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Relatos Ardientes

Mi adicción a la masturbación cambió una madrugada

Siempre me ha costado admitirlo en voz alta, incluso escribirlo me da una mezcla rara de vergüenza y alivio, pero la verdad es simple: durante una época me volví adicto al porno y a la masturbación. No hablo de hacerlo de vez en cuando ni de una racha más caliente de lo normal. Hablo de necesitarlo como quien necesita cerrar una puerta dos veces antes de dormir, como una compulsión que se me metía en la cabeza y no me dejaba en paz hasta que me corría.

Vivo desde hace años lejos de mi país, compartiendo piso y rutina con mi pareja, y por fuera nuestra vida parecía perfectamente normal. Trabajábamos, cenábamos juntos, nos reíamos con cualquier tontería y, de vez en cuando, follábamos como una pareja cualquiera. Pero había una parte de mí que ella no conocía del todo, una parte que se activaba sobre todo de noche, cuando la casa se quedaba en silencio y la pantalla del móvil parecía llamarme desde la mesita.

Nunca fui bueno hablando de sexo. Menos aún de masturbarme. Me daba pudor reconocer que lo hacía con frecuencia, que a veces me pajeaba incluso después de haber follado con ella ese mismo día, o que había noches en las que mi cabeza necesitaba imágenes más concretas, más directas, más sucias. No era que me faltara deseo por mi pareja; al contrario, la deseaba mucho. Pero el porno se había convertido en otra cosa, en un disparador inmediato, en un refugio y en un vicio.

Empecé con vídeos sueltos, como hace casi todo el mundo. Luego fui afinando gustos. Me excitaban especialmente las escenas de parejas follando en lugares públicos, las mujeres masturbándose sabiendo que alguien podía verlas, los juegos de miradas, el morbo de estar a punto de ser descubiertos. El voyeurismo me encendía la cabeza antes incluso de tocarme. Ver a alguien exponerse, observar sin participar, imaginar el olor, la tensión, el ruido ahogado de los gemidos tratando de no salir demasiado alto. Todo eso me ponía durísimo.

Lo peor era la rutina que se me fue instalando sin que me diera cuenta. Al despertar, una paja rápida en la ducha. A media tarde, si estaba solo, otra. Y por la noche, después de cenar o ya metido en la cama, el móvil en la mano y los calzoncillos bajados hasta los muslos. A veces me corría en tres minutos; otras, me quedaba una hora saltando de vídeo en vídeo porque nada me terminaba de llenar. Cuanto más miraba, más necesitaba.

Hubo una madrugada en la que entendí que ya no era solo costumbre.

Nos habíamos acostado tarde. Ella cayó dormida enseguida, de espaldas a mí, respirando despacio, con el pelo desparramado sobre la almohada. Yo, en cambio, tenía los ojos abiertos como platos. Sentía ese zumbido conocido en el cuerpo, una inquietud que me recorría desde el estómago hasta la entrepierna. Ya me había masturbado dos veces ese día, y aun así tenía la polla palpitando dentro del bóxer, dura, pesada, sensible al simple roce de la tela.

Intenté ignorarlo. Cerré los ojos, cambié de postura, bebí un poco de agua. Nada funcionó. Cuanto más trataba de dormir, más me asaltaban imágenes: una mujer abriéndose de piernas en un coche, una pareja follando en una playa al anochecer, otra mujer llevándose dos dedos al coño mientras miraba a cámara con esa expresión de desafío que parece decir «mírame, sé que te estás poniendo cachondo». Yo ya tenía la respiración alterada.

Al final agarré el móvil con cuidado para no mover el colchón. La luz me dio de lleno en la cara y me hizo sentir culpable desde el primer segundo, como si estuviera haciendo algo peor que una simple paja. Navegué por varias páginas, pasé de un vídeo a otro, pero nada terminaba de engancharme. Entonces encontré un portal de relatos y me dio curiosidad. Siempre había pensado que leer no podría excitarme tanto como ver, pero esa noche estaba tan necesitado que me lancé a probar cualquier cosa.

Entré en una historia de voyeurismo sobre una pareja en una playa apartada. La manera en que estaba contada me atrapó de inmediato. No eran solo imágenes; era meterme en la cabeza del que miraba, sentir el calor, la arena, la tensión de estar escondido mientras ellos se desnudaban. A los pocos párrafos ya tenía la polla tan dura que me dolía.

Deslicé la mano por debajo de la sábana y me bajé el bóxer con una lentitud ridícula, pendiente de no despertar a mi pareja. Saqué la polla y sentí el alivio inmediato de dejarla libre, tiesa contra el vientre, caliente y húmeda en la punta. Me escupí un poco en la mano y empecé a acariciármela despacio, con movimientos cortos, leyendo con una mano y pajeándome con la otra.

La sensación fue distinta a la del porno. Más íntima. Más sucia, incluso. Cada frase me obligaba a imaginar mejor lo que estaba pasando, y como la imaginación la estaba poniendo yo, todo me entraba más adentro. El relato describía a la mujer tumbada sobre una toalla, abriéndose las piernas mientras su pareja la miraba y otro hombre observaba escondido entre las rocas. Yo me apretaba la polla con toda la mano, subiendo y bajando el prepucio, sintiendo cómo se me ponía brillante de preseminal.

Tuve que contener un gemido cuando imaginé a ese hombre acercándose por fin para meterle la lengua. Mi ritmo cambió solo. Empecé a pajearme más fuerte, más rápido, apretando en la base y deslizando la palma hasta la cabeza para luego volver abajo. La cama crujió apenas. Me congelé. Miré a mi pareja. Seguía de espaldas.

Volví a leer. El relato se volvía más explícito, y mi respiración también. Notaba los huevos tensos, recogidos, la polla latiéndome en la mano. La escena de la playa pasó del mirar al tocar, del tocar al follar, y yo seguía allí, al lado de la mujer con la que compartía la cama, masturbándome en silencio con una mezcla de necesidad y culpa que me puso todavía más cachondo. Era como si el riesgo mismo de que me descubriera formara parte de la excitación.

Estaba a punto de correrme cuando sentí algo que me dejó helado: un movimiento mínimo al otro lado de la cama. No una sacudida de sueño. Un movimiento consciente. La espalda de mi pareja se tensó apenas y luego se relajó. Cerré la página de golpe, solté la polla y me quedé inmóvil.

Pasaron varios segundos. Después escuché su voz, baja, ronca, completamente despierta.

—Si vas a seguir, al menos no pares por mí.

Se me secó la boca. —Pensé que estabas dormida.

Ella giró despacio hasta quedar boca arriba. No estaba enfadada. No parecía herida. Lo que tenía en la cara era otra cosa: curiosidad, morbo, una especie de descaro que no le había visto nunca a esa hora. —Llevo rato despierta —dijo—. Y también llevo rato escuchándote respirar como si te estuvieras muriendo de ganas.

No supe qué contestar. Me quedé con la polla fuera, medio tapada por la sábana, como un idiota sorprendido en mitad del crimen. Ella bajó la mirada, vio sin disimulo mi erección y se mordió el labio.

—¿Qué estabas viendo?

—No era un vídeo —admití—. Era un relato.

—¿Y te puso así de duro solo leyendo?

Asentí. Me ardían las orejas. Pensé que ahí llegaría la conversación incómoda, el reproche, la vergüenza completa. En cambio, ella se giró hacia mí, acercó una rodilla entre mis piernas y rozó con los dedos la base de mi polla por encima de la sábana.

—Entonces quiero saber qué estabas imaginando.

Ese contacto casi me hace temblar. —Era una historia de voyeurismo. Una pareja en la playa. Otro tipo mirando. Luego se unía.

Ella no apartó la mano. Al contrario, empezó a acariciarme con calma, apenas sujetándome el tronco mientras el pulgar me rozaba la cabeza húmeda. —Con razón estabas tan caliente. Siempre escondiéndote, ¿no?

—Me da vergüenza hablar de esto.

—Pues deja de hablar y enséñame.

Me besó antes de que pudiera pensar demasiado. Tenía la boca caliente, todavía cargada de sueño, y me besó con hambre. Metí la mano entre sus muslos por puro impulso y me encontré con que no llevaba ropa interior. La yema de mis dedos tocó su coño y lo noté húmedo, más húmedo de lo normal, como si llevara un rato excitándose en silencio mientras me oía pajearme al lado.

—Joder —murmuré.

—Sí —respondió, separando apenas los labios de mi boca—. Joder.

Le acaricié el clítoris en círculos pequeños y ella soltó un gemido bajo, sincero, nada fingido. Eso me disparó otra vez. Empecé a masturbarme con una mano mientras con la otra la tocaba a ella, alternando entre meterle un dedo y frotarle arriba, notando cómo abría más las piernas para darme mejor acceso. La mezcla de mis dedos mojados con su excitación y mi propia polla resbalando en la otra mano era demasiado.

—Quiero verte —dijo de pronto—. Quiero ver cómo te la tocas.

Aparté la sábana. La tenue luz que entraba por la ventana dibujó mi erección con claridad. Ella la miró sin pudor, de arriba abajo, y luego pasó la punta de los dedos por una vena marcada del tronco. —Estás a punto de correrte —susurró.

—Sí.

—No todavía.

Se incorporó y bajó la cabeza. Cuando me lamió la punta, lenta, recogiendo el líquido que ya asomaba, se me escapó un jadeo. Luego abrió la boca y me la tragó entera todo lo que pudo, sin prisas, con una habilidad que me hizo entender que también ella tenía fantasías que nunca me había contado. Empezó a chuparme con ritmo, apretando los labios al subir, hundiéndome hasta el fondo al bajar, mientras una de sus manos me masajeaba los huevos.

Yo le agarré el pelo con cuidado, más para sostenerme que para guiarla. —Así... joder, así.

Ella soltó la polla un segundo. —Quiero que me digas qué leías.

—Que la miraban mientras se tocaba —contesté, casi sin aliento—. Que eso la ponía más cachonda. Que después le abrían las piernas y le comían el coño ahí mismo.

—Entonces hazlo conmigo.

Se tumbó de espaldas y abrió los muslos. No hubo nada elegante en lo que hice después. Le separé bien las piernas y me metí entre ellas de inmediato, hundiendo la cara en su coño con hambre atrasada. Le pasé la lengua de abajo arriba, lenta al principio, saboreando su humedad, y ella me respondió con un gemido más alto. Volví a hacerlo, esta vez apretando más, y luego me centré en el clítoris, chupándoselo con pequeñas succiones mientras le metía un dedo, luego dos, curvándolos adentro para encontrarle ese punto que siempre la hace perder el control.

Se retorcía contra mi boca, mojándome la barbilla. —No pares... no pares, sigue así.

Yo seguí. Le comí el coño como si me hubiera pasado semanas sin probarlo, alternando lengua y dedos, oyendo cómo su respiración se desarmaba poco a poco. Cuando empezó a cerrar las piernas alrededor de mi cabeza supe que estaba cerca. Le saqué los dedos casi del todo y se los volví a meter de golpe, profundos, mientras le chupaba el clítoris con fuerza. Ella se corrió con un espasmo brusco, agarrando la sábana, jadeando mi nombre entre dientes.

No la dejé descansar mucho. Me levanté con la cara húmeda, la polla otra vez durísima, y ella me agarró de la nuca para besarme. Se probó a sí misma en mi boca y eso pareció excitarla todavía más. —Ahora fóllame —dijo—. Pero no suave.

No hacía falta que me lo repitiera. Me coloqué entre sus piernas y le froté la punta de la polla por la entrada, ya empapada, extendiendo su humedad por todo el glande. Ella levantó las caderas, impaciente. —Métela de una vez.

Entré de una embestida larga. Los dos soltamos aire al mismo tiempo. Estaba tan húmeda y tan caliente que me costó no correrme en ese primer empuje. Me quedé un segundo dentro, sintiendo cómo su coño me apretaba, y luego empecé a moverme, primero despacio, después cada vez con más ritmo.

La cama comenzó a golpear contra la pared en un compás sordo. Ella me rodeó la cintura con las piernas y me clavó las uñas en la espalda. —Más fuerte.

La obedecí. Empecé a follármela de verdad, sacando casi toda la polla y volviéndosela a meter hasta el fondo, una y otra vez, notando el ruido húmedo de cada embestida, el calor brutal de su cuerpo recibiéndome. Sus tetas rebotaban con el movimiento y yo bajé una mano para apretarle una mientras con la otra le sujetaba el muslo abierto.

—¿Así te gusta? —pregunté, ya sin ningún rastro de vergüenza.

—Sí, joder, así. No pares.

Le agarré la barbilla y la besé mientras seguía entrando y saliendo de ella con fuerza. La sensación de estar follando al lado del mismo móvil con el que minutos antes me pajeaba en secreto me puso la cabeza del revés. Todo se había mezclado: la culpa, el morbo, el deseo, el miedo a ser descubierto y la libertad brutal de no esconderme ya.

Ella se giró sola, poniéndose de lado primero y luego a cuatro patas sin dejar de gemir. La seguí al instante. Desde atrás tenía el culo perfecto, abierto para mí, invitándome a darle más duro. Le sujeté la cadera y la penetré otra vez, profundo, haciendo que se le escapara un grito ahogado contra la almohada. Desde esa postura podía ver cómo mi polla entraba y salía de su coño brillante.

Ese detalle me terminó de encender. Le di varias embestidas seguidas, rápidas, secas, y luego más hondas, marcando el ritmo con la mano en su cintura. Ella echó una mano entre las piernas para tocarse el clítoris mientras yo la follaba por detrás, y esa imagen, su cuerpo abierto, su mano masturbándose, mi polla desapareciendo dentro de ella, fue más fuerte que cualquier vídeo que hubiera visto nunca.

—Te gusta que te miren, ¿eh? —le dije al oído, inclinándome sobre su espalda.

—Me gusta que me mires tú mientras me haces esto.

Le metí la mano por delante y le pellizqué suave el clítoris. Se estremeció. —Entonces córrete así.

Obedeció casi de inmediato. Empezó a temblar otra vez, esta vez más fuerte, apretándome el cuerpo con sacudidas internas que me volvieron loco. Yo ya estaba al límite. Aguanté unas cuantas embestidas más, viendo cómo se corría, oyéndola gemir contra la almohada, hasta que no pude sostenerlo más.

La saqué y me la agarré con la mano, bombeando dos veces sobre su culo y su espalda baja antes de correrme con fuerza. La corrida me salió espesa, a pulsos, salpicándole la piel caliente mientras yo gruñía entre dientes, vacío y tembloroso. Seguí pajeándome hasta sacar la última gota, con la frente apoyada entre sus omóplatos.

Nos quedamos así unos segundos, respirando descompuestos. Luego ella se giró, miró el desastre y sonrió con una naturalidad que me desarmó. Pasó dos dedos por una parte de mi corrida y se los llevó a la boca, sin apartar los ojos de mí.

—Definitivamente tenemos que hablar más —dijo.

Me eché a reír, todavía sin recuperar del todo el aliento. —Pensé que te ibas a enfadar.

—Me habría enfadado si siguieras ocultándote —respondió—. No porque te masturbes. No porque veas porno. Me jode más que te lo tragues solo y te llenes de vergüenza.

Nos limpiamos un poco con lo primero que encontramos y volvimos a tumbarnos. Yo seguía excitado de un modo raro, no por seguir follando sino por la descarga de haber dicho por fin algo que llevaba demasiado tiempo escondiendo. Creí que ahí terminaría todo, con el alivio, el cansancio y quizá alguna conversación pendiente al día siguiente. Pero ella todavía tenía algo más guardado.

—La próxima vez —murmuró, acariciándome el pecho— no quiero despertarme a mitad de tu paja. Quiero empezar contigo desde el principio.

—¿Desde el principio cómo?

—Quiero ver lo que lees. Quiero tocarme mientras te tocas. Quiero saber qué fantasías te encienden tanto como para no dejarte dormir. Y si alguna me pone a mí también, la hacemos.

Sentí otro tirón en la entrepierna, menos urgente, pero real. —¿También te excitó escucharme?

Ella sonrió sin vergüenza. —Muchísimo. Oírte respirar distinto, notar cómo intentabas no hacer ruido, imaginarte con la polla en la mano al lado mío... Me mojé antes de tocarte.

Esa confesión me golpeó más fuerte de lo que esperaba. Porque de pronto entendí algo que hasta entonces se me había escapado: mi problema no era solo la cantidad de porno o de pajas. También era el silencio. El convertirlo en un rincón aparte, secreto, donde mi deseo no podía mezclarse con la realidad. Esa noche, en cambio, la realidad le había ganado a la pantalla.

No voy a mentir diciendo que al día siguiente se me curó todo de golpe. No pasó eso. Seguí masturbándome, seguí leyendo relatos, seguí buscando escenas que me pusieran cachondo. Pero ya no era igual. Empecé a hablar más con mi pareja, a contarle qué me gustaba, a preguntarle qué le gustaba a ella. A veces me la pajeaba a su lado mientras me besaba. A veces me leía en voz baja algún fragmento y terminábamos follando antes de llegar al final. Otras veces era ella la que se metía la mano entre las piernas mientras yo la miraba, solo para alargar el momento hasta que no podíamos más.

Lo más fuerte de todo fue descubrir que me excitaba más una confesión compartida que cualquier vídeo en alta definición. Ver a mi pareja abrirse conmigo, decirme sin rodeos que quería que le comiera el coño, que quería chuparme la polla mientras le contaba lo que estaba imaginando, que quería correrse escuchándome describir otras escenas, me sacó de un encierro que yo mismo había construido.

Por eso escribo esto. Porque durante mucho tiempo pensé que mi adicción era solo una manía sucia que tenía que esconder. Y sí, hubo algo compulsivo y desordenado en todo aquello. Pero también había deseo sin nombrar, fantasías atragantadas y una vergüenza que me hacía más daño que la propia paja. Aquella madrugada, con el móvil en una mano y la polla en la otra, pensé que estaba tocando fondo. Lo que no sabía era que estaba abriendo una puerta.

Desde entonces sigo disfrutando del morbo de leer, de masturbarme, de imaginar. La diferencia es que ya no me siento solo dentro de eso. Ahora sé lo que pasa cuando el deseo deja de esconderse bajo la sábana y encuentra a alguien al otro lado dispuesto a decirte, con la voz dormida y la mano ya buscándote, que no pares.

Lo que pasa en los relatos también pasa en la vida real: descubrí escorts en Mar del Plata.

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Comentarios(7)

Vale_lectora

Tremendo!!! No me lo esperaba para nada.

NatiR86

Lo lei de un tiron, no pude parar. Ese giro al final es lo mejor, muy bien logrado.

FerBaires

Me recordo a algo parecido que me paso hace un tiempo, aunque en mi caso no termino igual jaja. Lo bueno es que lo contaste muy natural, sin exagerar nada, eso es lo que lo hace creible.

Ernesto68

Excelente relato, de los mejores que lei esta semana.

SabrinaZ_lec

Que situacion mas inesperada! La forma en que lo describis hace que te imagines perfectamente cada momento. Muy bien escrito la verdad.

MatiasQ_91

Y despues que paso?? necesito la segunda parte jaja

Roxana_Guemes

Buenisimo, se hizo muy corto. Espero que hayas escrito mas relatos asi porque definitivamente los leo todos.

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