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Relatos Ardientes

Descubrí la infidelidad de mi esposa por accidente

No sé si escribir esto me va a aliviar o me va a hundir más, pero necesito sacármelo del pecho. Todavía me cuesta ordenar lo que vi, lo que até después y lo que ahora ya no puedo dejar de imaginar. No busco dar lástima ni hacerme el fuerte. Solo quiero contarlo como pasó, porque desde aquella noche duermo mal, como mal y cada vez que miro a mi esposa siento una mezcla de rabia, asco y una obsesión enfermiza por cada detalle.

Yo llevaba pocos años casado con Mara, y hasta hace nada creía conocerla. Era de esas mujeres que, de puertas para afuera, parecen impecables: arreglada, serena, correcta, siempre con ropa elegante y una sonrisa medida. En privado también era reservada. No fría, pero sí difícil de leer. Cogíamos, claro, aunque con el tiempo todo se había vuelto más rutinario. Nada me preparó para descubrir que esa mujer contenida tenía otra vida completa, una en la que se abría de piernas para hombres de mi propia sangre.

En mi familia existe la costumbre de juntarnos seguido los fines de semana. Somos muchos, demasiado unidos para algunas cosas y demasiado metidos para otras. Esas reuniones siempre habían sido ruidosas, con comida, alcohol, bromas pesadas y hombres mirándolo todo como si cualquier mujer en el patio fuera parte del menú. Yo jamás había pensado que esa mirada también podía caer sobre mi esposa de una forma tan descarada.

Todo empezó el día en que su vestido se rasgó al engancharse con una puerta del patio. Fue un accidente estúpido, de segundos, pero suficiente para que más de uno se quedara clavado mirándola. Yo corrí a cubrirla, y ella se tapó como pudo, roja de la vergüenza. Debajo llevaba un sostén claro y una tanga mínima. Nada del otro mundo si uno tiene decencia, pero en mi familia la decencia a veces escasea.

No se volvió a hablar del asunto. Al menos no frente a mí. Sin embargo, desde ese día empecé a notar ciertos ojos siguiéndola con demasiado interés. Sobre todo los de Darío, un pariente mayor que siempre me había parecido un tipo canchero, de esos que se creen irresistibles aunque ya deberían comportarse con más respeto. Cada vez que Mara cruzaba una pierna, se inclinaba por un plato o se acomodaba el pelo, él la miraba como si ya la hubiera desnudado en la cabeza.

Después vinieron las redes sociales. No soy de revisar demasiado esas cosas, pero era imposible no ver los comentarios. Reaccionaba a casi todo lo que ella subía. Una foto normal terminaba con un mensaje suyo medio disfrazado de halago, pero demasiado cargado para venir de un familiar político. Yo esperaba que Mara lo frenara o por lo menos lo ignorara con distancia. No lo hacía. Tampoco respondía abiertamente, pero empezó a publicar más. Más selfies, más historias, más poses, más necesidad de ser vista.

Capaz estoy exagerando, me repetía. Capaz soy yo armando una novela en la cabeza. Quise creer eso hasta que comenzaron las salidas raras.

La primera fue una cena supuestamente inocente con una parienta suya. Volvió muy tarde, casi a medianoche. Entró con la cara compuesta, el maquillaje retocado a medias y una forma de caminar extraña, como si estuviera cansada de algo más que una comida. Lo primero que hizo al llegar fue servirse algo para comer con hambre real. Eso me llamó la atención. Si había cenado, ¿por qué tragaba así? Después se metió a bañar enseguida y se fue a la cama sin buscarme, sin contarme nada, sin siquiera besarme como solía hacer.

La segunda salida fue peor. Dijo que iba con unas amigas, pero se vistió de una forma que no era habitual en ella. Muy ajustada, muy pendiente de cómo le quedaba la tela sobre el cuerpo. Cuando salió, la vi revisarse en el espejo con una lentitud que ya no era coquetería normal. Era preparación. Como si supiera exactamente qué partes de su cuerpo iban a mirar y tocar esa noche.

Regresó de madrugada. Yo me desperté con el ruido, pero me quedé quieto para escuchar. No subió directo al cuarto. Bajó a la cocina. Esperé un poco y me asomé sin hacer ruido. Estaba comiendo otra vez, con el pelo húmedo y una calma que me revolvió el estómago. No sé por qué, pero ese pelo mojado me dejó clavado. No era el aspecto de alguien que vuelve de bailar. Era el de alguien que acababa de lavarse después de coger.

Aun así no hice nada. Me tragué la sospecha porque aceptarla era abrir una puerta que tal vez no iba a poder cerrar nunca.

La tercera vez ya no pude seguir haciéndome el ciego. Se fue con una falda corta y un top brillante. Volvió de madrugada otra vez, y al entrar se cubría apenas con la falda y una chaqueta mal puesta. Cuando se acostó, esperé a que se durmiera de verdad. Le saqué el celular con las manos temblando y me metí a revisar.

Lo que encontré primero fueron mensajes. Decenas. Cientos. Fotos, audios, videos cortos, conversaciones que no dejaban margen para la duda. Era Darío. Mi pariente. Él le escribía como si ya conociera cada rincón de su cuerpo, y ella le contestaba igual o peor. No eran juegos de palabras ni coqueteos suaves. Eran mensajes directos, sucios, asquerosamente íntimos.

—Todavía siento tu verga —le había escrito ella en uno de los chats.

Sentí un golpe seco en el pecho. Seguí bajando.

—Me encantó cómo me abriste las piernas en el coche.

—La próxima quiero que me metas la lengua hasta dejarme temblando.

—Tu sobrino ni se imagina lo puta que me pongo contigo.

Tuve que taparme la boca con la mano. No por pudor. Para no vomitar ni hacer ruido.

Luego aparecieron las fotos. Él mandándole selfies del torso, del pantalón abultado, de una mano sobre la hebilla del cinturón. Ella respondiendo con imágenes del escote, de las piernas entreabiertas, del espejo del baño, del vestido subido apenas lo justo para enseñar que no llevaba nada debajo. En otra le mostraba la marca de una mordida en el muslo. En otra, una corrida seca entre las ingles y el texto: «Mira cómo me dejaste».

Yo debería haber soltado el celular ahí mismo, pero seguí. El morbo y el dolor se me mezclaron de una forma enferma. Quería dejar de ver y al mismo tiempo necesitaba verlo todo. Entonces llegó una notificación nueva. Un video recién enviado. Lo abrí sin pensar.

Apareció la habitación de un hotel, grabada con el pulso torpe de alguien excitado. La reconocí de inmediato. Mara estaba de espaldas, inclinada sobre una silla, completamente desnuda excepto por unos zapatos altos. Darío estaba detrás de ella con el pantalón abajo, agarrándola de la cadera. Le dio una nalgada que sonó seca y ella soltó un gemido ronco.

—Así te quería ver otra vez —dijo él, acercando la cámara.

Mi esposa giró la cara lo justo para mostrar una sonrisa que yo no conocía. No era su sonrisa de compromiso. Era una sonrisa de puta feliz de estar a punto de ser cogida.

—Entonces deja de hablar y métela —respondió ella.

Yo me quedé helado, mirando cómo él le abría las nalgas con la mano y le escupía entre las piernas antes de frotarle la punta por la entrada. La cámara se acercó tanto que se veía su coño húmedo, hinchado, abierto por los dedos de él. Mara gimió otra vez y movió la cadera hacia atrás, impaciente.

—Mira cómo te lo pide —dijo él, como si hablara para quien grababa o para sí mismo.

Le metió dos dedos primero, hasta el fondo, y ella arqueó la espalda.

—Sí... así... méteme más —jadeó.

Él la sacó y le hundió la polla de una sola embestida. Mara soltó un grito corto, mitad sorpresa, mitad placer puro. Se agarró a la silla y empezó a recibir cada golpe hacia atrás, como si necesitara más. No era un encuentro tímido ni torpe. Se notaba que no era la primera vez. Mi esposa sabía exactamente cómo ponerse, cómo abrir más las piernas, cómo ofrecerse para que él entrara mejor.

—Qué rico aprietas —gruñó Darío.

—Porque me gusta tu verga, cabrón —contestó ella, sin un gramo de vergüenza.

Sentí que se me aflojaban las piernas. Aun así seguí viendo.

En otro video estaban en el coche. De noche. Ella iba en el asiento trasero con el vestido recogido a la cintura. Él estaba entre sus piernas, chupándole el coño con una desesperación que daba asco ver y más asco admitir que estaba grabado con detalle. Se escuchaba a Mara gemir y decirle que no parara, que le metiera la lengua más adentro. Sus manos se aferraban al cabello de él mientras abría más las rodillas.

—Así, así... no me hagas esperar —decía, respirando rápido.

Él levantó la cara un instante. Tenía la boca brillante. Le metió dos dedos y luego tres, bombeando con fuerza. Mara tembló completa.

—Te vas a correr en mi mano —le dijo.

—Sí, sí... me voy a correr, no pares, hijo de puta.

La vi correrse con la cabeza apoyada en el respaldo, los labios abiertos, el cuerpo estremeciéndose mientras él seguía frotando y chupando como si la estuviera devorando. Después ella le abrió el pantalón, le sacó la polla y se la llevó a la boca sin titubear. La lamió despacio primero, mirándolo hacia arriba con una cara de vicio que jamás me puso a mí. Luego se la metió profunda, con saliva chorreándole por la barbilla, ahogándose a medias y volviendo a bajar una y otra vez.

En el siguiente clip él la sujetaba del pelo y se la follaba la boca de pie, al lado del coche. Ella jadeaba, tosía, volvía a tragar y le acariciaba los huevos con una mano. Cuando él se la sacó, ella levantó la cara y dijo:

—No termines todavía. Quiero sentirte dentro.

No sé cuánto tiempo estuve ahí revisando. Cada archivo empeoraba el anterior. Había fotos de hoteles, baños, estacionamientos, mesas apartadas en bares. En una se besaban con descaro. En otra él la tenía sentada sobre el lavamanos y ella le mordía el cuello mientras él le apretaba una teta por encima del vestido. Todo indicaba que llevaban semanas, quizá meses, viéndose a escondidas.

Y entonces llegó el último mensaje de esa madrugada.

«Esos fueron los de hoy. Guarda este para ti.»

Venía con dos videos más.

El primero lo abrí y enseguida entendí que no estaban solos. La habitación era otra, también de hotel. Mara estaba en la cama, boca arriba, desnuda, con las piernas abiertas. Darío estaba a un lado, acariciándole un pecho y besándole el cuello. El otro hombre tardó apenas unos segundos en entrar en cuadro. Cuando le vi la cara, sentí que me arrancaban algo por dentro.

Era mi padre.

Tuve que pausar. Me faltó el aire. Miré a mi esposa dormida al lado mío, tapada hasta el hombro, respirando tranquila, y me dieron ganas de despertarla a gritos. No lo hice. Volví al video como si no pudiera escapar.

Mi padre estaba desnudo, completamente excitado, mirando a Mara como si fuera una mujer cualquiera y no la esposa de su hijo. Ella extendió una mano hacia él.

—Ven, no te quedes mirando —dijo con una naturalidad monstruosa.

Darío le separó más las piernas y le besó el vientre mientras mi padre se subía a la cama. Mara le agarró la polla y empezó a pajearlo, lenta, concentrada, como si supiera exactamente cómo ponerlo más duro. Luego se inclinó para lamerle la punta mientras el otro le chupaba una teta.

Yo escuchaba sus gemidos y me quería morir.

—Así me gusta, los dos para mí —murmuró ella.

Darío le abrió el coño con los dedos, jugando con su humedad antes de metérselos de nuevo. Mara se retorció y abrió más las piernas. Mi padre se acercó a su cara, y ella lo tomó de la nuca para besarlo. Un beso largo, sucio, de lengua. Después le tragó la polla con hambre mientras Darío seguía trabajando entre sus piernas. Era demasiado. Ver a esos dos hombres de mi familia usándola, y a ella entregada de esa manera, me dejó un dolor físico en el estómago.

Cuando ella dejó la boca libre, jadeó:

—Quiero una dentro y la otra en la boca.

Darío fue el primero en penetrarla. Se colocó entre sus piernas y le entró despacio, empujando hasta el fondo. Mara cerró los ojos y soltó un gemido largo. Mi padre se acercó enseguida, y ella abrió la boca para recibirlo. Lo chupaba mientras el otro la follaba. Cada embestida le hacía temblar la garganta y aun así no se apartaba. Apenas se lo sacaba para respirar, pedía más.

—Más fuerte... no me cuiden —alcancé a oírle.

Mi padre le sostuvo la cara con una mano y se la fue metiendo cada vez más hondo. Darío, atrás, le daba con un ritmo sucio, sonoro, haciéndole rebotar el cuerpo sobre la cama. Mi esposa gemía con la polla de uno en la boca y la del otro clavándosele dentro. Y lo peor no era solo la imagen. Lo peor era su entusiasmo. No había duda, miedo ni culpa. Había deseo puro.

Después cambiaron. Mara se puso en cuatro, con el pelo cayéndole sobre la espalda. Mi padre pasó detrás de ella y le agarró la mandíbula para que mirara hacia la cámara.

—Enséñale esa cara de puta —dijo alguien, creo que Darío.

Ella sonrió, sudada, desarmada, feliz. Mi padre le frotó la polla entre las nalgas y se la metió de un empujón. Mara gritó.

—Sí... así... qué rico la metes —dijo, empujando hacia atrás.

Darío estaba delante, ofreciéndosela otra vez en la boca. Ella alternaba entre chupar y gemir, mientras mi padre le sujetaba las caderas y la follaba con fuerza creciente. El sonido de la piel golpeando llenaba la habitación. Había saliva, jadeos, órdenes, insultos. Todo demasiado claro.

—Diles de quién eres —le ordenó uno.

—De los dos esta noche —respondió ella, ronca.

Sentí una punzada tan fuerte que tuve que apoyar la frente en la pared. Pero seguí.

El segundo video era todavía más humillante. Ya estaban desatados del todo. Mara estaba de rodillas en el suelo, masturbándose mientras los dos hombres se tocaban mirándola. Luego la hicieron elegir a quién quería correrse primero. Ella señaló a mi padre con una sonrisa y dijo:

—Tú, que me la debes.

Se lo mamó hasta hacerlo temblar. Cuando se corrió, ella dejó que le manchara la cara y los labios. Después recogió con los dedos lo que le cayó en la barbilla y se lo llevó a la boca. Darío se arrodilló detrás, le abrió las nalgas y le metió la lengua. Mara se estremeció completa.

—No jodas... así no voy a aguantar —jadeó ella.

La levantaron entre los dos y la pusieron contra la pared. Darío le entró otra vez, duro, rápido, mientras mi padre le apretaba el cuello apenas y le besaba la boca. Mi esposa acabó convulsionando entre ambos, con las piernas flojas, gritando que no pararan. No parecía una mujer arrastrada a nada. Parecía alguien viviendo exactamente la fantasía que quería vivir.

Al final, Darío se salió y se corrió sobre su vientre y sus pechos. Mi padre le sostuvo la cara para que mirara el desastre sobre su cuerpo. Ella bajó la vista, sonrió y dijo algo que todavía me zumba en la cabeza:

—Mándenme el video. Quiero volver a verlo mañana.

Ahí sí tuve que bloquear la pantalla. Me quedé sentado al borde de la cama, con el teléfono en la mano, sintiendo que todo alrededor se había vuelto ajeno. La mujer con la que dormía, la familia con la que crecí, mi propia casa, nada parecía real. Solo tenía reales esas imágenes: su coño abierto, su boca llena, sus gemidos llamando a dos hombres que debieron respetarla, o por lo menos respetarme a mí.

No la enfrenté esa noche. Tampoco al día siguiente. Me faltó valor o me sobró estupor, no sé. Desde entonces la he observado como si fuera una desconocida. Cada vez que sale de casa imagino con quién se verá. Cada vez que se ducha tarde, pienso en semen ajeno escurriéndole por los muslos. Cada vez que me besa, me pregunto si esa misma boca estuvo unas horas antes rodeando la polla de mi padre o la de Darío.

Lo más retorcido es que mi cabeza vuelve una y otra vez a los videos. No porque me exciten, o por lo menos no quiero creer eso, sino porque busco en ellos alguna señal de arrepentimiento que no existe. Lo único que encuentro es a Mara completamente entregada. Chupando, abriéndose, pidiendo más. Disfrutando de ser usada por dos hombres prohibidos mientras yo dormía creyendo que tenía un matrimonio normal.

***

Escribo esto porque ya no sé qué hacer con tanta mierda adentro. Sé que debería pedir el divorcio. Sé que nadie perdona algo así. No se trata solo de una infidelidad, sino de una traición sucia, familiar, enfermiza. Pero también sé que una parte de mí sigue paralizada en la escena exacta del descubrimiento, con el brillo del celular en la cara y la respiración de ella al lado, tranquila, mientras yo me rompía en silencio.

Tal vez cuando termine de escribir por fin pueda tomar una decisión. Tal vez no. Por ahora solo me queda esta confesión, porque decirlo en voz alta me sigue resultando imposible. Lo único que tengo claro es que después de ver a mi esposa gimiendo debajo de esos dos hombres, mi vida con ella se partió en dos. Y no sé si alguna vez voy a poder mirar a mi familia sin recordar cada segundo de esos videos.

Para quienes leen desde zona sur: escorts VIP en Esteban Echeverría, con fotos reales.

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Comentarios(6)

Tonino_BA

Tremendo!!! no me lo esperaba asi

RosinaK_81

Lo lei de una sola vez sin poder parar. Que traicion tan horrible, y encima de la propia familia. Te deja un nudo en el estomago que no se va facil

Marcelo_Cba88

y la segunda parte??? necesito saber como termina, quede muy enganchado

LucasMdz

Se nota que hay sentimiento real ahi. Bien escrito, sin vueltas

TortuguillaMx

increible... que familia jaja aunque en realidad no tiene ninguna gracia

Daniela_RA

Ay dios, que situacion tan dificil

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