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Relatos Ardientes

Confesión caliente en la parada del autobús

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Me llamo Verónica, y si algo tengo claro es que no necesito hacerme la inocente para contar lo que pasó aquella tarde. Soy una mujer adulta, sé perfectamente lo que me gusta y, cuando se me mete una idea caliente en la cabeza, casi siempre termino cumpliéndola. Ese día solo iba a volver a casa en autobús por primera vez en meses. Nada especial. O eso creí al salir del instituto técnico donde estaba haciendo un curso.

Normalmente me recogían en coche, pero aquella semana no podían pasar por mí. Me daba una pereza enorme caminar hasta la parada porque quedaba varias cuadras arriba, en una calle empinada que siempre me dejaba sin aire. Así que, cuando terminó la última clase, me acerqué a un grupo de compañeros que hacían esa ruta todos los días y les pedí que me orientaran.

Entre ellos iba Bruno, un hombre de unos treinta, moreno, callado y con esa clase de cuerpo que no presume nada y aun así llama la atención. Nunca habíamos hablado demasiado, apenas saludos y alguna broma en clase, pero ese día se puso a mi lado apenas salimos del edificio. Yo llevaba una mochila más grande de lo normal y, a mitad de camino, ya me estaba arrepintiendo de no haber pedido un taxi.

—Si quieres, te la cargo yo —me dijo, señalando la mochila—. Vas subiendo como si te hubieran castigado.

Me reí, más por orgullo que por gracia. Aun así, se la pasé.

—Te vas a burlar de mí todo el camino, ¿verdad?

—Solo si sigues jadeando así —contestó, y después sonrió—. Tranquila, todavía faltan un par de cuadras.

Con él cargando mis cosas, el camino se hizo mucho más llevadero. Los demás fueron tomando distintas rutas y, cuando al fin llegamos a la parada, solo quedamos nosotros dos. Había una banca metálica, un poste torcido con los horarios medio borrados y, detrás, un tramo de arbustos espesos que separaban la calle de un terreno vacío. A esa hora todavía pasaba gente, pero en tandas sueltas. No era un lugar desierto. Justo por eso me excitó.

Me quedé mirándolo mientras dejaba mi mochila a mis pies. Tenía los antebrazos marcados, el cuello húmedo por el calor y una forma muy tranquila de estar cerca de mí sin invadirme. Esa mezcla me encendió. Yo ya venía caliente desde antes, de esas temporadas en que el cuerpo anda pidiendo boca, manos y un poco de riesgo para sentirse vivo.

—Milagro que te veo en autobús —dijo, apoyándose en la banca—. Siempre te recogen.

Giré la cabeza hacia él.

—¿Y tú cómo sabes eso?

Se encogió de hombros.

—Te he visto pasar varias veces cuando yo venía caminando. Tu ruta y la mía se cruzan más de lo que piensas.

Eso me tocó de una forma rara. No por romántico, sino por íntimo. La idea de que me hubiera observado desde la banqueta, mientras yo iba en un coche con el aire acondicionado puesto, me dio una punzada de culpa y otra de morbo. Lo imaginé viéndome por la ventana, reconociéndome, guardándose el dato sin decir nada. Y de pronto quise compensarlo. O, siendo sincera, quise usar esa excusa para darle lo que me estaba provocando desde hacía rato.

—Gracias por ayudarme con la mochila y por quedarte —le dije, bajando un poco la voz—. De verdad debería agradecértelo bien.

Bruno me miró con más atención, como queriendo comprobar si estaba oyendo lo que creía.

—No fue para tanto.

—Para mí sí.

Di un paso hacia los arbustos y luego lo miré por encima del hombro.

—Ven conmigo un momento.

Frunció el ceño.

—¿A dónde?

—No me hagas repetirlo.

Hubo un segundo de duda, uno solo. Luego vino detrás de mí. Aparté unas ramas y entramos al claro que se formaba detrás, donde la tierra estaba seca y la vista desde la calle quedaba medio tapada. Se seguían oyendo motores, pasos y voces lejanas, pero ahí dentro el aire era distinto, más encerrado, más caliente. Apenas se metió, me di vuelta, lo agarré del cuello de la camiseta y le planté la boca.

Lo besé sin tanteos. Lengua, dientes, saliva. Un beso directo, hambriento, como si llevara horas pensando en esa cara y por fin pudiera usarla. Él tardó un segundo en responderme, pero cuando reaccionó me sujetó de la cintura con fuerza. Sentí el golpe de su cuerpo contra el mío, duro, firme, y empecé a sobarle el pecho por encima de la ropa mientras le mordía el labio.

—Así que esto era el agradecimiento —murmuró contra mi boca.

—Si no te gusta, me detengo.

—No digas tonterías.

Le agarré el bulto por encima del pantalón y sonreí al sentirlo crecer casi de inmediato. No era un chico tímido ni inexperto, eso se notó enseguida en la manera en que me tomó de la cadera y me pegó contra él. Apreté con la palma, subiendo y bajando despacio al principio, sintiendo cómo la tela se le tensaba bajo mis dedos. Él soltó un gemido corto, de esos que salen a pesar de uno mismo.

—Mierda —dijo en voz baja—. ¿Seguro que quieres hacer esto aquí?

—Justamente aquí.

Me agaché sin pedir permiso. Desabroché el botón, bajé la cremallera y metí la mano dentro del pantalón. La tenía caliente y ya bastante dura. La saqué despacio, liberándosela de la ropa interior, y la sostuve un segundo para mirarla. Buen grosor, buena longitud, venas marcadas, piel tensa. No era una exageración de esas que parecen de mentira; era una verga muy apetecible, y en ese momento era toda para mí.

Le pasé el pulgar por la punta húmeda y me lo llevé a la boca. Él me observó con una mezcla de sorpresa y hambre. Yo levanté la vista mientras empezaba a pajearlo con un ritmo firme, solo para ver cómo se le cerraba la mandíbula.

—Te gusta mirar, ¿no? —le pregunté.

—Me va a gustar más si dejas de hablar y sigues.

Eso hice. Abrí la boca y me lo metí de una vez, hasta donde me entró al primer impulso. Tenía el sabor limpio del sudor reciente y ese toque espeso, excitante, de piel caliente que me vuelve loca. Empecé a mamársela con ganas, sin delicadeza, sujetándole la base con una mano mientras con la otra le apartaba la camiseta del abdomen para verle cómo se tensaba.

Hice ruido a propósito. Chupadas húmedas, respiración cortada, la lengua dando vueltas en la cabeza antes de volver a tragarlo. Se la saqué para escupirle la punta, esparciendo saliva con la mano, y seguí deslizándome arriba y abajo, dejándome llenar la boca. Bruno me acarició el pelo al principio, pero al notar que yo no iba a detenerme me agarró con más fuerza.

—Joder, Verónica... —dijo entre dientes—. La estás mamando como si llevaras semanas con hambre.

Saqué la boca apenas para contestar.

—Porque la tenía.

Volví a hundírmela hasta el fondo. Esta vez me sujetó la nuca. No de manera violenta, pero sí firme, marcando el ritmo. Sentí su polla golpearme la garganta y la nariz rozándole el pubis mientras yo tragaba saliva para aguantar. Me encantó. Siempre me ha puesto más caliente cuando el hombre deja de fingir que controla sus ganas y las muestra con las manos, con la respiración, con ese deseo torpe de usar mi boca sin demasiados modales.

Empecé a alternar. Unas veces lo mamaba profundo, otras me concentraba en la cabeza, chupando y lamiendo la corona con la lengua muy plana. Luego bajaba a las bolas, besándolas y metiéndomelas una a una en la boca antes de volver a subir. Todo húmedo, todo sucio, todo cada vez más intenso. La saliva me corría por la barbilla y él la miraba caer como si eso solo bastara para correrse.

En ese momento se oyeron voces pasando cerca del otro lado de los arbustos. Dos personas, quizá tres. Bruno reaccionó por puro impulso: me sujetó la cabeza y me pegó más a él para que no se viera movimiento entre las ramas. Su polla me quedó metida hasta el fondo y yo casi me quedé sin aire, con la nariz aplastada contra su vientre y la garganta ocupada.

Fue brusco, sí, pero me puso loca.

Me agarré de sus muslos y aguanté ahí, tragándolo mientras oía los pasos y la conversación apagada al otro lado. Cuando por fin pasaron de largo, él aflojó la mano.

Jadeé, tosí una vez y levanté la mirada con los ojos húmedos.

—Perdón —susurró—. Se me fue la mano.

Negué con la cabeza y volví a chupársela sin responder. Quería que entendiera perfectamente que no me había molestado. Al contrario. Mamé más rápido, más decidido, con la garganta abierta y la mano apretando la base mientras le bombeaba saliva alrededor. Cada vez que se la sacaba, un hilo brillante me unía la boca con la punta.

—Así, carajo —gruñó—. Sigue, sigue así.

Yo obedecí. Si gemía, la vibración le recorría toda la verga. Si se movía, yo me acomodaba. Tenía el coño latiéndome entre las piernas, empapado, pidiendo atención, pero en ese momento mi vicio era su polla y la cara que estaba poniendo. Le noté el cuerpo cambiar, el abdomen más duro, los muslos tensos, la respiración entrecortada. Ya estaba cerca.

Le sujeté las caderas para que no se apartara.

—Córrete en mi boca —murmuré antes de volver a tragármela.

Eso bastó. Se estremeció entero y me empujó apenas una vez más antes de venirse. Sentí el primer chorro espeso en la lengua, caliente y abundante. No me aparté. Seguí mamando mientras descargaba, tragando lo que podía y dejando que otra parte se me deslizara por la comisura de los labios. Bruno soltó un gemido ronco, nada discreto, y apoyó la frente contra una rama mientras terminaba de correrse.

Cuando aflojé la boca, un poco de semen me resbaló por la barbilla. Él me miró como si no pudiera creer lo que estaba viendo. Yo sonreí, me pasé dos dedos por la comisura y me los chupé despacio, sin dejar de sostenerle la mirada.

—Mírame bien —le dije.

Saqué el teléfono de mi bolso y activé la cámara frontal, pero se lo entregué a él. Entendió enseguida. Me acomodé el pelo con una mano, abrí un poco más la boca y dejé que se notara el resto de la corrida en mis labios y mi barbilla. Él tomó la foto con pulso tembloroso.

—Otra —le pedí.

Esta vez saqué la lengua, recogí lo que me quedaba alrededor de la boca y después tragué despacio. Abrí la boca de nuevo para enseñársela vacía. Bruno soltó una risa nerviosa, incrédula.

—Eres una cabrona —dijo.

—Y todavía no te he pedido nada a cambio.

Guardó el teléfono de nuevo en mi mano, todavía con la polla medio dura y el pantalón abierto. Yo me levanté y me sacudí un poco las rodillas. La lógica habría sido salir de ahí, esperar el autobús como si nada y conservar ese momento como un secreto suficiente. Pero a mí me hervía la sangre. Tenía la ropa pegada al cuerpo, el clítoris palpitando y una necesidad muy concreta de que no todo terminara en mi boca.

Le agarré la muñeca y se la llevé entre mis piernas, por encima del pantalón.

—Ahora te toca a ti notarlo.

Bruno me apretó el monte por la tela y abrió mucho los ojos.

—Estás empapada.

—Desde antes de empezar.

Me pegó contra el tronco del arbusto más grueso y me besó con mucha menos paciencia que al principio. Ahora ya no estaba sorprendido: estaba excitado, envalentonado, con la seguridad que deja una corrida recién soltada y la certeza de que delante tiene a una mujer pidiendo más. Metió la mano por debajo de mi blusa, me agarró una teta por encima del sostén y me la apretó con hambre mientras yo le abría otra vez el pantalón, esta vez para buscar si seguía respondiendo.

Seguía. No igual de dura que antes, pero bastante viva.

—No me jodas —susurré—. ¿Otra vez?

—Con lo que me estás haciendo, sí.

Deslicé mi mano dentro de mi pantalón y aparté la ropa interior lo justo para tocarme. Estaba mojada de verdad, no por juego ni exageración. Bruno observó el movimiento y me apartó la mano.

—Déjame.

Metió dos dedos y casi se le escapó una carcajada al sentirme tan caliente.

—Mierda, qué coño tan mojado.

Se los movió lento al principio, apenas entrando y saliendo para embarrarse mejor, y después empezó a metérmelos de verdad. Yo apoyé la cabeza hacia atrás y abrí más las piernas, dándole espacio. Tenía unos dedos gruesos, torpes en el mejor sentido, de hombre que no está tratando de quedar fino sino de hacerte correrte. Cada vez que salían, me rozaba el clítoris con el pulgar y me dejaba un espasmo en el vientre.

—¿Así te gusta?

—Más fuerte.

Lo hizo sin discusión. Me folló con los dedos dentro del pantalón, rápido, húmedo, metiéndolos hasta el fondo y sacándolos para volver a clavármelos mientras yo me mordía el labio para no gemir demasiado alto. Pero no pude contenerme mucho. Cuando me metió un tercer dedo, solté un jadeo ronco y le agarré el brazo.

—Joder... sí... así.

Él sacó la mano, empapada, y se la llevó a la boca. Se chupó mis fluidos de dos dedos sin dejar de mirarme. Esa imagen por sí sola me desarmó. Volvió a meter la mano, pero esta vez bajó más, me apartó mejor la ropa y empezó a frotarme el clítoris directamente. Mis piernas temblaron.

—¿Quieres correrte aquí, con gente pasando a unos metros? —me preguntó al oído.

—Sí.

—¿Quieres que te oigan?

—No me tientes.

Me besó el cuello y siguió frotándome con un ritmo exacto, sin piedad. Yo ya estaba al borde. Quería que me penetrara, sí, pero con el tiempo encima y el miedo real de que apareciera alguien, el apuro le daba a todo un filo especial. Me corrí apretando los dientes, con un gemido ahogado en su hombro, las rodillas flojas y el coño contrayéndose alrededor de nada mientras él seguía tocándome hasta exprimir el orgasmo completo.

Me dejé caer un segundo contra su pecho, respirando hondo. Él me sostuvo de la cintura, sonriendo como si acabara de descubrir una adicción.

—Ahora sí fue un agradecimiento serio.

—Y bastante generoso de mi parte —respondí, todavía jadeando.

Nos acomodamos la ropa con rapidez. Yo me limpié la barbilla con un pañuelo, él se guardó la polla y subió la cremallera. Cuando salimos de detrás de los arbustos, el mundo seguía igual: la banca, el poste, los coches pasando. Nadie parecía haber notado nada. Eso me hizo sonreír. Cinco minutos después llegó el autobús.

Subimos sin hablar mucho. Nos sentamos juntos al fondo, con mi mochila entre los pies. Yo miraba por la ventana, pero sentía su mano rozándome apenas la rodilla de vez en cuando, como si necesitara comprobar que de verdad seguía ahí y no había sido una fantasía rápida de final de tarde.

Antes de bajarme, le escribí mi número en su teléfono y él en el mío. No hizo falta ninguna promesa enorme.

—Mándame la foto —me dijo en voz baja.

—Te la mando cuando llegue.

Se quedó mirándome un segundo más.

—Y cuando quieras repetir, solo avísame.

Sonreí mientras el autobús frenaba.

—No te preocupes. Si vuelvo a necesitar ayuda con la mochila, pensaré en ti.

Cuando llegué a casa, me encerré en mi cuarto, abrí la galería y vi la imagen: mi cara enrojecida, la boca húmeda, el semen escurriendo por la comisura, la mirada descarada. Me excitó otra vez. Se la envié sin texto al principio. Un minuto después, añadí: «Me encantó cómo supiste agradecer que te dejara ayudarme».

Él tardó poco en responder: «La próxima vez no te vas a ir a casa tan necesitada».

Leí ese mensaje con una mano entre las piernas. Porque lo mejor de aquella tarde no fue solo la mamada detrás de los arbustos ni la corrida en mi boca ni el orgasmo rápido que él me arrancó con los dedos. Lo mejor fue descubrir que, a veces, una simple espera en la parada del autobús basta para abrirle la puerta a una costumbre nueva. Y yo, cuando una costumbre me hace mojarme así, no la dejo escapar.

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Comentarios(6)

Noctambulo77

jajaja ay que bueno, el arranque ya me engancho. Muy buen relato!

Santi_87

Por favor que haya una segunda parte, quede con ganas de mas

Paula_Rdz

Me recordo a una situacion que tuve hace tiempo, jaja yo no tuve tanto coraje. Muy bien contado todo!

TomiGba

excelente!!!

IleanaB

Me encanta como escribis, se siente autentico sin ser forzado. Seguí así!

NickCordobes28

Cortito pero intenso, de los mejores que lei en esta categoria ultimamente. Quiero mas historias de confesiones reales

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