Confieso lo que busco en el metro cada mañana
Voy a confesar algo que jamás dije en voz alta, ni siquiera a las amigas con las que me cuento todo después del segundo trago. Cada mañana tomo el metro en la estación Parque del Sur, y cada mañana elijo a propósito el vagón que va más apretado. No lo hago por llegar antes. Lo hago porque ahí, entre desconocidos, dejo de ser la mujer correcta que todos creen que soy.
Esa mañana llevaba unas calzas negras muy ajustadas y, debajo, apenas una tanga minúscula que se perdía entre mis nalgas a cada paso. Me vestí pensando en el viaje. Lo admito. Me maquillé frente al espejo sabiendo de antemano lo que iba a buscar entre la marea de cuerpos que se sube a las siete.
En esta ciudad, como en tantas otras, el transporte público tiene un problema que nadie quiere nombrar del todo: hombres que pierden el control, o que fingen perderlo, y se pegan a una con cualquier excusa. La mayoría de las mujeres lo padece y lo detesta, y con toda la razón del mundo. Yo debería detestarlo igual. El problema es que hace tiempo descubrí que a mí me pasa otra cosa.
Había vivido decenas de viajes así, de esos en los que el vagón va tan lleno que el azar te deja aplastada contra espaldas, brazos y vientres ajenos. Nunca, hasta ese día, había llevado la fantasía tan lejos. Siempre me había quedado en el roce tímido, en el manoseo que finge ser un accidente, en el calor que después me llevaba a casa para terminar sola en mi cama.
Porque sí: muchas noches me había tocado pensando exactamente en esto. En la presión de un cuerpo que no conozco, en la dureza que aparece contra mi muslo o mi trasero sin previo aviso. Me excitaba de una forma que me costaba explicarme, y durante años creí que esa fantasía se quedaría siempre en eso, en una historia que me contaba a mí misma con la mano entre las piernas y la luz apagada.
***
Aquel día, al entrar al vagón, apenas tuve sitio para girarme. La gente me empujaba hacia el centro, todos en silencio, todos mirando el teléfono o el techo para no mirarse entre sí. Cuando por fin logré acomodarme de frente a las puertas, lo sentí. Algo duro, inconfundible, presionando mi nalga derecha.
Giré apenas la cabeza, lo justo para verlo de reojo. Un hombre de estatura mediana, treinta y pocos, la mandíbula tensa y la vista clavada en el suelo como si nada ocurriera. En ese mismo instante movió la cadera hacia atrás, retirándose, midiendo mi reacción. Quería saber si yo iba a apartarme, a protestar, a hacer un escándalo.
No lo hice.
Supe enseguida que aquello no tenía nada de casual. Ese hombre buscaba sentirme, igual que yo buscaba que me sintieran. Una parte de mí se llamó sucia, como tantas otras veces. Pero esa mañana la culpa duró menos que de costumbre. Había una larga sequía detrás, meses sin que nadie me tocara, y la calentura acumulada pesaba más que cualquier reproche.
Así que, en lugar de alejarme, dejé que el vaivén del tren hiciera el resto. En cada frenada, el cuerpo entero del vagón se movía como una sola masa, y yo aprovechaba ese impulso para volver a quedar pegada a él. Quien no haya viajado así no entiende lo fácil que es esconder el deseo dentro de algo que parece pura mala suerte.
Calculé las estaciones que nos quedaban. Si él hacía lo mismo que la mayoría, se bajaría en la estación Catedral, donde se combina con otra línea, y ahí tendríamos que separarnos. Tenía unos pocos minutos. Decidí no desperdiciarlos.
***
Pasamos San Andrés y, en cuanto las puertas se cerraron, volví a sentir el bulto contra mí. Esta vez más blando al principio, pegándose despacio, como si todavía dudara. Entonces hice algo que nunca me había atrevido a hacer: balanceé el trasero de un lado a otro, muy suave, hasta acomodar su entrepierna justo en el hueco entre mis piernas. Por su estatura encajaba perfecto. Sentí cómo crecía contra la parte baja de mis nalgas, milímetro a milímetro, y tuve que morderme el labio para no soltar un suspiro.
Es uno de mis fetiches, lo confieso sin rodeos: la multitud. El roce de gente que no conozco, sus carnes blandas o duras pegadas a las mías, el anonimato absoluto. A veces ni siquiera son hombres. Una mañana quedé aplastada de frente contra otra mujer, de mi edad más o menos, una de pechos grandes que me sacaba media cabeza. No podíamos movernos, y juraría que las dos notábamos la presión de nuestros senos apretándose con cada arranque del tren. Ninguna apartó la mirada y ninguna dijo nada. A veces el silencio es la confesión más sincera.
Volviendo a aquel hombre: durante casi ocho estaciones lo sentí crecer y endurecerse contra mí. En el último tramo empecé a notar un palpitar bajo la tela de su pantalón, un latido que se apretaba y se aflojaba en ciclos de dos o tres segundos. Reconocí esa cadencia. Supe que estaba cerca, que el viaje le estaba haciendo lo mismo que a mí, y la idea de provocarle algo así sin tocarlo apenas me encendió todavía más.
***
En la estación Mercado se subieron tres personas más y el vagón se comprimió aún otro tanto. Uno de los recién llegados quedó justo enfrente de mí, empujándome hacia atrás, lo que me dejó por fin completamente pegada al cuerpo del hombre que tenía detrás. El destino, o el hacinamiento, jugaban a mi favor.
Mantuve el culo bien empinado, sintiéndolo definido entre mis muslos, y empecé a apretar y soltar los músculos de las nalgas, despacio, en señal de aprobación. No quería que se cohibiera. No quería que pensara, ni por un segundo, que debía detenerse.
Fue entonces cuando noté algo por delante. Una mano, distinta, buscando acomodarse a la altura de mi vientre. El hombre del frente, el que acababa de subir, de unos cuarenta años, tenía el brazo bajado y los dedos tanteando hacia donde se unen mis piernas. Yo sujetaba mi mochila pequeña contra el muslo izquierdo, y sentí cómo su mano la rodeaba para abrirse paso.
Por un instante tuve miedo de verdad. Pensé que quizá estaban coludidos, que aquello podía terminar mal. Pero deseché la idea casi de inmediato; era demasiado rebuscada. Sí, el peligro siempre existe, y ninguna mujer debería salir a la calle con miedo a que la lastimen. Esa no es forma de vivir. Aun así, decidí quedarme quieta unos segundos, alerta, sin moverme.
Y precisamente al detenerme lo sentí todo con más claridad. Por detrás, la mano del primero recorría tímidamente mi nalga mientras su erección seguía clavada entre mis piernas. Por delante, los dedos del segundo encontraban la hendidura de mis calzas, justo en el centro, ahí donde la tela ya estaba húmeda y delataba todo lo que yo no decía.
Eran dos. Dos desconocidos disfrutando de mi cuerpo al mismo tiempo, uno con el sexo metido entre mis muslos y la mano en mi trasero, el otro dibujando con los dedos la forma de mi sexo por encima de la tela mojada. Cerré los ojos un instante. No te muevas, deja que pase, no quiero que termine. Era exactamente lo que había imaginado tantas noches, solo que esta vez era real, y eso lo cambiaba todo.
Sentí que, si seguíamos un par de estaciones más, iba a llegar yo misma, ahí de pie, en silencio, rodeada de gente que jamás lo sospecharía. Pero todo lo bueno se acaba. Llegamos a Catedral y la marea de cuerpos se vació de golpe hacia los andenes. Mis dos desconocidos desaparecieron sin una palabra, sin una mirada, devueltos al anonimato del que habían salido.
***
Caminé hacia la combinación con las piernas temblando y la respiración todavía corta. Me subí al primer tren de la otra línea y, apenas entré, sentí una mano descarada pasar por debajo de mi culo, de abajo hacia arriba, sin disimulo alguno. Esta vez ni siquiera me giré a buscar quién era. Estaba completamente entregada.
Y quiero ser honesta sobre esa entrega: no era resignación de cansancio. Era todo lo contrario. Estaba dispuesta a que cualquiera me tocara con la excusa del gentío, porque a esa altura yo ya era una más de los que buscan en el metro lo que no se atreven a pedir a la luz del día.
Sé lo que dirán muchas, y tienen razón: en esta línea, como en todas, hay episodios reales de acoso, mujeres que sufren manoseos que jamás pidieron, y eso es grave y nadie debería normalizarlo. Lo sé. Por eso esto es una confesión y no una recomendación. Yo no hablo por ninguna otra. Hablo solo de mí, de esta calentura que me reconozco y que me hace sentir, en estas circunstancias, tan depravada como ellos.
Tal vez sea pura biología. Si alguien te roza de la manera justa, el cuerpo responde aunque la cabeza diga otra cosa. Llevo meses sin contarle esto a nadie, y escribirlo me alivia y me excita por partes iguales. Así que lo dejo aquí, como lo que es: el secreto que cargo cada mañana cuando elijo, a propósito, el vagón más lleno del metro.