La confesión del baño en la oficina
Nos cruzamos frente a la recepción cuando cada uno iba para un lado distinto. Él venía de la zona de elevadores, con esa camisa clara que siempre llevaba demasiado abierta en el cuello, y yo caminaba hacia el mostrador revisando un correo en el teléfono. Ni siquiera levanté la vista hasta que su mano atrapó la mía con una seguridad que me hizo frenar de golpe.
—Me debes algo —dijo, en voz baja esta vez, como si por fin hubiera aprendido a no llenar el aire con su ruido.
Lo miré con una mezcla de fastidio y curiosidad. Me había pasado meses soportándolo en reuniones, en pasillos, en el comedor, con sus bromas obvias y esa risa exagerada que siempre me hacía ponerme los audífonos para no escucharlo. Me parecía insoportable. O eso me repetía cada vez que me sorprendía mirando cómo se remangaba la camisa o cómo su boca se curvaba antes de soltar otra tontería.
—Yo no te debo nada —le respondí, seca.
Él no soltó mi mano. Solo apretó un poco más, sin violencia, pero con una decisión que me tensó el cuerpo. A nuestro alrededor había gente entrando y saliendo del edificio, el guardia mirando de reojo las pantallas y una compañera pasando con una carpeta en el brazo. Todo era demasiado normal para la corriente sucia que me subió desde el estómago hasta la garganta.
—Sí me debes algo —repitió—. Ese beso que me prometiste con los ojos desde hace semanas.
Lo odié por decirlo así. Lo odié porque tenía razón.
Di dos pasos hacia él, lo agarré por la camisa y lo besé antes de poder arrepentirme. No fue un beso educado ni breve. Le mordí el labio inferior, metí la lengua en su boca y le hundí los dedos en la nuca con una rabia que era casi alivio. Lo sentí quedarse inmóvil un segundo, sorprendido, y luego responder con una fuerza torpe, urgente, como si llevara demasiado tiempo conteniéndose.
Cuando nos separamos, los dos respirábamos más rápido. Él giró la cabeza hacia los lados, alerta, y yo también. El peligro estaba ahí, pegado a la piel, y precisamente por eso se volvió imposible dar marcha atrás.
—Ahora —murmuré.
No hizo falta explicar nada. Caminamos rápido hasta los sanitarios del fondo del pasillo y entramos al primero que encontramos libre. Cerró la puerta, pasó el cerrojo y en cuanto escuché ese clic le volví a caer encima.
El espacio era pequeño, frío, demasiado iluminado. El olor a jabón barato y desinfectante se mezcló enseguida con el calor de nuestros cuerpos. Lo empujé contra la puerta y volví a besarlo, más hondo, más sucio, apretándole el pecho con las manos mientras él me subía la falda por los muslos con una ansiedad que ya no tenía nada de graciosa.
—Así que no me soportabas, ¿eh? —susurró contra mi cuello.
—Sigo sin soportarte —le dije, y le mordí la mandíbula.
Se rió apenas, pero esta vez no me molestó. Me quité el suéter de un tirón y lo dejé caer sobre el dispensador de papel. Él abrió más botones de su camisa, metió las manos por debajo de mi falda y me acarició los muslos con las palmas calientes. Yo me di vuelta para pegarle el culo a la entrepierna y sentí de inmediato la dureza que empujaba desde dentro del pantalón.
—Joder —murmuró él, apoyando la frente entre mis omóplatos.
Estaba temblando. No sabía si de deseo o de nervios, probablemente de las dos cosas. Sus dedos buscaron el borde de mis medias, subieron despacio, tanteando, y cuando descubrieron que debajo no llevaba bragas soltó un gemido seco, casi incrédulo. Ese sonido me atravesó como una descarga.
—¿Viniste así al trabajo? —preguntó, con la voz rota.
—No para ti —mentí.
Me agarró de la cadera con una mano y con la otra me abrió entre las piernas. Sus dedos tocaron mi coño húmedo y se quedó quieto apenas un instante, como si el calor y la humedad lo hubieran desarmado. Después me acarició de arriba abajo, metiendo la punta de los dedos entre mis labios, y me arqueé contra él sin poder evitarlo.
—Estás empapada —dijo.
—Cállate y sigue.
Me obedeció. Metió un dedo, luego dos, despacio al principio, probando la resistencia de mi cuerpo, y yo tuve que agarrarme del lavabo porque las piernas ya me flaqueaban. Me los sacó y me frotó el clítoris con movimientos cortos y precisos, justo donde más quemaba. El sonido húmedo de sus dedos moviéndose entre mis piernas en aquel cubículo silencioso me puso más caliente todavía.
—Te imaginé así demasiadas veces —me confesó contra la oreja—. Con esa cara de seria y el coño chorreando.
La vulgaridad me excitó más de lo que quería admitir. Eché la cabeza hacia atrás y le ofrecí el cuello mientras él me lamía la piel y me seguía metiendo los dedos. Los movía con hambre, sin ternura, empujando adentro y curvándolos para buscarme mejor. Cada vez que rozaba ese punto que me hacía retorcerme, un gemido se me escapaba aunque tratara de morderlo.
Alguien entró al baño de afuera y ambos nos congelamos. Se oyeron pasos, una puerta, el ruido de un grifo abierto. Mi corazón empezó a latir tan fuerte que pensé que iba a delatarnos. Él dejó la mano quieta dentro de mí y me mordió el hombro para que no hablara. Yo apreté los muslos alrededor de su muñeca y sentí el orgasmo acumulándose con esa tensión insoportable de no poder hacer ruido.
Cuando los pasos se alejaron y volvió el silencio, él retiró los dedos y se agachó sin decir nada.
—¿Qué haces? —susurré, aunque ya lo sabía.
Me levantó una pierna, me quitó uno de los botines con torpeza y me bajó la media hasta el tobillo, luego la otra. El tirón me arrancó una risita nerviosa. Después me separó las piernas con las manos y me besó por dentro del muslo antes de meter la cara entre mis piernas.
Su primera lamida me hizo pegar la palma contra la puerta para no venirme ahí mismo. No fue tímido ni delicado. Me abrió con la lengua, me chupó el clítoris y volvió a meter dos dedos mientras me comía el coño con una avidez casi obscena. El sonido de su boca chupando, de mi respiración entrecortada, del dedo entrando y saliendo, me hizo perder de inmediato la poca compostura que me quedaba.
—Joder... así... no pares —le dije, sin reconocer mi propia voz.
Él respondió agarrándome mejor de los muslos y hundiendo la lengua más fuerte. Alternaba entre lamerme en círculos y chuparme el clítoris con presión, mientras los dedos me follaban a un ritmo constante, húmedo, cada vez más rápido. El borde del lavabo se me clavaba en la cintura, pero ni siquiera me importó. Solo podía sentir la tensión crecer, cerrarse, concentrarse entre las piernas.
—Me vas a hacer correr —le advertí, jadeando.
Lejos de frenar, redobló el ritmo. Me chupó con más fuerza, metió un tercer dedo un momento y eso bastó para romperme. El orgasmo me subió desde el vientre como un golpe. Temblé entera, cerré las piernas contra su cabeza y tuve que morderme el puño para no gritar mientras el coño me latía en espasmos contra su boca. Él siguió lamiendo durante el clímax, sacándome cada contracción hasta dejarme blanda, sudada, sostenida apenas por mis brazos.
Se levantó despacio. Tenía la boca brillante y la mirada oscura, desenfocada de calentura. Me giré para verlo de frente y, por primera vez en mucho tiempo, me quedé sin una réplica sarcástica.
—Ahora tú —dijo.
Se desabrochó el pantalón con dedos nerviosos, bajó la cremallera y se sacó la polla de la ropa interior. Mi sorpresa fue tan evidente que soltó una media sonrisa agotada. Era gruesa, dura, mucho más grande de lo que había imaginado debajo de sus trajes de oficina y de su cuerpo delgado. La punta estaba húmeda, tensa, y se movió apenas cuando la tomó con la mano.
—No me mires así —murmuró—, porque no voy a aguantar mucho.
Me arrodillé frente a él sobre el piso frío sin apartar la vista. Le pasé la mano por el muslo, luego le rodeé la base con los dedos y empecé a pajearlo despacio. Sentí cómo se endurecía todavía más bajo mi palma. Él soltó el aire de golpe y apoyó la cabeza contra la puerta del cubículo.
Saqué la lengua y le lamí la punta, recogiendo el líquido salado que ya asomaba. Después lo besé a lo largo, desde abajo hasta arriba, y lo envolví con los labios. Entró en mi boca caliente y pesado. Lo fui metiendo poco a poco, marcando el ritmo con la mano donde ya no llegaba mi boca, disfrutando de cómo se le tensaba el abdomen cada vez que tragaba un poco más.
—Mierda —dijo entre dientes—. Mierda, sigue así.
Lo chupé con ganas, sin prisa al principio, saboreándolo, apretándolo con la lengua contra el paladar y alternando succiones profundas con lamidas largas por el costado. Mi mano trabajaba la base y las bolas, masajeándolas apenas. Él empezó a respirar como si le faltara el aire. Bajó una mano hasta mi pelo y la dejó ahí, sin empujar, solo aferrándose como si necesitara sostenerse de algo.
Me miró hacia abajo cuando saqué la polla un momento para escupir sobre la punta y volver a meterla. Ese gesto lo quebró un poco más. Sus caderas dieron un impulso corto, involuntario, y yo lo dejé hacer, tomando el ritmo, chupándolo más rápido. El ruido húmedo de mi boca llenó el cubículo.
—Voy a correrme —advirtió, ya al límite.
Yo quería provocarlo, hacerlo sufrir un poco como me había hecho sufrir a mí durante semanas con su maldita presencia, así que saqué la polla, le besé la punta y le susurré:
—Todavía no.
Me puse de pie y lo besé para que probara mi sabor mezclado con el suyo. Él me agarró de la cintura con desesperación. Ya no había espacio para juegos largos. El deseo había cambiado de forma y se había vuelto una necesidad más cruda, más directa.
—Quiero follarte —dijo sin rodeos.
—Entonces fóllame.
Me giró otra vez y me inclinó sobre el lavabo. El espejo me devolvió la imagen absurda de mi pelo desordenado, la falda subida hasta la cintura y él detrás de mí, con la camisa abierta y la polla dura en la mano. Me separó las nalgas, me acarició la entrada con la punta y soltó un gemido al sentir lo mojada que seguía. Yo empujé hacia atrás, impaciente.
—Métela de una vez.
Entró despacio los primeros centímetros, y tuve que cerrar los ojos. Era grueso de verdad. Mi cuerpo lo fue aceptando con una mezcla de ardor y placer que me hizo jadear contra el espejo. Él se quedó quieto un segundo, respirando fuerte, con las manos agarradas a mis caderas.
—Joder, aprietas mucho —dijo.
—No te detengas.
Empujó más. Lo sentí abrirme, llenarme, avanzar hasta el fondo con una lentitud torturante. Cuando por fin estuvo completo dentro de mí, solté un gemido ronco que ya no pude contener. Él empezó a moverse con embestidas cortas al principio, como si tratara de no perder el control demasiado pronto, pero cada retirada y cada golpe de vuelta me encendían más.
—Más fuerte —le pedí.
Me obedeció. Sus manos me sujetaron de la cintura y comenzó a follarme de verdad, duro, con un ritmo más sucio y rápido que hacía temblar el lavabo. Cada embestida sonaba húmeda, escandalosa para un sitio donde cualquiera podía entrar en cualquier momento. Yo me abrí más para recibirlo mejor y él aprovechó el ángulo, dándome justo donde más me hacía ver estrellas.
—Así te quería —jadeó—. Doblada para mí, callándote a pollazos.
Solté una risa ahogada que terminó en gemido cuando me golpeó más profundo. Alcancé con una mano entre mis piernas y empecé a frotarme el clítoris mientras él me seguía follando sin compasión. El placer volvió a subir rápido, más intenso después del primer orgasmo, mezclado con el miedo delicioso de escuchar cualquier ruido afuera.
Alguien volvió a entrar al baño. Esta vez no se detuvo. Oímos pasos, el secador de manos y una tos breve. Él no frenó. Apenas me tapó la boca con una mano y siguió embistiéndome con dientes apretados, respirando en mi nuca. Yo me corrí contra su palma, silenciando el gemido, con las piernas temblando mientras su polla seguía entrando y saliendo a un ritmo brutal.
Sentí mis contracciones apretándolo y eso fue lo que terminó de empujarlo al borde. Me giró la cara apenas para verme en el espejo. Tenía la mirada perdida, la mandíbula tensa, una expresión casi incrédula de estar haciendo aquello conmigo, ahí.
—No voy a durar —me dijo.
—Entonces córrete.
Me dio tres embestidas más, profundas, desordenadas, y se quedó clavado hasta el fondo mientras se corría con un gemido bajo, largo, descargándose dentro del preservativo que se había puesto a medias entre una urgencia y otra sin que yo casi lo notara. Le temblaron los muslos, el pecho, las manos. Bajó la frente a mi hombro y se quedó ahí unos segundos, respirando como si hubiera corrido una distancia absurda.
Cuando salió de mí sentí un vacío inmediato, caliente, casi decepcionante. Él se quitó el condón con cuidado y lo envolvió en papel, todavía alterado.
—Estuve a nada de manchar todo —dijo, con una torpeza que me hizo sonreír por primera vez en toda la escena.
—Muy profesional de tu parte.
Nos limpiamos en silencio, todavía nerviosos. Yo me acomodé las medias, los botines y la falda; él se cerró la camisa con dedos temblorosos y trató de recuperar algo de compostura. En el espejo ninguno de los dos parecía exactamente la misma persona que había entrado ahí unos minutos antes.
—Salgo primero —dijo.
Asentí. Me dio un último vistazo, una mezcla de hambre y prudencia, y abrió la puerta cuando comprobó que no había nadie. Salió sin despedirse. Esperé un poco más, me lavé las manos por pura inercia y regresé al pasillo con el pulso todavía desbocado.
Nadie nos vio. O al menos nadie dijo nada.
***
Desde entonces nos saludamos con cortesía impecable. Él me pregunta por informes, yo le respondo con frases breves, y si coincidimos en una reunión fingimos una normalidad que a veces roza lo ridículo. Nunca volvimos a mencionar el baño, la falda subida, mi coño en su boca ni la forma en que me folló contra el lavabo mientras afuera la oficina seguía funcionando como si nada.
Pero hay cosas que no se borran solo porque uno decida callarlas.
A veces lo sorprendo mirándome las piernas cuando cree que no lo noto. Otras, soy yo la que se queda viendo sus manos y recuerda exactamente cómo se sintieron dentro de mí. Entonces aparto la vista, me pongo los audífonos y sigo trabajando como si no supiera lo que esconden esos gestos mínimos.
No sé si fue una sola locura o el comienzo de algo peor. Solo sé que cada vez que nos cruzamos en direcciones contrarias, una parte de mí vuelve a escuchar aquella frase y siente el mismo tirón en el vientre.
Y si alguna noche me toma otra vez de la mano para decirme que le debo algo, ya no estoy tan segura de querer negárselo.
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