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Relatos Ardientes

Mi último viaje de trabajo terminó en su habitación

Después de unas semanas frenéticas, mi mujer y yo necesitábamos respirar. Aprovechamos el puente para visitar a nuestro hijo menor y a su pareja, unos días de calma y de sexo dentro de la rutina tranquila de cualquier matrimonio. Al volver me esperaba lo último: una semana de trabajo, un viaje y, por fin, la jubilación.

Estaba cerrando mi último proyecto para la empresa. Solo me faltaba la presentación y que el cliente lo aprobara. Me puse las pilas para que el viernes saliera redondo: presentarlo en Sevilla y cerrar una etapa entera de mi vida. Habían sido muchísimos años, la mayoría muy buenos, aunque los últimos se me habían hecho cuesta arriba. No por el trabajo, sino por el gerente que me había tocado heredar.

El plan era salir el viernes temprano, primero en coche y luego en el tren de alta velocidad. Visita a la empresa, comida informal, presentar el proyecto para su evaluación, dormir allí y regresar el sábado. En todos los proyectos que firmé a lo largo de mi carrera se repetía el mismo guion: parte del equipo, el gerente para la firma y yo. Pero esta vez algo cambió. El gerente no podía acudir, pese al peso económico del acuerdo, y eso fue un alivio: mi relación con él era pésima y apenas correcta en lo laboral.

Para mi sorpresa nos acompañaría su mujer, Nadia, la responsable de toda la gestión económica. Con ella sí mantenía una relación estupenda desde siempre, además del trato directo del día a día, porque en mis proyectos el dinero siempre andaba de por medio.

El jueves llegué a media tarde a casa, después de ultimar el trabajo. Sabía que mi mujer estaba con Pilar, y no precisamente charlando. Me habían avisado de que, si no volvía solo, les diera un toque. A Andrés, el marido de Pilar, lo había dejado con Nadia cerrando flecos del acuerdo, así que se le haría tarde. Al entrar en casa oí los gemidos desde el pasillo. Allí estaban las dos, enredadas en la cama, y cuando me vieron me sonrieron como quien invita a la fiesta. Me uní sin pensarlo. Estuvimos un buen rato, hasta que Pilar tuvo que marcharse a su casa.

A mi mujer le tocó después, ya de madrugada, a modo de despedida por el viaje. No hay mejor manera de prepararse para una reunión importante que dormir agotado y satisfecho.

Pasaron a buscarme antes del amanecer. Delante iban el joven ingeniero que iba a sustituirme y el jefe de montaje. Detrás, Nadia, guapa como siempre. El trayecto hasta la estación fue corto y silencioso, tanto que se quedó dormida apoyada en mi hombro. La conocía desde hacía una década y tenía la confianza suficiente conmigo para permitirse eso.

Durante el viaje me acordé de mis inicios con el fundador de la empresa, un ingeniero al que le encantaba inventar cosas. En aquella primera charla no demostró el menor interés en mí, recién llegado a la ciudad y desconocido para todos. Para quitarme de encima me planteó un proyecto atascado que amenazaba con costarle un dineral. Pasé toda la noche buscándole una salida viable y al día siguiente, muy temprano, le dejé la solución sobre la mesa porque él no estaba. Aquella noche sonó el timbre de casa: era él, deshecho en elogios, con un contrato que no pude rechazar. Desde entonces fuimos uña y carne y la empresa creció hasta convertirse en un referente del sector.

No todo le fue fácil en lo personal. Tenía dos hijos. La pequeña era una médica brillante; el mayor, su heredero, no le llegaba a la suela de los zapatos. Intentó hacerlo ingeniero y fracasó. Lo metió a estudiar Económicas y fracasó. Lo único que sacó fue un curso de dirección de empresas, a costa de la cartera de su padre. Eso sí, para coches, motos, fiestas y mujeres tenía matrícula de honor.

A Nadia la conoció en un acto social. Era cinco años más joven, de una familia respetada de la ciudad, licenciada en Económicas y con un máster en derecho empresarial. Recién cumplidos los veintitantos cometió el error de quedarse embarazada de aquel inútil. Se casaron, tuvieron una niña preciosa, y el padre la colocó en la empresa como administrativa. Su valía se hizo evidente desde el primer día y en poco tiempo dirigía toda la parte económica. Mi jefe me repetía que era lo único bueno que había aportado su hijo.

Pero todo se torció de un día para otro. Hace unos años, mi jefe murió en un accidente. El heredero tomó el mando y mi calvario empezó a tomar forma.

***

Llegamos a la estación con el amanecer prometiendo un día espléndido. Nadia vestía un traje de chaqueta y pantalón negros, camisa blanca y tacones, siempre tacones. Mis compañeros se sentaron al principio del vagón y nosotros unas filas más atrás. Las luces se atenuaron y arrancamos. Me confesó que no había pegado ojo en toda la noche, volvió a acurrucarse en mi hombro y se durmió otra vez.

Según subía el sol, descubrí el regalo que me hacía la mañana. La chaqueta entreabierta, un botón de la camisa suelto y, en esa casualidad perfecta, la curva de sus pechos sujetos por un sujetador blanco casi transparente. Nadia tenía un cuerpo que robaba miradas a pesar de vestir siempre recatada. Y sentí que era mi día de suerte cuando, todavía dormida, su mano se deslizó hasta apoyarse en mi entrepierna.

Poco antes de llegar se despertó. Se dio cuenta de la postura, de lo que me había estado regalando sin saberlo, y se disculpó pidiéndome perdón por lo que pudiera pensar de ella.

—Solo he pensado en una mujer preciosa que necesitaba descansar —le dije.

Se levantó, fue al baño a rematar el maquillaje y volvió espectacular. Le aseguré que se los iba a comer vivos.

El día fue largo, intenso y lleno de aciertos. La empresa aceptó el proyecto y nos felicitaron por él. Tras firmar y recoger, nos llevaron al hotel. Eran las siete de la tarde y se notaba el cansancio, así que quedamos para cenar allí mismo a las nueve. Me llamó la atención que mis compañeros estuvieran en la segunda planta y nosotros dos en la sexta, en habitaciones contiguas, pero no le di mayor importancia.

Llamé a mi mujer, eché una cabezada y, sobre las ocho y media, empecé a oír el repiqueteo de los tacones de Nadia al otro lado del tabique. Una ducha rápida, ropa cómoda y abajo.

Fui el primero en llegar, manía de puntualidad. Después aparecieron mis compañeros y, por último, ella: vaqueros ajustados, camisa de flores bien abrochada y unos tacones rojos. Pedimos champán para brindar por el cierre. El tren de vuelta salía al mediodía siguiente, así que los chicos propusieron salir a conocer la ciudad. Yo decliné y Nadia también, cansada, de modo que se marcharon y nos quedamos solos.

Pasamos al bar del hotel, a una mesa alta con dos taburetes, frente a frente, apenas a medio metro. Pidió otra botella. Para ella aquel proyecto significaba mucho y estaba feliz, una felicidad que hacía tiempo no le veía. Lo primero que quiso saber fue si su marido me había felicitado.

—No —contesté.

—Mezquino —dijo, y la conversación empezó a girar entera en torno a él.

Yo conocía su vida de sobra: las juergas, las cacerías, las mujeres, casi siempre jovencitas que algún día le saldrían caras. No me preguntaba por enterarse, lo sabía todo, sino por saber qué pensaba yo. Entramos en un bucle que terminaba siempre en el mismo punto: el miedo a separarse por la niña, por la familia, por el trabajo. Intenté cambiar de tema, llevarlo a algo más liviano, pero no había manera.

—¿Y tú? ¿Le eres fiel? —le pregunté.

—Hasta hoy, sí —respondió—. Pero empiezo a plantearme alguna solución para el año de sequía que llevo. Ni nos tocamos, dormimos en cuartos separados.

Con toda naturalidad se desabrochó dos botones de la camisa y dejó a la vista un escote generoso. Pensé que era el alcohol, pero apenas había bebido. Mis ojos se desviaban hacia allí una y otra vez, hasta que me preguntó, con media sonrisa, si tanto me gustaban. Le pedí perdón. Me dijo que no había nada que perdonar.

La verdad es que me estaba poniendo a mil y empezaba a sentirme incómodo por miedo a meter la pata. El remate llegó cuando me sujetó la mano, me miró a los ojos y me dijo que se subía a la habitación.

—Si te apetece, te espero en media hora. Y si no, no pasa nada.

***

Me quedé solo, sin saber muy bien qué hacer. Necesitaba hablar con mi mujer. La llamé y se lo conté todo. Su respuesta fue rotunda.

—Esa chica me encanta. Fóllatela, cariño, nadie va a hacerla disfrutar como tú. Pero hazlo con cariño, estoy segura de que lo necesita.

Subí. Llamé a la puerta y se entreabrió. Oí unos pasos descalzos y una voz que decía «adelante». En medio de la habitación estaba ella, con una luz justa para apreciarla entera. De pie, las piernas cruzadas y los brazos a la espalda, mirándome tímida y algo nerviosa. Un top negro transparente sin nada debajo, un tanga de hilo y, por primera vez, sus pies desnudos. Pelo rubio largo, ojos claros, piel pálida, alta y rotunda. Majestuosa.

Me acerqué y le acaricié la mejilla. Sonrió. Entonces me abrazó con fuerza, clavándome los pezones en el pecho, y noté cómo apretaba el cuerpo contra el bulto que ya tensaba mi pantalón. Nos besamos despacio, las lenguas buscándose sin prisa. Todo iba a cámara lenta, como si soñara. Le recorrí la espalda, le cogí el culo con las dos manos y la apreté contra mí.

La senté en el borde de la cama y me arrodillé entre sus piernas. Le besé el cuello con calma y le quité el top. Sus pechos eran firmes, erguidos, con los pezones rosados y duros. Los tomé uno con cada mano y los recorrí con la lengua, sin prisa, alternando, hasta que empezó a gemir y a hundirme los dedos en el pelo. Olía a perfume y sabía dulce. Perdí la noción del tiempo allí, hasta que jadeaba como si fuera a correrse solo con eso.

La tumbé hacia atrás y bajé la lengua por su vientre, jugué con su ombligo y llegué hasta el borde del tanga. Lo deslicé despacio. Debajo, una mata pequeña de vello rubio y unos labios sonrosados, depilados y húmedos. Solo los rocé con los labios y se le escapó un jadeo. Le levanté las piernas para acabar de desnudarla y le besé los muslos, las pantorrillas, los pies. Luego la puse de pie y la hice girar despacio, cogida de la mano, para mirarla entera. Impresionante.

Entonces me desnudó ella. Me quitó la camisa besándome el pecho, soltó el cinturón y tiró del pantalón hacia abajo. No llevaba nada debajo, así que se llevó una sorpresa.

—Me vas a matar —dijo, sin dejar de mirarme.

Me acarició con una ternura que no esperaba.

La tumbé en la cama para que estuviera cómoda y volví a recorrerle el cuerpo con la boca. Me entretuve en sus pechos, jugué con sus pezones y bajé otra vez entre sus piernas. Pasé la lengua de abajo arriba, sin prisas, mientras le metía primero un dedo y luego dos. Estaba empapada, suave de un modo que pocas veces había sentido. La acariciaba por dentro despacio, jugando con la punta de la lengua donde más le gustaba, hasta que arqueó la espalda, se agarró los pechos y todo el cuerpo se le tensó.

—Me corro, amor —gritó, y se convulsionó debajo de mí.

La dejé descansar. Me senté a su lado a mirarla, sonriente, perdida en el techo. Al rato se incorporó, me cogió con delicadeza para comprobar lo dura que estaba y me pidió que la follara despacio.

—Ahí dentro solo ha entrado la de mi marido, y no es tan grande.

La senté sobre mí.

—Sírvete tú misma —le dije.

Se puso de rodillas, me frotó contra sus labios y, flexionando las piernas, empezó a metérsela centímetro a centímetro, acomodándose, gimiendo, hasta que nuestros cuerpos chocaron. Se quedó quieta un instante, como dejando que se acostumbrara, y luego me rodeó con las piernas y volvió a clavarme los pezones en el pecho.

La agarré del culo y empecé a moverla: adelante y atrás, arriba y abajo, en círculos. Una embestida lenta que enseguida nos empapó a los dos. Se abrazaba a mí y me susurraba al oído cosas entrecortadas, perdiendo poco a poco el miedo a que la oyeran. De pronto apretó las caderas contra las mías, hundiéndome hasta el fondo, y gritándome al oído «me corro, me corro» se deshizo entre mis brazos. Se quedó inmóvil, sintiendo las contracciones de su propio placer.

La tumbé de lado, le pasé una pierna por encima de mi cuerpo y volví a entrar. Desde esa postura podía ver cómo me deslizaba dentro y fuera de ella. La follaba despacio, para que recuperara fuerzas pero sin dejarla descansar, mientras me sonreía y jugaba con mi pelo. Me apetecía muchísimo terminar dentro. Le pregunté si se cuidaba y me señaló el brazo: llevaba un implante. Le cambié la postura entonces a una que me encanta: le puse las piernas sobre mis hombros, le levanté las caderas con las manos y la penetré hasta el fondo. Un grito de placer inundó la habitación.

Empecé suave, saliendo casi del todo y volviendo a hundirme por completo. Mis caderas fueron ganando ritmo y fuerza. Nadia estaba desbocada: movía la cabeza, se tiraba del pelo, se mordía los labios, temblaba. Sus jadeos se convirtieron en gritos. No sé cuánto tiempo estuvimos así, los dos al borde sin terminar de caer, ella en un placer continuo y yo en una tensión que no se rompía. Hasta que noté cómo empezaba a palpitar y todo su cuerpo se sacudía.

—Amor, amor, me corro —repetía.

No pude más. Me dejé ir dentro de ella mientras su cuerpo se cerraba sobre el mío. En la última embestida me quedé hundido, inmóvil, vaciándome. Le bajé las piernas de los hombros y me tumbé encima sin salir. Me abrazó.

—¿Qué me has hecho, Daniel? ¿Qué me has hecho? —murmuró.

La habitación quedó en silencio. Nos levantamos y corrimos al baño entre risas. Se acurrucó después contra mí con intención de dormir, pero empecé a jugar con los dedos en su vello, dándole pequeños tirones, y se reía preguntándome si me gustaba. Deslicé el dedo hasta su clítoris, pequeño y muy duro, y empecé a acariciarlo mientras le besaba los pechos. Su respiración se aceleró, todo volvió a humedecerse, y estiró las piernas a tope hasta correrse de nuevo, esta vez en silencio, como si quisiera guardárselo solo para nosotros.

Ni descansó. Se levantó y empezó a comérmela directamente, costándole metérsela entera, pero haciendo un trabajo excelente. Me la puso dura otra vez. Le pregunté si quería que la follara de nuevo y dijo que sí. La puse a cuatro patas y entré de una sola estocada. La habitación se llenó de sus gemidos. Le impuse desde el principio un ritmo casi frenético que aceptó sin esfuerzo, con la cabeza pegada a la almohada, mordiéndola. Yo alternaba: unas veces la sujetaba por las caderas, otras le agarraba los pechos para empujar con más fuerza.

Volvimos a ese punto en el que ella se mantenía en un placer continuo y yo al filo sin caer. «Dame, amor, dame», me gritaba entrecortada. Cuando estalló, sus contracciones apretaron tanto que arrastraron mi propio orgasmo con ella. Me corrí dándole las últimas embestidas mientras se quedaba laxa entre mis manos. La sujeté hasta tumbarla a mi lado. Me abrazó, y solo le dio tiempo a decir «gracias, amor» antes de dormirse con una sonrisa de satisfacción.

***

Me despertó el teléfono: un mensaje de mi mujer. Era tarde, faltaba poco más de una hora para el desayuno. Desperté a Nadia con un beso en los labios y volví a mi cuarto.

—Nos vemos, amor —me dijo.

Desayunamos los cuatro como habíamos quedado y fuimos a coger el tren. Todo parecía normal, salvo la manera en que ella me miraba. Se la veía plenamente feliz, hasta el punto de que mis compañeros lo notaron y lo achacaron a la firma del proyecto.

En el viaje de vuelta volvió a sentarse conmigo, mientras ellos quedaban un par de filas por delante. Había poca gente y gozamos de cierta intimidad. No hablamos directamente de lo ocurrido, pero sí de su matrimonio roto y de lo difícil que le resultaba conciliar la vida familiar y laboral con él. Estaba convencida de separarse, y lo de aquella noche le había dado el último empujón. Me preguntó por mi relación con Lucía, y le dejé claro que era la mujer de mi vida y que mi vida terminaría junto a ella. Me cogió la mano y me prometió que por nada del mundo se interpondría entre nosotros. Se conocían bien: compartían gimnasio y, de vez en cuando, un café.

—De lo único que me arrepiento —dijo— es de haberle hecho a otra mujer lo que tantas le han hecho a ella.

Estuve a punto de contárselo todo. De momento me callé. Fue un viaje largo y, a la vez, demasiado corto. Con ella me sentía a gusto, pero no sabía si tendría más oportunidades. Había apagado un fuego sin saber si volvería a encenderse.

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Comentarios (4)

Rocio45

Increible relato! eso de "despedirme de otra forma" me atrapó desde el principio. No me esperaba ese giro para nada.

MarcosViajero

Por favor continualo, no podes dejarnos asi!!!

lector_pasional

Treinta años en una empresa y ese fue el cierre... hay que reconocer que no todos tienen esa suerte. Me recordó a un viaje que hize hace tiempo, aunque yo no tuve la misma fortuna jaja. Muy bueno.

NochesLejos

Como terminó todo despues?? quedé con mil preguntas dando vueltas

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