Embarazada de ocho meses me entregué al pintor
Aquel sábado por la tarde mi marido hizo lo de siempre: agarró el coche y se fue a beber con sus amigos, con la excusa de que «un hombre necesita despejarse». Yo ya sabía cómo terminaba la historia. Volvería pasada la medianoche, arrastrando las palabras, oliendo a cerveza tibia, y se desplomaría en la cama sin siquiera mirarme.
Desde que quedé embarazada, Mateo había dejado de tocarme. No sé qué le pasaba por la cabeza. Yo creo que le daba algo de impresión mi cuerpo cambiado, la panza enorme, los pechos hinchados. Como si en lugar de su mujer ahora tuviera a una desconocida en casa.
El problema era que a mí me pasaba justo lo contrario. Con ocho meses de embarazo estaba más caliente que nunca. Las hormonas me tenían en un estado permanente de ansiedad, con un calor entre las piernas que no se apagaba con nada. Me masturbaba a escondidas y ni así quedaba satisfecha. Necesitaba a alguien. Necesitaba sentir un hombre encima, dentro, lo que fuera.
Esos días estábamos arreglando el cuarto del bebé, y Mateo había contratado a un pintor para que diera color a las paredes. Un tipo callado, de manos grandes, que llevaba ya un par de jornadas subido a la escalera mientras mi marido lo supervisaba a medias.
Esa tarde, antes de irse, lo escuché despedirse desde la puerta.
—Nos vemos, maestro. Le encargo que le haga un buen trabajo a mi esposa, ya ve lo exigente que es.
—No se preocupe, jefe. De mí se va a acordar —respondió el pintor, y juro que en ese momento no entendí el doble sentido.
***
El calor de la tarde era insoportable. El hombre pintaba y pintaba, con la camiseta pegada al cuerpo por el sudor, y yo, haciéndome la buena anfitriona, le ofrecí una cerveza bien fría y algo para picar. A la segunda lata ya lo notaba más suelto, más conversador, y a mí, no sé por qué, empezó a parecerme atractivo de una forma que no me esperaba.
No era un hombre guapo. Era más bien tosco, con el rostro curtido y un bigote espeso. Pero tenía esa presencia de macho seguro de sí mismo, de los que se nota que han pasado por muchas camas. Y a mí, en mi estado, eso me bastó para que se me hiciera agua la boca.
—Dígame una cosa, Esteban —solté, llamándolo por su nombre por primera vez—. ¿Usted está casado?
—No, señora. ¿Para qué? Si lo que sobran son mujeres con ganas.
—Mujeres dispuestas, querrá decir —corregí, fingiendo pudor.
—Llámelo como quiera. El caso es que siempre hay alguna que sabe lo que necesita.
Me quedé mirándolo un segundo de más. Él lo notó. Dejó la brocha apoyada en el bote y se limpió las manos en el pantalón sin apartar los ojos de los míos.
—¿Y alguna vez —seguí, ya sin freno— estuvo con una mujer embarazada?
—Nunca tuve esa suerte —contestó, bajando la voz.
—¿Y si le dijera que hoy es su día de suerte?
No sé de dónde saqué el descaro, pero lo dije sin titubear.
—Le pediría que me lo explicara bien. No quiero equivocarme y faltarle al respeto —dijo, aunque su cuerpo entero ya se había inclinado hacia mí.
—Se lo explico clarito: tengo unas ganas tremendas, y mi marido no va a volver en horas. ¿Le parece suficiente explicación?
***
No hizo falta nada más. Esteban cruzó el cuarto en dos pasos, me rodeó con los brazos y me besó el cuello mientras me apretaba los pechos con esa brusquedad que los hombres delicados nunca tienen. Y precisamente esa rudeza fue la que me prendió fuego. Lo había echado de menos sin saberlo.
Cuando sus dedos toparon con la humedad de mi blusa, se dio cuenta de que se me escapaba la leche. Lejos de cortarse, se pegó a mí como un animal hambriento. Me arranqué la blusa y el sostén de un tirón, y él se quedó un instante mirándome los pechos desnudos, hinchados, antes de lanzarse a chuparlos con una avidez que me hizo gemir.
Yo no me quedé quieta. Bajé la mano hasta su entrepierna y lo apreté por encima de la tela. Lo sentí crecer, endurecerse, hasta que no pude evitar soltar una exclamación de sorpresa. Jamás me imaginé que un tipo así escondiera algo semejante. Solo de pensar en tenerlo dentro se me secó la garganta.
Me arrodillé sobre el piso lleno de plástico y goterones de pintura, y me lo metí en la boca como si llevara años de hambre. Lo lamí entero, despacio, recorriéndolo con la lengua, besándolo, perdida en una calentura que ni yo misma reconocía. Esteban me sujetaba el pelo con una mano y me miraba desde arriba, jadeando, sin creerse del todo lo que estaba pasando.
—Eres mucho más fogosa de lo que aparentas —murmuró.
—No tienes idea —contesté, antes de volver a tragármelo.
Al rato me tenía desnuda, tumbada de espaldas sobre la mesa donde guardaba los rodillos, con las piernas abiertas y su boca entre mis muslos. Llevaba meses sin sentir una lengua ahí, y el placer fue tan intenso que tuve que morderme el antebrazo para no gritar y que no me oyeran los vecinos.
Cuando por fin me penetró, lo hizo con cuidado por la panza pero sin perder la fuerza. Era un amante incansable, de los que saben mantener el ritmo durante horas. Yo me entregué del todo, dispuesta a darle lo que quisiera. Y vaya que se lo di, hasta lo que nunca le había dado a Mateo, gritando entre el dolor y el placer de tenerlo donde no debía.
En ese instante me olvidé por completo de que era una esposa fiel y recatada.
Esa tarde el cuarto del bebé quedó a medio pintar. Había cosas más urgentes que atender, y la pintura podía esperar.
***
Esteban se fue cerca de la medianoche, mucho antes de que apareciera mi marido. En la puerta me prometió que volvería al día siguiente para «terminar el trabajo», y los dos sabíamos que no hablaba de las paredes.
Esa noche me dormí con una sonrisa estúpida en la cara. Me había dejado satisfecha como ningún hombre lo había hecho en años. Pero también había despertado algo dentro de mí que ya no sabía cómo apagar. Me dormí con ganas de más. Más de él, más de su cuerpo, más de esa sensación de hacer algo prohibido a metros de mi marido dormido.
Al día siguiente me despertó el timbre. Supe enseguida quién era. Me levanté de un salto, me puse una bata corta y transparente, sin nada debajo, y bajé descalza a abrir. Me sentía descarada, expuesta, y eso me encantaba.
Abrí la puerta esperando encontrarlo solo. Y por un segundo el corazón se me detuvo.
Esteban no venía solo. Detrás de él había tres hombres más, todos mirándome con los ojos clavados en mi cuerpo apenas cubierto por la tela fina. Sentí que me ponía roja hasta las orejas.
—Hola, preciosa —dijo él con una sonrisa torcida—. Traje refuerzos para terminar más rápido.
Debería haberme indignado. Debería haber cerrado la puerta de un golpe. Pero lo cierto es que algo en mí se encendió todavía más al saberme deseada por todos ellos a la vez. Me gustó que me hablara así delante de los demás, como si ya fuera de su propiedad, como si todos supieran exactamente para qué habían venido.
***
Esteban me tomó de la mano y, para mi asombro, me llevó directo a mi propia habitación. Allí, despatarrado sobre la cama, roncaba mi marido, perdido por la borrachera de la noche anterior. La sola idea de hacerlo a su lado, sin que se enterara, me puso de una manera que no sabía ni cómo explicar.
Entre los cuatro me tuvieron durante horas. Pasaba de unas manos a otras sin descanso, cambiando de posición, probándolos a todos. Mientras dos me sujetaban, otro me llenaba la boca, y el cuarto esperaba su turno acariciándome. Lo más increíble fue sentir cómo me tomaban dos al mismo tiempo, una sensación de plenitud que jamás había experimentado, mientras a un costado mi marido seguía durmiendo la mona, ajeno a todo.
Me sentía la mujer más descarada del mundo, dejándome hacer de todo por esos desconocidos, en mi propia cama, junto al hombre que se suponía que debía respetar. Y cuanto más pensaba en lo prohibido de la escena, más me excitaba.
Me usaron hasta quedar satisfechos, y me dejaron tumbada sobre el colchón, deshecha, temblando, incapaz de moverme. Tardé un buen rato en recuperar el aliento, todavía sin creer del todo lo que acababa de pasar.
Los días que faltaron para terminar de pintar el cuarto del bebé, sobra decir que aquellas escenas se repitieron una y otra vez. Mi marido nunca sospechó nada. Para él, el pintor simplemente hacía un trabajo lento y meticuloso.
Hoy, con mi hijo ya nacido y la rutina otra vez instalada en casa, miro las paredes color cielo de ese cuarto y nadie imagina lo que pasó entre ellas. Es mi secreto. El secreto de la esposa recatada que, durante una semana de embarazo, dejó de serlo por completo.