Mi confesión del baño de la oficina
La primera en notarlo fue Camila, mi compañera de escritorio. Estábamos ordenando unos expedientes al final de la tarde, con la oficina casi vacía y el aire acondicionado haciendo más ruido que todos nosotros, cuando se inclinó hacia mí y me soltó una frase que me dejó con las manos suspendidas sobre el teclado.
—Ese hombre no viene solo por los contratos —dijo, mirando hacia la recepción—. Viene por ti.
Yo seguí escribiendo como si nada, pero sentí el calor subirme al cuello. El hombre al que se refería era Damián, uno de los proveedores que pasaba por la oficina cada dos o tres días. Treinta y tantos, camisa siempre impecable, barba corta, voz tranquila y una manera de mirar que no parecía accidental.
—Estás inventando cosas —le respondí.
—No invento nada. Te devora con los ojos cada vez que cruzas el pasillo. Y ayer me preguntó si estabas de vacaciones porque llevaba días sin verte.
Eso sí me hizo levantar la vista. No quería admitirlo, pero me gustó saber que había preguntado por mí. No porque necesitara que un hombre me validara, sino porque yo también llevaba semanas fingiendo que no me importaba verlo aparecer con su carpeta negra bajo el brazo y esa calma que parecía hecha para desarmarme.
Desde ese día empecé a observarlo. Descubrí que Camila tenía razón. Damián no miraba como quien se distrae; miraba como quien se imagina cosas. Cuando nuestros ojos se encontraban, él no bajaba la vista de inmediato. La sostenía un segundo más de lo normal, lo suficiente para que yo sintiera una presión dulce en el vientre y tuviera que volver a mi pantalla como si estuviera ocupadísima.
Yo tenía treinta y dos años y no era una niña confundida por una atención cualquiera. Sabía distinguir una cortesía de un deseo. Lo que no sabía era qué hacer con el mío, porque cada vez que él se acercaba a mi escritorio para pedir una firma o dejar un sobre, yo me quedaba pendiente de sus manos, de su olor limpio, de la manera en que decía mi nombre como si ya lo conociera desde antes.
La tarde en que todo cambió, la oficina estaba en ese punto raro entre el cierre y la salida. Algunos ya se habían ido; otros fingían terminar algo para no parecer los primeros en escapar. Yo entré al baño de mujeres para lavarme la cara. Había tenido una reunión larga, de esas que te dejan cansada aunque no hayas hecho más que asentir y tomar notas.
Abrí la llave del lavabo y me incliné sobre el agua fría. Cuando levanté la cabeza, lo vi detrás de mí en el espejo.
Damián estaba en la entrada, con una mano apoyada en la puerta. No sonreía. Tampoco parecía sorprendido de encontrarme allí. Esa serenidad suya me atravesó como una corriente.
—Perdón —dijo en voz baja—. El baño de hombres está cerrado. Me dijeron que podía usar este porque ya casi no queda nadie.
—Claro —contesté, aunque la voz me salió más débil de lo que quería—. Ya terminaba.
Tomé una toalla de papel y me sequé las manos demasiado rápido. Él no se movió. Yo tampoco. Durante unos segundos solo se oyó el agua cayendo porque había olvidado cerrar la llave.
—No te vayas —dijo.
La frase no fue una orden agresiva. Fue peor. Fue una invitación dicha con tanta seguridad que mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza. Me quedé quieta, mirándolo por el espejo, mientras él cerraba la puerta despacio y pasaba el pestillo.
—Damián...
—Llevo semanas queriendo hacer esto —susurró, acercándose por detrás—. Si me dices que no, salgo ahora mismo.
No dije que no. Giré apenas, lo suficiente para verlo de frente, y sentí cómo se me aceleraba la respiración. Él levantó una mano y me tocó la barbilla con los dedos, sin apretar, obligándome solo a no esconderme.
—Me muero por besarte —dijo.
—Entonces bésame.
Lo hizo sin dudar. Su boca cayó sobre la mía con una urgencia contenida, como si hubiera esperado demasiado y ya no pudiera seguir siendo correcto. Al principio me quedé rígida, sorprendida por la fuerza del deseo cuando por fin tuvo forma, pero en cuanto su lengua rozó la mía, le agarré la camisa con ambas manos y tiré de él hacia mí.
Me empujó con cuidado contra el borde del lavabo. El mármol frío me tocó la espalda y me sacó un suspiro. Damián lo aprovechó para besarme más hondo, con una mano en mi nuca y la otra bajando por mi cintura hasta mi cadera. Yo sentía su cuerpo pegado al mío, su erección dura contra mi vientre, y esa evidencia me quitó la poca compostura que me quedaba.
—No sabes las veces que imaginé esto —murmuró contra mi boca.
—Yo sí lo imaginé —admití, jadeando—. Más de las que debería.
Él soltó una risa baja, casi un gruñido, y me levantó sobre el lavabo. Abrí las piernas para hacerle espacio sin que tuviera que pedírmelo. La falda se me subió hasta los muslos y su mirada bajó un instante, pesada, hambrienta. No me sentí observada: me sentí deseada de una forma tan directa que me ardió la piel.
Sus dedos entraron bajo la tela de mi falda y encontraron mi ropa interior húmeda. No tuvo que buscar demasiado. Me acarició por encima, lento al principio, midiendo mi reacción, y cuando se dio cuenta de que yo apretaba los muslos alrededor de su mano, se inclinó hacia mi oído.
—Estás empapada.
La crudeza de la frase me hizo cerrar los ojos. No respondí con palabras. Bajé una mano hasta su cinturón y lo acaricié por encima del pantalón, sintiendo la forma dura de su pene bajo la tela. Él respiró fuerte y me mordió el labio inferior, no con fuerza, sino con esa intención exacta que convirtió el baño entero en un lugar demasiado pequeño para tanta tensión.
Damián apartó mi ropa interior hacia un lado y me tocó directamente. Sus dedos se deslizaron por mi humedad, primero despacio, después con más decisión. Cuando encontró mi clítoris, me estremecí y tuve que apoyar una mano en el espejo para no perder el equilibrio.
—Mírame —pidió.
Abrí los ojos. En el espejo vi mi propia cara encendida, mi blusa desordenada, mis piernas abiertas sobre el lavabo y a él entre ellas, serio, concentrado, como si tocarme fuera lo único importante del mundo. Esa imagen me dio vergüenza y deseo al mismo tiempo.
—Así —dije apenas—. No pares.
No paró. Me frotó con dos dedos en círculos lentos, humedeciéndome cada vez más, y luego metió uno dentro de mí. Solté un gemido que intenté cortar mordiéndome la mano, pero él me sujetó la muñeca y negó con la cabeza.
—Quiero oírte, aunque sea bajito.
Metió un segundo dedo y empezó a moverlos con un ritmo firme, doblándolos justo donde mi cuerpo pedía más. Yo respiraba por la boca, temblando, con los tacones golpeando suavemente contra el mueble. Cada movimiento suyo me abría un poco más, me volvía más imprudente, más incapaz de pensar en el pasillo, en Camila, en cualquiera que pudiera acercarse.
Lo besé para ahogar otro gemido y mi mano volvió a su cinturón. Esta vez lo abrí. Le bajé el cierre con torpeza porque me temblaban los dedos, y cuando por fin lo saqué del pantalón, sentí su pene caliente y duro en mi palma. Damián cerró los ojos un segundo.
—Carajo —susurró.
Lo acaricié de arriba abajo, despacio, aprendiendo su tamaño, su peso, la manera en que su respiración cambiaba cuando apretaba un poco más. Él seguía moviendo los dedos dentro de mí y esa coordinación sucia, los dos tocándonos con la ropa a medio abrir en un baño de oficina, me encendió como nada que hubiera vivido antes.
Me bajé del lavabo solo para arrodillarme frente a él. No hubo ceremonia ni frase perfecta. Lo hice porque quería. Porque llevaba semanas imaginando su boca y sus manos, pero en ese momento lo que más deseaba era verlo perder el control por mí.
Lo tomé con la mano y pasé la lengua por la punta. Él apoyó una mano en la pared, encima de mi cabeza, y dejó escapar un sonido ronco. Después lo metí en mi boca poco a poco, sintiendo cómo se tensaba todo su cuerpo. Su sabor, su calor, la presión de su mano en mi cabello sin forzarme, todo me hizo olvidar el suelo frío bajo mis rodillas.
—Así, Lucía —dijo con la voz rota—. Qué bien lo haces.
Oír mi nombre en su boca mientras lo chupaba me hizo apretar los muslos. Subí y bajé con ritmo, ayudándome con la mano, mojándolo con la lengua, mirándolo desde abajo cada vez que podía. Él no apartaba la vista. Tenía la mandíbula tensa y los ojos oscuros, menos tranquilo que nunca.
Me incorporó antes de correrse. Me levantó con urgencia y volvió a sentarme sobre el lavabo. Me besó con mi propio sabor mezclado en su boca, y esa falta de pudor terminó de romper cualquier resto de cautela.
—Quiero cogerte —dijo contra mis labios—. Ahora.
—Hazlo.
Me acomodó al borde del lavabo y tiró de mi ropa interior hasta bajarla por mis piernas. La guardó en el bolsillo de su pantalón con una sonrisa breve que me pareció obscena. Luego se colocó entre mis muslos, me abrió más con las manos y rozó la punta de su pene contra mi entrada.
El primer empuje me dejó sin aire. Entró despacio, pero estaba tan excitada que mi cuerpo lo recibió con una mezcla de presión y alivio. Me agarré de sus hombros y apoyé la frente contra la suya, respirando entrecortada mientras él se quedaba quieto, hundido dentro de mí.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Sí —contesté de inmediato—. Muévete.
Damián empezó con embestidas cortas, profundas, cuidando el ruido del mueble contra la pared. Yo sentía cada entrada como una descarga que me subía desde las caderas hasta el pecho. La falda se me había enrollado en la cintura, la blusa estaba abierta de un lado y el espejo devolvía una imagen que parecía de otra mujer: una mujer adulta, consciente, hambrienta, dejándose coger en un baño cerrado con pestillo.
El ritmo cambió cuando le clavé las uñas en la espalda. Se volvió más fuerte. Más urgente. El lavabo crujió bajo mi peso y los dos nos quedamos quietos un segundo, escuchando si alguien se acercaba. Nada. Solo el zumbido de la luz y nuestra respiración desordenada.
—No puedo creer que estemos haciendo esto —dije.
—Yo sí —respondió, empujando de nuevo—. Lo pensé demasiadas veces.
Me penetró más rápido, sujetándome por las caderas para atraerme contra él en cada embestida. Yo mordí el cuello de su camisa para no gritar. El placer me estaba volviendo torpe, ruidosa, peligrosa. Cada vez que su pelvis chocaba contra mí, mi clítoris rozaba justo lo suficiente para acercarme al borde.
—Voy a acabar —le advertí, casi sin voz.
Él metió una mano entre nuestros cuerpos y empezó a frotarme mientras seguía follándome. Eso me deshizo. El orgasmo me subió rápido, brutal, sin delicadeza. Cerré los ojos, apreté las piernas alrededor de su cintura y temblé contra él, sintiendo cómo mi vagina se contraía alrededor de su pene mientras una oleada caliente me dejaba sin fuerza.
Damián me tapó la boca con un beso para tragarse mi gemido. No se detuvo. Siguió moviéndose dentro de mí, más irregular, más perdido, hasta que se separó apenas y apoyó la frente en mi hombro.
—Estoy por correrme.
Lo abracé con fuerza. Él salió de mí con un jadeo contenido y se corrió sobre mi vientre, en varias sacudidas calientes que me hicieron estremecer otra vez. Se quedó así unos segundos, respirando contra mi cuello, mientras yo sentía el latido de mi cuerpo todavía abierto, todavía sensible.
Entonces golpearon la puerta.
Tres golpes secos. Los dos nos congelamos. Damián levantó la cabeza de golpe y yo me tapé la boca con una mano, más por la risa nerviosa que por el miedo.
—¿Ocupado? —preguntó una voz desde afuera.
—Un momento —respondí, intentando sonar normal.
Nos movimos rápido, pero no como desconocidos avergonzados. Él tomó papel, me limpió con cuidado y luego se acomodó el pantalón. Yo bajé de aquel lavabo con las piernas flojas, arreglándome la falda y la blusa frente al espejo mientras intentaba reconocer mi cara.
Damián sacó mi ropa interior de su bolsillo y me la ofreció. Cuando fui a tomarla, cerró los dedos y me obligó a mirarlo.
—Quiero volver a verte.
—Vas a tener que devolverme eso primero.
Sonrió, pero no me la devolvió. Me besó una última vez, más corto, más peligroso por todo lo que prometía. Después abrió la puerta con una calma absurda y salió como si solo hubiera usado el baño por accidente.
Yo esperé unos segundos antes de salir. En el pasillo, Camila estaba apoyada contra la pared con los brazos cruzados y una ceja levantada. No dijo nada. Solo miró mi falda torcida, mi pelo desordenado y mi cara imposible de disimular.
—No preguntes —le dije.
—No hace falta —respondió, sonriendo.
Esa noche llegué a casa con la ropa interior en el bolso de Damián y un mensaje suyo en el teléfono: «La próxima vez no quiero tener que irme tan rápido». Lo leí tres veces antes de contestar. Todavía me temblaban las piernas, todavía sentía su boca, sus dedos, su cuerpo entrando en mí como si el baño siguiera cerrado alrededor de nosotros.
Escribí una sola frase: «Entonces busca un lugar donde nadie toque la puerta».
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