián volteó desde el volante. Lo abracé con las piernas alrededor de la cintura y, con las manos en sus nalgas, lo apretaba hacia mí. Tuve tres orgasmos seguidos que me dejaron temblando, y otro más cuando se vino dentro.
***
Paramos en un puesto de quesadillas a media carretera. No quise bajar porque apenas me iba vistiendo, así que nos estacionamos lejos de la gente. Iván me trajo unas quesadillas y un café de olla. Antes de que me pusiera la falda, me puso en cuatro junto a la puerta abierta del coche.
Me hizo a un lado la pantaleta sin quitármela, me lamió despacio y me fue abriendo con uno y luego dos dedos. Cuando estuve lista, de pie afuera del auto, entró por detrás poco a poco hasta que sentí su pubis contra mis nalgas. Con las manos en mis hombros me embestía tan fuerte que tuve que apoyarme en el asiento para no irme de bruces. Terminó dentro y, sin dejar de moverse, me frotó hasta que llegué otra vez. Me vestí y desayunamos ahí mismo, en el coche, como si nada.
***
Damián volvió de los puestos, le pasó las llaves a Iván para que manejara y se subió atrás conmigo. Se me quedó mirando, y entendí perfecto lo que quería. Lo besé y le acaricié el bulto, que reaccionó de inmediato. Le bajé el pantalón y salió su sexo, largo y duro. Lo recorrí entero con la lengua, de arriba abajo, hasta besarle los testículos. Él solo suspiraba y me acariciaba el pelo.
Cuando ya estaba listo, le di la espalda, me levanté la falda y él, haciendo a un lado mi pantaleta, me guio adentro. Entró fácil de lo lubricada que estaba.
—Vaya, se te fue todo —dijo.
Lo miré sonriendo. Él volteó hacia Iván.
—Eres un cabrón —le soltó, entre risas.
Lo cabalgué con la pantaleta puesta hasta que se vino. Descansamos un buen rato así, yo sentada sobre él, hasta que se ablandó y me acomodé a su lado.
Después de un rato platicando y oyendo música, Damián volvió a empezar. Me desabrochó la blusa, me besó los pechos y me acarició entre las piernas. Nos acostamos de lado, me quité la pantaleta, levanté la pierna sobre su cadera y me penetró así, despacio, con movimientos lentos pero exquisitos. Cuando estaba por venirme, se puso encima y me embistió con fuerza hasta que terminamos casi al mismo tiempo. Se acomodó la ropa, yo me quedé recostada con las piernas sobre él y me dormí hasta que llegamos al hotel.
***
Iván pidió una habitación con alberca privada. Entré al baño, lavé mi pantaleta, me di un regaderazo rápido y me puse el bikini rosa. Cuando salí no los vi, pero escuché sus voces y caminé hacia la alberca.
—Te preparé una bebida —dijo Damián, extendiéndome el vaso. Ya estaban los dos dentro del agua.
—¿Qué, me veo mal? —pregunté, dando una vuelta para que apreciaran el bikini.
—Al contrario, preciosa, te ves increíble. Ese bikini te marca todo —dijo Damián, galante.
Bajé los escalones. Iván sonrió.
—Aunque sería mejor que entraras sin él, para estar iguales.
Entré por su lado y, a través del agua, alcancé a ver que estaba completamente desnudo y duro.
—¡Pero si están encuerados! —dije.
—No trajimos traje de baño, como surgió de repente el viaje —se excusó Damián, mientras Iván se reía de mi cara de sorpresa.
Iván se acercó a besarme. Metí las manos bajo el agua y le tomé el sexo. Damián vino por el otro lado y, entre los dos, me quitaron la parte de arriba del bikini y se adueñaron de mis pechos. Quedé en medio, con un sexo en cada mano, masturbándolos a la vez.
Nos apartamos del borde. Iván se puso frente a mí, Damián detrás, acariciándome las nalgas y bajándome la pantaleta del bikini. Iván me chupaba y mordía despacio los pezones, su sexo rozaba mis labios entre el agua. Los dos a la vez me tenían al límite.
Con esos roces y las manos de Damián atrás, llegué pronto. Gemí sin importarme nada y levanté las piernas a la cintura de Iván, que aprovechó para entrar y acelerar mi gozo, subiéndome y bajándome con sus manos firmes en mis nalgas.
Damián, desde atrás, me besaba la espalda y buscaba la otra entrada. Iván lo entendió: se recorrió hasta la orilla, se recargó en la pared y me separó las nalgas con las manos, dándole a Damián una vista clara. Él fue entrando por detrás todo lo que pudo. Iván me abrazaba y me besaba mientras Damián me movía.
Los dos sexos entraban y salían al mismo tiempo. Era un placer raro, intenso, sentirme llena por ambos lados a la vez. Así me tomaron, Iván por delante y Damián por detrás, hasta que él terminó primero atrás y, segundos después, Iván se vino dentro de mí, en un orgasmo que ya ni supe contar.
Nos bañamos, fuimos al centro a comer y a dar una vuelta, y volvimos a la ciudad. Me dejaron en casa, subí a mi recámara y me quedé profundamente dormida, hasta que Gabriel me despertó al llegar del trabajo.