El técnico que vino al colegio aquella tarde
Mucha gente me preguntaba si yo me vendía, y siempre respondía lo mismo: no. Nunca cobré por nada. Lo que pasaba era que me gustaba el sexo, me gustaba desde muy joven y lo disfrutaba sin pedir permiso ni dar explicaciones. Me gustaba sentir las miradas encima, que un hombre me recorriera con los ojos antes de decir una palabra. Me gustaba provocar con la ropa, con la manera de caminar, con esa actitud que me delataba a tres metros de distancia. Lo aprendí de mi prima Estefanía y, para qué negarlo, también de mi madre.
Por donde pasaba, los hombres me seguían con la vista. Algunos me querían en su cama y muchos lo lograron. Las que me odiaban decían que yo era una buscahombres, y tenían razón a medias: yo no buscaba, yo elegía. Me llegaban regalos, ropa interior fina, encajes, tangas diminutas, cosas que una chica de mi edad supuestamente no debía tener. Las guardaba en un cajón con llave y me las ponía cuando sabía que alguna polla iba a terminar dentro de mí esa noche.
En el colegio mi fama corría por todos los pasillos. Estaba en boca de las compañeras, de los compañeros y hasta de algún profesor. Las niñas hablaban mal de mí porque sus novios me buscaban a mí, pobrecitas, no tenían idea de lo que era estar a mi altura, ni de lo bien que se me daba mamar una verga hasta el fondo. Por aquella época yo andaba además con el profesor de inglés, Esteban, que me follaba en el baño de profesores cada vez que podía, pero esa es otra historia. Esta que les quiero contar pasó dentro del mismo colegio, una tarde cualquiera que se me quedó grabada para siempre.
***
Habían decidido cambiar todas las computadoras porque las viejas ya no servían para nada. Vinieron varios técnicos a instalarlas. Uno de ellos era Damián: moreno, alto, con una manera de moverse que no me llamó la atención hasta que mi amiga Camila lo señaló durante un descanso.
—Ya están poniendo las máquinas nuevas —dijo Tatiana, mirando hacia el salón de informática.
—¿Ven a ese moreno de allá? —Camila no le quitaba los ojos de encima—. Lástima que sea albañil.
—Qué albañil ni qué nada —se rió Lorena—. La profesora de informática dijo que es ingeniero de sistemas.
Las cuatro nos giramos a mirarlo al mismo tiempo, y sí, estaba para detenerse a observarlo con calma. Camila tenía un par de años más que nosotras y era la más lanzada del grupo. Alta, de ojos oscuros y cabello negro, con un cuerpo que hacía girar cabezas. Se mordió el labio y soltó un «mmm» largo que ya lo decía todo.
—Vamos a acercarnos a ver si nos hablan —propuso.
—Ni loca, ve tú —contestó Lorena.
—Eso, nosotras tenemos novio —agregó Tatiana, riéndose.
—Son unas tontas. Vamos, Carolina, tú que estás libre.
Me levanté de la silla, me ajusté la falda del uniforme para que quedara un par de dedos más arriba, me acomodé la blusa hasta que las tetas quedaran bien marcadas y me pasé los dedos por el cabello. Sabía perfectamente lo que hacía.
Cuando entramos al salón, todos los técnicos levantaron la vista. Camila los saludó con esa naturalidad descarada que la caracterizaba y ellos respondieron de inmediato. Nos recorrieron de pies a cabeza, y con el uniforme ajustado y las medias largas no había mucho que imaginar. Hablamos un buen rato. Nos preguntaron por los novios, por el curso, por todo, y nosotras coqueteábamos sin disimulo.
Damián no me quitaba la mirada de las piernas. Me había sentado en el borde de una mesa y la falda dejaba a la vista buena parte de los muslos. Yo abría y cerraba las rodillas cada tanto, a propósito, sabiendo que desde su ángulo se le veía el filo de las bragas blancas. Se le notaba el bulto crecer bajo el pantalón cada vez que me acomodaba. Yo lo miraba de reojo, jugaba con el cabello, le sonreía, y él me sonreía de vuelta. Estaba clarísimo a quién le había echado el ojo. Camila, mientras tanto, ya estaba enredada en su propia conversación con otro de los técnicos, un tal Sebastián.
Estábamos en eso cuando apareció la profesora Mercedes a sacarnos del salón. Esa mujer me tenía bronca desde hacía tiempo, por motivos que ahora no vienen al caso.
—Señoritas, ¿qué hacen aquí? Vayan a su salón —ordenó.
Camila y yo nos miramos y soltamos una risita.
—No estamos haciendo nada malo, profe —dije.
—Bájense esa falda, que casi se les ve todo. No vengan a buscar lo que no se les ha perdido.
Salimos sin discutir, riéndonos por lo bajo. Damián me siguió con la mirada hasta la puerta, y yo, antes de cruzarla, me giré apenas para que viera cómo se me marcaba el culo bajo la falda.
***
A la salida, ya en el parque del pueblo, Camila me alcanzó con cara de tener un secreto.
—Damián me dijo que volvamos esta tarde. Quiere que vengas.
—No te creo.
—En serio. Inventamos que tenemos una tarea en la biblioteca y nos quedamos hasta que oscurezca.
—Me imagino para qué quieren que vayamos —dije, aunque la idea de que Damián me la metiera ya me tenía el coño húmedo.
—¿Vamos o no?
—Está bien. Almuerzo, me cambio y nos vemos.
Llegué a casa, comí algo rápido, me bañé con calma —me depilé todo, me pasé los dedos por el coño ya pensando en él, y estuve a punto de correrme yo sola bajo el chorro de agua— y me arreglé pensando en lo que podía pasar. Me puse un conjunto de encaje negro, tanga mínima y sostén que apenas me sujetaba las tetas, y un vestido corto de tela elástica, de esos que se pegan a cada curva y marcan hasta los pezones. Sandalias, el cabello suelto, un poco de maquillaje. Mi madre me vio salir y entrecerró los ojos.
—¿Para dónde vas tan arreglada? ¿Tienes una cita?
—Voy al colegio a hacer una tarea con Camila —mentí a medias.
—Mmm. Por cómo vas vestida, más parece cita que tarea. Pero ya sabes, cuídate.
—Sí, mamá, ya sé.
Me miré por última vez en el espejo del pasillo. El vestido no dejaba nada a la imaginación y yo lo sabía. Se me marcaba la tanga por debajo, los pezones duros por encima. Cuando me encontré con Camila en la esquina, ella venía igual de arreglada, con una blusa escotada que le dejaba medio pecho afuera y una minifalda que apenas le cubría el culo.
—No se te vaya a notar que andas detrás de la verga de Damián —me dijo, riéndose.
—Mira quién habla —contesté, y nos fuimos calle abajo entre piropos que ni siquiera disimulaban lo que pensaban de nosotras.
***
Cuando llegamos al colegio, los técnicos nos vieron entrar y se les fue la vista detrás. Nosotras les sonreímos apenas y seguimos derecho a la biblioteca, contoneándonos a propósito por todo el pasillo. Nos quedamos ahí, fingiendo estudiar, hasta que empezó a caer la tarde y el lugar se fue vaciando. Queríamos que nadie nos viera con ellos.
Salimos cuando ya estaba oscureciendo y fuimos directo al salón de informática. Damián y Sebastián seguían ahí, y al vernos entrar se les iluminó la cara. Nos saludamos con un beso en la mejilla. Cuando me acerqué a Damián, él aprovechó para pasar la mano por mi espalda y bajarla, despacio, hasta la cadera, y de ahí se resbaló otro poco para apretarme una nalga entera con la palma abierta. Sentí el calor de su mano a través de la tela y todo el vello de la nuca se me erizó.
Nos pusimos a hablar, pero él me miraba y se reía solo.
—¿De qué te ríes? —le pregunté, jugando con un mechón de cabello.
—De lo bonita que estás. Y de las ganas que tengo de comerte entera.
Lo miré fijo, con una sonrisa que ya era una invitación.
—No me digas.
—Date la vuelta —pidió.
Le hice caso, y mientras giraba sentí sus dos manos abarcarme el culo y apretarlo con fuerza, separándome las nalgas por encima del vestido. Camila y Sebastián se rieron desde el otro lado del salón, donde ya andaban con las manos por debajo de la ropa. Me puse colorada, más por la sorpresa que por la vergüenza.
—Así no, Damián —protesté, aunque no me moví ni un centímetro.
Él seguía mirándome como un hombre con hambre. Me acomodó un mechón detrás de la oreja y se acercó a olerme el cuello, pasándome la punta de la lengua por debajo del lóbulo.
—Hueles increíble —murmuró—. Me estás poniendo la polla dura de mirarte.
Cuando puso las dos manos en mi cintura y me atrajo contra él, sentí exactamente eso: el bulto duro apretándome el vientre a través del pantalón. Conocía esa sensación, ese hormigueo que empezaba abajo y subía. Intentó besarme y yo me hice la difícil un par de veces, solo para alargar el momento, pero cuando por fin abrí la boca me metió la lengua entera y me la chupó como si quisiera tragársela. Camila y Sebastián ya estaban en su mundo; de reojo alcancé a ver que ella le había desabrochado el pantalón y se lo tenía agarrado con la mano.
Damián se fue poniendo más atrevido. Me apretaba la cadera, me metía la mano por debajo del vestido y me manoseaba los muslos, subía hasta rozarme la tanga por encima del coño y volvía a bajar. Cada roce me iba dejando sin defensas. Cuando por fin lo dejé besarme del todo, me asaltó el miedo de que algún profesor anduviera todavía por ahí.
—Aquí no —dije contra su boca—. Vámonos atrás.
Lo tomé de la mano y lo llevé a la parte trasera del colegio, donde no llegaba la luz y nadie nos vería. Ya estaba completamente oscuro.
***
Me pegó contra la pared y me besó con ganas, aplastándome las tetas contra su pecho. Yo le respondía igual, chupándole la lengua y mordiéndole el labio de abajo. Sus manos me recorrían los muslos, subían por debajo del vestido, me acariciaban el coño por encima de la tanga, y cuando notó la tela empapada soltó un gruñido ronco contra mi boca.
—Estás mojadísima —dijo—. Se te sale todo por la tanga.
—Cállate —le contesté, aunque abrí las piernas para dejarle más lugar.
Me metió dos dedos por debajo del encaje y de un tirón me hizo a un lado la tanga. Me tocó directo en el coño, resbalando entre los labios ya hinchados, y me buscó el clítoris con la yema del pulgar mientras me hundía los dos dedos hasta los nudillos. Yo empujé la pelvis contra su mano y solté el primer gemido de la noche, largo y sucio.
—Así, así —le rogué, agarrándole la muñeca para que no parara.
Él me follaba con los dedos, apretándome el clítoris con el pulgar, y yo notaba cómo se me escurría por dentro de los muslos. Cada vez que me tocaba, yo empujaba la pelvis hacia adelante, buscándolo sin querer admitirlo. El vestido elástico se estiraba con cada movimiento; él lo bajó de un hombro y me sacó una teta afuera, se agachó y me metió el pezón entero en la boca. Me lo chupó con hambre, me lo mordió, y con la otra mano me apretaba la teta libre. Sentí que las piernas me fallaban.
—Aquí no, Damián, nos pueden ver —dije, aunque no había ya un solo gramo de mí que quisiera parar.
—Si te gusta —contestó, y me clavó los dedos más adentro—. Si tienes el coño chorreando por mí.
No pude responderle. Bajé una mano temblorosa y le busqué la bragueta. Se la abrí a tirones y le saqué la verga afuera: gruesa, morena, con la punta hinchada y una gota de líquido brillando en el glande. Se la agarré con toda la mano, apenas me abarcaba, y empecé a masturbarlo despacio, sintiendo el pulso caliente contra la palma.
—Chúpala —me pidió, empujándome despacio hacia abajo por los hombros.
Me arrodillé ahí mismo, contra la pared, sin importarme el suelo sucio. Le agarré la polla con las dos manos, saqué la lengua y le lamí toda la punta, saboreando lo salado. Después me la metí en la boca de un solo golpe, hasta donde me daba, y empecé a mamársela hondo. Él me agarró del cabello y me marcó el ritmo, empujándome la cabeza cada vez que yo bajaba.
—Así, mi amor, así te la quiero ver chupar —gruñía—. Qué bien la mamas.
Le sostenía la mirada mientras se la chupaba, ensuciándome la barbilla de saliva, y de reojo veía cómo se le tensaba la mandíbula. Le saqué la verga de la boca solo para lamerle los huevos, mientras seguía masturbándolo con la mano, y después me la volví a meter entera hasta que se me clavó en la garganta y me dieron arcadas. A él eso pareció encantarle.
—Vas a hacer que me corra en tu boca —jadeó, y me levantó tirándome del brazo—. Ponte de pie, que quiero cogerte.
Me apoyó otra vez contra la pared fría, me subió el vestido hasta la cintura y me arrancó la tanga a un costado. Levanté una pierna y la enganché en su cadera. Él se agarró la polla, me la pasó un par de veces entre los labios del coño, mojándola bien, y de una embestida me la clavó hasta el fondo. Grité contra su hombro, mordiéndole la camisa para no hacer ruido. Al principio dolió por lo gruesa que era y por la postura, pero la mente se me había quedado en blanco y no quería que se detuviera por nada del mundo.
Empezó despacio, con un vaivén suave que fue ganando ritmo hasta que ya me estaba embistiendo con toda la cadera, levantándome del suelo con cada golpe. Me sostenía con una mano bajo el muslo y con la otra me apretaba una teta afuera del vestido. Se oían los golpes húmedos de su verga entrando y saliendo, y mi respiración cortada contra su oído.
—Qué rico coño tienes —me susurraba entre embestidas—. Está apretadito, chiquita, cómo me chupa la polla.
—Más fuerte —le pedí, sin reconocerme la voz—. Fóllame más fuerte.
Me dio la vuelta contra la pared, me hizo apoyar las manos y arquear el culo hacia atrás. Me volvió a meter la verga de una y empezó a embestirme desde atrás, agarrándome de las caderas, sacudiéndome entera con cada golpe. Yo veía manchas de luz detrás de los párpados. Sentía cómo su vientre me chocaba contra las nalgas, cómo sus huevos me golpeaban por delante, y cómo la verga me llegaba hasta un lugar que casi ningún otro me había alcanzado.
Ya no me importaba nada: ni el frío, ni la pared raspándome la mejilla, ni la posibilidad de que alguien doblara la esquina y nos encontrara así, con la falda arriba y el coño lleno de polla ajena. Me pasó una mano por delante y me buscó otra vez el clítoris, frotándomelo en círculos mientras me la seguía metiendo por detrás. Fue demasiado. Me mordí el antebrazo para no gritar y me corrí con un temblor largo que me subió desde los pies, apretándole la verga por dentro con espasmos.
—Me estás apretando toda —jadeó—. Me voy a correr.
—Adentro —le rogué, sin pensar—. Córrete adentro.
Me clavó las manos en las caderas, me embistió tres, cuatro veces más, cada vez más profundo, y sentí su cuerpo tensarse y el calor desbordarse dentro de mí en chorros calientes que me llenaron el coño. Se quedó adentro un buen rato, moviéndose despacio, vaciándose entero. Cuando por fin me la sacó, sentí el semen escurrirse por dentro del muslo, y me quedé un segundo abrazada a él contra la pared, agitada, sudorosa, con el corazón a punto de salírseme.
No alcancé a recuperar el aliento cuando Camila nos gritó desde el salón que nos teníamos que ir. Me subí la ropa a las apuradas, me acomodé la tanga desgarrada como pude, me bajé el vestido y salimos como si nada, con los muslos pegajosos y el coño todavía palpitando. Me despedí de Damián con un beso, y al darme vuelta él me dio una palmada fuerte en la nalga y se rió.
—¿Por qué estás tan colorada? —me preguntó Camila apenas estuvimos solas.
—Por nada —dije.
—Sí, claro. Por lo menos acomódate bien el vestido, que se te nota todo. Y hueles a semen de acá a la esquina.
No pude evitar reírme, y con eso ya le dije lo que necesitaba saber.
—¿Y tú con Sebastián, qué? —le devolví.
—Me la mamé entera. Se me corrió en la boca y me lo tragué todo —contestó tan tranquila, y las dos soltamos la carcajada.
***
Volvimos a casa por la calle oscura. Yo todavía sentía el cuerpo encendido, la ropa pegada, el semen de Damián resbalándome despacio por dentro del muslo con cada paso, el recuerdo fresco de cada embestida. Al día siguiente, en el colegio, media escuela ya sabía lo que había pasado. El vigilante se había encargado de regar el chisme con todos los detalles que se inventó, y a Damián no lo volví a ver nunca más. Se reían de mí por los pasillos, decían que me habían usado y dejado tirada.
Y puede ser. Pero la verdad es que aquella tarde yo entré a ese colegio sabiendo exactamente qué polla me iba a follar, y salí sin un solo arrepentimiento. La fama me la gané sola, y por mucho tiempo cargué con ella sin que me pesara demasiado. Del vigilante y de lo que vino después —de cómo terminé arrodillada frente a él para que se callara la boca—, ya les contaré en otra ocasión.





