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Relatos Ardientes

Mi confesión del fin de semana con tres hombres

El domingo nos despertamos todos tarde, con esa pereza dulce de quien no tiene nada que hacer. Almorzamos juntos, medio desnudos, todavía riéndonos de lo que había pasado la noche anterior. Hacía un calor pegajoso, así que después de ducharnos por turnos nos quedamos en ropa interior el resto de la mañana, sin pudor, como si lleváramos años conociéndonos.

Adrián propuso pedir comida china, pero Nerea dijo que ella no podía quedarse, que tenía que preparar sus cosas para el trabajo. Carla y yo aprovechamos para irnos con ella, aunque acordamos volver a vernos el siguiente fin de semana y organizar algo entre los seis.

—Me debes el paseo en moto —me recordó Bruno, mirándome con una sonrisa torcida.

—Vale, pero más adelante, ¿sí? —contesté.

Se sonrió, satisfecho, y eso bastó. Nos vestimos, fuimos a casa de Nerea, comimos algo por el camino y al final Carla y yo cogimos el tren de vuelta a Zaragoza.

Esa semana la pasamos paseando, visitando algún museo y un par de pueblos cercanos. El miércoles Bruno nos llamó para confirmar la cita y avisarnos de que él estaría en el piso todo el día. Así que el viernes hicimos las maletas y nos fuimos directas a Alicante, al apartamento de Adrián.

***

Llegamos cerca del mediodía. Bruno nos esperaba con la comida ya hecha y una jarra bien fría de vino de verano sudando sobre la mesa. Cogió nuestras maletas sin decir palabra: la mía la dejó en su habitación, la de Carla en el cuarto de Dario. Carla y yo nos miramos y nos sonreímos. No hizo falta comentar nada.

Comimos sin prisa y nos quedamos en la sobremesa hasta que llegó Dario. Saludó, se metió a la ducha y salió solo con un pantalón corto, el pecho desnudo y el pelo todavía húmedo. Estuvimos charlando buena parte de la tarde, hasta que aparecieron Nerea y Adrián y empezamos a discutir el plan de la noche. Unas queríamos salir a bailar, otros preferían tomar unas cañas y picar algo tranquilos.

—Lo echamos a suertes y listo —propuso Carla, levantando una moneda.

La idea los intrigó, porque por allí no se estilaba lo del «volado» como en mi tierra, pero al final ganó la calma: salimos a tapear.

Nos arreglamos por turnos y bajamos al centro. Se me ocurrió preguntar si había alguna calle de tapeo como las de Pamplona, y me dijeron que no, pero que podíamos hacer nuestra propia ruta. Al final solo pisamos dos sitios, aunque en los dos estuvimos a gusto, riéndonos de cualquier tontería.

Al principio íbamos en las parejas de la otra vez: Dario con Carla, Adrián con Nerea, yo con Bruno. Pero al salir del segundo bar el orden se había desdibujado. A veces conversaba con Dario, a veces era Adrián quien me rodeaba la cintura con el brazo. Era una cosa de grupo, sin etiquetas, y todos lo aceptábamos con naturalidad. Estábamos achispados, contentos, con esos roces leves que no son inocentes pero que tampoco te atreves a nombrar.

Hacia la una decidimos volver. Íbamos callados, soltando algún comentario suelto, y el aire se sentía cargado de una tensión que en mi caso era pura anticipación. ¿Y ahora qué sigue?, pensaba.

***

En el piso, Adrián ofreció una última copa. Nerea negó con la cabeza.

—Yo no, gracias. Ya he bebido bastante. Creo que me voy a dormir.

—No seas aguafiestas —protestó Dario, pasándome el brazo por los hombros—. La noche es joven. Ponemos música y así contentamos a todos.

Bruno secundó la idea, se levantó y eligió una canción lenta, sin voces, de esas que parecen pensadas para mover las caderas. Invitó a Carla a bailar y ella empezó a moverse despacio, dejándose llevar.

—Eh, eh… demasiada ropa —la picó Dario.

Carla solo sonrió y siguió contoneándose alrededor de Bruno y Adrián, que no tardaron en acoplarse a ella en una coreografía improvisada que nos hizo reír y corear a los demás.

Me levanté para acercarme y Dario me siguió, bailando como un estríper de broma, marcando mi silueta con las manos, invitando con la mirada a Nerea para que se uniera. Ella dejó su vaso de agua en la mesilla y se sumó al baile.

Allí estábamos los seis, moviéndonos al ritmo de aquella música tan sensual, y los toqueteos dejaron de ser tímidos. Carla descendió con movimientos sinuosos frente a Bruno, recorriéndole el pecho con las manos, mientras Adrián repetía el gesto por su espalda. Dario me sujetaba la cintura por detrás con una mano y con la otra me recorría el costado mientras yo bailaba sola, contoneándome.

Fuimos calentándonos así, con la ropa cayendo a pedazos. Nerea pegaba el trasero a Dario, que con una mano le desabrochaba la blusa y con la otra intentaba bajarme la cremallera de la falda sin conseguirlo. Tuve que ayudarlo. Moví la cadera, la falda cayó al suelo y su mano se posó de inmediato en mi nalga.

Me volví a mirar a Carla y ya estaba en ropa interior, inclinada, frotando las nalgas contra el sexo de Adrián, que tenía los pantalones por los tobillos. Con la mano sujetaba el miembro de Bruno y se lo llevaba a la boca con ganas. Esa imagen me encendió de golpe, y guié la mano de Dario desde mi nalga hasta el centro de mis piernas.

***

Nerea empujó a Dario hasta sentarlo en el sillón, le bajó los pantalones y se arrodilló para hacerle un oral en toda regla. Yo me senté al lado, pero él me hizo señas para que me colocara de pie sobre su cara. Me bajó las bragas y empezó a lamerme mientras recibía la boca de Nerea.

Siguió así, las manos firmes en mis nalgas, la lengua insistente, hasta que Nerea se levantó, se desnudó del todo y, dándole la espalda, se fue sentando despacio sobre él hasta hacerlo desaparecer dentro de ella con un suspiro largo.

Dario aceleró el ritmo de su lengua sobre mi clítoris y yo le sujeté la cabeza, apretándome contra su boca, tambaleándome cuando el orgasmo me recorrió entera. Me dejé caer a su lado, jadeante, con las bragas a media pierna y los ojos cerrados.

De reojo vi a Nerea cabalgándolo sin tregua, él aferrado a sus pechos. Entonces Bruno se acercó a mí, terminó de quitarme la ropa, me alzó las piernas y me penetró de una sola embestida, profundo, sin avisar. Mientras me movía dentro me sujetaba los pechos, intensificando cada empuje.

Dario levantó a Nerea y la sentó junto a mí. Y allí quedamos las dos, una al lado de la otra, suspirando, recibiendo las embestidas de nuestro respectivo amante.

—Despacio, que lo tienes muy grande —gemía Carla un poco más allá, con las piernas en alto, mientras Adrián la penetraba una y otra vez—. Te siento hasta el fondo…

Éramos las tres a la vez, abiertas a aquellos hombres jóvenes y fogosos, y en el salón solo se escuchaban los gemidos y el choque de la piel en cada arremetida.

***

Cambié de postura y pasé a cabalgar a Bruno de frente, recibiendo sus besos en los pechos. Carla, agotada, pedía calma y se dejaba caer sobre la alfombra. Adrián salió de ella, se acercó a nosotros, me besó los hombros y me acarició las nalgas empujándome más contra Bruno.

Se colocó detrás de mí y, aprovechando que su miembro venía lubricado, apuntó despacio a mi otra entrada y fue empujando con cuidado hasta dejarme emparedada entre los dos. Nos coordinamos sin palabras: cuando yo bajaba sobre Bruno, Adrián se deslizaba fuera, y al retroceder volvía a hundirse en mí. Así estuvieron, llenándome por los dos lados, hasta que sentí el calor de Adrián derramándose y seguí moviéndome hasta alcanzar otro orgasmo que me dejó temblando.

Bruno salió de mí y fue hasta Carla, que descansaba hecha un ovillo en la alfombra. Se colocó detrás de ella y la penetró; solo se oyó su gemido al recibirlo.

Adrián volvió del baño, me tendió la mano y nos fuimos a su habitación. Dario y Nerea descansaban en el sofá y nos miraron pasar con una sonrisa cómplice.

***

En su cuarto me besó con calma, recorriéndome la espalda, apretándome contra él. Después se recostó y yo me subí a la cama, me coloqué entre sus piernas y tomé su miembro, todavía medio dormido.

—Hueles increíble —le dije, y pasé la lengua por toda su extensión un par de veces antes de metérmelo en la boca.

Lo sentía crecer mientras subía y bajaba, sujetándolo por la base. Él me ponía una mano en la cabeza, marcando el ritmo, y con la otra me acariciaba un pecho. Luego me jaló suavemente hacia arriba y me indicó lo que quería: que lo apretara entre los pechos. Lo masturbé así un buen rato, y cada vez que su punta asomaba yo la rozaba con la lengua.

Me recostó boca arriba, me echó las piernas sobre los hombros y me penetró hondo, arrancándome un gemido cuando llegó al fondo.

—Echaba de menos tu calor —murmuró, y empezó a embestir con fuerza.

Me sostuvo así largo rato, pegando el pecho a mis senos, acelerando hasta que llegamos juntos al final, él bufando y yo gimiendo. Lo abracé con las piernas para que no saliera, sintiéndolo vaciarse en lo más profundo, y nos quedamos enredados hasta que nos venció el sueño.

***

Al despertar me levanté despacio rumbo al baño. Al cruzar el salón vi a Bruno dormido entre Carla y Nerea, las dos abrazadas a su pecho. Empujé la puerta del baño y encontré a Dario orinando.

—¿Nunca echáis el pestillo? —le reproché, medio riendo.

Él estaba inclinado contra la pared, dirigiendo el chorro como podía por la erección que tenía.

—Es así todas las mañanas —dijo, encogiéndose de hombros.

—¿En serio?

—Y contigo aquí, más —contestó, girándose. Su mano bajó por mi vientre mientras me besaba.

—Espera, que tengo que hacer mis cosas. Después me ducho —le dije, separándome para sentarme.

Se quedó de pie frente a mí, acariciándome el pelo, acercando su miembro a mi cara.

—¿Y si mejor me acompañas a mi cuarto y luego nos duchamos?

Le tomé el sexo y se lo acaricié.

—Te alcanzo ahora. Déjame un momento.

***

Terminé y fui a la habitación de Dario. Estaba tumbado, desnudo, tocándose despacio. Me subí a la cama y le susurré al oído:

—Qué impaciente. ¿No podías esperar?

Me besó y me coló la mano bajo la blusa, porque no había encontrado mi sujetador. Fue bajando del cuello a los pechos, quitándome la blusa, mientras la otra mano me subía la falda y me acariciaba. Sus roces y sus besos me encendieron rápido; le recorrí la espalda y separé las piernas. Me bajó las bragas, me quité la falda y quedé desnuda en medio de su cama.

Se colocó entre mis piernas, deslizó su miembro entre mis labios varias veces, de arriba abajo, haciéndome saltar al contacto, y entró despacio hasta el fondo. Era más grueso que el de Adrián, aunque más corto y muy duro. Empezó a moverse con libertad, besándome un pezón, recorriéndome las caderas, las piernas, las nalgas, sin dejar de embestir, hasta arrancarme un par de orgasmos antes de derramarse dentro de mí y quedarse hasta que fue saliendo poco a poco.

Después nos levantamos a ducharnos. Al cruzar el salón vi a Adrián tomando a Nerea sobre el sofá mientras Carla se ocupaba de Bruno con la boca, sin reparar en nosotros.

Nos metimos juntos bajo el agua, enjabonándonos el uno al otro. Dario volvió a excitarse y, girándome de espaldas, me acarició los pechos antes de empinarme con cuidado y entrar despacio por detrás.

—Tienes unas nalgas increíbles —me dijo, embistiendo con calma, disfrutando cada centímetro, hasta acelerar y terminar con fuerza.

***

Me sequé, me puse un conjunto blanco de encaje, un top amarillo y un short vaquero, y fui a preparar el almuerzo, porque ya se nos había ido la mañana. En la cocina me encontré a Adrián recién duchado, en bóxer, ayudando a Carla con un zumo de naranja y algo de fruta. Ella seguía en tanga y sujetador.

—¿No os vais a vestir? —les pregunté.

—¿Para qué? Hace un calor de muerte —contestó Adrián.

Poco a poco fueron apareciendo los demás y almorzamos juntos. Luego nos arreglamos y salimos a enseñarle Alicante a Carla. Subimos al castillo de Santa Bárbara, paseamos por la basílica de Santa María, comimos por el casco antiguo y volvimos al piso al caer la tarde.

***

Y allí, entre abrazos y quejas de que ya nos íbamos, empezaron de nuevo las caricias. Entre broma y broma nos fueron desnudando a Carla y a mí, como una despedida.

Dario me desnudó y yo a él, hasta que Bruno se sentó en el sofá con su miembro en alto. Me coloqué entre sus piernas y empecé a besarlo y acariciarlo. Adrián hizo lo propio con Nerea, y Dario con Carla. Las dos se pusieron a cuatro patas, una frente a Dario y otra frente a Adrián, y entre risas les hacían un oral, chocando las nalgas en cada movimiento y moviéndose para provocarse.

Yo me incorporé, me senté a horcajadas sobre Bruno y lo guié hacia mí, bajando despacio hasta ensartarme entero. En la habitación solo se oían suspiros, jadeos y algún sonido húmedo de las bocas. Lo cabalgué un buen rato, sus manos en mis nalgas, su boca alternando entre mis pechos, hasta que me corrí y me dejé caer sobre su pecho.

Me pidió que me diera la vuelta y obedecí. Me penetró así, apoyada en sus rodillas, subiendo y bajando, con una escena delante de mí de lo más excitante: Carla entre Dario y Adrián, uno por delante y otro por detrás, mientras Nerea recibía la boca de uno de ellos. Las dos gemían sin contenerse.

Bruno aceleró y se vació en mí con un orgasmo que sentí en cada chorro caliente. Luego salió, todavía duro, me puso a cuatro patas sobre la alfombra y entró por detrás, embistiendo despacio al principio, más rápido después, hasta terminar de nuevo, esta vez sobre mis nalgas.

***

Nos metimos a duchar, ellos en un baño y nosotras en el otro, comentando entre risas todo lo vivido. Nos vestimos, hicimos las maletas y nos despedimos. Nerea y Adrián nos acompañaron hasta la estación, y Carla y yo cogimos el tren de vuelta en silencio, con esa sonrisa que solo entendíamos nosotras.

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Comentarios (5)

NadiaVk

Dios mio que relato!!! me dejo sin palabras

FedeCordo88

La categoria confesiones es la que mas me gusta y este es de los mejores que lei ultimamente. Muy bien narrado.

Luli_mdq

Tremendo. Quiero mas, por favor!!!

CuriosaSiempre

Que arranque tan directo, me enganche enseguida. Me recordo a algo que me paso hace tiempo, aunque fue mucho mas tranquilo jaja

ElBuenGusto

muy buen relato, se nota que sabes contar historias. nada de relleno innecesario

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