La madura que me pagó por obedecer
Llevo años haciendo reparaciones a domicilio. Nada glamuroso: tuberías, llaves de paso, cortocircuitos, enchufes quemados, persianas atascadas. Trabajo para una empresa de mantenimiento y, una vez al mes, me toca la guardia del sábado, ese turno en el que casi siempre no pasa nada y uno se pasa el día esperando que el teléfono no suene.
Yo pensaba que aquel sábado sería igual. Estaba solo en el local de guardia, tomando café recalentado y revisando avisos viejos en el móvil, cuando cerca del mediodía entró un mensaje de una clienta. Decía que tenía una pérdida de agua en el baño y que necesitaba que alguien fuera cuanto antes. Le respondí, me pasó la dirección y, apenas la vi, supe que no era una casa cualquiera.
La vivienda estaba en una zona privada a las afueras, una de esas urbanizaciones donde todo se ve silencioso, limpio y caro. Cargué el maletín con piezas, herramientas y un sifón de repuesto por si acaso, y me fui en la furgoneta pensando que sería un trabajo rápido. Ni de lejos imaginaba en qué iba a terminar aquella visita.
Soy un hombre divorciado, ya entrado en los cuarenta, sin nada especial más allá de ganarme la vida con las manos. Ni muy musculoso ni especialmente guapo, aunque tampoco me considero mal plantado. He tenido mis líos, claro, pero siempre dentro de lo normal. Lo que pasó ese día me abrió una puerta que ni siquiera sabía que existía en mí.
Cuando llegué, me abrió una mujer de servicio. No era mayor; se veía adulta de sobra, de unos treinta y tantos, morena, de piel tostada, pelo negro liso y ojos afilados que parecían examinarlo todo. Llevaba ropa sencilla, pero se movía con una seguridad que me llamó la atención.
—Pase. La señora está arriba —me dijo.
La seguí por una escalera ancha de mármol. La casa era enorme, decorada con un gusto frío y caro: esculturas, cuadros abstractos, alfombras gruesas, olor a madera pulida. Me condujo hasta un baño principal del tamaño de un estudio pequeño. En cuanto abrí el mueble bajo el lavamanos, vi el problema: el sifón estaba vencido y perdía por una junta ya podrida.
—Hay que cambiar la pieza —dije—. Lo tengo aquí mismo. Si me autoriza la señora, en veinte minutos queda listo.
—Hágalo —respondió ella—. Ya está avisada.
Se fue y me dejó solo. Me arrodillé frente al mueble, corté el paso, puse un cubo debajo y empecé a desmontar con la rutina de siempre. Estaba concentrado cuando oí tacones acercarse despacio sobre el suelo del baño.
Al volver la cabeza, la vi.
Era una mujer madura, claramente adulta, de presencia fuerte. Cabello oscuro, rizado, gafas grandes, boca carnosa, cuerpo generoso y elegante incluso vestida con ropa informal cara. No era una belleza delicada. Era de esas mujeres que ocupan el espacio y parecen acostumbradas a mandar sin alzar la voz.
—Así que usted es el técnico —dijo.
—Sí, señora. Ya vi la avería. Se resuelve rápido.
No respondió enseguida. Se quedó mirándome inclinado bajo el lavamanos, con el brazo metido entre las cañerías, y esa pausa me puso nervioso. Después cerró la puerta del baño con total calma. Yo pensé que querría revisar algo o hacerme una pregunta, pero lo que hizo fue acercarse al inodoro, bajarse la ropa interior y sentarse sin ninguna prisa.
Me quedé helado.
Escuché el chorro caer en el agua y seguí fingiendo que trabajaba, con la cara ardiéndome. No sabía dónde mirar. Mis manos tenían la pieza en la mano, pero la mente se me había ido por completo. Ella soltó una risa baja, como si mi incomodidad la divirtiera.
—¿Qué pasa? —preguntó—. ¿Nunca has visto a una mujer hacer esto?
—No así... quiero decir... no mientras trabajo.
—Mírame.
Lo dijo sin subir la voz, pero sonó a orden. Levanté la cabeza. Ella me sostuvo la mirada mientras se limpiaba despacio, sin ocultarse. Vi el vello oscuro entre sus piernas, la carne madura, el gesto seguro con que se acomodó la ropa después. Todo estaba calculado. Todo era para ponerme incómodo, duro y atento.
—No pongas esa cara. Me gusta saber quién trabaja en mi casa —dijo—. Sigue con lo tuyo.
Se fue dejando el baño impregnado con su perfume y con otra cosa más animal, más íntima, que se me metió directo en la cabeza. Intenté volver al trabajo, pero ya estaba excitado. La polla me pesaba dentro del pantalón y cada vez que aflojaba o apretaba una tuerca me venía la imagen de ella abriéndose de piernas a menos de dos metros.
Tardé poco en terminar. Monté el sifón nuevo, probé la estanqueidad, sequé todo y recogí. Cuando salí al pasillo, la empleada ya me estaba esperando, apoyada en la pared como si hubiera sabido exactamente cuándo iba a terminar.
—La señora quiere que revise otro desperfecto en su habitación —me dijo.
—¿Qué desperfecto?
—Se lo dirá ella. Al fondo.
Me señaló una puerta entreabierta. Toqué con los nudillos.
—Pasa —dijo la voz de la dueña.
Entré y la habitación estaba en penumbra, con las cortinas a medio cerrar. Tardé un par de segundos en acostumbrarme a la luz y entonces la vi sobre la cama. Ya no llevaba la ropa de antes. Tenía un conjunto negro de medias y ligueros, una bata abierta y nada de pudor. Estaba recostada, una rodilla doblada, mirándome como si supiera exactamente el efecto que producía.
—Cierra la puerta —ordenó.
Lo hice.
—Acércate.
Di dos pasos, luego otros dos, hasta quedar junto a la cama. El corazón me golpeaba fuerte. Ella apartó la bata con lentitud y abrió más las piernas. El vello oscuro entre sus muslos estaba húmedo. La visión me tensó de golpe. Noté la polla completamente dura contra el cierre.
—La reparación del baño ya terminó —dijo—, pero yo todavía no.
No supe qué contestar.
—Quiero que me comas el coño —añadió—. Y antes de decir una estupidez, sí, puedes tocarme. Supongo que te lavaste las manos.
—Sí, señora.
—Bien. Entonces arrodíllate.
Obedecí. Fue casi automático. Dejé el maletín a un lado y me puse de rodillas junto a la cama. Ella me agarró del pelo, no con brutalidad sino con firmeza, y me guio hasta quedar a centímetros de su sexo. El olor era fuerte, adulto, excitante. Se había mojado de verdad.
—Sácame la lengua —dijo.
Lo hice, y me aplastó la boca contra la vulva.
Empecé a lamer despacio. Primero una pasada larga por los labios, luego otra más firme, abriéndola con la lengua. Ella soltó aire por la boca y me apretó el cabello. Le metí la punta de la lengua entre los pliegues y encontré el clítoris ya hinchado. Cuando empecé a darle círculos, su muslo se tensó contra mi hombro.
—Así. No pares. Chúpalo bien.
Le abrí más las piernas con las manos y seguí. La saboreé con ganas, sin delicadeza falsa. Mi lengua subía y bajaba, y a la vez le metí un dedo, luego dos, bombeando despacio. Su coño se fue aflojando alrededor de mis dedos mientras su respiración se volvía más ruidosa.
—Más adentro —me ordenó—. Quiero sentirte.
Le hundí los dedos hasta el fondo y los curvé un poco. Ella soltó un gemido grave. Empecé a follarle el coño con la mano mientras le chupaba el clítoris con la boca, alternando lamidas rápidas con succiones lentas que la hacían retorcerse sobre las sábanas. Su lubricación me mojaba la barbilla.
—Desnúdate, pero no dejes de lamer.
Me bajé el pantalón y el bóxer como pude, torpemente, sin apartar del todo la boca. Mi polla saltó dura, ya brillante en la punta. Ella la miró apenas un segundo y sonrió.
—Eso pensé. Estabas loco por esto desde el baño.
Tenía razón.
Seguí comiéndola con más hambre. Mi lengua le golpeaba el clítoris, mis dedos entraban y salían viscosos, y ella empezó a mover la cadera contra mi cara, usándome sin vergüenza. Cada vez que yo intentaba marcar el ritmo, me tiraba del pelo para imponer el suyo.
—No pienses. Obedece.
La puerta se abrió.
No me giré, aunque supe enseguida quién había entrado. La empleada se acercó por detrás y cerró la puerta otra vez. Sentí su presencia a mi espalda, y en ese mismo instante la mujer madura me sujetó con más fuerza.
—Tú sigue —dijo—. Si apartas la boca de mi coño, te vas sin cobrar.
Tragué saliva y seguí lamiendo. El miedo me atravesó el cuerpo junto con una descarga de morbo brutal. Escuché el sonido de un frasco al abrirse detrás de mí. Un líquido frío cayó sobre la parte baja de mi espalda y empezó a extenderse por mis nalgas.
Las manos de la empleada eran firmes. Me abrió los glúteos, me untó lubricante entre ellos y luego rodeó mi ano con la yema de los dedos. Se me cerró todo el cuerpo.
—Relájate —susurró detrás de mí—. Si te tensas, te va a doler más.
Yo seguía con la cara hundida entre las piernas de la señora, respirando su olor, oyendo sus gemidos, mientras por detrás aquella otra mujer me masajeaba el culo con total naturalidad. Sentí un dedo presionar, insistir, colarse apenas. Se me escapó un jadeo contra el coño que estaba chupando.
—Eso, cariño —dijo la de la cama—. No dejes de comerme.
El dedo entró un poco más, giró, me abrió con paciencia. Luego salió y volvió a entrar mejor lubricado. Mi cuerpo intentaba cerrarse, pero el placer mezclado con la vergüenza me tenía confundido y excitadísimo. La polla me latía debajo del vientre, pegada al colchón.
—Por favor... despacio —murmuré.
—Vas aprendiendo —dijo la que estaba detrás.
Sentí otro chorro de lubricante. Esta vez más abundante. Después algo más grueso que un dedo empezó a empujar en mi entrada. Se me cortó la respiración.
—No, eso no... —alcancé a decir.
La señora me agarró de la nuca y me apretó la cara contra su sexo.
—Sí. Eso sí. Y mientras te lo meten, me sigues chupando como el buen chico que eres.
La presión aumentó. La punta de un arnés, o de un consolador sujeto al cuerpo de la empleada, empezó a forzar mi culo. Quemaba. Me abrió con lentitud cruel, milímetro a milímetro, y yo tuve que apretar los dientes para no apartarme. El clítoris de la señora seguía bajo mi lengua, palpitando, húmedo, y sus caderas se movían buscándome justo cuando yo quería escapar hacia delante.
—Respira hondo —dijo la de atrás—. Empuja como si fueras a soltarlo. Así.
Le hice caso. El cuerpo, en lugar de cerrarse, cedió un poco. La punta venció el primer anillo y entró de golpe unos centímetros más. Solté un gemido ahogado.
—Mi culo... joder...
—Qué bonito suenas —se burló la señora—. Sigue.
Me obligué a seguir lamiendo. Mis labios se movían sobre su coño mientras la penetración avanzaba por detrás, lenta pero implacable. Noté cómo me abría por dentro, cómo cada centímetro me forzaba a aceptar algo para lo que jamás me había preparado. Dolía, sí, pero junto al dolor venía una sensación sucia, intensa, desconocida, que me hacía gotear más por la punta.
—Ya casi está —susurró la empleada.
Luego apoyó su cuerpo contra mis nalgas y lo metió hasta el fondo de una sola presión sostenida. Se me nubló la vista. Me quedé inmóvil, con la boca pegada al sexo de la otra mujer, jadeando.
—Toda dentro, señora —dijo la de atrás.
—Entonces fóllatelo.
Las primeras embestidas fueron cortas. Entraba y salía apenas, dejándome acostumbrar el cuerpo al grosor. Cada movimiento me arrancaba un gemido involuntario. Poco a poco mi culo dejó de resistirse tanto. El dolor crudo empezó a mezclarse con un placer profundo, muy raro, que se expandía desde dentro hacia la polla.
La señora se estaba masturbando con una mano mientras yo le chupaba el clítoris. Con la otra me mantenía sujetado del pelo, administrando mi cabeza sobre su coño. Yo ya estaba perdido entre ambas. Una me usaba la boca y la otra me follaba el culo. No había espacio para pensar.
—Mete la lengua más fuerte —ordenó la madura—. Quiero correrme en esa boca.
Obedecí. Le clavé la lengua en el clítoris, alternando succiones duras y lamidas rápidas. Mis dedos volvieron a entrar en su coño al mismo tiempo que detrás de mí el ritmo aumentaba. La empleada ya no iba con cuidado. Me agarraba de las caderas y me embestía con ganas, sacando casi todo y metiéndolo otra vez hasta dejarme temblando.
El sonido de la piel, los gemidos de las dos y mis respiraciones rotas llenaban la habitación. Yo notaba el lubricante correrme entre las nalgas cada vez que aquella polla de goma me abría y entraba de nuevo. Mi culo se había acostumbrado lo justo para convertir el castigo en puro vicio. Cada empujón me rozaba por dentro de una forma que me ponía más duro.
—Míralo —dijo la señora, incorporándose un poco para ver mejor—. Lo tienes vuelto loco.
—Y todavía aguanta bien abierto —contestó la otra, dándome una embestida profunda que me hizo gemir contra el coño que estaba comiendo.
La madura soltó una risa baja y me metió dos dedos en la boca, empapados de su propio sabor.
—Chúpalos.
Lo hice sin dudar. Ella los sacó y me acarició el labio.
—Buen chico.
Esas dos palabras me recorrieron entero. No sé qué tenían, pero me hundieron más en el papel que me estaban imponiendo. Sentí vergüenza por excitarme tanto con aquello y, al mismo tiempo, ya no quería que parara.
La empleada cambió el ángulo, separándome más las nalgas con una mano mientras seguía clavándome el arnés con la otra guiando mi cadera. Así entraba más hondo. Me sacó un grito abierto.
—Ahí... joder... ahí sí...
—Ya ves que te gusta —murmuró detrás de mí.
La señora deslizó una mano hacia mi polla. No me la agarró entera. Solo la rozó con las yemas, embarrando el glande con el líquido que llevaba en los dedos. Ese contacto mínimo bastó para dejarme al borde del descontrol.
—No te corras todavía —dijo—. Te corres cuando yo te lo diga.
Retiró la mano y volvió a abrirse para mí. Yo seguía lamiéndola, empapado por delante y perforado por detrás. Ella empezó a frotarse contra mi boca con más violencia, usándome para alcanzar su orgasmo mientras la otra no aflojaba ni un segundo. Ya no eran embestidas tímidas; me estaban follando el culo de verdad, con ritmo, con autoridad, haciéndome sonar obscenamente cada vez que entraba lubricada y salía brillante.
—Me voy a correr —jadeó la madura—. No pares, no pares, no pares...
Apreté más la lengua sobre su clítoris y curvé los dedos dentro de su coño. Se puso rígida, me aplastó la cara contra su entrepierna y se corrió temblando, soltando gemidos roncos y largos. Me mojó la boca mientras su cuerpo se sacudía encima de mí.
Yo seguía recibiendo embestidas durante su orgasmo. Cuando ella terminó, me apartó apenas para mirarme. Tenía la respiración agitada, las mejillas encendidas y una expresión satisfecha y cruel a la vez.
—Ahora él —dijo.
Se bajó de la cama y se colocó frente a mí. La empleada no dejó de penetrarme. La señora se acuclilló, me tomó la polla con una mano y la empezó a masturbar despacio, solo lo justo para avivarme más. Su otra mano se metió entre mis nalgas y presionó alrededor del arnés cada vez que la otra embestía, como si quisiera sentir cómo me abrían entre las dos.
—Mira cómo chorrea —dijo, observando el líquido en la punta—. Nunca te habían tratado así, ¿verdad?
—No, señora...
—Dímelo bien.
—No, señora. Nunca.
Sonrió. Me escupió un poco en el glande y siguió pajeándome con lentitud calculada. Detrás de mí, el ritmo volvió a endurecerse. Mi cuerpo estaba tan excitado que cada empujón anal se me iba directo a la polla. Sentía el orgasmo subir en oleadas, cortado apenas por la orden de aguantar.
La madura se inclinó y me pasó la lengua por la punta. Solo una vez. Después otra. Luego me metió el glande en la boca y chupó con los labios cerrados mientras la empleada me daba tres embestidas seguidas, profundas, que me vaciaron la cabeza.
—Señora... ya no aguanto...
Ella soltó la polla, me miró a los ojos y dijo:
—Córrete.
Fue inmediato. Me explotó el cuerpo entero. Me corrí con un gemido vergonzoso, largo, mientras la señora me tomaba la polla en la boca y tragaba la leche que le iba soltando a sacudidas. Detrás de mí, la otra siguió follándome unos segundos más, más lento, exprimiendo hasta la última contracción de mi orgasmo. Sentía la verga artificial entrar y salir de mi culo mientras me vaciaba en una boca adulta que no dejaba escapar una gota.
Cuando terminé, me temblaban los brazos. La empleada retiró el arnés con cuidado. Me quejé en voz baja al sentir cómo salía, dejando mi culo caliente, sensible, aún abierto. La señora se incorporó, me sostuvo la barbilla y me besó. Fue un beso húmedo, sucio, dominador. Me devolvió en la lengua el sabor de mi propia corrida mezclado con el suyo.
—Traga —susurró.
Tragué.
Ella me acarició la mejilla como premio.
—Muy bien.
Me dejaron unos segundos arrodillado, recuperando el aire, con la polla ya blanda y el culo latiendo todavía. La empleada me alcanzó una toalla y la señora se puso de pie, cruzándose la bata sobre el cuerpo como si nada extraordinario hubiera pasado.
—Hay una ducha en el baño de invitados —dijo—. Te limpias, bajas, me firmas el servicio y te pago.
La seguí todavía aturdido. En el espejo del baño me vi la cara roja, el pelo revuelto y una expresión que no me reconocí: agotamiento, sí, pero también una excitación animal que seguía ahí, pegada al cuerpo. Me limpié el lubricante, el sudor y el resto de todo aquello con agua caliente, y mientras lo hacía me temblaban las piernas al recordar la sensación de aquella penetración, la orden de obedecer, el placer inesperado en el culo.
Cuando bajé, la señora ya estaba vestida de manera impecable otra vez, sentada frente a una mesa de cristal como si hubiera pasado la tarde leyendo. Firmó la orden de trabajo, me entregó el pago del servicio y luego deslizó un sobre cerrado hacia mí.
—Esto es por tu discreción y por tu actitud —dijo.
Lo guardé sin abrirlo.
La empleada me acompañó hasta la puerta. Antes de salir, se acercó lo justo para que solo yo la oyera.
—La próxima vez llegarás menos asustado.
Salí de esa casa con el cuerpo dolorido y la cabeza ardiendo. Dentro del sobre había mucho más dinero del que costaba cambiar un sifón. Pero no era solo la paga. Era lo otro. La certeza incómoda, excitante y ya imposible de negar de que me había gustado que me usaran así.
Esa misma noche, ya solo en mi apartamento, me masturbé pensando en sus órdenes, en la lengua de una sobre mi polla y en la de la otra dirigiéndome la cara entre sus piernas. Me corrí recordando la presión abriéndome el culo y el momento exacto en que el dolor se convirtió en placer.
No he vuelto a mirar una guardia de sábado de la misma manera.
Y desde entonces, cada vez que el teléfono suena para una reparación a domicilio, una parte de mí se pregunta si detrás de otra puerta no habrá una mujer madura esperando algo más que un arreglo.