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Relatos Ardientes

Mi confesión: aprendí a desearme cada noche

Hay cosas que una solo se anima a escribir cuando está segura de que nadie va a poner cara al nombre. Por eso cambié el mío. Llamame Mariana, tengo poco más de veinte años y vivo sola en un departamento pequeño de la ciudad, de esos donde se escucha al vecino abrir la heladera. Esto no es un cuento que me inventé. Es una confesión, y me tiembla un poco la mano al teclearla.

Durante mucho tiempo me costó mirarme al espejo. No soy lo que las revistas llaman bonita: soy bajita, tengo el cuerpo más blando de lo que me gustaría, y cada mañana sentía que la cara que me devolvía el reflejo estaba más cansada que el día anterior. La ansiedad, la falta de disciplina, las noches en vela... todo eso se me iba acumulando en la piel. Me veía y solo encontraba lo poco que me había querido.

Lo que voy a contar es cómo, sin buscarlo, empecé a darle la vuelta a esa historia. Y empezó, aunque suene raro, con un paquete que llegó a mi puerta envuelto en cartón anónimo.

***

Lo compré una madrugada de insomnio, escondida detrás de la pantalla del teléfono, con el corazón latiéndome como si estuviera haciendo algo prohibido. Un vibrador. No de esos clásicos, sino uno con succión para el clítoris, de esos que prometen en letras chiquitas lo que una no se anima a pedir en voz alta. Tardé tres días en apretar el botón de comprar. Otros cuatro en que llegara. Y cuando lo tuve en la mano, lo dejé en el cajón de la mesita una semana entera, mirándolo de reojo como quien convive con un secreto.

La primera noche que me animé, apagué todas las luces. Me daba pudor incluso conmigo misma. Me acosté, lo encendí en el nivel más bajo, y el zumbido suave me pareció un escándalo en el silencio del departamento.

No esperaba gran cosa. Esperaba, supongo, lo de siempre: algo tibio, rápido, un trámite para descargar tensión antes de dormir.

Me equivoqué por completo.

Apenas lo apoyé, el cuerpo entero se me puso en alerta. No era una fricción brusca como la de mis dedos apurados de otras veces; era una succión rítmica, paciente, que parecía leer lo que yo necesitaba antes de que yo lo supiera. Solté el aire despacio. Levanté las caderas sin darme cuenta. Y por primera vez en mucho tiempo, dejé de pensar en cómo me veía y empecé a pensar en cómo me sentía.

Cerré los ojos. La sábana se me pegaba a la espalda húmeda. Subí un nivel. Después otro. La tensión se me concentró en un punto preciso, caliente, que latía cada vez más fuerte, hasta que se me escapó un sonido de la garganta que ni reconocí como mío.

Esta soy yo. Este cuerpo que tanto critiqué es capaz de esto.

Cuando llegué, me arqueé sobre el colchón y tuve que apartar el juguete de golpe: el clítoris se me quedó tan sensible que el menor roce era demasiado. Me quedé temblando, con la respiración entrecortada, riéndome sola en la oscuridad. No de vergüenza. De alivio. De una especie de ternura hacia mí misma que hacía años no sentía.

***

A partir de esa noche, algo cambió. No mágicamente, no de un día para el otro. Seguía teniendo días grises, seguía peleándome con el espejo. Pero descubrí que tenía un territorio propio, uno donde nadie me juzgaba, donde mi cuerpo no era un problema a resolver sino una fuente de placer que era mía y de nadie más.

Empecé a darme tiempo. A bañarme largo antes, a ponerme un conjunto de lencería que tenía guardado con la etiqueta puesta desde un cumpleaños, comprado para una versión de mí que creía que no merecía estrenarlo. Una noche me lo puse. Solo para mí. Me miré en el espejo del placard con la luz baja y, por una vez, no busqué los defectos. Vi unas caderas anchas, un escote, una boca entreabierta. Me gusté. Me gusté de verdad.

Probé el segundo juguete una semana después, otro succionador que pedí con menos culpa que el primero. Aprendí a combinarlos, a alternar el ritmo, a hacerme esperar. Descubrí que el placer también se construye con paciencia, que postergarlo lo hace más intenso. Que podía llevarme al borde y frenar, y volver, y frenar otra vez, hasta que el orgasmo me llegaba como una ola que no me dejaba ni respirar.

Y descubrí, también, que en esos momentos mi cabeza se llenaba de imágenes que no me animaba a confesar de día.

***

La que más volvía era una mujer. Lucía, la llamaré, aunque tampoco es su nombre.

La conocí en el café donde paro a veces a leer. Atiende los mediodías, tiene una risa fácil y unas manos que me quedé mirando más de lo que debía la primera vez que me alcanzó el pocillo. No pasó nada entre nosotras. Apenas charlas de mostrador, un par de bromas, el roce de los dedos al darme el vuelto. Pero algo de ella se me quedó adentro.

Nunca había estado con una chica. La idea siempre me dio una mezcla de curiosidad y miedo, como pararme al borde de una pileta sin saber si el agua está fría. Pero en la oscuridad, con el zumbido entre las piernas, el miedo desaparecía y quedaba solo la curiosidad, encendida y sin frenos.

La imaginaba entrando a mi departamento sin que yo tuviera que explicarle nada. Imaginaba sus manos, esas que tanto miré, recorriéndome despacio por encima de la lencería que ahora sí me animaba a usar. La imaginaba diciéndome al oído lo que yo nunca creí que nadie pensaría de mí.

—No te tapes —me decía en mi cabeza, apartándome la mano con la que instintivamente quería cubrirme—. Quiero verte toda.

Y en la fantasía yo le hacía caso. Dejaba que me mirara. Dejaba que su boca bajara por mi cuello, por el escote, que sus dedos encontraran el camino que yo ya me sabía de memoria. Solo que esta vez no eran los míos ni los de un juguete: eran los de ella, tibios, curiosos, aprendiéndome.

El juguete hacía su parte mientras mi imaginación hacía el resto. Me la figuraba arrodillada entre mis piernas, tomándose su tiempo, mirándome desde abajo con esos ojos que me desarmaban en el café. Me figuraba el calor de su lengua reemplazando la succión del aparato, el peso de su cuerpo sobre el mío, el modo en que diría mi nombre.

Algún día. Quizá algún día junte el coraje y le pregunte si quiere un café fuera del mostrador.

Esa noche llegué pensando en ella y grité contra la almohada para que el vecino no me escuchara. Después me quedé largo rato boca arriba, con el conjunto de lencería todavía a medio poner, sonriendo en el techo oscuro.

***

Sé que esto no es la gran historia de pasión que se leen por ahí. No hay un amante apareciendo a las tres de la mañana, no hay un encuentro clandestino en un hotel. Hay una mujer sola en un departamento chico, aprendiendo de a poco a no tenerse miedo. Pero para mí es la confesión más grande que tengo para hacer, porque durante años no creí merecer ni siquiera mi propio deseo.

Extraño tener a alguien, no voy a mentir. Extraño el peso de otro cuerpo, una boca que no sea la mía contra mi piel. A veces el miedo a la responsabilidad, a complicarme, a abrirme a alguien que después se vaya, me gana y me quedo donde estoy, segura entre mis sábanas y mis juguetes. Pero ya no es el mismo encierro de antes. Ahora es una elección, no una condena.

Algo entendí en estos meses de descubrirme: nadie va a quererte por vos hasta que vos no te animes a quererte primero. Y quererse, descubrí, también es esto. Es darse placer sin culpa. Es ponerse la lencería para una misma. Es aceptar que el cuerpo que tenés es el único que vas a habitar y que merece ser tocado con ganas, no con resignación.

Todavía me falta mucho. Todavía hay mañanas en que el espejo gana la pelea. Pero ahora tengo noches que son solo mías, donde aprendí a desearme, y eso ya nadie me lo saca.

La próxima vez que pase por el café, quizá me anime. Quizá le pregunte a Lucía si alguna tarde le gustaría sentarse de este lado del mostrador. Y si me dice que sí, ya no voy a llegar temblando de inseguridad. Voy a llegar sabiendo, por fin, lo que valgo entre las sábanas.

Gracias por leerme. Por escuchar, aunque sea en silencio, esta confesión que nunca me atreví a decir en voz alta.

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Comentarios (5)

martina_lee

Que hermoso y autentico. Me llegó mucho lo de aprender a quererse, eso no es tan facil como parece.

CamiBA_lit

Necesito la continuación ya!! Quedé enganchada desde la primera linea

Yessi_Cba

me sentí identificada al 100%, gracias por animarte a contarlo

Anto_baires

Que valiente escribir algo tan personal. Muy bien narrado!!

Nati_Rosario

Relato leido y valorado. Ojala sigas compartiendo mas

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