Confesión: mi mujer y el jardinero del condominio
Estrenamos la casa de la costa un fin de semana largo, los primeros días de marzo. Daniela y yo llevábamos meses esperando ese momento. Habíamos firmado los papeles en diciembre y, entre el invierno y los retrasos del constructor, no habíamos podido pisar el lugar hasta entonces. La casa olía a pintura fresca y a madera nueva. Aún no teníamos cortinas, ni alfombras, ni siquiera el espejo del recibidor. Solo una cama enorme en el dormitorio principal y la promesa de tres noches para nosotros.
El viernes pasamos el día limpiando. Daniela barrió las terrazas mientras yo armaba los muebles del living. Por la tarde llegaron los vecinos del lote contiguo, una pareja joven que también estrenaba casa, y nos invitamos mutuamente a un asado improvisado. Cocinamos, bebimos un par de botellas de Malbec y, ya entrada la noche, preparamos un coctel con menta del jardín. Cuando los vecinos se retiraron a su casa, eran las dos de la mañana y Daniela tenía los ojos brillantes y la risa floja.
—Vamos a la cama —me dijo, tirándome de la mano—. Pero a la cama de verdad, no a dormir.
Subimos al dormitorio sin encender la luz. La luna llena entraba por los ventanales y caía sobre las sábanas con un blanco lechoso. Sin cortinas, todo el cuarto quedaba expuesto al jardín. Nos pareció divertido, casi un juego. A los dos nos gustaba la idea de mostrarnos, de saber que alguien, en algún lugar, podía estar mirando. Era una de esas pequeñas perversiones que habíamos cultivado a lo largo de los años, junto con algunos tríos ocasionales en hoteles y una afición compartida por que ella usara ropa que insinuara más de lo que ocultaba.
Empezamos a besarnos parados frente a la ventana. Le bajé los tirantes del vestido y se lo dejé caer hasta los tobillos. No llevaba nada debajo: las tetas se le movieron con el impulso de la tela cayendo, los pezones ya duros de la brisa fría. Le tomé una en la boca y se la chupé sin apuro, tirando con los dientes hasta que soltó un jadeo largo. Ella me desabrochó el cinturón con la calma de quien no tiene apuro, me bajó el pantalón y el bóxer de un tirón y me agarró la polla con la mano entera, apretándomela hasta que se me escapó un gruñido. Estábamos completamente desnudos y completamente visibles desde el jardín cuando Daniela me apretó el brazo y me susurró al oído.
—Hay alguien afuera.
Miré con disimulo. Entre las matas de lirios blancos que bordeaban el ventanal se distinguía un bulto, una sombra más densa que las otras. No eran los vecinos: ellos se habían ido en dirección opuesta. Era una figura sola, agazapada, paciente.
—Si quieren ver algo caliente —murmuró ella—, vamos a darles algo caliente.
Se arrodilló frente a mí, despacio, sin dejar de mirar hacia la ventana, y empezó a mamármela con una lentitud teatral. Primero me lamió toda la verga desde los huevos hasta la punta, con la lengua plana, mojándomela entera. Después se metió sólo la cabeza en la boca y jugó con la lengua alrededor del glande, mirándome desde abajo con esos ojos brillantes que ella sabe poner. Cuando por fin abrió la boca del todo y me la tragó hasta la garganta, sentí que se me doblaban las rodillas. La luna le iluminaba la espalda y la curva de las caderas, y el reflejo húmedo de la saliva bajándole por el mentón cada vez que sacaba la polla para respirar. Empezó a chupármela con ritmo, agarrándome los huevos con una mano y masajeándomelos, mientras con la otra se acariciaba el coño, abierta de piernas para que la sombra del jardín viera todo. Yo no podía dejar de mirar el bulto entre los lirios, ni el bulto podía dejar de mirarnos a nosotros. Cuando la sombra se movió, lo justo para asomar la cara entre las hojas, lo reconocí. Era Ramiro, el administrador del condominio.
***
Ramiro pasaba todas las mañanas a saludarnos. Era su trabajo: revisar las casas, los jardines, las luces del perímetro. Pero también era su excusa. Tenía una manera muy particular de mirar a Daniela. La recorría entera, sin disimulo, con esa franqueza casi infantil de los hombres que han crecido en el campo. Era robusto, ancho de hombros, de manos curtidas y de una sonrisa torcida que parecía esconder algo. Debía rondar los cuarenta.
A Daniela le divertía. Lo recibía descalza, con shorts diminutos o con vestidos que se le pegaban a las caderas, y le ofrecía café en la galería con una naturalidad que a mí me ponía la sangre caliente. Yo lo notaba a un kilómetro: a ella le gustaba que la mirara, y a mí me gustaba que a ella le gustara. Lo habíamos hablado más de una vez. Nos habíamos confesado, en la cama, fantasías más oscuras que esa. La idea de compartirla con otro hombre nunca había pasado de ser un susurro al oído en el momento justo, pero esa noche, frente a la ventana, dejó de ser solo un susurro.
Daniela no sabía todavía que era él. Yo decidí no decírselo. Le levanté la cara, la besé largo, con la boca todavía sabiendo a mi polla, y la acosté sobre la alfombra del cuarto, justo en el rectángulo de luz lunar que entraba por el ventanal. Le abrí las piernas hacia la ventana, bien abiertas, para que Ramiro viera el coño de mi mujer brillando de mojado bajo la luna, y bajé la cabeza. Si había alguien mirando, que mirara bien.
Empecé a lamerla despacio, dando lengüetazos largos desde el culo hasta el clítoris, deteniéndome a chupar los labios uno por uno. Ella tenía el coño depilado y perfectamente rosado, y sabía a algo dulce y salado a la vez. Le metí dos dedos y los curvé hacia arriba mientras le chupaba el clítoris con los labios, sin dientes, con esa presión constante que sé que la vuelve loca. Ella arqueaba la espalda, retomaba cuando me quejaba, se cogía las tetas con las dos manos y se pellizcaba los pezones. Sentía su mano apretándome el pelo, empujándome más adentro. Cuando se corrió la primera vez, me clavó las uñas en el cuero cabelludo y me mojó la cara entera, y yo seguí lamiéndole hasta que me suplicó que parara. Y, de reojo, sentía también a Ramiro, inmóvil entre los lirios, con la respiración apenas contenida, seguramente con la polla en la mano.
La puse boca abajo y la levanté de las caderas, dejándola en cuatro patas de frente a la ventana. Le separé las nalgas con las dos manos, dejando el culo y el coño al descubierto, y le escupí encima antes de guiarme la polla hacia la entrada. Entré en ella despacio al principio, apenas la punta, sacándola y volviéndola a meter unos centímetros, para que Ramiro viera cómo se abría, cómo se la comía. Daniela empujaba el culo hacia atrás, buscándome, gimiendo bajito. Entonces la agarré del pelo, se lo enrosqué en el puño, y le metí la verga entera de una embestida. Daniela gritó contra la almohada, no por dolor, por placer y por la conciencia de estar siendo vista. Empecé a cogérmela con fuerza, con las caderas chocando contra su culo con un sonido húmedo que rebotaba en las paredes vacías del cuarto. Ella empujaba hacia atrás con cada estocada, pidiéndome más, pidiéndome que le pegara en el culo, pidiéndome que la tratara como una puta. Le di un par de nalgadas fuertes que le dejaron la marca de mi mano roja bajo la luna. Yo nunca había estado tan duro en mi vida. Le mordí la nuca, le apreté las tetas colgantes, le metí un dedo mojado de saliva en el culo mientras se la seguía cogiendo por el coño. Cuando la sentí venirse otra vez, apretándome la verga con espasmos que casi me arrancan la corrida, aguanté los dientes apretados y seguí un rato más, hasta que no pude más. Acabé adentro suyo con un rugido, descargando chorro tras chorro en el fondo de su coño, con la frente apoyada en su espalda, jadeando como si hubiera corrido una maratón. Sentí mi semen chorreándole por los muslos cuando saqué la polla.
Cuando me asomé a la ventana, ya no había nadie entre los lirios.
***
Dos días después invité a Ramiro a almorzar. Daniela estuvo de acuerdo enseguida. Le dije, sin entrar en detalles, que el administrador me caía bien y que sería buena política llevarse bien con él. Ella entendió otra cosa, o quizás entendió exactamente lo mismo y prefirió no decirlo en voz alta. Se puso un vestido de lino blanco, sin sostén debajo, y un par de sandalias.
Ramiro llegó puntual, con una botella de vino y una sonrisa nerviosa. Comió poco y bebió mucho. Cada vez que Daniela se inclinaba sobre la mesa para servir la ensalada, él clavaba la mirada en el escote y se demoraba más de la cuenta. Yo lo dejaba hacer. Le servía más vino. Le preguntaba por su pueblo, por su familia, por los jardines del condominio. Él respondía con frases cortas, como si tuviera miedo de delatarse.
Cuando cayó la noche, lo despedimos en la puerta y nos fuimos a la cama. Otra vez sin cortinas, otra vez con la luna entrando a raudales. Empezamos a besarnos, y al rato, sin sorpresa, vi una sombra en el jardín. Esta vez se lo dije.
—Está afuera.
Daniela giró la cabeza despacio hacia la ventana y miró sin esconderse. Después me miró a mí, con una sonrisa que nunca le había visto antes.
—Me excita que me miren —dijo—. Me excita que se calienten conmigo. ¿Te molesta?
No me molestaba. La tiré sobre la cama y le arranqué la bombacha de un tirón. Le abrí las piernas de par en par, orientadas hacia la ventana, y le hundí la cara en el coño hasta que se retorció. Después la puse de costado, le levanté una pierna hasta apoyarla en mi hombro, y le metí la verga de un solo golpe. Me la cogí esa noche con una intensidad nueva, sabiendo que él estaba ahí, masturbándose en silencio, deseando ser yo. La cambiaba de postura cada pocos minutos, para que la sombra afuera no se perdiera ningún ángulo: boca arriba con las piernas abiertas, en cuatro con el culo apuntando a la ventana, encima mío cabalgándome con las tetas rebotándole en la luz de luna. Daniela hablaba sucio como nunca la había oído, decía que quería que la vieran, que quería sentirlos calientes por ella, que le gustaba ser una puta con público. Le chupé las tetas hasta dejárselas rojas, le metí los pulgares en la boca, le tiré del pelo. Cuando finalmente me corrí, le pedí que se pusiera de rodillas contra la ventana y me vació la verga a lengüetazos, tragando todo lo que salía, con el culo apuntando al jardín y a los ojos que sabíamos que estaban ahí.
Y cuando ella acabó otra vez, abrazada a mi cuello, ya de regreso en la cama, me susurró que algún día le gustaría sentir cómo era estar con alguien más.
—Si tú me lo permites —agregó—. Solo si tú me lo permites.
***
El destino se encargó de empujarnos. Una semana después, mi hermano menor sufrió una apendicitis complicada y tuvieron que operarlo de urgencia. Yo era el único que podía acompañarlo. Daniela se quedó sola en la casa de la costa. La llamé la primera noche, ya tarde, después de salir del hospital. Me contó que se había aburrido, que había leído un poco, que pensaba invitar a Ramiro a cenar al día siguiente.
—Tengo miedo de noche, sola en esta casa —dijo—. Pero si te molesta, no lo invito.
Hubo un silencio largo entre los dos. Los dos sabíamos de qué estábamos hablando. Los dos sabíamos lo que estaba pidiendo, y lo que estaba pidiendo no era compañía.
—Confío en ti —le dije—. Haz lo que quieras hacer. Y cuéntame todo después.
La llamé al día siguiente a las once de la noche. No me contestó. La llamé otra vez al mediodía siguiente. Me dijo, con la voz ronca, que tenía mucho que contarme y que prefería hacerlo en persona. Esa noche, en mi hotel, me masturbé tres veces pensando en lo que estaría pasando a quinientos kilómetros de distancia.
Volví el sábado. Ella me esperaba en la puerta, con un café en la mano y los ojos brillantes. Cuando nos sentamos en la galería, me lo contó todo, sin omitir un detalle. Cómo había llegado Ramiro con dos botellas de vino. Cómo, después de la cena, se había acercado a ella en la cocina y le había puesto una mano en la cintura sin preguntar. Cómo le había besado el cuello hasta hacerla temblar. Cómo le había desabrochado el vestido en el living y se lo había bajado hasta los tobillos.
—Tiene unas manos enormes —me decía—. Y un aguante que no te imaginas. Acabó tres veces en una noche. Yo no podía más.
Me contó que él la había desnudado entera contra la pared del living, que le había agarrado las tetas con esas manazas de campesino y se las había apretado tan fuerte que le habían quedado los dedos marcados. Que le había besado los pezones largo rato, mordiéndolos, tirando de ellos con los labios, hasta que ella se corrió sólo con eso. Que después la había sentado en el sillón, le había abierto las piernas y le había metido dos dedos gruesos hasta el fondo, curvándolos, buscándole el punto, mientras con la otra mano le apretaba el clítoris con el pulgar. Que le había metido los dedos hasta que ella se vino contra su mano, mojándole el brazo entero.
—Me hizo squirtear —me dijo bajito, sorprendida ella misma—. Nunca me había pasado.
Después él se había arrodillado en la alfombra y se la había chupado durante minutos enteros, con la lengua entera adentro del coño, comiéndoselo entero, mientras le tenía las piernas abiertas con las manos. Le había chupado el clítoris, los labios, había subido por el vientre, había bajado otra vez. Le había dado tres orgasmos más así, uno tras otro, hasta que ella le pidió que parara porque no aguantaba más, porque estaba demasiado sensible. Que cuando finalmente él la penetró, ella sintió algo distinto, algo más profundo, no por amor sino por tamaño.
—Lo tiene grande —me dijo, mirándome a los ojos para ver mi reacción—. Mucho más grande que el tuyo. Y curvo. Me dolió un poco al principio. Tuvo que meterla despacio, empujando de a poco, sacándola y volviendo a meter, hasta que me acostumbré. Cuando por fin me la metió toda, sentí que me llegaba a lugares donde nadie me había llegado.
Yo escuchaba con la boca seca y la entrepierna ardiendo, con la verga tan dura que me dolía dentro del pantalón. Le pedí más detalles. Ella me los dio, sin filtro, disfrutando de contármelo tanto como de habérselo cogido. Me contó cómo se la había cogido por atrás contra el respaldo del sillón, con ella agarrada de los cojines, con él penetrándola de pie, hundiéndosela hasta el fondo con cada embestida. Cómo le había pedido que se pusiera en cuatro sobre la cama y la había cogido así durante lo que le parecieron horas, mientras le pegaba en las nalgas y le tiraba del pelo, mientras le metía un dedo en el culo para que sintiera todo lleno. Cómo, en un momento, la había puesto de espaldas con las piernas abiertas contra su pecho, doblada casi en dos, y se la había metido hasta el fondo con una lentitud cruel, mirándola a los ojos, hasta que ella se corrió gritando contra la almohada.
—Me miraba —me decía—. Todo el tiempo me miraba, como si me estuviera midiendo, como si me estuviera marcando.
Cómo, al final de la noche, cansados los dos, él le había pedido permiso para terminar en su boca y ella había aceptado sin pensarlo. Se había arrodillado en el piso del dormitorio, con las tetas al aire, con la boca abierta, y él se había masturbado encima de ella con la polla apuntándole a la lengua. Le había disparado un chorro espeso adentro de la boca, y otro en los labios, y otro en las tetas, y ella lo había ido recogiendo todo con los dedos y llevándoselo a la boca.
—Tragué todo —dijo, y se rio—. Hacía años que no hacía eso. Y era mucho. No sabés cuánto tenía.
Esa tarde la llevé a la cama y me la cogí con una furia que no me reconocí. La desnudé de un tirón, la tumbé boca arriba y le hundí la cara en el coño antes que nada, buscando el sabor de él ahí, la marca. Ella estaba inflamada todavía del día anterior, el coño rojo e hinchado, y se quejaba al principio cuando la penetré, pero después me pidió más. Le pedí que me repitiera todo mientras se la cogía. Que me dijera cómo se la había metido él, cómo la había hecho gritar, cómo la había llenado. Ella me lo decía al oído, con la voz entrecortada, jadeando entre palabras, mientras yo la embestía cada vez más fuerte. Se la cogí boca arriba, de costado, en cuatro, sentada encima mío. Le apreté el cuello con la mano suavemente, como sé que le gusta. Le mordí las tetas hasta dejárselas marcadas. Acabé tres veces antes de que cayera la noche: la primera en su coño, la segunda en su boca, la tercera sobre su culo y su espalda, con ella mirándome por encima del hombro y riéndose.
***
El fin de semana siguiente Ramiro apareció de nuevo, como si nada hubiera pasado. Lo invitamos a cenar, y esta vez no hubo coreografías ni excusas. Después del segundo vino, lo miré a los ojos.
—Quiero ver —le dije—. Quiero estar.
Él entendió enseguida. Daniela se sonrojó como hacía años no se sonrojaba, pero no dijo que no. Pasamos al dormitorio los tres. Le bajé el vestido yo mismo y dejé que él le besara los pechos mientras yo le mordía el cuello desde atrás. Le apretaba las tetas por delante para que él se las chupara mejor, se las ofrecía como si fueran mías para dar. Ella se agachó frente a él y le desabrochó el pantalón con dedos temblorosos. Cuando le sacó la polla, se me cortó la respiración: era enorme, gruesa, curva hacia arriba, con la punta ancha y morada. Daniela abrió los ojos al verla y me miró de reojo, buscando mi aprobación. Yo asentí. Se la metió en la boca despacio, apenas la punta al principio, y fue tragándosela poco a poco. No le entraba entera. Se le llenaba la boca, se ahogaba, la sacaba con un hilo de saliva pegado a los labios, volvía a metérsela. Estaba viendo a mi mujer chupándole la verga a otro hombre, en mi propia casa, en mi propia cama, y nunca en la vida había estado más excitado. Me saqué la polla y empecé a hacérmela mirando cómo se la comía.
Cuando estuvo bien mojada, la pusimos en cuatro sobre la cama. Él se puso de rodillas detrás de ella y le apoyó la punta de la polla en el coño. La vi apretar la mandíbula cuando él empezó a empujar. La verga le entraba de a poco, abriéndola, y Daniela gemía largo, con los ojos cerrados. Yo me acerqué por delante, le acaricié la cara, le limpié el sudor de la frente. Ella abrió la boca y yo le metí mi polla adentro. Se la chupaba mientras él se la cogía por detrás, con los dos hombres cogiéndosela al mismo tiempo, uno por cada punta. Sentía cómo cada embestida de Ramiro la empujaba hacia adelante y le hundía mi polla más hondo en la garganta. Ramiro le agarraba las caderas con esas manos enormes y la clavaba en la cama con estocadas lentas y profundas, y Daniela gemía con la boca llena, aferrada a las sábanas.
Después la cambiamos de postura. La puse boca arriba en el borde de la cama y él la penetró por delante, de pie, con las piernas de ella colgando por los costados de su cintura. Yo me senté a su lado, le acariciaba la cara y le besaba los labios húmedos. Daniela tenía los ojos llorosos, no de tristeza, de una intensidad que la desbordaba. Me apretaba la mano con todas sus fuerzas mientras él la embestía cada vez más fuerte. Le pellizqué los pezones, le metí dos dedos en la boca, la vi correrse contra la polla de él con un temblor que le sacudió todo el cuerpo. En un momento giró la cabeza y me dijo «te amo» con la voz quebrada por el placer, como pidiendo perdón y al mismo tiempo agradeciendo.
La subimos encima de él. Ramiro se acostó boca arriba y Daniela se le sentó a horcajadas, empalándose despacio con esa verga curva que le llegaba hasta el fondo. Empezó a moverse sobre él, las tetas rebotando en el aire, los muslos apretándole las caderas. Yo me arrodillé detrás de ella, en la cama, y le lamí el culo mientras se cogía a él. Después le metí un dedo, después dos, mojados con mi saliva. Ella empujó hacia atrás, dándome permiso. Me acomodé, le apoyé la punta de la polla en el culo y empujé despacio hasta que entré. Daniela se quedó quieta un momento, respirando fuerte, ajustándose a los dos. Después empezó a moverse otra vez, y los tres nos movimos juntos, con Ramiro cogiéndosela por el coño y yo por el culo al mismo tiempo. Sentía la polla de él a través del tabique, moviéndose contra la mía dentro de ella. Daniela gritaba, decía cosas que no entendía, se agarraba de mi cuello y del pecho de él a la vez.
Cuando él se vino, ella gritó como un animal, sintiéndolo descargarse adentro. Yo aguanté un poco más, cogiéndome ese culo apretado, hasta que la saqué y le pedí que se diera vuelta. Ella se arrodilló entre las piernas de los dos y abrió la boca. Yo terminé en su boca minutos después, en la lengua, en los labios, en el mentón. Ramiro, todavía duro, le pasó la polla por la cara y ella le sacó los últimos restos con la lengua. Nos quedamos los tres tirados en la cama, sudados, con el olor del sexo pegado a las sábanas, sin saber qué decir.
***
De eso ya hace casi un año. Ramiro sigue siendo el administrador del condominio. Cada tanto cena con nosotros. Cada tanto se queda hasta tarde. Daniela se ríe ahora cuando lo cuenta a sus dos amigas más íntimas, las únicas que saben. A mí me preguntan si no me da celos, si no me arrepiento, si no me siento menos hombre. Yo les contesto siempre lo mismo: que cuando ella me mira a los ojos en medio de todo eso, cuando me aprieta la mano, cuando me dice te amo con la voz rota, yo soy el hombre más completo del mundo.
Algunos llaman a esto debilidad. Otros lo llaman traición. Para nosotros tiene otro nombre, uno que no necesitamos pronunciar en voz alta. Lo único que sé es que aprendí, en aquella casa sin cortinas de la costa, que el deseo no se mide por exclusividad sino por verdad. Y que entre Daniela y yo, la verdad cabe de sobra para tres.