Subí al asiento del copiloto y ya no hubo vuelta atrás
Pedí el auto como todas las mañanas. Tenía que llegar al negocio de mi familia antes que nadie, abrir, revisar que todo estuviera en orden, encender las luces y respirar el local vacío durante unos minutos antes de que empezara el ruido del día. Era mi rutina y me gustaba. Lo que no me gustaba era levantarme a las cinco y media, pero esa parte ya la había aceptado hacía rato.
Cuando subí, hice lo de siempre: verifiqué la patente, la foto del conductor, el nombre. Bruno. Un hombre de unos treinta y pocos, calculé, mientras yo apenas pasaba los veintidós. Tenía los brazos de alguien que pisa el gimnasio en serio, no por moda, y una camiseta gris que no dejaba mucho a la imaginación.
Me acomodé en el asiento de atrás y le di los buenos días sin levantar mucho la vista. Él contestó con una voz grave, de esas que se sienten más que se escuchan, y arrancó.
A los pocos minutos lo descubrí mirándome por el espejo retrovisor. No de reojo: directo, con una sonrisa apenas dibujada. Me di cuenta de que yo lo había estado observando primero, y eso me delató. Giré la cara hacia la ventana de golpe, como si el amanecer gris de la avenida fuera lo más interesante del mundo.
—Ya te vi —pensé—. Hacerme la distraída ahora es peor.
Tengo que aclarar algo de mí, porque importa para entender lo que sentí esa mañana. Soy gordita, bajita, con pechos grandes y caderas anchas. Crecí pensando que mi cuerpo era de los que no le gustan a nadie, o que a lo sumo se toleran. Encontrar a alguien que te mire con hambre cuando tenés un cuerpo como el mío es raro. O al menos eso creía yo, hasta esa mañana.
—¿Cuántos años tenés? —preguntó, sin sacar del todo los ojos del espejo.
—Lo siento, no te lo voy a decir —contesté, todavía mirando hacia afuera.
La verdad es que solo escuchar su voz me derretía. Era ronca y firme, la voz de alguien acostumbrado a que las cosas pasen como él quiere. Y eso, a la vez que me intimidaba, me ponía nerviosa de una manera que no había sentido en mucho tiempo.
—Bueno —se rió por lo bajo—. Quizás suene atrevido, pero para estar a mano… ¿puedo mirarte yo también?
La pregunta me agarró desprevenida. Lo volteé a ver. Tenía unos ojos oscuros, de mirada quieta, que parecían leer mucho más de lo que yo estaba dispuesta a mostrar.
—No, no, no hagas esto —le dije, intentando sonar firme—. Sos el típico que intimida para conseguir lo que quiere.
Soltó otra risa, más larga esta vez, como si yo le hubiera confirmado algo.
—Vení adelante —dijo, y endulzó la voz hasta volverla casi un susurro—. Sentate conmigo.
Una parte de mí tuvo miedo. La parte sensata, la que verifica patentes y manda la ubicación a una amiga. Pero había otra parte, el morbo puro de imaginar qué podía pasar, que me carcomía por dentro. Él frenó suavemente y se detuvo a un costado de la avenida, todavía vacía a esa hora. Tardé unos segundos en reaccionar. Después abrí la puerta, bajé, di la vuelta al auto y me subí del lado del acompañante.
Sentí su mirada recorrerme entera apenas me senté. Llevaba un short de jean que dejaba mis piernas casi todas al aire, una blusa de tiritas un poco holgada y nada de maquillaje salvo un poco de rímel. Me sentí desnuda con solo esa mirada encima.
—Ahora sí estamos a mano —dijo, y volvió a arrancar.
***
El nerviosismo me tensaba las piernas. Trataba de relajarme y no podía. Cada vez que él cambiaba de marcha, su mano pasaba cerca de mi rodilla, y yo contenía la respiración esperando algo que no terminaba de llegar. Hasta que llegó.
Sin pedir permiso, apoyó la mano sobre mi muslo y me lo apretó. No fuerte, apenas lo justo para que yo entendiera que él iba a marcar el ritmo. El corazón se me disparó.
—¿Puedo seguir? —preguntó, con una burla suave en la voz, sin sacar los ojos del camino.
—Como quieras —le dije, fingiendo una indiferencia que no sentía ni un poco.
Empezó a acariciarme la pierna, lento, subiendo de a poco. Sus dedos llegaron hasta el centro y, por encima de la tela del short, presionó apenas. Mi respiración se quebró en jadeos pequeños que intenté disimular y no pude.
—Estoy seguro de que la tenés mojada desde que te subiste —dijo, frenando en un semáforo en rojo. Giró la cabeza y me miró fijo.
Le devolví la mirada y me reí con ironía, porque era la única defensa que me quedaba.
—¿Querés comprobar qué tan mojada estoy? —me atreví a decir.
Él levantó una ceja. No esperaba que yo le contestara así, y me gustó verlo sorprendido aunque fuera un segundo. Con todo el descaro del que fui capaz, me desabroché el short, le tomé la muñeca y guié su mano hacia adentro. Él entendió enseguida. Sus dedos se deslizaron hasta donde la tela le dejaba, y empezó a trazar círculos lentos sobre mi clítoris.
Error mío. Ese hombre sabía exactamente lo que hacía. Mi mano se aferró a su antebrazo, las uñas clavadas en su piel. Y justo cuando creí que iba a detenerse, hundió dos dedos dentro de mí de golpe, sin aviso, arrancándome un gemido que no pude tragar.
—Nena, qué mojada estás —murmuró—. Necesito probarte entera.
Sacó la mano, aceleró en cuanto cambió el semáforo y dobló un par de veces. El paisaje fue cambiando: dejamos la avenida y nos metimos por una calle lateral, después por otra más angosta, hasta llegar a una cuadra prácticamente desierta, sin negocios abiertos y sin un alma a la vista.
Por un instante volvió el miedo, el de verdad. Me bajé del auto rápido, casi sin pensar. Escuché su risa detrás de mí y el ruido de su puerta abriéndose.
—¿A dónde vas? —dijo, parándose frente a mí—. ¿Calentás la comida y después no la querés comer?
***
Me tomó de la cintura y me atrajo hacia él. Me besó antes de que yo decidiera nada, y la verdad es que no me costó nada seguirle el beso. Besaba bien, con la lengua justa, sin apuro, como si tuviéramos toda la mañana. Tengo que admitirlo: ahí terminé de rendirme.
Abrió la puerta de atrás y me empujó con suavidad hacia adentro. Caí acostada sobre el asiento y él me bajó el short y la ropa interior de un tirón, dejándome desnuda de la cintura para abajo. Sentí vergüenza por estar así con un desconocido, en un auto, en plena calle. Pero la vergüenza se me borró de un saque cuando su boca se enterró entre mis piernas.
Gemí sin poder evitarlo. Sus manos subieron por debajo de la blusa hasta mis pechos y los apretaron con ganas.
—Estos pechos son una tortura —dijo contra mi piel—. Gordita rica.
Esas palabras me hicieron más efecto que cualquier caricia. Yo, que había crecido creyendo que mi cuerpo había que esconderlo, lo tenía a él devorándome como si fuera lo más deseable del mundo. Su lengua entraba y salía, lo reemplazaba con los dedos, volvía a lamer, chupar, mordisquear. Yo me retorcía contra el asiento, una mano en su pelo y la otra agarrada al apoyacabezas.
—Más —pedí, con la voz rota.
Y aceleró sus movimientos. Sentí el placer juntarse en el bajo vientre, ese aviso de que estaba por terminar… y justo entonces se detuvo.
—¿Qué hacés? —reclamé, frustrada.
—Calma, gordita —dijo, trepándose al auto y cerrando la puerta detrás de él—. No te vas a ir sin que te haga mía.
Me incorporé y él hizo lo mismo. Con un gesto de la cabeza me indicó que me terminara de desnudar, y le obedecí, sacándome la blusa en el espacio reducido del asiento trasero. Me tomó de las caderas y me sentó a horcajadas sobre él. Fue como si nuestros cuerpos se buscaran solos: en cuanto me acomodé, entró en mí de una vez, y solté un gemido largo contra su cuello.
Empezamos a movernos despacio, encontrando el ritmo. Su boca devoraba mis pechos mientras sus manos me agarraban de las nalgas, fuerte, abriéndome, marcándome el compás. Cada tanto me daba una nalgada que retumbaba en el silencio del auto, y yo apoyaba la cabeza en su hombro, mareada de placer.
—Qué apretada estás —me dijo al oído—. Tu coño está delicioso. Te voy a hacer venir, y después me vengo dentro tuyo.
Me mordió el lóbulo de la oreja apenas terminó de hablar. Yo le devolví la mordida en el cuello, y eso lo encendió todavía más. Sus embestidas se volvieron más profundas, más rápidas.
—Lléname —le pedí en un susurro—. Por favor, vení dentro de mí.
Mis gemidos se convirtieron en gritos que ya no me molestaba en contener. Las nalgadas se hicieron más fuertes. Una de sus manos subió hasta mi pecho izquierdo y se lo llevó a la boca, jugando con él mientras la otra seguía marcándome el ritmo desde atrás. Su boca recorría mis pechos, mi cuello, mis hombros, como si quisiera reconocer cada centímetro.
—Decime que sos mía —ordenó, con la voz cortada.
—Soy tuya —jadeé—. Toda tuya.
Sentí la ola acercarse, esta vez sin freno.
—Me vengo —avisé.
Él aceleró sus embestidas y yo no aguanté más. Me corrí encima de él, temblando entera, y me dejé caer sobre su hombro gimiendo su nombre.
—Bruno…
—Todavía no —dijo, agarrándome de las caderas con las dos manos—. Vas a aguantar un poco más, porque yo no terminé y necesito llenarte.
Me embistió sin piedad. Yo estaba tan sensible que cada movimiento me arrancaba un grito involuntario. Aguanté así unos segundos eternos, hasta que lo sentí terminar dentro de mí. Me mordió el hombro al venirse y yo gemí una última vez, agotada y satisfecha como hacía mucho no me sentía.
***
Cuando recuperé el aire, miré la hora en el celular. Las seis y cuarenta. Se me heló el cuerpo.
—Tengo que llegar —dije, buscando mi ropa entre los asientos.
Él se acercó, sin apuro, y me recorrió con la mirada una vez más, como si quisiera guardarse la imagen.
—Solo te digo una cosa —murmuró con esa voz ronca—: acabás de entrar a la cueva del lobo, gordita.
—No, no me vengas con frases hechas —le dije, tapándome la cara, muerta de risa y de vergüenza.
Se rió otra vez. Yo terminé de vestirme como pude y él volvió al asiento de adelante y arrancó rumbo a mi trabajo. El resto del camino lo hicimos casi en silencio, pero un silencio distinto al del principio, cargado de todo lo que acababa de pasar.
Cuando llegamos, antes de que bajara, se dio vuelta y me miró.
—Te aseguro que me vas a volver a ver —dijo, guiñándome un ojo.
No le contesté. Bajé, miré para todos lados para asegurarme de que no hubiera nadie conocido en la vereda, y entonces hice algo que ni yo me esperaba: abrí la puerta del acompañante de nuevo, me subí y lo besé, tomándolo por sorpresa. Tardó un segundo en responder, pero respondió, y me atrajo hacia él con una mano en la nuca.
—Mejor andate —dijo contra mis labios— antes de que te lleve conmigo y te coja de nuevo.
Me reí, me bajé y entré al negocio con las piernas todavía temblando. Abrí las luces, revisé que todo estuviera en orden, igual que cada mañana. Pero esa mañana no fui la misma de siempre. Y la verdad, todavía espero ese mensaje que dice que mi auto ya llegó, con la esperanza de que del otro lado esté él.