Mi vecino maduro me dejó temblando
Me llamo Nadia, y cuando pasó esto yo ya era una mujer adulta, viviendo todavía con mi madre por comodidad y costumbre. Siempre había pensado que nuestro vecino, Julián, era de esos hombres que saben entrar a cualquier casa sin incomodar a nadie: educado, atento, paciente, con esa seguridad tranquila que no necesita presumirse. Ayudaba con cosas pequeñas, cargaba bolsas cuando nos veía llegar, arreglaba lo que se rompía, y yo estaba convencida de que la que de verdad le interesaba era mi madre.
Eso me dejaba una incomodidad rara. No celos exactamente, porque ni siquiera me había planteado gustarle. Más bien una espina absurda, como si me molestara que un hombre así me tratara con tanta ternura sin verme de verdad como mujer.
La mañana en que todo cambió, mi madre ya se había ido a trabajar y yo estaba sola lavando los platos. La llave del fregadero se soltó de golpe y el agua empezó a salpicar por todas partes. La cocina quedó hecha un desastre en segundos y, mientras intentaba cerrar el paso con una mano y secar con la otra, llamé a mi madre.
—Pídele ayuda a Julián —me dijo—. Si está en su casa, seguro te echa la mano.
Colgué, me limpié como pude y crucé al departamento de al lado. Llevaba una falda clara, medias largas y una camiseta amplia que me había puesto solo para estar cómoda en casa. Cuando él abrió, me dedicó esa media sonrisa tranquila de siempre, pero al verme agitada y con la ropa salpicada me recorrió con una mirada distinta, más lenta.
—¿Qué pasó?
—Se soltó la llave de la cocina y no puedo controlarla.
—Vamos.
Entró conmigo sin hacer preguntas. Cerró el suministro, revisó la pieza suelta, buscó una herramienta de su caja y en pocos minutos dejó todo funcionando. Yo me quedé a su lado observándolo, más pendiente de sus manos y de su espalda bajo la camisa que de la tubería. Era un hombre fuerte, cuidado, de esos que no parecen obsesionados con su cuerpo pero igual se notan sólidos, firmes, muy hombres.
Cuando terminó, me incorporé del borde del fregadero y le pregunté, casi por compromiso:
—¿Cuánto te debo?
Él soltó una risa baja, dejó la herramienta sobre la encimera y se acercó despacio. Me apartó un mechón de la cara con los dedos y me acarició la mejilla. Ese simple roce me calentó más de lo que me habría gustado admitir.
—Con verte así de cerca, ya me doy por bien pagado.
Me reí por nervios, creyendo que era una broma. Pero no se apartó. Me sostuvo la barbilla entre los dedos, me levantó un poco la cara y me besó. No fue un roce torpe ni una prueba tímida. Fue un beso directo, caliente, con la lengua entrando en mi boca como si llevara tiempo imaginándolo.
Se me cortó la respiración. En vez de apartarlo, me agarré de su brazo. Sentí su otra mano deslizarse por mi muslo, meterse bajo la falda y apretarme una nalga por encima de la tela de mis bragas. Gemí dentro de su boca sin querer, y ese sonido le cambió la respiración.
Cuando se separó, yo tenía los labios húmedos y la cabeza un poco ida.
—Llévame a tu cuarto —me dijo en voz baja—. Quiero cogerte como llevo meses imaginando.
Debería haber pensado en mi madre, en el edificio, en lo imprudente de todo. En lugar de eso, lo tomé de la mano y lo guié escaleras arriba. Tenía el pulso disparado. Cada paso me hacía sentir más puta y más excitada.
Apenas cruzamos la puerta de mi habitación, me empujó contra la pared y volvió a besarme. Esta vez con más hambre. Yo le metí las manos bajo la camisa y sentí el calor de su torso, la dureza de su abdomen. Mientras nos comíamos la boca, él empezó a desabrocharse el pantalón con una calma que me desesperó.
Me aparté un poco para quitarme la camiseta, pero me detuvo sujetándome las muñecas.
—No. Te desnudo yo.
Se quitó la ropa primero. Camisa, cinturón, pantalón, bóxer. Cuando quedó completamente desnudo, lo miré sin disimulo. Entendí al instante por qué su seguridad era tan tranquila. Tenía una verga gruesa, larga, ya dura y pesada, apuntando hacia su abdomen. Solo verla me dio una mezcla de morbo y miedo que me mojaba más.
Levantó mi cara de nuevo, besó mi cuello y empezó a lamerme despacio bajo la mandíbula. Su polla rozaba mis muslos desnudos por debajo de la falda, a veces empujando contra mis bragas. Esa sensación, yo todavía medio vestida y él completamente desnudo, me hizo sentir exhibida, ofrecida, como si mi propio cuerpo se hubiera puesto a su disposición antes que mi cabeza.
Me alzó la camiseta hasta los pechos y se quedó mirándolos un segundo. Como no llevaba sostén, se inclinó enseguida y me metió un pezón en la boca. Lo chupó fuerte, con ganas, mientras una mano me sujetaba la cintura y la otra me amasaba el otro pecho. Se escondía bajo la tela, respirando caliente contra mi piel, lamiéndome y mordiéndome hasta que mis rodillas empezaron a aflojarse.
—Joder, qué buena estás —murmuró contra mis tetas.
Me quitó la camiseta por fin y la lanzó al suelo. Después me recogió la falda hasta la cintura y me bajó las bragas de un tirón, agachándose frente a mí. Sentí vergüenza al instante porque no estaba completamente depilada, pero cuando vi su expresión entendí que eso le gustaba todavía más. Pasó el pulgar por mis labios, apartándolos, y soltó un gruñido bajo.
—Así te quería ver.
Me abrió bien las piernas con las manos y acercó la cara. Primero me olió. Después me dio una lamida larga, desde abajo hasta arriba, y me arrancó un gemido seco. Se tomó su tiempo. Lengua plana, luego la punta, luego pequeños chupetones en el clítoris mientras yo le agarraba el pelo y me retorcía contra la pared.
—Julián…
—Dime qué te gusta.
—No pares.
Sonrió contra mi coño y metió dos dedos de golpe. Mi cuerpo se arqueó. Los sacó despacio, brillantes de mi humedad, y me los llevó a la boca.
—Chúpalos.
Obedecí. Cerré los labios alrededor de sus dedos y probé mi propio sabor mirándolo a los ojos. La forma en que me sostuvo la mirada hizo que me sintiera todavía más sucia, pero ya no en un sentido malo. Me estaba poniendo como nunca.
Me llevó a la cama. Se sentó en el borde con las piernas abiertas y me atrajo por la cintura hasta dejarme de rodillas entre sus muslos. Su verga estaba a la altura de mi cara, dura y brillante en la punta.
—Abre la boca.
Lo hice. Me apoyó la mano en el cabello, se agarró la polla con la otra y me rozó los labios con la punta antes de empujarla adentro. Lo tomé despacio al principio, acomodándome a su grosor, pero enseguida empezó a marcar el ritmo con la mano en mi nuca. Entraba y salía de mi boca cada vez más profundo, y yo bajaba todo lo que podía mientras lo masturbaba donde ya no me cabía.
La saliva me chorreaba por la barbilla y por su tronco. Cada vez que necesitaba aire intentaba apartarme, pero él solo me daba un segundo, me metía dos dedos en la boca para mantenerla abierta o me guiaba de vuelta a su verga. No era brutal, pero sí mandón, firme, como si supiera exactamente cuánto podía exigirme.
—Así. Buena chica. Trágala.
Yo gemía con la boca llena y seguía chupando. Sentía cómo se le tensaban los muslos, cómo respiraba más fuerte. A veces me acariciaba la espalda; otras, me agarraba las nalgas por debajo de la falda y me las abría para mirarme mientras se follaba mi boca. Esa mezcla de cuidado y uso me estaba volviendo loca.
Cuando me sacó la verga de la boca, yo estaba jadeando. Me la frotó por la cara, húmeda de saliva, pasando la punta por mis labios y por mi mejilla. Luego me levantó del brazo y se acomodó más atrás en la cama.
—Siéntate encima.
Me subió a horcajadas sobre él. Quedé con el pecho pegado al suyo, sus brazos rodeándome con fuerza. Le besé el cuello, todavía temblando. En cuanto sentí la punta buscar mi entrada, reaccioné.
—Espera… no tengo condones. ¿Tú tienes?
Él me miró sin aflojar el agarre.
—No.
—Entonces…
Me apretó una nalga, colocó la punta justo en mi coño y me habló al oído:
—Lo vas a disfrutar igual.
No me dio tiempo a discutir. Empujó y sentí que me abría. Primero la cabeza, gruesa, estirándome. Luego más. Solté un gemido agudo y me aferré a sus hombros. La penetración me dolió un poco al principio, pero el dolor venía envuelto en un placer tan intenso que no pude echarme atrás.
—Despacio… —alcancé a decir.
En vez de detenerse, me levantó apenas de las nalgas y me volvió a bajar sobre su verga, esta vez hasta más adentro. Me arrancó un grito. La tercera vez me sentó por completo. Sentí toda su polla enterrada dentro de mí, pesada, caliente, llenándome hasta el fondo.
Me quedé rígida un segundo, tratando de asimilar la sensación. Él me sostuvo quieta, besándome el hombro, dándome tiempo justo para que mi cuerpo cediera alrededor de su grosor. Cuando empecé a relajarme, comenzó a moverse.
Primero fueron empujones cortos, medidos. Luego más largos. Su verga me abría por dentro en cada subida y cada bajada. Yo gemía pegada a su cuello, sintiendo sus manos clavadas en mis nalgas. Apenas me dejaba llevar el ritmo; prácticamente me usaba, levantándome y bajándome sobre él a su antojo.
—Mírate —me dijo, llevándome una mano al vientre—. Trágandote toda mi polla.
Bajé la vista y vi cómo desaparecía dentro de mí una y otra vez. La imagen me disparó más deseo. Empecé a mover las caderas también, buscando el ángulo que me rozaba mejor por dentro. Él sonrió al notar que ya no me resistía, y apretó más fuerte.
—Eso, así. Ya te gustó que te coja duro.
No supe qué responder porque tenía razón. Yo había tenido sexo antes, pero casi siempre suave, correcto, hasta predecible. Lo de él era otra cosa. Más sucio, más decidido, más masculino. Me hacía sentir pequeña y muy abierta, como si mi cuerpo hubiera estado esperando precisamente esa clase de trato.
Subió una mano a mi pecho y me apretó una teta mientras seguía clavándome la verga. Después atrapó mi pezón entre los dedos y tiró apenas. Gemí más fuerte. Me besó la boca, la barbilla, el cuello, y sin dejar de embestirme me dio pequeñas nalgadas que resonaban en la habitación.
Yo ya no intentaba controlar nada. Solo me dejaba hacer, jadeando, húmeda, cada vez más blanda en sus brazos y más apretada alrededor de su polla. Cuando notó que estaba completamente entregada, me enterró hasta el fondo y se quedó ahí unos segundos, haciendo pequeños círculos con las caderas dentro de mí.
—Ponte en cuatro —me ordenó al oído—. Quiero verte como la puta que te pones cuando te excitas.
La frase me pegó directo entre las piernas. Me incorporé sobre la cama y me coloqué de rodillas, apoyada en las manos, con la falda arrugada aún en la cintura. Escuché cómo se acomodaba detrás de mí. Luego sentí la punta rozarme y, sin ninguna preparación, me la metió toda de una sola embestida.
Grité y me aferré a las sábanas. Él empezó a cogerme duro desde el primer segundo, con un ritmo pesado que me hacía chocar contra el colchón. Cada estocada sonaba húmeda. Mi coño ya estaba tan excitado que lo recibía mejor, pero seguía sintiéndolo enorme, abriéndome de par en par.
Intenté llevar una mano hacia atrás para pedirle que bajara un poco el ritmo, y él me agarró de la muñeca. Hizo lo mismo con la otra y me soltó solo para empujarme por la nuca contra la cama. No me aplastó, pero sí me dejó claro quién mandaba.
—Quieta.
La nalgada que vino después me encendió más. Luego otra. Y otra. Entre golpe y golpe, su verga no dejaba de entrar hasta el fondo. Yo gemía con la cara hundida en la sábana, babeando un poco, con el culo alzado para él. Me estaba usando de una forma descarada y eso me tenía completamente perdida.
—Qué rica te ves así —dijo, respirando agitado—. Tan abierta, tan obediente.
Sentí sus dedos separándome una nalga y, al poco, uno de ellos presionó mi ano, acariciándolo, jugueteando alrededor mientras su polla me seguía machacando. Fue demasiada estimulación de golpe. Mi clítoris rozaba el colchón, mi coño palpitaba en torno a él, el culo me ardía por las nalgadas y por ese dedo insistente.
El orgasmo me subió sin aviso, fuerte, cortándome las piernas. Gemí tan alto que terminé mordiéndome la sábana. Mi cuerpo empezó a temblar y mi coño lo apretó varias veces seguidas. Él lo notó y soltó una risa ronca.
—Eso es. Córrete en mi polla.
Las rodillas se me doblaron y caí boca abajo, agotada. Su verga se salió de golpe. Apenas pude girar la cara cuando él se inclinó a besarme la boca. Fue un respiro breve, húmedo, casi tierno, que contrastó de manera brutal con la forma en que me había estado follando.
—Todavía no termino contigo —murmuró.
Metió una almohada bajo mi vientre para levantarme las caderas. Después volvió a colocarse detrás, me sujetó del cuello con una mano, no para ahogarme sino para mantenerme firme, y me la clavó otra vez hasta el fondo. Gemí con la voz rota. Mi coño estaba sensible por el orgasmo, caliente, tan usado que cada embestida se sentía más cruda.
—Tranquila —dijo cerca de mi oído—. Ahora sí voy a acabar.
Y aceleró.
Las embestidas se volvieron brutales, rápidas, sin pausa. Mis nalgas rebotaban contra su pubis. La cama chirriaba. Yo lagrimeaba de puro placer y exceso, sintiendo que me reventaba por dentro y que, aun así, quería más. Cada vez que intentaba arrastrarme hacia adelante, su mano me devolvía al sitio para seguir atravesándome con toda la polla.
—Joder, qué coño tan rico —gruñó—. Mírame.
Me tomó de la barbilla y me hizo girar la cara lo suficiente para verlo por encima del hombro. Tenía la mandíbula tensa, los ojos clavados en mí, el gesto sucio de un hombre muy cerca de correrse. Se quedó metido hasta el fondo un instante, temblando dentro de mí, y entonces empezó a correrse.
Lo sentí claramente. Pulsos calientes, espesos, descargándose adentro mientras exhalaba entre dientes. Mi cuerpo respondió con un estremecimiento entero. Me dio vergüenza lo mucho que me excitó sentirlo venirse dentro, pero también me hizo sonreír, rendida, roja y satisfecha.
Se quedó quieto unos segundos, respirando fuerte, con la verga todavía enterrada en mi coño. Luego se inclinó, me besó la mejilla y habló con esa obscenidad tranquila que ya me había desarmado por completo.
—Gracias, preciosa. Tenías exactamente la cara que imaginé cuando me corriera dentro de ti.
Cuando salió, sentí un vacío extraño y un pequeño chorro caliente deslizándose entre mis muslos. Cerré los ojos y me quedé inmóvil, molida, deliciosa y obscenamente satisfecha. Él desapareció un momento del cuarto y volvió con agua para los dos.
Me incorporé como pude y bebí casi sin respirar. Nos tumbamos frente a frente, desnudos, todavía con el olor del sexo pegado a la piel. Me pasó los dedos por la cadera y me miró con una calma que me descolocó después de tanta intensidad.
—¿Te gustó?
Asentí. No me salían palabras. Él me besó despacio, muy distinto a como me había besado en la cocina, y esa mezcla de ternura después de haberme dejado temblando me confundió todavía más.
Nos quedamos así un rato, en silencio, hasta que el cansancio me ganó. Antes de dormirme, pensé en lo absurdo de todo: yo había ido a pedir ayuda por una llave rota y terminaba desnuda en mi cama, con las piernas abiertas y el cuerpo marcado por un hombre al que siempre había imaginado mirando a mi madre.
Con el tiempo entendí que no había sido un impulso aislado. Se convirtió en un secreto repetido. Cada vez que coincidíamos solos, encontrábamos una excusa para encerrarnos, besarnos, desnudarnos a las prisas o tomarnos el tiempo que hiciera falta. Algunas veces me comía en la cocina antes de que llegara mi madre; otras, me llamaba con cualquier pretexto y terminaba de rodillas chupándosela mientras él me decía lo mucho que le gustaba verme obediente.
Lo nuestro nunca fue romántico, y eso también era parte del morbo. Yo era su amante, su vecina, la hija de la mujer a la que él seguía tratando con una amabilidad impecable. Y yo, cada vez que lo veía sonreírle a mi madre como si nada, recordaba exactamente cómo sonaba su voz cuando me decía puta al oído mientras me partía en la cama.
Lo que más me trastornó de toda esa historia no fue descubrir que me deseaba. Fue descubrir cuánto me excitaba a mí que un hombre maduro, experimentado y tan seguro de sí mismo me usara de esa manera y después me acomodara el pelo como si no acabara de vaciarse dentro de mí.
Hasta hoy sigo sin saber si alguna vez tuvo intención real con mi madre o si yo me inventé esa competencia en la cabeza. Lo único que sé es que, desde aquella mañana en la cocina, cada vez que escucho una llave gotear, me acuerdo de cómo empezó todo y se me vuelve a humedecer el cuerpo.
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