Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Llamé a un desconocido a la una de la madrugada

Vuelvo a escribir y, antes de empezar, quiero pedir disculpas si en lo anterior se me colaron errores. Escribo casi todo desde el teléfono, en ratos sueltos, y a veces la prisa puede más que las ganas de quedar bien. Esta vez prometo cuidar cada palabra para que disfruten de verdad lo que voy a contar.

Ya les conté cómo empezó a gustarme mostrarme, vestir con poca ropa y sentir que los ojos ajenos resbalaban por mi cuerpo. También les conté aquella tarde con tres hombres a la vez. Para no perder el hilo, recordemos que por entonces tenía veintiocho años, el cuerpo firme, la piel morena clara y, según quienes habían estado conmigo, un trasero que valía la pena mirar. Mis pechos eran normales, ni grandes ni pequeños, y por fin había dejado de pelearme con todo eso.

Después de aquella aventura me sentía distinta. Más libre, más segura. Se me había caído el miedo a tener todo el sexo que quisiera, y descubrí que el miedo era lo único que me había frenado.

El gimnasio se volvió mi lugar favorito, y no solo por entrenar. Shorts diminutos, tangas que se marcaban, blusas finas que con un poco de sudor y sin sostén dejaban poco a la imaginación. Disfrutaba cada día la manera en que me miraban. Con las semanas dejó de ser un atrevimiento y pasó a ser mi forma normal de salir. Terminaba de entrenar y me iba a cenar o a dar una vuelta vestida igual, sin la menor intención de cambiarme.

Un viernes, más o menos un mes después de aquello, Mateo —un amigo del gimnasio— me propuso cenar algo ligero en un patio de comidas cercano. Acepté. Salimos tarde, cerca de las nueve, y cuando llegamos había poca gente, pero la poca que había no me sacaba los ojos de encima. Llevaba un short gris cortísimo, justo donde terminan las nalgas, una tanga de hilo y arriba una blusa azul cielo holgada pero pequeña. Tenía que medir cada movimiento al inclinarme; había familias alrededor y, aunque la situación no me incomodaba, sí me daba algo de pudor.

—Después de esto unos amigos están tomando cerveza cerca —me dijo Mateo mientras pagaba—. ¿Te animás?

—¿Los mismos de la otra vez? —pregunté.

—No, otros. Acaban de salir a correr y se quedaron tomando algo en el estacionamiento.

Lo acompañé. Eran cinco chicos y dos chicas, todos con ropa deportiva ajustada, sudados, recién llegados de entrenar. El ambiente era tranquilo, de risas y latas frías apoyadas en el capó de los autos.

Estuvimos un rato y, mientras los demás charlaban, me aparté con Mateo. Saqué el tema de aquella otra noche con sus amigos.

—¿Y qué les decís de mí? —pregunté, divertida.

—Les dije que sos mía —contestó con una media sonrisa—. Que solo se las compartí un rato.

No supe si reírme o ponerme seria. Me gustó la respuesta, eso es cierto. Él se acercó y me besó, despacio.

—Me gustás mucho —murmuró contra mi boca—. Me calienta estar con una mujer tan caliente como vos.

—Esa palabra solo me gusta en la cama —le dije, riéndome para bajar la tensión—. La verdad no sé qué responderte.

—No te estoy pidiendo que seas mi novia. Solo quiero que nos conozcamos y disfrutemos.

Le conté de mi separación, de que estaba descubriendo cosas nuevas, de que volverme exclusiva de alguien no estaba en mis planes. Y entonces dijo lo que me terminó de convencer.

—Yo tampoco quiero que seas exclusiva mía. Al contrario. Seguí acostándote con quien quieras. Solo dejame ser parte. Que salgamos, que cojamos, que después me cuentes todo lo que hacés con los demás. Hasta podríamos buscar aventuras juntos.

Nunca imaginé que existiera un hombre que disfrutara de algo así.

Era completamente nuevo para mí, pero la idea me encendió. Obviamente le dije que sí.

***

Se hizo tarde y nos fuimos hacia mi casa. La conversación me había dejado mojada, así que, mientras manejaba, me incliné y empecé a chupársela sin importarme que alguien pudiera vernos en los semáforos. Cuando llegó a mi cuadra se estacionó.

—¿Querés subir a terminar? —le pregunté.

—No puedo, mañana entro temprano.

—Entonces me das tu leche acá mismo.

Seguí, y al mismo tiempo me bajé la blusa y dejé los pechos libres para que me los tocara. No tardó mucho. Fue tanta que intenté tragarla toda y se me escapó un poco, manchándole el pantalón.

—¿Cómo hacés para tirar tanto? —le dije, y los dos nos reímos.

Me limpié con unos pañuelos que tenía en la guantera, me acomodé y subí a casa.

***

Creo que no lo había mencionado, pero vivo en un conjunto de edificios. El mío tiene cinco pisos y mi departamento está en el cuarto. Casi siempre dejo las cortinas abiertas. Esa noche llegué encendida y sudada, así que me quité toda la ropa sin pensar en quién pudiera verme desde los otros bloques. Me metí a la ducha, salí, me sequé y seguí desnuda. Apagué las luces y me acosté en el sofá de la sala, frente a la ventana que da al edificio de enfrente, y empecé a tocarme.

El problema es que a mí me cuesta muchísimo acabar sola. Esa noche quería venirme con todas mis fuerzas y, por más que insistía, no llegaba. Pensé a quién podía escribirle, pero todavía no conocía a tantos hombres y no tenía el contacto de los de la otra vez. Entonces me acordé de algo: en mi primer relato conté que en un bar un chico me había dejado su número escrito en un papel. Busqué en el bolso que había usado aquel día y, para mi sorpresa, ahí estaba.

Nerviosa y excitada a partes iguales, le mandé un simple «hola». Pasaron un par de minutos eternos.

—Hola, ¿quién sos? —respondió.

—La chica del bar, la del vestido negro. Me diste tu número en un papelito.

Era la una de la madrugada de un sábado.

—Aaah, claro, la hermosa del vestido negro. No pensé que fueras a escribirme nunca.

—¿Qué estás haciendo? —pregunté.

—En el mismo bar donde nos conocimos.

Fui directa, sin rodeos.

—¿Querés venir a mi depa? Estoy solita.

—Mandame la ubicación.

Se la envié en segundos. La respuesta llegó al instante: «Voy para allá». No sabía bien qué acababa de hacer. Estaba a punto de meter a un desconocido en mi casa, en plena madrugada. Pero ya le había mandado la dirección, ya no había vuelta atrás.

Me puse un short de dormir de tela suelta, tan corto que dejaba ver unos centímetros de nalga, de un rosa clarito casi transparente. Esta vez no me puse nada debajo. Arriba, una blusita del mismo juego, pequeña y del mismo rosa traslúcido; cualquier movimiento brusco dejaba salir los pechos, y de todos modos se transparentaban un poco.

Llegó en unos quince minutos.

—Ya estoy afuera —me escribió.

—Bajo enseguida.

Subí a su coche y me saludó con un beso en la mejilla.

—Vaya, qué linda pijama.

—¿Te gusta? —dije, riéndome.

—Obvio. Te queda espectacular.

Le pedí que fuéramos a comprar algo de tomar a un minisúper que abre las veinticuatro horas. Cuando llegamos, me bajé con él.

—Si querés esperame en el auto —ofreció, sorprendido.

—No, quiero entrar. Es que me gusta que me miren el culo —solté en broma.

—Entonces habría que subir un poco más ese short, para que se vea mejor —contestó, siguiéndome el juego.

—Subilo vos.

Fue obediente. Tiró de la tela hacia arriba hasta dejar al descubierto la mitad de mi trasero, y así entramos. Adentro solo estaban dos clientes y el guardia de seguridad. Los tres se quedaron petrificados mirándome. Me encantó hacerlos partícipes de la escena; el guardia y los muchachos no podían apartar la vista, y eso me calentó hasta empezar a mojarme ahí mismo, entre las góndolas.

***

De vuelta en el auto ya no aguantaba las ganas. Quería estar desnuda, quería sentirlo dentro y, de paso, otra en la boca. Me aguanté hasta llegar. En cuanto entré al departamento, lo primero que hice fue quitarme la ropa.

—Tengo muchísimas ganas —le dije.

Él se desnudó tan rápido como yo. Me puse en cuatro en el sofá de la sala, con la ventana abierta a la noche. Se acercó por detrás y me penetró de una sola vez, duro, una y otra vez. Se escuchaban fuerte las embestidas, el choque de su cuerpo contra mis nalgas llenando el silencio del departamento.

Estuvimos así unos minutos hasta que me incorporé y me monté sobre él. Lo cabalgué a mi ritmo, gozando cada movimiento, hasta que lo sentí venir desde muy adentro. La espalda se me arqueó sola y grité sin contenerme; fue delicioso. Pero él todavía no acababa y yo seguía encendida, con una energía que no me dejaba quieta. Quería más, quería hacer mil cosas.

Lo único que se me ocurrió fue ponerme de rodillas y chupársela, dura y húmeda todavía. Así estuve un buen rato, hasta que empezó a venirse. Recibí todo en la cara y en la boca; lo que entraba se escapaba mientras yo seguía, y no paré hasta sacarle la última gota.

Después de eso, todo bajó el ritmo. Fui a bañarme y, al salir, le dije que ya tenía que irse. Yo seguía desnuda.

—Me gustaría verte otra vez —le dije—. Pero seré yo quien te busque.

Lo despedí en la puerta, así, completamente desnuda. Nos besamos casi un minuto mientras me tocaba, y fue de lo más excitante: parada en el umbral de mi propio departamento, manoseada por un hombre al que apenas conocía. Cuando se fue, no me quedó más que dormir.

Me encantó todo lo que hice esa noche. Me sentí libre, deseada, exactamente como quería sentirme. Y, créanme, las aventuras solo van a ir en aumento.

Hasta pronto.

Ver todos los relatos de Confesiones

Valora este relato

Comentarios (5)

Caro_7

buenisimo!!! me enganchó desde el primer párrafo

MarcosLibre

Por favor que haya una segunda parte, quede con ganas de saber como termina todo esto.

NatyMx_07

me recordó a una situacion que me pasó hace un tiempo, esa mezcla de adrenalina y dejarse llevar sin pensar... lo contás de un modo que se siente muy real. excelente

Rodrigo_uy

El titulo me atrapó y me puse a leerlo tarde a la noche... muy apropiado jaja. Buen relato.

PatriciaDelNorte

Se nota que es una confesion autentica, no algo inventado. Eso se agradece, hay mucha cosa forzada por aca.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.